No importa si Londres o nosotros

Claro que todos mis prejuicios
de mujer se me vinieron encima, porque en el merendero
sólo había hombres que comían tocino y huevos y jitomate
(si estuviera en Portugal, serían sándwiches de queso),
pero pensé: Estoy en Londres, estoy
solita, a mí qué me importan los hombres, los ingleses
ni se meten tanto con una como los nuestros,
y así…

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Nadie entiende el cielo que se asoma en las ciudades

Una cuchara de plata frente al lavabo.
La rápida evaporación del agua te ha tomado por sorpresa.
Hace tiempo ella estaba aquí, entre nosotros,
hablándonos sobre las posibilidades que teníamos para comenzar
el año de buena manera,
brutalizando el I Ching,
diciéndonos que no nos preocupáramos en caso de no contar con las ganas para seguir con esta fortuita adivinación.

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Hacemos música con las manos

nos ponemos tinta en la piel para marcar territorio/
no tenemos paciencia para ver una planta crecer/
repetimos los mismos errores/
mentimos para no tener que explicarnos/
buscamos nuevas maneras de desnudarnos/
nos aburrimos de la otra y desaparecemos/
no sabemos querernos pero a veces/
compartimos nuestra sangre con jeringas/
y así nos mantenemos vivas…

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La vida es solo una portezuela

Maciej me enseñó a descender
con arnés altas montañas de cuarzo
en las que revientan criques con agua láctea:
el vértigo despertó demontres en mi ombligo,
solté el control sin soltar la cuerda umbilical
que me sujetaba al encino.

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Los ayes del yo

La intemperie completa las cartas de Louis XVI,/
la lluvia nocturna es a medida del agua en gotas./
A las sílabas les sucedían cosas y pocos, como Él,/
monarca para ignorarlas: su tiempo se aposenta,/
marcha con ojillos de acullá camino al matadero./
En el de Echevarría rodaba rumbo a una sangre la/
visible región del vecindario, en este, nada faltaba./
De ahí no lo sacarían tan quieto, aunque esa vez sí./
A los muertos los sacan de donde dejaron de estar,/
y en la escena del adiós una diosa podía tomar sopa.

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Un mausoleo prestado

Llegamos de a poco a reunirnos ante el nicho,/
un mausoleo prestado./
Quién hubiese dicho que iba a ser necesario/
erigir un lugar de reposo/
(la obra está en proceso—le quedan tres vacantes);/
es como cuando/
una pareja joven alquila su cochera.

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No tengo fuerza para ser civilizada

Veo que mi poema recoge su vestido/
y lo mete en el refrigerador/
dice: No te asustes/
cuando los pedazos de vidrio /
aderecen tu comida./
Mi poema suda mucho /
si un militar sereno /
ausenta la belleza /
del vestido y del encuentro.

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El instinto que nos dice

El corazón de la madre ilumina/
el territorio de la mano./
Con impulsos rápidos /
sube el dedo más largo/
para agarrar al pájaro salvaje./
El dedo que indica el silencio/
está coronado de estrellas./
Por la ladera derecha/
se desliza el pez rojo…

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Las moradas gélidas

A veces me pregunto si mi muerte/ llamará la atención en este mundo/ o acaso correré la misma suerte / de tantos otros que ya están durmiendo/ en cajas que el olvido ha sepultado./ O si alguien en mi casa va a acordarse / del sitio que en la mesa yo ocupaba/ y en el estudio sentirán los libros

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