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……………………………….. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2004. |
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Sanguinas Por Ramón Cote Baraibar “Blanco el estrecho cielo/que guardan los párpados”. Con este par de versos Fernando Herrera concluye el libro que fuera ganador del Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia en 1985. Me refiero a En la posada del mundo. Pero paradójicamente ese “estrecho cielo/que guardan los párpados” le ha permitido ver muchas más cosas de las que ni él mismo pensaba, pues allí aparecen ciudades como San Francisco, París, Coral Gables, calles de Hong Kong, Mesitas del Colegio, familiares y amigos, lo que nos da la medida cabal de lo que él denomina, o cree, su “estrecho cielo”. Hablamos entonces de la mirada como el primer y gran detonador de toda la poesía de Fernando Herrera, mirada que ha venido acompañada por una detenida atención hacia todas las cosas, y también, con una manera lenta, parsimoniosa, musical, casi elegíaca, que ha sabido revelar en cada poema.
Ahora que pasamos de lo que ve el poeta a la manera cómo lo dice, ahora que pasamos del ojo a la mano, a esa misteriosa y fascinante transformación de la experiencia en palabras que llamamos poesía, es justo traer aquí las palabras que le dedicara Fernando Charry Lara: “Desde un comienzo la poesía de Fernando Herrera se ha distinguido por una desnudez verbal próxima al lenguaje común, que entran sin embargo, y acaso por eso mismo, una singular intensidad de expresión. Es verso libre que colinda con la prosa, no la escrita sino la hablada. Y tiene la cadencia, no de un ritmo estudiado sino del habla corriente de la conversación. Dice las cosas llana y directamente, con la eficacia de las palabras precisas e indispensables para excitar de inmediato la imaginación del lector”. Más adelante, con la agudeza que lo caracterizaba, Charry Lara anota como otra característica de su poesía dos elementos decisivos que se han mantenido en su breve pero singular y honesto trabajo poético: la calidez y la diafanidad. Precisamente con esos ejes antes mencionados –desnudez verbal, lenguaje común, calidez y diafanidad-, Fernando Herrera emprende su más reciente trabajo titulado SANGUINAS, premio Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus 2003, libro que al publicarlo con gran acierto la colección de poesía de la Universidad Nacional de Colombia va a tener la resonancia que merece. Ahora el lector podrá comprobar que el estrecho cielo que guardan sus párpados ya no es tan reducido. Por el contrario, los límites se han ampliado y el poeta, con su peculiar estilo –mitad cronista mitad voyeur- nos trae en este hermoso libro varios retratos de personajes anónimos, de esquinas ocultas, que, gracias a la fina evocación, deudora de cierta poesía norteamericana –me refiero a Robert Lowell y William Carlos Williams principalmente-, ya son universales sin perder su verdad originaria. Aparecerán como salidos de la nada mujeres que ve en los autobuses, travestis asediados, ladrones, hinchas que salen del estadio, dementes de parque, vestimenta y discurso, payasos, y un largo etcétera sin que el poeta intente hacer un catálogo exhaustivo de la ciudad. Pero no solamente tenemos retratos, también encontramos reflexiones sobre el amor, sobre el paso del tiempo, sobre la muerte, que disminuyen el peso fotográfico de los poemas para hacerlos gravitar sobre la meditación que cada uno de estos temas le suscita. Si antes era rastreable la presencia de un Borges, por seguir hablando de influencias, ahora en SANGUINAS sus grandes maestros hablan en voz baja, prueba ésta de la asimilación y madurez de Fernando Herrera, poeta que empezó con el ya mencionado En la posada del mundo, pasando por La casa sosegada de 1998 para llegar a SANGUINAS, libro donde el poeta comparte con el lector y le sabe transmitir el alto voltaje de sus obsesiones, de manera cristalina, solitaria y, vuelvo a repetir, elegíaca. Cabe anotar que quien escribe el prólogo de Sanguinas, Francisco José Cruz, es un poeta ciego, andaluz, quien ha sabido advertir con inteligencia un aspecto del que aún no se ha hablado, y es la importancia del paso del tiempo. Él lo dice así:
Antes de cederle la palabra a Fernando, quisiera decir, a modo de conclusión, que ese “estrecho cielo” le permitió ver, para fortuna de todos, entre tantas otras maravillas, a la Muchacha de la pescadería. Un personaje, un oficio, un instante, un misterio. Un poema que, según Juan Felipe Robledo, es uno de los más hermosos de la reciente poesía colombiana. Comparto enteramente su opinión:
Ahora sólo resta que Fernando Herrera nos muestre el amplio cielo que guardan sus párpados.
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