Glosas. Cuatro poetas argentinos actuales

La insistencia en sostener el silencio, a esta altura, se parece al desprecio; el que desde la apariencia del desdén se presenta como un sitio informe de contacto que deja mudo de respuesta a quienes nos preguntamos, como Chatwin, ¿qué hago yo aquí?

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La belleza convulsiva de Erzsébet Báthory. Notas acerca de La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik

Sólo frente al inevitable vínculo entre la muerte y el orgasmo, Pizarnik deja de ser impersonal. Es justamente aquí cuando la “máscara” de la tercera persona cae y el yo, en palabras de la misma Pizarnik, empieza a “vibrar animado” […] “Vibra”, al hablar de un goce tan intenso, con un placer tan agudo y penetrante que nos deforma, y nos muestra, en nuestro mismo cuerpo deformado, la coincidencia entre orgasmo y muerte. Y “vibra” —¿cómo podía no vibrar?— al hablar del mal del siglo XVI, tan antiguo como contemporáneo: la trágica pérdida de la armonía rítmica con el mundo que experimenta un alma melancólica.

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La materia revelada: Yves Bonnefoy y Paul Celan, poetas de la reconstrucción

La poesía deviene así reconstrucción de la memoria, una memoria intangible excepto en los lenguajes humanos. El recuerdo es, ante todo, la facultad de recrear. No es gratuito, entonces, que en Bonnefoy y Celan exista un esfuerzo por revelar usos de la palabra que hagan consciente la dimensión proteica de la poesía. No se trata únicamente de fundar mundos poéticos, sino de sostenerlos desde lo humano.

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Un viaje interior por laberintos

No me voy a detener aquí en la controversia que se plantea, tanto entre un buen número de poetas y de analistas del discurso poético como entre algunos teóricos de la traducción, de si la traducción de la poesía es posible, sobre todo porque el texto poético es en buena medida forma y, por definición, la forma, salvo en algunos casos aislados o entre lenguas muy cercanas, no resulta traducible.

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Humanos más decentes

Una idea se ha repetido en declaraciones, manifiestos vanguardistas, cantinas, entrevistas, películas de Hollywood e incluso discursos políticos: la poesía puede cambiar el mundo. Sobre ello han hablado Lawrence Ferlinghetti, Ida Vitale, Octavio Paz y Gottfried Benn. Esta idea se diseminó en el siglo XX luego de las guerras mundiales. ¿Por qué habría que cambiar el mundo?

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Eduardo Lizalde: una autobiografía póstuma

Muchos de mis poemas asumen la idea, fácilmente verificable para quien se dé a la lectura de la historia universal, de que la humanidad ha fracasado de manera irremisible. Desde la aparición de las primeras civilizaciones hasta la actualidad, esta pobre criatura que somos ha practicado el odio al prójimo; se ha adherido a las ideologías religiosas y políticas más idiotas; ha dado muestras de un egoísmo impúdico y un afán compulsivo de riqueza.

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Botas de minerx

Pensé que caminar a buen ritmo durante horas por las calles irregulares y empedradas de Xalapa era suficientemente “rudo” como para optar por un modelo más delicado, así que mantuve mi decisión. Las probé sobre los tapetes de la zapatería, observándolas en los espejos oblicuos a ras de suelo, por delante, por detrás, de lado. Presioné las puntas para sentir si habría espacio suficiente para cuando los pies se me hincharan. No tenía que preocuparme por combinarlas con mi guardarropa, tan grunge y despreocupado. Las pagué y me las llevé puestas.

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Baudelaire, el albatros

Baudelaire, más que otros poetas, invalida toda pretensión de objetividad, invita más bien a referir la experiencia de leerlo. Y aun esa experiencia debería datarse, porque el Baudelaire que nos fascinó en la juventud tiene una faz diferente a los ojos del lector maduro o del lector que envejece, a punto tal que este último se asoma de nuevo a sus poemas y se pregunta, perplejo: pero ¿quién era entonces, quién es Baudelaire? Y sobre todo, ¿qué es?

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Traductores conversos (2)

Veamos un poco lo que han hecho con la estrofa de Borges un traductor francés y un italiano. […] Los lectores franceses se habrán quedado con la idea de que Borges inventó una linda metáfora sobre la moneda de los días, pero que dijo también una ramplonería irremediable, a saber, que el mar existe desde siempre. El italiano, no sé por qué, se sintió autorizado a agregar el amor a las mitologías y cosmogonías del poeta, pero al menos intentó, aunque torpemente, dejar indicada la oposición entre “estaba y era”, que por supuesto es exclusiva del castellano.

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