Las niñas buenas no se tiran al agua

No teníamos frío ni montañas para demostrarlo,/
solo las olas de altamar eran nuestras cordilleras,/
y siempre, siempre, estuvimos en la cima en algún punto,/
y las nubes de lluvia detrás de las casas y los cables/
también fueron nuestras montañas temporales, sin pendientes,/
o sin faldas, en ningún caso montañas niñas. Y los montones/
de ropa sucia, montañas llenas de túneles, hermana.

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De cuerpos presentes

“Para sobrevivir no podemos quedarnos quietos o poner en duda la posibilidad de encontrarnos”, escribe Eva Castañeda (Ciudad de México, 1981) en su último libro, Decir otro lugar. Se trata de poemas estructurados a modo de fragmentos narrativos, construidos desde una imposibilidad inicial por decir con palabras eso que acontece en el cuerpo. La voz que enuncia pone en duda el yo como principio de identidad, se coloca en una herida que trasciende la voz individual para enunciar un yo colectivo, un cuerpo en desplazamiento constante hacia el otro, que se extiende, se ofrece al tacto y a la posibilidad del encuentro.

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Exégeta del sueño y las piyamas

Como diría Proust, exégeta del sueño y las piyamas,/
El mayor milagro es despertar./
Amanecí cortado en un reino de vitrales negros,/
Paréntesis de espejos donde mi cuerpo era la cama./
En nombre de Jesús y del santísimo día,/
Noche, exijo que te arrodilles;/
Que tu sangre negra sea un membrillo alegre,/
Que sea el mismo día floreciendo en la luz oscura de los árboles.

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La nitidez del jeroglífico

¿Sentir la poesía o inteligirla? Ni lo uno ni lo otro: remitirse al texto, crucero del habla y la musicalidad, el ritmo y la palabra, elocuencia cargada de significación. Porque más allá está la poesía con un sinfín de posibilidades, cosa inabarcable, cielo sin orillas; y más acá el poema, demasiado humano, sembrado de señales e impregnado de mundo como un campo minado de registros que da fe del latido de una época en la infinita gesta de las generaciones.

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El río que regresa

Como en la Venecia de Thomas Mann, en este Tigre la imaginación de un deseo posible se toca también con aguas oscurecidas de cadáveres. Sin embargo, los canales inmóviles de la ciudad italiana son la contracara del río que imagina Pulido, el cual funciona como un espacio que, al igual que la forma misma del cuaderno, es el hogar de las experiencias inacabadas, abiertas, en tránsito.

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Creo en un dios jugador, fragmentado y lubricante

Lo divino está presente en nuestra cultura y nuestra poesía desde la época precolombina. Para los antiguos nahuas, la implicación del flor y canto —lo más cercano a la concepción de poesía occidental— tenía resonancias religiosas en la voz de los tlamatinime. En la Nueva España, las rimas sacras eran cultivadas por las plumas más prestigiosas del reino. Los asuntos divinos no mermaron siquiera con la secularización del Estado y la cultura laica que triunfó en el último cuarto del siglo XIX, como lo demuestra buena parte de las estrofas de nuestros románticos y modernistas.

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La playa de toda nuestra vida

40 minutos caminamos/
sobre la arena gruesa/
de esa playa que en resumen/
fue la playa de toda nuestra vida,/
el único mar que juntos conocimos./
40 minutos sin decirnos nada/
frente al ocaso sucio/
del Pacífico salvaje…

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Los monstruos que imaginabas de niño

Cada veinticuatro semanas
—o cada que el médico lo señale—
vaya al laboratorio de su preferencia
hágase una prueba de función hepática
y compruebe sus niveles de bilirrubina.
Tenga en cuenta
hacer actividad física regular
mantenga un peso adecuado
y no ponga mucha sal a sus comidas.

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Apariciones

Francisco Magaña es poeta, traductor y artista visual. Miembro fundador y editor de Ediciones Monte Carmelo, ha sido becario del FONCA y del FOECA-Tabasco. Recibió, entre otros, el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 1999 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2001. Ha realizado la traducción de Reflexiones sobre poesía de Paul Claudel y, junto con Luis Armenta Malpica y Gabriel Martín, de Los cuatro estados del sol de Jean-Marc Desgent.

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El tiempo de edificar

¿Cuándo vendrá? El tiempo de edificar, digo.
Levita sobre mí un cielo raso: signo azul del vacío,
aire estéril
sin nada que pueda usar para construir nada.
Aquí abajo,
sobre la tierra,
zumban mis manos
por destruirlo todo.

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