De cuando fuimos dinosaurios

Un níspero marchito/
de espinas puntiagudas y frutos muertos/
clavado a la mitad de mi dorso/
finge equilibrar las futilidades del mundo./
El músculo que erige la columna/
hace semanas dejó de sostenerme.

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Máquinas del extrañamiento

Siempre hay algo más. Personajes esbozados en escenas incompletas, agentes de acciones crudas, a punto de, en el límite de, al filo. Ambigüedades, finalmente. Veintitrés poemas, si así los queremos llamar, que son a la vez puestas en escena. Veintitrés poemas donde, como afirma Hernán Bravo Varela en la contraportada, “el dolor nace de lo vivo y, al mismo tiempo, hace nacer lo vivo de sí”.

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Mi mano ha sido siempre esta coladera

Tuve suerte de nunca hablar con Ángel demasiado en serio. Lo conocí durante unos quince años y en todo ese tiempo, desde el primer saludo hasta el último acuerdo, todo era broma. Nunca hablamos de nada grave o formal, de nada abstracto o sagrado, que no fuera excusa o preámbulo para tomarnos el pelo. Además, nos parecíamos en algo: por fuera éramos callados, y por dentro, bastante idiotas.

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Thirst Trap

Los dibujos de Soler Frost retratan tanto al modelo como esa distancia insalvable que lo separa del artista (y, por lo tanto, del espectador): el espacio vacío entre el modelo masculino y su representación se carga de deseo, pero de un deseo que sintetiza, que transforma la sintaxis escurridiza de los cuerpos en un lenguaje de frases breves y tajantes —alquimia de la mirada—.

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Ángel

Ha muerto Ángel Ortuño. Tan sólo pensar en lo que significa esa frase ya es una insensatez. Escribirla es inaceptable.

Lo conocí en 1991, cuando fuimos asistentes de investigación en el entonces llamado Centro de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara. Yo ignoraba que fuera poeta, si bien escribíamos anagramas, palíndromos y rimas burlescas, robándole tiempo a nuestras obligaciones. Pese al respetuoso voto de silencio de aquellos cubículos, éramos parlanchines y nos reíamos escandalosamente, muchas veces a costillas de nuestros jefes y compañeros. Un día matamos un ratón en el patio. Lo acorralamos entre dos botes de basura y lo golpeamos con el palo de una escoba. Cuando al fin entendimos que ya estaba muerto, volteamos a vernos con horror, mientras la risa se nos congelaba en la cara.

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La poesía de Francisco Martínez Negrete

El poeta es oposición, negación, fuerza destructiva según una leyenda forjada en la imagen más inmediata y superficial del romanticismo a lo Lord Byron —la vida debe ser una obra de arte—, y su poder es tan fascinante que constatar su poca densidad no le resta un ápice a su atracción.

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Un libro o una llave

Darío reflexiona en torno a la relación entre palabra y mundo en el nivel enunciativo del texto. Quiere, por ejemplo, “calcular el peso neto de esta cosa indigna de llamarse” o afirma: “metí la lengua por el agujero del objeto” (¿y qué es el lenguaje mismo sino una forma de meter la lengua, como una llave que entra en la cerradura, en los objetos?). La palabra ocupa un espacio, tiene un peso y una contundencia tosca y concreta en este libro.

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Cuatro reescrituras de Ramón López Velarde

Yo que canté con otros corazones/
en fuga de vida, cada poemática;/
alzo hoy la voz a la mitad del viaje,/
vibrando luz, con mis labios partidos,/
alzando la cara tiznada al cielo/
para rasgarle el velo a la justicia.

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