octubre 2026 / Traducciones



¿Lo ves?
En lo alto de esta escarpa hay conchas,
restos de sal en las brechas,
asteroides marinos.

           
Un canto no se forja
como una roca incandescente
que se pliega sobre sí misma,
sin artificios.
Una sílaba no guarda en sí
sedimentos de mares extintos.
¿Qué aguas filtra, por ejemplo,
la palabra chulun?


¿Ves el enorme arco de piedra
que se curvó bajo el peso del basalto?
Sedimentos de mareas innumerables
están en el origen de esos afloramientos
de areniscos castaño-enrojecidos.

         
La palabra más leve
no se pulveriza en areniscos arcaicos.
Ni alardea de cazadora, siempre
de lanza en ristre
para arponear arcilla
en márgenes fértiles de formas.
Intenta marcar con una lasca
de tiza, de creta, de greda —o barro blanco—
el camino de retorno de un laberinto
que nunca para de mudar su trazado.


¿No ves el itinerario de los ríos
corriendo hacia el oeste?
¿El sol sombrío arboreciendo reversos
en el bullicio de los arroyos?

           
¿Acaso la palabra llaillai
guarda el murmullo de los ríos en celosía
que corren por desfiladeros, sobre lajas? 
¿Ves esos relieves donde afloran
escarpas y venas pétreas?
Grano a grano, de arena,
polen, polvadera o materia fósil,
surgieron sobre deltas criados
por el acervo de muchos ríos entrelazados. 


¿Oyes el viento en las fendas,
entre las fallas de la furnia?

           
El viento no habla ninguna lengua.
Sol curtido. Lluvia árida.
Cürëv. Suelo ríspido.
Hace su ronda, oscuro,
entre fronde y fronde, muro y roquedo,
como un eco que intentase
corroer el silencio.


¿Y la ráfaga que esparce simientes
y hace danzar a las bayas,
las habas de colores casi mudos
antes de la lluvia?

           
Las letras que el acaso reúne
en sus hileras nada significan
para sí mismas; apenas si se ven
como enigmas, en su ceguera.


¿Y estos frutos con pigmentos
azules, bermejos, violetas,
y estas flores que oscilan
del rubio turbio al oro viejo,
aglomeradas en torno al tallo?

           
Pequeños globos prudentes, chod,
sin la belleza inestable de los pecíolos
ni astas leves que en el temporal
las lancen a la danza.
Sin pétalos lancinantes,
sin lances de alegría.


¿Cómo describir lo veludo de esta flor
—este ovillo hecho de mínimos vellones
de tonos secos, que es esta flor?

       
Trazos, sílabas, sonidos son rehenes
y huérfanos de cosas innombradas.
¿Qué lengua puede abrigar un brote
en su instante de surgir,
y significarlo?
Bajo el Sol el río asciende en nube,
que desciende en lluvia,
que se sumerge en la Tierra
(en sus grutas hondas)
y después sube en neblina,
propicia a las siembras.


¿Percibes esta prisa dispersa en la hierba?
¿El olor a onza en el oraje,
en la brisa y aun en la ventisca?
¿El ceniza disperso en las alas del sayaco?

           
Voces y lenguas no se juntan en ronda
para una danza rupestre
inscrita en la sombra de una lapa.
Piedra pulida, piedra lascada —piedra. 
Antes de ser cerámica
la arcilla no se imagina corrugada,
ni urna funeraria.


¿Desde qué lugar hablas?
Bajo ese suelo raso y arenoso
hibernan bulbos, bajo ese charco podre
se enmarañan gemas de rizomas,
lugares donde todo puede ser un comienzo,
frutos de futuros.

           
De la humaza de la hoguera,
de los papeles de casca de higuera
donde arde la sangre de la lengua herida
por una cuerda farpada
rezuma en espirales
la visión de todo lo que inspira
y de lo que no se puede ver.


Veo los vestigios
de un aguará que se escabulle entre malezas,
sus pisadas recientes
sobre el magma antiguo.
Un aire alborozado rozó el pelaje del jaguar.

           
Rimas son como artimañas
primitivas. Escamas de granizo,
simetría de prismas pobres,
sin nitidez, bordes borrados
—apenas dibujos de devaneos,
ríos de delirios, ritos vacíos.
La piedra, el agua, el viento,
todo tiene su espíritu.


¿El tiempo mudó de lugar?
Veo al borde del itaimbé el nido enredado
de una golondrina-de-collera.
Y en la vega el refugio vulnerable del iñambú
—las plumas de su dorso
de un ceniza-oliváceo casi andaluz.

           
Como la memoria. 
De lo alto de la cordillera andina
donde viven los Pewenche, el pueblo de la araucaria,
migra el águila-chilena
para hacer aquí su invernada,
en las reliquias vegetales de estos campos,
entre los pinos de Paraná.


¿No ves el poniente que cubre de colores
aquella ave con plumas rayadas
en rojo y negro,
o aquella con plumas en verde-bronce
profundo, sus patas negreadas
y el dorso estriado en blanco?

           
Ciertos pájaros tienen plumas
que se alteran conforme al color
de la tierra que los impregna.


Siento el rumor en las fracturas de la roca,
el lienzo de organza sanguínea
bajo las pálpebras cerradas.
En lo alto de esta escarpa hay conchas,
restos de sal en las brechas,
asteroides marinos.

           
Ríos y abismos no demarcan fronteras.
Son caminos.
En el cielo las constelaciones se mueven como águilas,
onzas-pintadas, pájaros nómades.
Nada está fuera de lugar.
¿Lo ves?

II

En mi memoria todos esos campos son uno solo.


¿El tiempo mudó de lugar?
Mira las barrancas blancas, los areniscos ocres
que se molturan como frutos de bayas de jatobá,
la altivez del guapuruvu vibrando en la copa del pino italiano
y esos ríos que parecen abismarse en los cielos de allá y de acá.
¿Que mano dibujó paisajes tan diversos?

(…)
[work in progress]

* Poemas pertenecientes a En la tela rútila de las pálpebras, Madrid, libros de la resistencia, 2026.


Autores

Josely Vianna Baptista

Curitiba, Brasil, 1957. Poeta y traductora de literatura hispanoamericana y amerindia. Autora de Ar (1991), Corpografia (1992), Os poros flóridos (2002), Terra sem mal (2005), Sol sobre nuvens (2007), Roça barroca (2011) y Fábula: na tela rútila das pálpebras (2021), entre otros. Sus libros han sido publicados en México, Suecia, Argentina, Perú y Estados Unidos. Su trabajo está representado en The Oxford Book of Latin American Poetry. Tradujo el Popol Vuh y los cantos mbyá-guaraní del Ayvu Rapyta, así como a Augusto Roa Bastos, José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, José María Arguedas, Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, entre otros.

Reynaldo Jiménez

Lima, Perú, 1959. Es poeta y traductor, afincado en Buenos Aires desde 1963. Fue editor del sello y la revista de poesía tsé-tsé. Publicó, entre otros, los libros de poemas Las miniaturas (1987), Ruido incidental / El té (1990), 600 puertas (1993), La indefensión (2001) y Musgo (2001), y los ensayos Por los pasillos (1989) y Reflexión esponja (2001). La editorial española libros de la resistencia ha publicado en tres tomos su obra poética, reunida bajo el título Ganga.

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