Las ventanas
A François Coppée
A lo largo de bulevares y a lo largo de calles, estrellan las casas;
A la hora gris de la mañana, replegando sus dos alas en persianas, albergan las exquisitas perezas y envuelven de tinieblas el sueño timorato.
Pero el sol las hace prosperar como flores, —con sus cortinas
blancas, rojas o rosas —
A lo largo de bulevares y a lo largo de calles.
Y mientras el vidrio espejea como agua durmiente, cuánto
encanto inquietante, cuántas confidencias mudas entre los
pliegues de las cortinas blancas, rojas o rosas.
Los arabescos de los encajes cantan las existencias alegres,
Los fuegos jubilosos de las chimeneas,
Las flores raras de perfumes cargadores de olvido,
Los sillones hospitalarios donde reposan las voluptuosas reflexiones y —en el esplendor de los cuadros —las evocaciones de países soñados.
Mas cómo lloran las lamentables cortinas de muselina desvanecida,
Cuántas quejas y cuántas angustias en el jirón de percal mugriento que parece tomado de un sudario;
Y cómo son trágicas las ventanas sin cortinas, —
Las ventanas vacías como ojos de ciegos, —
Donde sobre el vidrio estrellado, el trozo de papel pegado aplana nubes lívidas…
A veces sin embargo está radiante la pobre ventana, al borde del tejado,
Cuando, para esconder su triste desnudez, el cielo la pinta toda azul.
Con su maceta de geranio escuálido parece entonces —la
pobre ventana, al borde del tejado, — un trozo de azur donde
crecerían las flores.
*
A lo largo de bulevares y a lo largo de calles, estrellan las casas.
Y cuando el sol se mete en su hoguera incendiada, salpicando
de oro y de sangre el horizonte,
Resplandecen como armaduras,
Hasta la hora lamentable cuando, en el recogerse de todos los objetos, la oscuridad cae como una nieve negra, en copos.
Entonces todos los reflejos se apagan; todos los colores se confunden y se borran;
Solos, los vitrales de las iglesias, iluminados por alguna lámpara solitaria, resplandecen dulcemente, misteriosos y simbólicos.
*
Pero se despierta pronto el París noctámbulo;
Abre sus millones de ojos de ardientes pupilas;
Y, en la prestigiosa atmósfera de la noche, las ventanas reviven
A lo largo de bulevares y a lo largo de calles.
El farol suspende su globo familiar: dulce sol que hace florecer
las horas íntimas;
Las bujías de las lámparas de araña reflejan, en las ventanillas,
sus racimos coquetos,
Y sobre el vidrio, que es de ópalo, vemos deslizarse sombras fugitivas, al ritmo de músicas más vagas que suspiros;
Al lado, las ventanas de las casas en construcción se abren
como bostezos de perpetuo fastidio;
Bajo la buhardilla, la pobre vela tirita, — mientras el gas berrea en el entresuelo de los restaurantes,
Y fulgores de lámparas, fulgores de gas, candelabros y velas —confunden sus notas disparatadas en una sinfonía de rayos;
Donde la radiante cantilena de las horas benditas se mezcla con la gritona voz de las alegrías falsas,
Donde, ruidos de fiestas, ruidos de besos se mezclan con gemidos de solitarias agonías y con clamores de la depravación lúgubre.
*
Luego, la hora silenciosa y helada viene a apagar luces y brillos.
Sólo el paso regular de un policía va y viene sobre la banqueta
sonora, bajo las ventanas que se duermen como ojos cansados
A lo largo de bulevares y a lo largo de calles.
Noviembre de 1883
Pleno mar
A Théo Poilpot
Del fondo de las tumbas de tristeza
De donde sobresale el Irremediable como una bóveda, —
Del fondo de las tumbas de tristeza
Donde estás, de duelo vestida,
Y toda
Llorosa descendida —
¡Alma mía!
Acuérdate de ese retorno embriagado
En largas floraciones de la claridad Y en el poderoso viento fresco
Que cantaba.
Era como gloriosas praderas después de fabulosos combates,
donde los escudos de los héroes muertos resplandecían al sol.
El horizonte monte consternado
Y surgía de las montañas de jade y de mármol negro,
Abismándose de pronto con una formidable voz
En el natal caos.
Y montaban gigantes murallas de hierro
Hacia el cielo, proyectadas en magníficos impulsos
Que luego descendían a los abismos;
Mientras, las ninfas aterrorizadas
Corren en los glaucos barrancos, atravesados por los destellos
blancos de sus túnicas,
Sembrando las perlas de sus atavíos
En imponderables avalanchas.
El precioso grito de las gaviotas grises
Alegra el cielo gris como las alas
De las gaviotas grises.
Son ahora azules praderas
De pastantes cabras blancas
Mientras que libres caballos
Brincotean, las crines al viento
Y se abre en un cielo de concha preciosa la divina puerta
Que lleva a los eternos Palacios.
Los oblicuos rayos de un sol tranquilo han vestido jardines
Sobre las nubes esclavizadas
Y se abre la divina puerta
Que lleva a los eternos Palacios.
El oro prodigado desciende en fluidos cortinajes
Y las verdes transparencias
Se pavonean de oro prodigado
Y las verdes transparencias
Se constelan de zafiros, de ópalos y de carbúnculos —
Y se eleva un canto recogido
De profundos Órganos;
Es la inmortal Belleza, sacerdotisa
Que ataviada así de destellos
Celebra los ritos sagrados.
Pero pronto vencida por el encanto
Relajado de esta tarde, —
En que el oro prodigado desciende en fluidos cortinajes —
Serena, Ella se acuesta para el reposo
Y su pecho respirante
Se levanta, conmovido por un prodigioso sueño.
Las verdes transparencias
Se han ahogado en las profundidades
Que ruedan ahora en sus negros repliegues;
Los Vértigos sonoros.
La Noche conquistadora
Ha venido
Y se ve ondular la cola
De su vestido con flecos de húmedas estrellas
¡Y al fin desaparece!
Despiertan a los lejos
Los Faros.
Sinfonía en gris
A Rodolphe Salis
No más ardientes destellos en el cielo endurecido
Que parece tristemente soñar.
Los árboles, sin movimiento,
Ponen en lontananza un encaje gris. —
Sobre el cielo que parece tristemente soñar,
No más ardientes destellos. —
En el aire gris flotan los sosiegos,
Las resignaciones y las inquietudes.
Del suelo consternado se eleva un rumor extraño, sobrehumano.
Cabalístico lenguaje escuchado solamente
Por las almas atentas. —
Los sosiegos, las resignaciones, y las inquietudes
Flotan en el aire gris. —
Las siluetas vagas tienen el gesto de la locura.
Las casas están sentadas sin gracia
Como ancianas—
Las siluetas vagas tienen el gesto de la locura. —
Es la hora cruel y estupefacta,
En que el murciélago despliega sus alas grises,
Y se va merodeando como un maleante. —
Las siluetas vagas tienen el gesto de la locura. —
Cerca del estanque dormido
El grillo tararea exquisitos romances.
Y dulcemente resucitan en el aire gris
Las cosas fugadas.
Cerca del estanque dormido
El grillo tararea exquisitos romances.
Bajo el cielo que parece tristemente soñar.
4 de noviembre de 1882
* Poemas pertenecientes a La voz y la música. Poesía completa (trad. de Alfredo Lèal), México, Ediciones Ibero/Elefanta Editorial, 2026.

Autores
Marie Krysinska
Varsovia, Polonia, 1857 – París, Francia, 1908. Poeta, narradora, música y crítica literaria, figura clave de la vanguardia parisina de fin de siglo. Es reconocida como una de las pioneras del verso libre en francés, defendiendo su uso antes de que este fuera plenamente aceptado por los simbolistas.
Alfredo Lèal
San Pedro Mártir, Ciudad de México, 1985. Escritor, traductor y docente. Doctor en Estudios Latinoamericanos. Autor de Bolaño frente a Herralde. Relaciones económicas entre poética y edición de literatura latinoamericana (2022).