marzo 2026 / Inéditos

Redenciones de última hora



XV

Hombre de estado, dicen,
bobo empotrado en una sinecura
que vacía las despensas del vecindario.
Altavoz de mentiras oficiales
que escala desde el don señor mío
hasta grata excelencia
cuya vida guarde
Dios muchos años.
Llega la pandemia y se salva
hasta que cumple su destino
y le cantan las excelencias
en todas las radios locales.
Adiós, ladrón,
dejaste el prestado mundo
a los tuyos con bozales.

XVIII

En la puerta de San Pedro
están ahí amontonados
los que reclaman su ingreso
en la gloria enseñando sus papeles:
mira, ayudé a los pobres,
oye, curé a los ricos,
escucha, obispo fui de indios
jamás vistos
y que aquí no tienen cabida.
Siento por ellos en el alma.
Puta fui, te cuento, sacada
de las manos de Antón,
santón
ojeroso que comía por cuatro
y abreviaba los oficios porque tenía prisa.
Bueno, déjame entrar, Pedro,
que si abro mi boquita,
se desata la tormenta,
pues si no me salvo,
con lo que he tragado,
escupo
y el juicio empieza desde cero.

XXV

Juan Calvino, amigo mío,
rebélate,
no dejes que Dios te afeite
si fuiste lampiño desde siempre.
Y lo digo por el bien tuyo
y el nuestro por los dineros
que pastores legos
arrancan de los ingenuos,
intuyo,
que anhelan lo venidero.
No hay tregua, pastor dilecto,
pues ni el mundo de los poderosos
se achanta ante el saqueo.
A Dios gloria eterna
y al grito de su nombre
vuelan las alforjas preñadas
para el hurto vociferante
de cualquier simple hombre
que abraza lo preponderante.

XXXII

Antes los gringos lanzaban bombas
a Indochina
y los muchachos melenudos
iban a la plaza a bailar sus imprecaciones.
Hoy no es así, son los rojos los que atacan
y mandan recuerdos a los viejos
sobre sus bailes y aquellas pancartas
alzadas por aquellas maldades pasadas.
Veneno o hipnosis colectiva
de la mano del gran tahúr de las estepas siberianas
que juró que recuperaría la gloria
del zar muerto por la perfidia.
Están en ello
mientras miramos
la tele.

XXXIX

Tente en pie, camarada océano,
pues ya no eres nada
desde que la anguila
se acerca a la playa
con la bolsa en la garganta.
Arriba llovió la tormenta
que llevará las aguas al cuello
de los escaladores de grandes bolsillos.
Camarada, toda esta agua
que deshiela las ilusiones
y llama al Noé de las arcas
te llenara la panza
y vomitarás los lobos escapados
de las montañas anegadas.
Ahora leemos los créditos
por orden de hermosura:
El jefe Bezos llamado Jeff(e),
la señora del tacón alto
y ese mamarracho empelucado
que lanza al aire sus amenazas
porque jura que se beberá, solito,
el Amazonas.
Oh, qué poco esfuerzo
hicimos para que entren todos,
compinche a compinche.

XL

Achebe, gran compañero,
no fue tu culpa
que todo se desmoronara
y que los fuegos pasados
descubran que andamos desnudos
y buscando a los dueños de las cadenas.
Fuimos a Kinshasa
a ver al señor de los dineros
robados a los negros
y no vimos su tumba
porque salió despavorido
en busca de redenciones de última hora.
¿Y sabes?
Soyinka Aké,
el de los pelos desnegrados,
me dijo que se acercaba nuestra hora.
No pude saber la hora de qué
pero giré el cuello
y descubrí que Nigeria se derretía
como esta estatua
que acusaba a los gomorrinos
de clase media para arriba.

* Poemas pertenecientes a Nuestros amigos los nautas, Gijón, BajAmar, 2025.


Autor

Juan Tomás Ávila Laurel

Malabo, Guinea Ecuatorial, 1966. Poeta, narrador y ensayista. Entre sus obras destacan el libro de poemas Historia íntima de la humanidad (1999) y Nuestros amigos los nautas (2025), así como las novelas Arde el monte de noche (2008), Cuando a Guinea se iba por mar (2019) y Dientes blancos, piel negra (2022). Es el escritor ecuatoguineano más traducido y uno de los más reconocidos del África hispanohablante.

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