Quizá si escarbo dentro de mi cuerpo

Intento descifrar esta agonía
que acecha a mi cuerpo.
Busco una respuesta.
¿Dónde la encuentro?
Quizá si escarbo dentro de mi cuerpo ultrajado
en lo profundo de mi herida
o debajo del silencio.

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El germen de lo que vino después

Vi tu cadáver hincado entre los fierros, la mandíbula abierta, chorreando, un guiñapo —il Duce en Milán, der Führer en Berlín, la peste roja le pisa la derrota, la muerte negra, Stalin entre sus propias heces, tras una puerta cerrada por el miedo, El lago de los cisnes, cisne abatido. ¿Dónde estás? Grité. Lo descendimos. Intenté reanimarlo. Inútil. Ya estaba frío.

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Eduardo Lizalde (1929-2022)

Lizalde fue ciertamente un poeta emocional, hipersensible y desgarrado, pero también —heredero contradictorio de dos tradiciones en pugna, la coloquialista y la hermética— era dueño de una pericia técnica inusual y una potencia expresiva con escasos puntos de comparación en la literatura hispanoamericana.

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P a r á l i s i s

Me he quedado a oscuras/
en esta casa/
que insensible/
soporta/
la mitad de mi cuerpo/
como a un extraño/
Una melodía sale también/
de este momento/
que estalla en un lóbulo parietal/
atrofiado/
por la misma naturaleza/
lejos del tacto de Dios/
y del hombre

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Esta mujer que somos

Una luz,/
transida y breve luz/
en las manos que giran con la rueda./
Nada saben,/
tocadas por el aire,/
de imperios labrados con ahínco./
Escriben páramo con hilos de colores/
no obstante que son flores,/
minucias más mentidas/
en lienzos que lavan en invierno/
anónimas sirvientas.

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Lo que está a un paso de extinguirse

Inviernos en que la niebla cubre todo
incluso el baldío de la memoria.
Para entonces la patria vale menos que un verso
y yo me extiendo en tu cuerpo    frágil y desnudo
a la urgencia del sol.
No eres de Nadie    Terrible
ni siquiera de la calle en que te vi
con un libro en la mano
y la mirada de lo que está a un paso de extinguirse.

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El trayecto no es para improvisados

Veinte años demoró mi padre en volverse espuma/
habiendo dejado atrás el gozo y los sinsabores de su oficio /
de teclas y espada, compendios y periódicos por doquier. /
Su máquina de escribir atiborró cuartillas denunciando las injusticias de los tiranos,/
para que los perseguidos de ayer han reemplazado con creces a sus verdugos/
en la meticulosa vocación del poder y la saña.

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Meditación guiada

Respira. Visualízate en una habitación/
cuya ventana enmarque un rascacielos./
Ahora cierra los ojos y deja que el fosfeno/
se despliegue como un charco de azogue/
debajo de tus párpados. Exhala hasta dejar/
al fuego en blanco. Estás al centro de tu pecho./
Obsérvalo. Inhala hasta encender el corazón/
de una obsidiana. Duerme ahí nueve años./
Ahora despierta. Enfócate en el aro luminoso/
que reposa, dragón, sobre tus vértebras.

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