Yo también estoy ahí desesperada

cuando veas que el vómito se desliza por el vagón
en la madrugada de comienzo de semana, siéntate enfrente
aprovecha que estás sola y, con ambas manos, toma tu parte
entonces bebe, que allí también tú eres mi hermana

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De cuando fuimos dinosaurios

Un níspero marchito/
de espinas puntiagudas y frutos muertos/
clavado a la mitad de mi dorso/
finge equilibrar las futilidades del mundo./
El músculo que erige la columna/
hace semanas dejó de sostenerme.

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Sin nostalgia del cielo

Ventanas al mundo exterior/
abiertas al sol como mis venas/
ojos gárgolas ciudadelas/
los remordimientos vienen a cebarse/
como vienen las moscas a las heridas del perro./
Pero ya no tengo huesos que darles./
Esta costilla fue una jaula,/
esta boca,/
fue un pensionado para señoritas.

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Máquinas del extrañamiento

Siempre hay algo más. Personajes esbozados en escenas incompletas, agentes de acciones crudas, a punto de, en el límite de, al filo. Ambigüedades, finalmente. Veintitrés poemas, si así los queremos llamar, que son a la vez puestas en escena. Veintitrés poemas donde, como afirma Hernán Bravo Varela en la contraportada, “el dolor nace de lo vivo y, al mismo tiempo, hace nacer lo vivo de sí”.

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Mi mano ha sido siempre esta coladera

Tuve suerte de nunca hablar con Ángel demasiado en serio. Lo conocí durante unos quince años y en todo ese tiempo, desde el primer saludo hasta el último acuerdo, todo era broma. Nunca hablamos de nada grave o formal, de nada abstracto o sagrado, que no fuera excusa o preámbulo para tomarnos el pelo. Además, nos parecíamos en algo: por fuera éramos callados, y por dentro, bastante idiotas.

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No le devuelvas al mundo la mirada

Para tomarte una foto noventosa
ponte un vaquero roto
y la campera de cuero de tu padre
gafas oscuras y las manos en los bolsillos
No mires a la cámara
la popularidad no te interesa
Naciste mala y sola
y mala y desolada morirás

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Pasaje

Tendré que valerme de flores para dirigirme a ti./
Plumería silvestre (tu olor empalagoso me marca)./
Coralillo puntillista (te trenzo en mi cabello)./
Tlepatli azul índigo (borras el cielo)./
Lignum vitae (predices todas las historias)./
Rosas que crecen harapientas en la costa (quédate conmigo).

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Una casa tiene forma de pliegue

Perder una casa no por cataclismo o inundación, sino por enajenación de los materiales, por distancia entre las paredes, mal calculada, como posición entre el dedo y el rostro, como columna que sostiene la estructura.

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Prótesis para un cuerpo mutilado

A veces cinco días sin dirigirnos la palabra/
en el desayuno, gestos de despedida,/
a veces antes de cerrar la puerta/
como elementos decorativos jarrones/
vacíos que ni siquiera hacen ruido al romperse,/
a veces la culpa palpitando como un pájaro/
que agoniza en nuestras manos, el silencio/
como única manera de confesar

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La memoria es una casa cerrada

Las palabras podrían ser/
un medio de propulsión/
para alcanzar el silencio/
quiero el silencio/
de una niña que duerme/
acunada en los brazos/
quiero una canción/
para cantarme/
cuando me pierda/
otra vez

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