¿Se habla del retorno como de una cicatriz
—violenta, muda
larga en el tiempo—?
Con los pasos y la edad atados al sol
con nuevos surcos abiertos en la tierra de los ojos
todo vuelve
todo revive de su recuerdo empañado.
Una ciudad es un reflejo —Tezcatlipoca—, humo sobre la cara
de tu espejo perdido.
Extrañas cosas pasan
cuando se extraña de veras
incluso el rumor ruidoso de lo ajeno
el vómito agrio de tu luz verdecina
en las nubes lila de primavera
la piel del volcán —esas costras eternas—
y todo el mundo de restos
que yace bajo los pies —Historia:
Alguna vez dormí
en una habitación gris
con una mujer hermosa. Me llevó al bosque a través de una grieta
abierta en el temblor. Me dejó descubrir
como tesoros o ruinas, cada uno de sus tatuajes.
—El primero —me dijo— dice “desierto”. Se ha borrado tantas veces
con caricias
y ahí sigue…
Se afirma a menudo que el tiempo nos devora
como un pedazo de leña tendido a la lumbre.
Pero la acción del tiempo, un oleaje obsesivo
consiste en devolver:
tanto construir, tanto elaborar
espejismos de futuro
para regresarlo todo
íntegro
al presente.
¿Adónde
se regresa, entonces
si no hemos sido una sola vez
siquiera los mismos cuerpos
las mismas promesas enterradas
en el sedimento del tiempo?
¿Quién acaricia hoy tu sueño con mis manos
donde no fui yo
quien se quedó en este cuarto
en esta ciudad
a construir con fragmentos
de amores pasados —como costras eternas— el magma vivo de un corazón
o a cuidar tus cabellos del vómito después del alcohol
o a trenzar nubes lila en sus remolinos de vértigo?
¿Quién permanece hoy de todo esto? ¿adónde va lo que no vivimos
lo que no vimos caerse por dolor
o por pereza?
La ciudad se inscribe en los ojos
como se escribe la vida:
violenta, muda
larga en el tiempo.
¿Son siempre ajenas estas playas vacías?
¿Esta sombra desnuda, cargada de agua
por ejemplo?
¿Esta brisa que casi previene de perderse:
vestido rasgado a la talla de su inmensidad?
Las olas que ensayan un refugio momentáneo
con la curvatura de su cuerpo
ensortijan los tobillos.
Ya estamos dentro:
rompamos
dejémonos volar fragmentos
en la espuma recién parida del presente.
Lo íntimo de lo extraño en lo íntimo
la luz que amansa o agudiza las esperas
la casa soñada y guardada en un estuche
de sal y arrugas
es un verso (beit):
un zumbido que persiste
en las playas vacías
de cada palabra.
Un cocodrilo es un termómetro geológico
hidrómetro que mide sus flujos
al tiempo de sus lentas inmersiones cotidianas.
En él, las llagas abiertas de los incendios brotan
por las crecidas densidades de su sangre-mercurio.
Un cocodrilo es un termo-regulador de mundos
complejo sistema de válvulas
de glándulas
que secretan repentinas emulsiones anímicas:
miedo, enfado, excitación despiertan
su doble filo dorsal aguaterrestre
con la fuerza motora de un coletazo.
Piedra viva, piedra de sol
hasta craquelar su árida corteza de carne. Razón por la cual
algunas veces duerme con la boca completamente abierta.
Puede ser
que alguno que otro universo encuentre
por sus fauces
la salida.
Ser el gen recesivo en la doble hélice del alma
memoria lisa en el pliegue arrasado
rascar de una voz-lagartija detrás del oído
al amparo de un ruido mayor.
Polvo de huesos que el aire robó
a las manos antes
de transformarse en petróleo.
Humo
por donde el aire sangra
tinta
de pulmón ahogándose.
Ser el gen recesivo en la doble desgarradura del habla.
Palabra de fuego que el silencio aprehende
sin rastro de combustión.
Una instantánea
Combien de fois j’ai mis les appareils par terre pour pleurer…
Sebastião Salgado
escribir:
cavar el blanco con palabras simples
hacerse polvo del bullicio
cribar
cridar
desgarrarse la garganta
desatarse la estridencia obscura de una parvada en llamas
derramarse en tentáculos las letras
la tinta marina
de toda tempestad.
*
Temblar
rebaños tumultuosos de palabras
hatos rumiantes de palabras ciegas
que balan
que arriman
su animalidad nocturna
toda su sed y su niebla
su espera que pasa
pero no apacienta.
*
Sembrar
saberse inclausurable surco
árida ruta surcada de resuellos
de norias arrastradas por el viento.
Donde acaba la palabra
se propaga el grito.
Quedarse:
recoger los frutos del destierro
plantar un bosque donde antes estaba.
Al final
disparar al vacío.
Dar en el blanco de lo que siempre estuvo.
Dejar allí, donde no hubo sutura
una impronta de luz:
* Poemas pertenecientes a Donde no hubo sutura, Guadalajara, Mantis Editores, 2024.

Autor
Dánivir Kent
Guadalajara, Jalisco, 1987. Poeta y ensayista. Autora del libro Fuego en la pupila: un acercamiento a El libro de las semejanzas de Edmond Jabès (2023) y los poemarios Donde no hubo sutura (2024) y Caducidad (2014). También ha publicado diversos ensayos académicos en revistas y libros colectivos. Ha impartido cursos en el Colegio de Letras Hispánicas de la UNAM, en el Programa de Cultura Judaica de la UIA y actualmente es docente de tiempo completo en la Universidad de Guadalajara.