Textos

 
Ramón López Velarde, El minutero (Pablo Sol Mora, ed. y pról.), Aquelarre Ediciones, Xalapa, 2023, 116 pp.

 


 
Schopenhauer decía que el único modo de existir del individuo es en el tiempo y el espacio, para colmo menguados, en tanto al morir nosotros, muere la conciencia de ambos; en este sentido, el filósofo alemán afirmaba que la vida es un préstamo de la muerte. Por lo anterior, es natural la obstinada preocupación por nuestra finitud. El paso del tiempo ha sido una adivinanza persistente no sólo poética, sino humana.

Recuerdo que María Zambrano relacionaba dialécticamente la poesía y la filosofía; la primera era la respuesta a la segunda. Mientras que Borges sostendría la tesis de Schopenhauer con un admirable poema, “Las cosas”: “Durarán más allá de nuestro olvido;/ no sabrán nunca que nos hemos ido”. Sin embargo, tras leer El minutero de Ramón López Velarde, se tambaleó la proposición de Zambrano, porque las prosas velardianas exponen la conciencia de nuestra transitoriedad, la conciencia sobre la nada: el tiempo. El minutero no es un libro fácil, solicita varias relecturas: su editor y prologuista Pablo Sol Mora también subraya en su complejidad. Ya lo creo, “hay más filosofía en la poesía que en la filosofía misma” —Borges, si no me falla la memoria.

López Velarde preparó estas prosas como si insinuara próxima su muerte, perfumándolas con su juicio de nulidad. ¿Qué es el hombre antes de nacer, ahora, después? En los veintiocho textos breves del poeta se designa al presente como única realidad que da sentido al existir. Velarde lo consigue a través del lenguaje, materialización del poeta: “Que lo que fue mariposa no parodie a los reptiles” (p. 44). El minutero es la pregunta y la respuesta ante la tesis: “Lo que ha sido ya no es, y por ello es tan poca cosa como la que nunca ha sido” (Schopenhauer de nuevo).

Velarde monologa transitando la ciudad: “Oigo el eco de mis pasos con la resonancia de un trasnochador que camina por un cementerio” (p. 40). Pero todo monólogo implica un oyente, entonces conversa: “Zinganol pensaba, con un agudo autor, que la vida es un mal cuarto de hora…” (p. 63). Velarde, el más moderno entre los modernos, recurre al lenguaje coloquial como los cronistas decimonónicos que hallaban en la oralidad una reconciliación con el origen, el lenguaje. Respecto a la discusión de su modernidad, Sol Mora señala en el preciso y ameno prólogo: “mucho se ha discutido sobre el género de El minutero (ensayo, crónica, cuentos, esbozos de crítica literaria y artística)” (p. 14).

Por supuesto que Octavio Paz escribió en Los hijos del limo1 y Cuadrivio sobre la singularidad en López Velarde, y más allá de que encontró otras improntas a las de Charles Baudelaire, en primer lugar ratifica la factura de poeta moderno al zacatecano. Éste “no es ni postmoderno ni vanguardista al crear un estilo de lenguaje,” porque, en segundo lugar, “[m]ediante el diálogo entre prosa y poesía se perseguía, por una parte, vitalizar a la primera por su inmersión en el lenguaje común, y por la otra, idealizar la prosa, disolver la lógica del discurso en la lógica de la imagen”. Dice en “Pecado”: “Lancé su corazón con la ceguera desalmada con la que un niño lanza el trompo” (p. 29).

Para López Velarde el hombre es lenguaje, razón por la que ambos se van construyendo –o no– en la fluidez de una conversación, en el ir y venir, como “la mirada que se mira, el saber que se sabe saber, es el atributo del poeta moderno”, dirá Paz en Cuadrivio. Mientras que López Velarde dirá: “El bailarín comienza en sí mismo y concluye en sí mismo” (p. 85).

Cuando yo versificaba y gemía infantilmente bajo aquellas frondas […]: “Mi vida es una sorda batalla entre el criterio pesimista y la gracia de Eva. Una batalla silenciosa y sin cuartel entre las unidades del ejército femenino y las conclusiones de esterilidad. De una parte, la tesis reseca. De otra, las cabelleras vertiginosas, […] en que la intensidad de la vida coincide con la intensidad de la muerte” (p. 39).

Como la pulsación del metrónono, la conciencia de finitud y la fatal fugacidad va de la ironía y lo dual hasta preguntarse si esto es un poema en prosa o una prosa poética. Sin embargo, vuelve al mismo punto: el lenguaje. En otra estancia de El minutero, López Velarde admite que no podría entenderse a sí mismo sin el complemento femenino. “La mujer es la llave del mundo, presencia que reconcilia”, a decir de Paz,2 aunque esta figura sea un rostro más de la muerte.

La muerte es a la vida como la mujer al hombre, puede leerse así, y no es para menos porque López Velarde era cristiano. Entonces, su erotismo frustrado elabora una semántica sacra de las mujeres: vírgenes, altares, depositarias, inanimadas. “Porque tu pecado sirve a maravilla para explicar el horror de la Tierra, mi amor, creciente cada año, se desboca hacia ti, Madre de las víctimas” (p. 103), dice López Velarde en “Eva”, pieza con la que concluye El minutero. Este anacronismo hoy le pasa factura al poeta, pero también esa perspectiva podría responder a lo que algunos de sus críticos —entre ellos Xavier Villaurrutia—, como apunta Pablo Sol Mora, al egocentrismo del poeta. Como sea, El minutero es un libro que en su reedición no pasará inadvertido; su complejidad lingüística y poética es digna de ser atendida. Ramón López Velarde aún tiene la palabra.


1 Octavio Paz, Los hijos del limo, 1985, pp. 92-93.

2 Octavio Paz, Cuadrivio, 1976, p. 79.

 
Entre paréntesis

¿Conviene alejarme de la herencia del Romanticismo
y evitar escribir de algo personal?

¿Es pudor?

¿Conviene decir, como los poetas filipinos del siglo pasado
que el texto no es mío porque es de mal gusto
asumir la autoría de un poema?

¿Conviene hacer uso de cultismos o ser coloquial
clásica o innovadora, específica o universal?

Hay un traductor que se queja de los poemas que explican
en lenguaje común lo que está mejor dicho en lenguaje poético.

¿Y si al usar términos técnicos termino escribiendo
en un estilo incomprensible y pomposo?

Dos personas que hicieron surgir la poesía en su idioma
están convencidas de expresar en la lengua del pueblo.

¿Y si no consigo decir lo que quiero
por la forma en que digo?

Cuesta seguir adelante.
Me retuerzo.
Doy vueltas.

Y no solamente, no principalmente
por todo lo que está entre paréntesis.

¿Me rehúso porque intuyo los riesgos
de llevar al lenguaje mi ruptura?

¿Si la ignoro y la dejo enterrada
por temor a sentir lo que siento?

¿Y si niego?
¿Y si huyo?

¿Y sigo diciendo
que el vínculo del que escribo es estático?

Debato.
Resisto.
Pregunto:

¿y si queda en el fondo a quién perjudico?
¿y a quién beneficio si la saco?

¿Confío, acaso, en el supuesto
efecto curativo del habla
de las antiguas canciones rituales?

Y si para empezar con algo sencillo

¿acepto mi duelo?


 


 
Exegi monumentum aere perennius

Me aferro a la resonancia
de las palabras grandilocuentes

y las búsquedas
de la poesía canónica:

a la tenacidad del verde
que reviste mi esfera semántica
con sus musgos.

Encuentro líquenes y algas
y al elegir esos vocablos
levanto construcciones en agonía

para hablar del duelo.


 
Nivel de serotonina: rebuscado

¿Qué ocurre si de mis labios
brotan ríos
de palabras especializadas
y sus lenguas de agua
rumbo a la desembocadura
lamen las sustancias nutricias
que serán transformadas
para el poético funcionamiento
de los cantos rodados?

¿Qué si los volumétricos flujos
en dirección al mar
pulen las piedras
de significados únicos
que han de llegar a ti
hasta volverlas guijarros?


 
Exoesqueleto

Vagan en el fondo
     los cinco pares
           de patas:

desplazan de un lado
          a otro
    su caparazón.

Con sus pinzas
     cortejan
          manipulan
             disputan
                 capturan.

Los crustáceos
        crecen
           y copulan:
se reproducen
       en mi voz.


 
Ctenófora

Para confundirme
con la iluminación de los lugares
donde otros se divierten

irradio:

me camuflo
en nubes verdes.

Por medio de la Luciferasa
proceso la toxicidad del exceso:

transformo mi química

en luz fría.


 
Expedición del acta

Más del setenta por ciento
de nuestra relación
fue oceánica

Nos ilusionaba
conocer a detalle
la flora, fauna y funga
de las exploraciones

y confiábamos
en los dispositivos
de rastreo sumergible

pero las inclemencias
del mar
deterioraron las tecnologías

y las altas presiones
mantuvieron inaccesibles
las zonas más hondas

Menos nueve por ciento
de esa vida submarina
pudo ser descubierta.

 

 

 
Sueño mudo

Estaba dentro de una casa de campaña en medio de la ciudad. Un pequeño​​​​ parque triangular entre avenidas.

Había al menos siete huevos: mi cuerpo, el sueño, el parque, la casa de campaña, el huevo que yo dibujaba, el lápiz resquebrajándose.

Es decir, había al menos diecisiete huevos: el mundo, mi casa, mi cuerpo, el sueño, el parque, la casa de campaña, el huevo que yo dibujaba, el lápiz resquebrajándose, el huevo que el lápiz resquebrajándose dibujaba, la casa de campaña como una hamaca descolgada, el parque hostil de la ciudad, el sueño que pasaba más allá de la ciudad, mi cuerpo dentro del cual avenidas tras avenidas, mi casa en otra ciudad, el mundo.

Pero yo venía a contar otra cosa.

Si la punta de la torre desgarra el cielo,
si el fuego no lo cocina,
si al final del corredor hay otro huevo,
y otra fogata,
si invento a un hombre fuera de la casa de campaña
y corresponde con algún nombre,
si mis ojos son ventanas de una ciudad desconocida,
si de un lado de la balanza está el huevo,
y del otro, el olvido,
si ese hombre está en silencio,
si puedo mover la punta de la torre
para que no rasgue al cielo por dentro,
sino al huevo por fuera,
si la ciudad se inunda,
si el fuego se apaga cuando despierto,
el lápiz que dibuja el sueño es la espada que lo desmorona.

 
 
uña menguante

el camino da la vuelta
tantas veces que se hace círculo
callejón de esquinas pulidas
red de pegamento enredada
al hartazgo
si mañana
rodando sobre mi cabeza
si pasado
mañana
me pinto las uñas
me las despinto al día siguiente
será lunes
será lunes de nuevo
bajo la misma colcha girando
palmas que recorren la calle
alisando baches
esta sábana aún sin huecos
recién lavada
y los árboles tintinean
navidad en primavera
si hay esferas rotas en primavera
turgentes en las ramas
el recuerdo del frío cuajado en morado
duele mirar tanto pedazo
mejor el calor entre las cobijas
estaciones cerrando y abriendo
el párpado de la noche
y los días violentos
disfrazados en brisa cálida
rebajas en faldas de temporada
mejor vestirse de círculos amplios
sedosos sintéticos
que den ganas de arrugarlos
y comerse la tela entera
sábanas de cielo
de luna llena
sin estrellas espectaculares
anunciando al verano chillante
si pudiera hilarme en un lienzo
tan delgado como el barniz
intrincado
apretado
y vestirme de ese color pálido mate
hueco de mirada
enredarme en el aire lento
ser la esfera roja y muda
durazno cristalino
que alguna mano toma sutil
sin dejarme caer
ni resquebrajarme como la luna
trizas
uñas menguándose
las unas a las otras
la mano me toma entera
soy del tamaño exacto de la palma
su caspa de luz apenas y corta
se queda siempre por dentro

 
 
abuela

el día era de un azul exagerado
los colores entraban por bocanadas
la mirada era agua transparente
campo en plena ciudad asolada
la sed era como un halago
al que se responde con silencio.
rebasé a la muerte
como si nada: una procesión lenta
tráfico de domingo
yo de rosa buganvilia
sin prisa y sin embargo
más veloz que los cuerpos negros
de quienes conocí sólo espaldas.
abuela
si pudieras ver ese azul
este azul
tan real e inmaterial
no como la tele
o los recuerdos
ni siquiera como las fotos
abuela
me dijeron que no podías hablar
que tu voz se enmarañaba en el aire
balbuceos
sonidos que no encuentran su forma
que tendría que tomarlos entre las manos
desenredarlos
abuela
tus ojos azul mate
me decían no te conozco
balbuceaste
hice como que te entendía
y cuando me reconociste
fueron cuatro sílabas perfectas
mi nombre en el aire
azul como ese día
abuela
yo no te digo abuela
sino ese nombre más corto
que viene de un balbuceo anterior
igual que tú
no me llamas por mi nombre
salvo ese día que de pronto
articulaste mi cuerpo con tu voz
y me parecí a mí misma
dentro de ese sonido
pintada en azul
por tus ojos
abiertos
abuela

 
 
ese lugar existe, sus silencios
existen, la luz vincula todo
las líneas de las cosas buscan
otras, y mientras que los árboles estallan
en esta primavera calurosa, una liga se estira
en el mundo, como si hubiese en la mañana
un trazo simple de la noche
simple como el limón
para la limonada, como la lejanía
cuando es simple la lejanía, simple
como ligar con calentura, un trazo así de simple
como lamer el aire y ver un lago

a partir de un poema de Inger Christensen, del libro Alfabeto

 
 
por siempre veintiuno

qué pensaría julio césar
de la nueva película de paul thomas anderson
la vida representada en edición cinematográfica
qué hubiera pensado de forever 21
si recorriera sus dos pisos de estanterías y escaleras eléctricas
con telas del medio oriente tintes de china lejana
tres hermanas judías actuando en los ángeles
parecidas entre ellas como lenguas romances
julio césar en un oasis de la ciudad de méxico
estacionamientos subterráneos
con letras fenicias y números decimales
en columnas sólidas
una plaza con más objetos que personas en el coliseo
la recordaría como un sueño una visión de abundancia
o como yo recuerdo ahora una película de domingo de cruda
sustituyendo la tarde
el día en que una cita no fue lo que fue
una cita a los veintiuno
es decir no seré julio césar
ni aquiles que murió mucho más joven
tendré unos aretes plateados
de ninguna manera de plata
cómodos dentro de la sala de cine
aguardando la emoción del estreno
que con suerte durará un par de horas
lo que la última película de paul thomas anderson
que julio césar nunca podrá ver
pero yo sí

 

 

 
Luis Arturo Guichard, Lo demás te lo enseñará el relámpago, Vaso Roto, Madrid / México, 2023, 88 pp.

Lo demás te lo enseñará el relámpago es el título del reciente poemario de Luis Arturo Guichard (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1973) publicado en Vaso Roto. Esta editorial resulta significativa como eje de análisis porque sus puntos principales de publicación unen dos lugares que dinamizan la obra completa de este autor:1 México y España, o bien Hispanoamérica y Europa, asunto visible en lo que propongo como uno de los tópicos principales de su poesía: el viaje como lugar de asombro, contemplación, duda, aprendizajes2 e incluso como fantasía o no lugar. Por su parte, de todos los poemarios de este autor, éste es el que presenta más dinámicas de la así llamada tradición clásica: manipulándola, jugando con ella y modernizándola. En uno de los poemas aparece Prometeo como creador de los aviones, importantísimos en su obra: “Amo los aviones, los pájaros más poderosos que inventó Prometeo” (p. 32). En un poema largo y de registro narratológico, quizás el más diferente y posmoderno del libro, y de vena carsoniana,3 se compara a la amada con Lesbia: “—¿Quién es esa Lesbia de la que hablas a veces?—Una antepasada tuya, una gacela endemoniada como tú, que vivió en Roma cuando los mármoles. Se sabe de ella por un poeta y un político” (p. 53). Y en un texto en donde es posible apreciar lo que considero la hibridación hispanoamericana de la tradición clásica es en “Águila y sol”, en donde se fusionan el mundo mexicano y el griego con el propósito de darle protagonismo a un choque de contrarios, integrantes del destino humano en tanto vida y muerte: “¿Cuál de sus caras habrá quedado/ hacia abajo, tocando la lengua,/ cuál habrá visto Caronte al cruzarlo?/ Águila o sol, cara o cruz, la vida y su reverso” (p. 76).En cuanto a estructura, el libro se encuentra dividido en las siguientes secciones: 1) “Ningún dios ni ningún hombre”, 2) “El mundo está vacío y arde”, 3) “Si es redondo y gira”, 4) “Cinco juguetes robados a Catulo” y 5) “Llevando con nosotros los fantasmas”. A estos cinco ejes intertextuales4 debo agregar el poema de entrada, el cual no posee ubicación temática, quizás un “no lugar” que identifica la perspectiva literaria de un viajero poético. Tal texto, sin título (como prácticamente todos los poemas de este libro)5 podría verse como preámbulo de lo que el poemario le ofrece al lector. Desde su primer verso, “La luz de las estrellas muertas”, adquiere cierto protagonismo un choque de contrarios particular en la poesía de este autor, cuyo objetivo, según parece, es romper con lugares comunes para colocarle una aureola a la ficción, asunto que, tomando prestadas las palabras de la poeta Celia Carrasco en la contraportada, deja ver una de las intenciones estéticas de Guichard: la poesía puede detener el paso del tiempo, al menos lo que dura un relámpago. Además, desde el primer texto son notables ciertas pistas que aparecen desarrolladas en otros poemas; entre ellas, propongo las siguientes: 1) la escritura como lugar de reflexión, cuestionamiento, diálogo y fuerte trabajo, 2) exploraciones corporales, 3) el paso del tiempo [en donde puedo adjuntar los recuerdos y la reflexión en cuanto al impacto que tiene lo veloz o lo efímero], 4) la recurrencia al tema de la muerte,6 5) la dualidad de las cosas: un yo y un tú, preguntas y respuestas, el todo y la nada, el principio y el final, y 6) la mirada como un lugar de asombro, reflexión, observación y reconocimiento.

No obstante, debo destacar la falta, en términos referenciales, de uno de los principales aspectos de este libro y que documentan un trabajo bastante distinto en la obra de este autor (y, por eso, su posición en un primer plano): el amor7 y el erotismo8 como lugares de diálogo y reflexión.9 En este asunto destaco, en el ámbito amatorio, el siguiente poema:

Aquí están los amantes construyendo castillos de naipes.
Una sonrisa a tiempo en la primera fila,
una frase oportuna la segunda. A partir de la tercera
la cosa se pone seria, porque ya lleva todo el peso
de los cuerpos. Y de ahí, adonde haya que llegar,
siempre hacia arriba, siempre con el temblor
de las manos más presente, más dispuesto a que todo
se venga abajo. Los amantes, los de verdad,
los que valen la pena, no están jugando
con los naipes, sino construyendo un castillo
para quedarse dentro. Endeble y definitivo (p. 26).

Este texto gira en torno a la idea de dos tipos de amor, uno que puede ser quizá duradero (aunque para ello requiere de toda una planificación, una arquitectura sólida: como el proceso creativo del poema) y otro que únicamente es un juego o pasatiempo, para lo cual queda perfecta la alegoría de los naipes, porque no sólo hacen referencia a las cartas como diversión, sino que este juego no puede ser eterno y se acaba, tal vez tan pronto como la velocidad de un relámpago. Asimismo, debido a que el epicentro de la poesía de Guichard remite a lo dudoso e incierto, esta metáfora de lo posible corresponde a su idea del amor, porque, aunque los amantes vivan dentro del castillo, al estar construido con naipes, podría destruirse en cualquier momento. Sin embargo, quizás esto no importe tanto como vivir el presente,10 el momento, el paso del relámpago, el único que posee respuestas.

También me permito comprender la importancia dialéctica del relámpago a lo largo del libro, en tanto que despierta sensaciones y emociones. Acaso recordando el poema 31 de Safo, Guichard es consciente de que uno de los signa amoris es la fiebre y por eso la añade, otorgándole su estilo, a partir de un diálogo corporal entre los amados: “Sólo esta fiebre es de veras nuestra” (p. 30). Además, ésta se relaciona con el calor y, de allí, sus nexos semánticos con el fuego, el relámpago y el ardor (“Eso/ que seguiremos buscando como si nunca/ lo hubiéramos tenido. Eso que arde”, p. 33), en donde, según este libro, se encuentran muchas respuestas que no conducen hacia una verdad absoluta, sino más bien hacia muchas dudas y ficciones.

Por otra parte, si algo caracteriza la poesía de Guichard —no sólo me refiero a su último libro— es la duda11 y lo sugerente. Ambos aspectos sirven como sustancia retórica para condimentar sus poemas, algunos de ellos con una particular ironía y otras veces de tonos abstractos que requieren de la complicidad de sus lectores. Respecto a este último aspecto, contrario a la inmensa cantidad de literatura “light”12 que se ubica por doquier en medios digitales y en redes sociales como parte de uno de los peores engendros del siglo XXI, mucha de la poesía de Guichard requiere de una lectura detenida, que logre desentrañar la aparición de silogismos y juegos discursivos como el siguiente: “Demasiadas vidas: ése es el fracaso del poeta./ […] Demasiadas vidas de las que no se sabe nada. Y de la propia, tampoco. Ésa es la vida de un poeta” (p. 11). Guichard reconoce el proceso creativo13 como un espacio de interrogantes donde el poeta debe indagar en su vida y en la de los demás no necesariamente para saber, sino más bien para enterarse de que no sabe, de que el lenguaje lo debe conducir hacia el abismo y hacia un existencialismo filosófico cada vez más profundo.

Uno de los poemas que hacen referencia a asuntos ya mencionados y que debo destacar, por mantener un hilo, es el siguiente:

Para viajar hace falta creer:
creer en la promesa de lo no visto
todavía, en eso apenas intuido
al quitarse los zapatos el día anterior.

Creer de la misma manera que para enamorarse
o escribir libro: al filo del descreimiento,
en la frontera de la duda con el fulgor.

Viajar, escribir libros, enamorarse son bellas ficciones
que nos ayudan a vivir: si son buenas,
se convierten en verdades
por las que vale la pena casi cualquier otra cosa.
Incluso a riesgo de ser un amante lastimoso,
un mal poeta y un viajero extraviado.

Yo he sido los tres en un parpadeo.

Viajo poco últimamente. Gasto casi todas las energías
Que me quedan en las obras ficciones (p. 12).

Tal y como se observa, en este poema se encuentra parte de la esencia del significado de ese relámpago, que, según el título del libro, tiene el don de sugerir y de enseñar. Sin duda, estamos frente a una palabra polisémica. En el contexto poético, Guichard le ofrece al lector muchos de sus significados, entre ellos: fuerza creadora y telúrica (aspecto que crea un vínculo con el rito), imaginación, ficciones (el relámpago como máscara o artificio), contemplación, asombro de lo efímero, búsqueda de la verdad (en tanto su relación con la luz y el fuego), el lenguaje, la duda, la vida y la muerte14, e incluso el propio poema (cuyo destino siempre es un misterio que se conjuga con la recepción por parte del público). El relámpago, en este caso, apela por la observación y la creencia en lo que está más allá de la mirada consciente y de lo racional, y que por ello mismo es tan importante en esta obra; no sólo sirve como viga, sino que también ayuda a camuflar aspectos biográficos y personales del autor, entre ellos: su placer por los viajes, los libros, la escritura y el amor. Respecto a este último tema, tal y como lo apuntan los poemas, es concebido como un enigma, muy distinto a como lo miraba de joven,15 pues ahora sabe que éste es propenso a lo efímero16 y como tal debe disfrutarlo al máximo, así dure una milésima de segundo, pues en la contemplación de esa milésima de segundo se encuentra el esplendor de la belleza del caos.

Por eso, “viajo poco últimamente” remite a un acto irónico; el libro en su totalidad permite ver que, con el paso de los años, la idea del viaje por parte del yo lírico es más completa, desordenada e impactante, como el propio relámpago. Es posible pensar en sus formas múltiples de viaje: de la vida, del poeta a través de la imaginación mientras escribe o incluso antes, mientras piensa y contempla la creación del poema o del reconocimiento del cuerpo de la amada (la gacela),17 que también sirve como alegoría del amor y los deseos.18

Además, para hablar del impacto de lo ficticio, como marco referencial del relámpago, es necesario citar el siguiente poema, uno de mis preferidos:

En Aoshima, una isla de 1,5 km en el sur de Japón,
por cada persona hay seis gatos

Reuters

Abrirás los ojos y te limpiarás la arena
apelmazada de cara y el cuello:
un triángulo de poca extensión
del que sobresale un torso, las piernas todavía
en el agua. El sol dando ya poco brillo a la orilla.
A tu lado sólo gatos. Te frotarás los ojos.
Los cerrarás y volverás a abrirlos. Sólo gatos
Sentados alrededor y caminando frente a ti.
Has visto esto en sueños muchas veces,
pero tendrás que esperar un rato para saber
si esta vez has logrado llegar a esa isla
que está en Japón y sólo tiene ancianos y gatos.

Cada quien es su isla: puede llenarla con lo que quiera.
Cada quien es su isla: y en ésa no estoy yo (p. 14).

A partir de una noticia sobre el caos que se vive actualmente en Aoshima con respecto a una invasión de gatos, que se han convertido en una verdadera amenaza, Guichard piensa la simbología de la isla, ya no en el sentido de la Ítaca de Cavafis, es decir, como interior humano, sino como la mente-imaginación y de allí que cada quien, así como el propio proceso de creación de un poema, pueda habitarla y rellenarla con las ficciones que quiera. Él, por ejemplo, hace de la realidad una ficción y viceversa, pues al jugar irónicamente con la idea de que no está en la isla de nadie, se presenta como un sujeto ficticio que deambula por los espacios de la imaginación a través del poder del lenguaje. (¿Es el lenguaje uno de los relámpagos de los que habla este libro?)

A su vez, al decir que no se encuentra en la isla de nadie, tratando de presentarse como un ser casi que insignificante,19 quizás un Ulises del siglo XXI, frente a aspectos demoledores como el propio relámpago o la muerte y el olvido, Guichard retoma un tema fundamental en su poesía y para los procesos creativos en general: vivir alejado del ruido y la vanidad. Esto lo convierte en un ser que puede pasar inadvertido. Él se confunde con la niebla,20 asunto notable, entre otros, en una estrofa como la siguiente: “Algunos escriben para que lo vean todos/ —curioso oficio éste— y otros se tatúan/ donde sólo ellos puedan verlo” (p. 15). En este caso, la sugerencia al significado del texto queda abierta, lo cual es muy importante y por eso constituye uno de los aspectos que destaco de su obra: el final o cierre justo de casi todos sus poemas. Creo que este autor pertenece a ese tipo de artistas que él mismo cataloga como los “otros”, que se caracterizan por construir una obra en silencio, sin necesidad de autoelogios ni espectáculos, según sucede con muchos autores hoy, cuya vanagloria, más que por la calidad de sus textos, es producto del culto a sus imágenes en redes sociales.21 Asunto lamentable para quienes creemos en la así llamada “buena poesía”: ajena a las pretensiones de la fama y el narcisismo, y que por tanto debería volver a sus orígenes místicos y sagrados en donde debe ser el silencio y el propio tiempo quienes hablen. Guichard parece seguir el buen ejemplo de autores antiguos a quienes estudia, lee y traduce como parte de su formación como helenista, para quien muchos autores antiguos siguen más vivos que nunca debido a la calidad que ofrecen sus textos o, por lo menos, lo que queda de ellos.22

Por último, Guichard también aborda temas socialmente fuertes, desde su perspectiva relacionada con el cambio del tiempo, de lo antiguo que llega hasta un presente caótico —lo cual, de nuevo, tiene que ver con su profesión como filólogo clásico y poeta—. Tal es el caso del poema “Esponjas”:

Lo cuenta Apiano en su bello poema
sobre la caza y la pesca.

En otro tiempo las esponjas
costaban el pulmón de un buzo.
Había que bajar a pescarlas
en ese mismo Egeo en el que ahora
circulan barcos de turistas.

La belleza y la suavidad tenían un precio
muy alto, tanto como la profundidad
a la que estaban. Belleza violenta,
suavidad violenta con la que el pescador
se ganaba la vida o la perdía.

Ha pasado el tiempo. Las esponjas
miran ahora desde el fondo las barcas
de los inmigrantes y los cuerpos
que no alcanzan la orilla
dándoles sombra como árboles
de copas azotadas por la tormenta.

En otro tiempo y también ahora las esponjas
son lo último
que acaricia el rostro de los muertos (p. 73).

En este texto aparece un tema cada vez más preocupante para la humanidad: los migrantes muertos, que fallecieron intentando llegar a un supuesto destino mejor. Guichard les otorga vida a las esponjas y permite que el lector se imagine ese momento desgarrador, ese aumento de inmigrantes muertos; aunque si algo deja claro es que la esponja —como testigo del destino humano, de la tragedia— y la muerte no poseen época alguna. Asimismo, otro poema impactante en el sentido humano y con el que quiero cerrar este comentario, aborda el problema de las condiciones sociales, quizás más comunes en Hispanoamérica y lo mismo en África que en Europa (más si del norte se trata). En este caso en particular, a través de una mezcla entre idea y emoción, Guichard se interesa, según parece, en el sentido trágico de la desolación humana, en donde incluso con los lentes rotos resulta imposible no sensibilizarse, no sentir el impacto del relámpago, frente a las condiciones de pobreza que deben sufrir muchas personas desde su infancia, obligadas a trabajar para poder sobrevivir y ello, en muchos casos, les impide acceder al derecho a la educación en escuelas y colegios:

Trópicos (2)

Hay un niño caminando solo por la calle.
Es un mediodía de trópico y veo mal
con mis lentes caras y veo borroso,
se mueven los objetos que no deben,
quedan fuera de ellos mismos, su densidad
se me escapa. Hay un niño caminando
solo por la calle, le hablo, le pregunto
cuántos años tiene. No contesta a eso,
me mira como si yo también fuera difuso
y estuviera fuera de mis límites. Hace calor.
Vende caramelos de miel que mi diabetes
me impide comer. Se los compro de todos modos.
Lo veo irse difuso en el calor.

Se me han rotos las lentes caras hoy, pero eso
no es un problema. El problema es
que todos caminamos solos por la calle (p. 81).

Resulta significativo apuntar que el énfasis en el precio de los lentes (“caros”) permite que el poema no diga, sino que sugiera. En este caso la referencia indica que, ante la desigualdad y el asombro de ver a un niño a quien se le escapa su infancia trabajando en la calle, el dinero no tiene ningún sentido, pues el valor de las cosas debería encontrarse en el arte de ser humanos. Todos merecemos sentir el impacto del relámpago, así sea durante un lapso efímero.
 
 
 
Bibliografía

Guichard, L. A. (2024). Lo demás te lo enseñará el relámpago. Vaso Roto.
Salazar Torres, F. y Gallo, F. (2021). Ghazhal / Gacelas. Espolones Editores.
 
 


 
1 A la poesía reunida de Luis Arturo Guichard (Una fe provisional: Poesía 1992-2012) me refiero en un comentario que aparecerá en el número 19 de la revista hispanoamericana de poesía Ærea. En tal comentario, hago referencia a la alternancia de publicaciones entre México y España por parte de este autor.

2 Respecto al viaje de la vida, véase el poema “Homo viator” (pp. 71-72).

3 En referencia a Anne Carson, una de las autoras actuales favoritas de Guichard, quien ha dedicado estudios a su obra y ha impartido clases y conferencias al respecto.

4 El primer título, por ejemplo, nace del fragmento 30 DK de Heráclito. La presencia de este filósofo es constante a lo largo de la obra de este autor. A esto se suman otros nombres, algunos de ellos frecuentes en otros libros de Guichard: Adam Zagajewski, Óscar Hahn, Eugenio Montejo, Catulo, Lope de Vega y, por lo menos para la quinta parte “Llevando con nosotros los fantasmas”, las experiencias de vida y el paso de los años como si de un autor de bolsillo se tratara.

5 Este aspecto resulta cercano a los poemas que este autor incluye en el que considero, en ámbitos epistémicos, su poemario más posmoderno hasta hoy publicado: Campanas subterráneas (México, 2012), en edición bilingüe inglés-español bajo el título Subterranean Bells (España, 2022).

6 Debido a que la mayoría de poemas de Guichard trabajan en el asunto de la sugerencia para que el lector sea parte del proceso, parece ser que el siguiente verso “El pasado acaba de llegar a recuperar lo que es suyo” (p. 19), en donde el yo lírico desea escribir en tiempo presente y de un momento a otro se topa con lo que aparenta ser un funeral, es factible sugerir que ese verso alude al recuerdo como metáfora de la muerte, ser supremo en tanto merodea nuestra mente a lo largo de nuestras vidas y hace que recordemos seres queridos que han emprendido un viaje, quizás a un más allá, lo cual sólo puede saberlo el relámpago.

7 Guichard construye un marco de ideas creativas alrededor de este tema. Esto le permite establecer distintas relaciones, aparte del amor y el relámpago, entre la escritura y el amor. Ambas experiencias deben escribirse en papeles (cuerpos) que ardan con la pasión, así sea de manera efímera, en un tiempo preferido para las retóricas posmodernas: “Y este libro también/ es una pérdida de tiempo. Pero está escrito/ en buen papel y eso lo hace arder” (p. 44). Por eso, también, la referencia al sudor “Este libro habla del sudor” (p. 47) tiene una doble referencia: el amor como una lucha, un proyecto, y también la escritura creativa.

8 Debido a que Guichard suele unir su profesión de traductor con la de poeta, podría presumirse, a modo de lector activo, que el interés por esta temática, aparte del plano personal, proviene de la traducción que se encuentra realizando de los epigramas eróticos pertenecientes al quinto libro de la Antología palatina.

9 Además del tópico referente al viaje, aparecen las experimentaciones cotidianas, en donde adquiere un protagonismo singular lo personal y biográfico (el maestro de escritura creativa, traductor, amante de los papiros, las momias y las literaturas antiguas, entre ellas del periodo helenístico en diálogo con obras contemporáneas, muchas referidas a lo largo de los libros como pistas intertextuales y mediante títulos o epígrafes) y las recurrencias importantísimas al tema del tiempo y la muerte, ambas colofones en la obra de este autor.

10 A esta idea llega el yo lírico tras dejar claras sus muchas experiencias en el amor. Por eso, aunque no lo nombre, en el poema cuyo primer verso nos dice “Sí, yo también lo he arrastrado como el saco sucio” y en los últimos dos versos “Siempre ha estado/ listo cuando le he dicho que iniciábamos nuevo viaje”, hace referencia al amor como un Dios, un Eros maltratado, pero que aun así lo sigue acompañando.

11 Tal y como aparece en los siguientes versos: “Me marcharé porque no sé. Volveré porque no sé” (p. 49).

12 Me refiero a un tipo de poesía vacía, banal, inmadura y llena de un sentimentalismo repugnante y ególatra, escrita por personas de todas las edades y no sólo por jóvenes, como se suele decir hoy.

13 La referencia a los procesos creativos es muy importante a lo largo del libro, entre otros, destaca el poema que inicia con el siguiente verso: “Caer es el oficio de la flor” (p. 15).

14 “El temblor de la vida puesta de pronto/ frente a sí misma. Pasó el relámpago” (p. 61).

15 En los siguientes versos queda testimonio de ello: “me he jubilado de los poemas/ de despedida: que los más jóvenes hereden/ ese género. No les faltará ocasiones” (p. 48).

16 El amor, la vida, la inspiración y los procesos creativos en general comparten rasgos comunes: “Estaremos vivos mientras dure ese relámpago” (p. 62). La episteme posmoderna, asunto al que ya me he referido en artículos científicos, concibe el presente como un tiempo incierto; no cree en lo duradero, sino en lo disperso y desequilibrado (uno de los enfoques principales de la obra de Guichard). A ese mismo tema se ha referido también Guichard en sus estudios.

17 Destaca el poema cuyos primeros dos versos dicen lo siguiente: “Duerme bien, descansa, gacela del amor. Mañana/ es luna nueva y se cebarán en tu cuerpo todos los demonios” (p. 42) y llegando al final destaca el epíteto que Guichard le otorga: “señora del relámpago” (p. 42). Esto permite un hilo dialéctico con los fines estéticos de su libro, en donde ficción y realidad se abrazan de manera constante: “Te visitarán los demonios/ mañana y yo seré uno de ellos. Duerme bien. Sueña conmigo” (p. 42). Guichard personaliza al Eros y juega con él a través de tonos irónicos, creativos o picarescos como los siguientes: “plantita carnívora que hemos dado a luz” (p. 30) y “el amor, ya lo ves, no se conformará/ con morderte el cuello como yo” (p. 28). Por su parte, un tono de creatividad que raya en lo cómico y asombroso se encuentra en el siguiente verso “manzana podrida en la papelera” (p. 31) en donde infiero, debido al tono erótico-amatorio y cotidiano del poema, la semántica de la manzana y su contextualización en un posible hotel, que está haciendo referencia a un preservativo desechado luego del acto sexual.

18 Según Maximiliano Cid del Prado, en el libro Gacelas de Fernando Salazar Torres, Gacela, en el ámbito literario, deriva del árabe لزغ  (Ghazal) y proviene de la casida, forma arábigo-musulmana desarrollada en el siglo VI d. C. Además, ésta “fue la forma preferida para cantar al amor o al elogio por las tribus árabes de Mesopotamia. Hija de lo arábigo-persa y de lo islámico-israelí, la casida había ya sido estudiada y normalizada por las Escuelas filológicas de Cufa y Basora que habían recogido la herencia literaria de la Arabia pre-islámica” (p. 22).

19 Insisto en considerar este asunto como propio de las retóricas posmodernas, pues les interesa concebir el mundo y la escritura misma como un campo fragmentario, efímero e incluso inútil (la utilidad de lo inútil): “Vengo haciendo este juego inútil hace tantos años/ que tengo toda una tipología imaginaria del viajero,/ igualmente inútil y que ya ni siquiera me divierte” (p. 20).

20 La niebla es otro de los tópicos más importantes de la poesía de este autor. Cabe destacar los significados diversos que le otorga a tal metáfora, con el afán de no caer en los repetitivo. Entre sus diferentes fines estéticos destaca su significado como portal hacia lo efímero e incluso, utilizando las certeras palabras del poeta Ruy Ventura en la contraportada: más allá de lo tangible y lo intangible. Algunos de sus usos arquitectónicos, si se quiere vitruvianos, son los siguientes: “Entraremos en la niebla, con el tiempo/ redondo vuelto línea” (p. 38), “Nos quedaremos en la niebla, lineales y remolinantes, en horizontal y en círculos como el reloj detenido, así avanzaremos hacia ninguna parte” (p. 39), “Dentro de la niebla estamos los dos solos/ aunque alrededor, donde el sol pone/ a funcionar las cosas, siga todo/ en su realidad viscosa” (p. 40), “Y como tú y yo sabemos,/ estamos hechos de ella” (p. 41).

21 Para un modelo de lector activo, la escritura de este tipo de autores cibernéticos y narcisistas generan serias dudas, aunque sigan teniendo apoyo por un asunto vinculado, en muchos casos, con juegos de poder, de mafias e influencias en el campo político y en el literario.

22 Respecto a este tema, entre otros, véase el poema “Libros limpios, libros sucios” (p. 65).

 
Puerto Juárez

I

Jamás vi arrastrarse al viento a más de 280 kilómetros por hora
como en aquel septiembre que todavía retumba
donde los barcos se paseaban por la acera
y las casas, ya sin techo, bebían del agua.
La hierba dilapidó los autos,  
la oscuridad engulló toda luz y todo sueño.

 
 
II

Gilberto nació el octavo día del noveno mes
doce años antes de originarse el tercer milenio.
Teníamos la esperanza del sosiego
y que, sigiloso, apaciguara su cólera ondulada.
Pero la presión alta ennegreció la noche.
Gilberto sostenía la furia de la brisa,
bramaba de sus fauces el tornado,
arrojaba sin tregua los postes cabeza abajo.
El agua de su pelo lloraba un canto de tiniebla
secando las palmeras, para después mojarlas nuevamente.

 
 
III

Cuando Gilberto sopla, tuerce los metales,
desmenuza los maderos y los frutos,
deja que el agua estancada rebase la altura de los niños.
Ni el calor se siente después de la desdicha.

El sargazo levantó las calles cubiertas de arena
mientras los árboles caían fusilados,
tres soplidos más para que el cielo se hunda.
No bajan las garzas al escombro
tampoco el agua llega desde hace cuatro lunas.

 
 
IV

Cuando Gilberto jadea, duerme después del apareo,
pero hay veces que se escucha sólo su respiro
y su boca luce quebrada a costa de ulular tanto.

El sol apenas muestra una parte de su rostro:
pescadores que no hallaron tierra u orilla que los sujetara,
hombres que no se despidieron,
cuerpos sepultados que devuelve la marea.

Las calles que quedaron resisten sin sus casas
las casas que quedaron nos miran sin ventanas.

 
 
V

Envejecimos en Puerto Juárez
y ahora nos agrietamos como el pavimento.
Aquí nos quedaremos a soportar el hambre,
a proteger la gente que los muros no ampararon.

Perdimos la estufa que partió flotando,
la techumbre de lámina cual papiro.
Gilberto se tragó las avenidas y regurgitó los esqueletos.

 
 
VI

Todo lo crea y lo destruye el agua,
todo también la arena,
después de un periodo seco.
El fuego llega donde el mar no pudo
calcinando el medio día,
y el espacio del silencio.
El hogar ahora está lejano,
nos contemplamos como esperando una promesa,
una palabra
o un milagro,
un presente vivo como vuelo de gaviotas,
respirar la calma del océano,
mas amanece lento
y las olas, de a poco, se van apagando.

 
 
Retrospectiva

5

Cuando púrpura la tarde sea
y ella guarde lienzos, ropa, indecisiones
el blanco ritmo de la sábana
y deje tres macetas donde se almacene un tallo
creciéndole sus dedos, sus verdes piernas de venada,
la seda de sus párpados como un bautismo cuando abren
y rote el óvalo que la distingue nacarado,
con el deseo de un niño por descender de la matriz o el arca.
Cuando la luz descienda
entre las manos
el sol debajo de su pecho.

 
 
4

Envejecen y cada uno se corta con un filo diferente,
se clava en un madero diferente,
llorando la derrota misma.
Inevitablemente están envejeciendo
las manos separadas
la vista hacia un rincón de cada esquina.

¿En dónde se les va la vida?
si andaban liebres esquivando balas,
cierto es, que las sierpes y el azar
muerden por la espalda
en cualquier mínimo despiste.
Ahora lloren, que está cercano el tren que se bifurca
y ya no habrá primeras veces, refugios o arrebatos,
un día olvidarán los planes que esculpieron
cincelando un viaje a la isla de Sumatra
o danzar junto a un charango en Machu Picchu,
porque todo se transforma o se aleja;
los teatros, los jardines, las campanas,
la prisa por dormir temprano,
los tangos en la calle Zacatecas
y hasta los desnudos cuartos amarillos
se irán desvaneciendo cual tizones.

Cúbralos la ingravidez de un faro,
y oren
que esto es una amarga pena entristecida.

 
 
3

Si llegara, si una mujer llegara a recostarse
en este lado liso, si llegara
al hueco de mi hombro su cabeza de caballa negra
aquí, donde me está doliendo
a recostar sus muslos, si esa mujer
caminara con sus yemas sobre mis pulmones
mientras duermo, aquí, en este lado liso
en donde siempre estuvo.
Si no se fuese, si llegara, aquí
donde me está doliendo.

 
 
2

Imaginé que entrabas como un cuervo
y te arrancabas el vestido
como alguna vez lo hiciste encima de mi pecho.
Parecías una diosa griega cabalgando:
la cabellera al aire, al aire un grito de guerra,
del aire me impregnabas la quietud del navegante.
Pero qué pronto se nos fue la vida.
Lo que se imagina o sospecha
resuelve en vaho que se borra en otro vaho.

La compasión no hará que vuelvas,
este dolor tendrá que ser vivido
y esta herida, que traspasa la corteza
hasta llegar al esqueleto
en donde acaba todo rasgo humano,
tendrá que ser bebida a secas.
Escribir y escribir sólo,
herirse para recordar, poder decir,
llorar y silenciarse un poco.

Imaginé que entrabas como un cuervo
y que dejaba la ventana abierta
y que no te ibas del regazo
con el fruto eterno de la vida.

 
 
1

Mientras la enredadera les ofreció un cuerpo compartido
no hubo funerales, oficinas, notas rojas en los cruces
o disparos entre los columpios.
Había, en cambio, un árbol en el centro meditando
como si supiera que alguien ahí se colgaría.

Se ha hecho púrpura la tarde,
pareciera que el sonido tiembla.
Desprendan sus manos soñadoras
es hora de incendiarse,
de navegar a prisa.
Ella buscará en la arena un remo
con el agua que la sigue y la recubre,
en tanto, ha partido ya definitivamente.
Él reirá a doble llanto
el cielo está a punto de cerrarse
es hora de repartir el alma
como grano de pan a las palomas.

 

 

 

¿Hubo error que antecedió el horror?

Siempre volvemos a Comala (USACH, 2024) es el nuevo libro de Soledad Fariña (Antofagasta, Chile, 1943), cuyas publicaciones, que ya suman más de una decena, se han caracterizado, entre otros rasgos, por su sutileza y economía lingüística. Este nuevo texto suyo también responde a estas particularidades, a las que yo añadiría su osadía por construir y re-construir actos y circunstancias históricas que, en buena parte, existieron y que pueden ser sinónimos de conocimiento real y personal, vividos y comentados una y otra vez, trascendiendo a la escritora y trascendiendo, incluso, a nuestro país, volviéndose preocupaciones colectivas.

Entonces, esta re-elaboración poética, plena de antecedentes verdaderos, precisos y afincados en una época determinada, trasciende los hechos puntuales que se expanden volviéndose dudas, preguntas, preocupaciones, incógnitas que nos seguimos haciendo desde tiempos inmemoriales: la vida, la muerte, la dignidad, el horror, el poder, el sufrimiento, la valentía, la culpa, los liderazgos, la fiereza, la entrega, la renuncia, el espanto, la verdad, los olvidos, las memorias, la traición, el destino y, así, interrogándose (el texto) e interrogándonos  nosotros, lectores— casi sin término ni descanso, en especial cuando experimentamos una “situación límite” (Karl Jaspers). A estos enigmas, tan humanos, muchas veces sin respuestas, colaboran que este libro esté constituido por decenas y decenas de fragmentos que, en muchas ocasiones, no son consecutivos y quedan descontinuados, exigiéndonos colaborar con la poeta y el texto para participar en profundidad de él y con él.

Ya dije que Siempre volvemos a Comala es el título de este volumen. El nombre incorpora un lugar que es posible que no todos recordemos, pero este texto que trabaja con la memoria y es memoria (nos) exige volver a consultar: ¿Comala existe en alguna parte?, ¿lo habré leído en algún escrito? Y rememorando nos encontraremos con Juan Rulfo, ese extraordinario escritor y fotógrafo mexicano, rara vez sonriente, tan serio y enigmático como el mundo y los mundos que nos muestra y transmite en palabras e imágenes visuales. Y Comala se nos aparece como el sitio donde sucede su novela Pedro Páramo, el emplazamiento al que llega Juan Preciado y donde permanece para siempre, pues allí muere. Si seguimos evocando a Comala, ese pueblo lleno de ecos, crujidos, hablas, cuchicheos, nos transportamos a un espacio, a un tiempo, a un universo de finados que platican, se quejan, susurran, gimotean, se secretean, rumorean como seres vivientes cuando todos son difuntos. ¿Será esta atmósfera, este ambiente, una clave para comprender el texto que comenzamos a leer?

Y… abordando Siempre volvemos a Comala con esta incertidumbre, a las pocas páginas descubrimos que las heterogéneas voces que se expresan y que “escuchamos” al leerlas, pertenecen a seres que —en su mayoría— existieron (en la vida “real”), pero que cuando los vamos conociendo y reconociendo y vamos construyendo su trayectoria comprendemos que, en su generalidad, ya no están entre nosotros, pues han dejado de ser, muchos de ellos por propia voluntad.

Podrían ser descripciones de fotos o tomas de cine o la simple narración de un hombre innominado que se hace palabra para relatar su quehacer en unos diez, quizás una docena, de trozos casi siempre breves donde es figura principal. Él mismo no se nomina (hasta más tarde), ni nadie le otorga un nombre. Mas, a medida que se expresa y se va mostrando en el paso del tiempo, vamos descubriendo, con menor o mayor sospecha o certeza, quién es ese hablante-narrador, quién se contempla y se presenta a sí mismo desde joven, en la década del 30, hasta su dramática muerte. Por detalles (que pueden llegar a ser fundamentales), deducimos que quien enuncia no es cualquier persona: en ocasiones lo hace frente a un micrófono (que varía en su forma de acuerdo a la época); en otras, es filmado; en terceras, está solo en su soledad, enfrentado con él mismo y, por último, ya es estatua, mito, presencia inolvidable aún en ausencia física.

Con posterioridad hay cambios en su modo de expresarse, aunque el monólogo continúa, amplificado. Quien piensa revela su nombre: “Allende, Allende, más allá…”, que ciertos lectores ya suponíamos, ya sabíamos. El Presidente ya no es cuerpo. Su mente, su pensamiento no está estático y juega con los tiempos, nos muestra que conoce el futuro, lo que sucedió posteriormente a su digna desaparición a causa de su suicidio-asesinato: “sienes dispersas”, “estallido fulgor mentón bóveda cráneo”, “la abstracción de mi cabeza”, “mi cabeza inexistente”. Los cambios temporales nos obligan a trasladarnos desde el gobierno de la Unidad Popular a los momentos posteriores al Golpe cívico-militar, muy en especial a la brutalidad, la indignidad e inhumanidad, a la falta de valores y de ética, que diferenciaron el pasado de ese presente de la época de la dictadura.

Finalizadas estas escenas —“¿en qué no-lugar del no-tiempo?”— hay circunstancias, quizás la mayoría, en que la “voz sin cuerpo” del Compañero Presidente, su palabra, se comunica con otros fantasmas: cercanos, partidarios, parientes. Estos son los momentos en que no podemos olvidarnos de Comala porque Allende percibe murmullos, sonidos, presencias espectrales (sin organismos) y, al reconocerlos, los enfrenta y enlaza diálogos complejos que se relacionan, por lo general, con las situaciones que sucedieron durante su gobierno que, como sabemos, fue abortado sangrientamente el 11 de septiembre de 1973. Así, imbuido de sus principios y de las convicciones que motivaron y guiaron su trayectoria política completa, con una consecuencia indiscutible que nadie, ni siquiera sus enemigos pudieron desconocer ni ayer ni hoy, intercambia pareceres, entre otros, con quienes lo acompañaron, aunque no estuvieran totalmente de acuerdo con su compromiso de “llegar al socialismo por elección” y realizar una revolución en democracia, a la chilena: con empanadas y vino tinto, y respetando las bases de la Constitución de ese entonces.

El texto Siempre volvemos a Comala es un verdadero tejido de voces diversas, de hablas, de palabras, de lenguajes, que pueden confundirse y confundirnos, que pueden engarzarse, que pueden aproximarse, pero sin clausurar jamás diversidades y desemejanzas: “La vida no es una secuencia”. Por esta razón, el abanico sonoro se amplía y ensancha mucho más allá de los discursos de Allende, de sus conversaciones con Régis Debray y de los nombres dolorosamente emblemáticos; y no son sólo los torturados ni los habitantes de La Legua ni Luz Arce ni Miguel Enríquez ni Carmen Gloria Quintana ni el Guatón Romo (con su escritura de patas de gallo) ni Pinochet ni Lumi Videla ni Laurita ni Beatriz Allende ni Clara Tamblay ni Arnoldo Camú ni Freddy Taverna ni Violeta Parra ni sólo chilenos quienes se expresan pues con mayor cercanía o distancia —encarnadas en el tipo, la ubicación, el color y el tamaño de la letra y de la estrofa—, se dan diálogos entre todos, entradas y salidas múltiples, apariciones, sueños. Con el Che Guevara, José Martí, Fidel Castro, Primo Levi, José María Arguedas, Alejandra Pizarnik, Emil Cioran, José Lezama Lima, Georg Trakl, Dante Alighieri y, sin duda, con Juan Preciado y Juan Rulfo.

No creo que ahora, en esta actualidad de mixturas literarias, tenga importancia a qué género pertenece un escrito. No obstante, podría especularse que este no es solamente un poema, pues hay extensas participaciones narrativas. Incluso, me parece que podría volverse obra teatral o leerse como tal o entonarse como un coro o una cantata. Lo que sí me gustaría enfatizar es el gesto generoso de su autora. A 50 años del Golpe cívico-militar, Soledad Fariña elabora un homenaje concluyente al Presidente Salvador Allende que demuestra un traba jo de investigación responsable y profundo. La escritura, disposición y complejidad de Siempre volvemos a Comala es totalmente acorde no sólo con la trayectoria literaria de esta autora, siempre tan lejos de obviedades, sino también con la complicación que significa enfocar artísticamente uno de los momentos más arduos de la historia de Chile. Además, como señalé, respeta y honra la magnitud y grandeza del Presidente Allende, cuyo proyecto de socialismo en democracia lo erige como el político más importante del siglo XX, allende Chile y Latinoamérica.

—Soledad Bianchi

 
 
Hablo frente a un micrófono grande y romboide, mi rostro aún es joven, delgado y llevo un bigote mínimo. Mis lentes no tienen el marco oscuro que más tarde marcarán mi identidad. Hombres y mujeres vestidos a la usanza de los 30 escuchan con gravedad mi palabra.

Mi rostro se ha ensanchado y mis lentes llevan ya marco oscuro, grueso. Me he quitado la chaqueta, hace calor. Frente a un micrófono cilíndrico, hablo y sonrío.

Visto guayabera blanca. Con una mano rodeo los hombros de un niño y su guitarra; con la otra sostengo también una guitarra, obsequio de la gente de campo. El sol pega fuerte esta mañana. Mirando directamente a la cámara, el niño y yo sonreímos.

Mi mano izquierda en alto. Cuatro micrófonos apuntan a mi boca. Enfático y con la vista hacia la izquierda me dirijo al pueblo.

De soslayo miro a Ernesto Guevara. Él, en primer plano, mira a la izquierda.

Día glorioso, salgo del Senado investido con la banda tricolor. No sonrío, mi rostro delata orgullo, satisfacción, pero también pesantez: el momento de triunfo no puede ocultar mi inquietud por los días que vienen. Mi edecán aéreo se cuadra. Camina hacia la Historia.

 
 
Hace frío. Chaqueta gruesa, camisa cerrada sin corbata. Frente a sus viviendas de cartón y madera converso con pobladores. No sonrío y mi frente surcada de líneas muestra preocupación ante mi interlocutor que aparece de espaldas; es joven y usa una boina negra. A la derecha, mi edecán militar con la cabeza gacha deja ver la circunferencia de su gorra gris. Por sobre ella se alza la mano del poblador en actitud demandante. Atrás, entre los vecinos, una señora alta sostiene la solapa de su abrigo en ademán de cubrirse. Es hermosa. Es mi hermana.

Ambos de pie, Pinochet y yo, su mandíbula inferior gruesa sobresale levemente señalando lo que puede ser decisión y a la vez bobería. Su complexión, más gruesa que la mía, parece la de un perro de caza listo para abalanzarse sobre su presa. Sin embargo, yo no parezco la presa.

Sólo entran en la zona de luz mi perfil y el cuello de mi camisa blanca. La chaqueta oscura se funde con el silencio de la sala. En la zona de luz está también la barandilla del podio sobre la que apoyo mi mano izquierda. Hablo tranquilo y denuncio la agresión a mi pueblo ante la ONU.

Con la mano izquierda he tomado el teléfono. Llevo casco, chaqueta gruesa sobre una chomba tejida, también gruesa. Es una Mañana fría. En pocos minutos más estaremos en llamas. Por última vez hablo al pueblo.

Tal como lo predije, soy estatua frente a la Moneda. Voy dando un paso que imprime movimiento a los pliegues de la túnica con que me han investido. Han reproducido mis lentes de marco grueso. En una placa con letras grandes han escrito mi nombre

 
 
Alguien habla

y la voz se desplaza
mira       observa la oscuridad —la luz—
de las palabras pronunciadas
en el tiempo
Y qué son las palabras ahora,
una entonación oscura       amarga      dulce
como los rostros que pasan bajo el balcón

Ellos cantan       aplauden      Yo sonrío
atesoro en mi mano  la soledad
contenida en el aire (¡ah! mantener el poder
                   como brasa en la mano y soplar las cenizas
                   a la frente del otro)

Yo      que hoy vago conversando      conmigo
y con quienes encuentro en esta tierra
de ánimas que vuelven a pagar su culpa
—a decir lo no dicho—

Nosotros      espíritus errantes
en este cuenco oscuro      en esta ánfora gris
que nos contiene a todos,            tal vez sea Comala
tal vez sólo mi oído

 
 
En esta hora, mi hora

ordeno que todos salgan no hay vacilación
lo he decidido —con calma en estos años,
como un relámpago estos últimos días—
mi
voz no tiembla en el adiós pero un dolor
agudo me clava como estilete fino: qué irá
a ser de sus rostros oscuros de sus puños en
alto luego de esta hora mi hora estallido
fulgor mentón bóveda cráneo
y cómo es que
sigo pensando desde trocitos blandos blancos
dispersos en el muro minúscula materia que
contiene      mi humor      mi labia      mi
ironía todo lo que soy es pensamiento dije
en el tiempo y en esta hora el vacío recoge mi
certeza mientras ellos van vienen se acercan.
Alguien llora    alguien se inclina     alguien
no resiste este paisaje rojo y decide cubrirme
con una manta ¡Qué irán a hacer con mi
despedazado cuerpo? Sigo vagando en esta
niebla gris en esta niebla blanca. Alguien
canta en un lenguaje antiguo.

 
 
Tal vez son tus esquejes lo que creo que es tu voz
y entonces pienso si piensas o sólo vagas como
recuerdo en mi mente y pienso si soy Yo todavía
una cosa que duda, entiende, quiere, imagina…
o sólo soy el recuerdo de alguien que me evoca
y escribe. Pero aún soy, porque pienso, y pienso
(intuyo) que es la fuerza de mi conciencia —en el
último instante— lo que hace que aún sea, porque
sigo pensando

Ah, Laura, creías —crees— en la migración de las
almas y tu alma transmigra de un estado a otro
estado y dice palabras que llenan los sentidos,
imaginarios sentidos. O tal vez, como yo, crees
—creías— en la infinitud del ser por sus actos,
también por sus palabras pronunciadas, escritas,
transcritas…

 

 

 
IV

.
Soñé con la Higuera de mi infancia. Hay un jardín azul y, al fondo, un ángel juega entre el polvo de mi pasado; escucho las risas de los niños, saltan alrededor de la babilónica Higuera y, de un brinco, me arrojo al rincón, y la luz, intensísima, me empolva los ojos y miro al cielo, y caen los higos, y me confundo, porque esos frutos ya no existen.


 
VIII

.
Soñé en otro sueño el sueño de un sueño que soñaba un muerto. En dicho sueño el soñador estaba vivo y yo estaba muerto. En el sueño, que es la narración de un cuento del siglo XIX, ocurría una metamorfosis y, entonces, yo volvía a la vida, mientras el otro, repentinamente, caía dormido en su sueño. Ahora yo no sé si ese sueño del muerto es mi sueño o el sueño del otro, porque permanezco eternamente atrapado en el sueño. ¿Quién de ambos está vivo?


 
XVI

.
Soñé con un árbol de fuego, con un cirio de agua, con una cruz de tierra y con una paloma de aire. Entonces volvió a pronunciarse en el Génesis: Bereshit bará Elohim et hashamáyim ve´et ha´arets. Y ya no había más tierra vacía, y ya no había más oscuridad, pero todavía faltaba el espíritu en las aguas. Entonces, una palabra, en las profundidades de las aguas, se repitió: Vayomer Elohim: yehí-or, vayehí-or. Y Dios se dio cuenta que la luz era buena, pero Dios se dio cuenta que la oscuridad era buena y, la luz, pues, fue una, y Dios no separó más ya nada. No le quitó su parte a su complemento y, entonces, fue mañana y fue tarde un día uno.


 
XVIII

.
Soñé con Samuel Beckett, ese quien nunca llega a la cita. Estaba en el parque esperándolo y, finalmente, apareció. Le pregunté las razones de su personaje en el valle del absurdo y me dijo que Godot sí consiguió llegar aquella noche, pero nunca lo reconocieron. Le pregunté quién era en su obra y me dijo: ‘“El Muchacho de la víspera’, pero todos lo han confundido con Dios”. No había huellas de sus pasos sobre el terreno. Me dijo que arribó antes del suicidio y que hoy regresaba con tiempo para prevenirlo todo. Ahora despierto y pregunto por Godot, y me han dicho que hace mucho tiempo estuvo aquí, antes de la restauración de los necesitados.


 
XXX

.
Desperté… desperté con el aliento invertido, con la sombra suplantada, la carne y el cuerpo inhiestos sin sueño ni consuelo y lejos de mi alma. Lo único propio eran los sueños macerando el alma pegada al apolillado hueso. Después de todo sí existe la muerte y detrás mío una inacabada fila esperando su ingreso a este sueño que no es sueño, sino carcoma.

 

 

 
Dentro de una ballena (juegos de lidia)

Viviendo juntos dentro de una ballena
Haciendo el amor sobre su lengua
Te oí hablando en sueños toda la noche

Tú bajo el árbol
Tú de loto
Tú ordenando la boca de la ballena
Sentada en un diente
Fumando una pipa

La luna se estrellaba en tus ojos,
    se ocultaba en tus orejas,
    se oxidaba en tus labios,
    se escapó de tus manos

Educada en campos de marte
te rayabas a medianoche.
Y viviríamos de manzanas,
desnudos de hojas,
si no hubiera abierto la boca

Para acercarte a este lado de lúcuma
tuviste que venirte varias veces
y cogiéndome los cabellos pensaste
que por fin para algo servía mi cabeza

Te dije: Soy un animal que otea por los tejados
con mi trinche de plástico:
Tiento y libro de toda tentación

Ni río ni dejo de reir,
Ni lloro ni dejo de llorar.
Amo la primavera que nunca he visto,
Miro al cielo pero soy ciego

Un estuario de peces carbonizados en su salto
y estuvimos vivos en algún lugar de setiembre (aunque era julio)
Te enseñé el beso esquimal, el que está mal, el animal,
frente a una mesa garabateada en el bar Queirolo.
La pregunta por el padre y te mandaste
la tristeza de una buena parte de tu vida
(Incluida la historia del pez corneta)
Todo un sótano de camellos doblando la cuadra.

Juegos de lidia
Juegos de lluvia en el tatami
Bailarina de ballet que emerge de la pintura
Desnuda y azul, arrodillada,
Donde tus uñas no existían, tu boca
    no hablaba,
tus alas eran redondas,
tus ojos de lechuza hipnotizaban
con sus labios negros.

Vimos el crepúsculo entre Barranco y la Costa Verde,
la luna destrozada en un árbol,
el puente de los gemidos
    y un perro de aguas.
Vimos las montañas o viceversa.
Vimos también el huayco congelado de piedras
de una calle de Cusco,
    ciudad putativa.
Vimos el río delgado en tu cintura,
ojos como antorchas,
tus manitas frías entre las piernas,
palmadas como abrazos,
quebradas curvas,
gatos morunos,
    quenas chamuscadas.
Vimos el pan de mozas amasadas,
la ventana bajo el puente,
tu boca pensativa, con el verbo en mientes.


 
Las cavernas con papiros del Mar Muerto

Una lluvia de protones traen los vientos solares,
Estos días alteran mi número atómico.
No es que esté perdiendo la cabeza,
La cabeza es cada vez más mi perdición.

Abro el periódico:
Siempre hay guerra en alguna parte del mundo,
Siempre hay gente matando gente por las puras huevas,
Y la madre que debe escuchar la palabra del hijo
Partiendo la pared con la cabeza.

Espinas, no palabras.
Zarzas, no frases.
Alambradas de púas, no lenguajes.

Y yo, como una rata,
Assediata, perduta,
Que vive a salto de mata.
Ahora no sé si el viento es con la carretera,
Sus motores suenan a un mar extraño.
Como no soy roca, miro,
    Y me hace falta nada.
Como no soy roca, no soy agua.

Cualquier lugar está acá,
El mundo entero:
La torre subterránea,
El puente bajo el río,
El sótano en la azotea…
Y de repente
La Vía Láctea,
La eyaculación de Dios sobre la nada,
O la leche de la gran teta sagrada.
Pero todos los dioses acababan.
Pero no Dios.
Adiós.


 
La plaza circular (sueño)

Al final del camino
y manejando extraviado
me encontré en una explanada circular
    rodeada de edificios precarios y una iglesia.
No sabía dónde estaba.
Di un rodeo y me estacioné entre los pedruzcos,
    junto al templo.
Bajé del coche disponiéndome a explorar
Pero mientras caminaba vi con alarma
que todos los carros estaban siendo tragados por la tierra:
Esta enorme rotonda de gravilla
    donde la pista asfaltada terminaba,
era el ombligo de una laguna sepultada,
tierra movediza.
Corrí a rescatar mi carro y
    montándolo
me alejé para siempre de aquel lugar maldito.


 
Las colinas de Roma

Entre dos colinas de Roma había una iglesia
    cuya campana tañía siempre antes de hora.
En la plazuela en vez de perros se arremolinaban
    erizos,
Cuatro lenguas lamiendo en la fontana.

Tendidos en sus divanes los monseñores romanos
    bebían del pote hasta las heces.
El pez gordo bostezaba ante la liebre
y puesto que cada persona era un íceberg
    rompían el hielo con un mazo.

Sombras de dos cuerpos,
arlequines solo con antifaz,
dos frailecillos descalzos
fijaban los ojos en las losetas
    de la ocre catedral rota
tratando de extraer la muela de la locura del concilio.

Pero la curia atronaba:
“No pueden poner más ángeles en un alfiler
    de los que caben;
Ni poner tantos alfileres en un solo ángel tratando
    de-fijar-el-curso-de-su-vuelo”.

Les tiraron las puertas.
Y se van alejando montados en sus burritos blancos
    por los mares de Holanda.

Todo el mundo tiene una almohada favorita, fratello.
La suya era de piedra
    y su colchón de paja.
Y cantaban
Como pájaro carpintero en jaula de hierro.


 
Escena de casa

A Rodrigo Quijano

Aunque a la muerte de un pájaro la acompañan
    miles de chillidos
que van perdiéndose en el lago después del disparo,
las cosas no son efímeras ni temporales,
    sólo son transitorias – me dijo.
(Este francotirador no acierta al blanco
    ni pegándose un tiro a la sien)

Los perros de caza ven los árboles y el pasto blancos,
    y la sangre, dorada.

Nosotros vemos:
Un rebaño de peces,
Una manada de gallos,
Una jauría de monos,
Una piara de palomas,
Una bandada de sapos,
Una muchedumbre de ratas,
Un montón de poetas.


 
Habitación en Providence

Como se rasca el lomo el oso,
Como se frota la espalda contra un árbol,
La tristeza de caminar por las persianas,
El peso del techo,
Lo hondo del lecho,
Las sábanas.
No se puede contar con nadie en esas circunstancias.
Hasta uno mismo es el enemigo.

Mi mesa era una caja de zapatos.
A la izquierda, por una ventana,
Miraba el parque y el cielo.
A la derecha, por otra ventana,
Me internaba en las películas.

Como topo ciego
buscando el fin del mundo
al centro de la tierra.

Y me dijeron:
Las plantas quieren hablar contigo, sus hojas
    son orejas,
Y te están escuchando.
Porque cuando hablas al techo y la pared,
    y te responden,
No estás solo.

Descubrí entonces que
Mi casa era el espacio donde nada habita,
Pero por donde caminaba descubriéndolo todo.

Mi mesa era una caja de zapatos,
La alfombra, mi cama.
Y escribía en las paredes y el techo,
Hasta que se borraban todas las puertas.


 
Entretacto

El susurro de la muerte mueve las alas
    de los pájaros.

Ya no hay nadie.
Ya se fueron
    los actores principales.
Incluso los secundarios y aquellos de relleno
            cuelgan las  botas en la
        cima
de los cipreses.

Hasta el payaso deja su seriedad
    y no, no llora,
sólo escarba sus ojos con un mondadientes.

Apoyada en un báculo la vieja
    deja de jorobarse,
y camina de mano de nadie a ningún sitio.

 

 

 
1

Como quiera que sea,
cueste lo que cueste,
diseccionará con lupa
la composición de organismos vivos:
rellenará, conservará, preparará, disecará,
utilizando el calor de un horno.

Taxidermia, fue la palabra específica,
pero antes, en el desierto de Atacama
la momificación fue un arte,
se llamó: cultura Chichorro,
precisamente en Arica, ¡Tacna y Arica!
   (Los datos señalan 7,800 años atrás.)

Mucho después resuena Egipto;
de manera casi tardía
la Taxidermia en Europa inauguró
en Francia y Alemania
el siglo XIX.

 
 
2

Taxidermia es escribir la historia que aún no está escrita.
Pictografías, cuerpos pintados, momificados,
su proyección de la vida,
enseñanzas disecadas para decir
que vale la pena seguir viviendo.

Preservar el cuerpo,
mantener cierta armonía,
vida encapsulada en su propio cuerpo,
para dejar evidencia: reconstruir.

Entre lo vivo y lo muerto no hay separación:
Somos parte de dos dimensiones diferentes
pero habitando un mismo espacio:
Comunión.

 
 
3

Inundada de huesos, pelos, dientes,
la reliquia
que es la Historia
—esa mancha sanguinolenta—,
pero que es
el paisaje
que es
la naturaleza,
tu día,
el mío,
el lugar común,
purga eterna

sin salida.

 
 
4

Bajo esta dermis inconclusa,
la ráfaga pájaro pasa,
como una flecha,
como una idea,
como un deber inagotable:

   Inmortalizar el vuelo,
   inmortalizar el canto,
   dejar huella inequívoca
   hasta reconocer
   su nido.

 
 
5

Dejan los pájaros volar
sus cantos nuevos
a las cuatro de la mañana.

Mis cuatrocientas voces
contenidas en este cuerpo,
bajo esta piel,
dentro de estas formas,
vuelven a su lugar,
sin espasmo o alteración,
no murmuran,
no susurran,
no zurean,
transición,
vuelven a su lugar

en silencio.

 
 
6

Todos los plumajes
que aprendí a escuchar,
a reconocer,
   —uno a uno­—,
por sus voces de aire,
sus vuelos de ira,
de rabia,
de furia,
son las mujeres que fui,
que soy,
hasta hoy,
ellas,
en otros cuerpos,
ellas,
mi reflejo,
ellas,
pían

desde las vitrinas
piden auxilio.

 
 
7

Discúlpeme doctor, a usted le escribo
con un sollozo en la garganta:
no pude llegar aquí
sin dar cuenta de tanto,
tanto,
pero tanto,
ominoso ruido.

¿Se acerca otra vez un diluvio universal?
¿Habrá que hacer un arca, resguardarse en chozas?
¿Separar a los animales entre puros e impuros?
¿Existe un Dios que todo lo puede en la Biogeografía de hoy?
¿Cuál fue el, nuestro, suyo, Paraíso Terrenal?

Guardar la Historia en frascos con formol,
colecciones húmedas, habilidad innata,
disecar el sentido común.
$elección natural  dirá sonriente un NeoDarwin Musk;
anfibios y reptiles, pasad.

 
 
8

Historia de las Ciencias
Historia de la Biogeografía

Leyendas, mitología, religiones:
El arca de Noé
El Paraíso terrenal
El Viejo Testamento

¿Ziusudra algo sabrá?
¿Utnapishtim, Atrahasis?
¿A quién le consulto?

Osos polares comiendo basura en Beluchia Guba
               (congelamiento tardío del mar)
Caen muertos decenas de tordos cabeza amarilla,
               caen muertos
               (intoxicación por agroquímicos y plaguicidas)
Incremento en las olas de calor marinas
Desarticulación de ecosistemas
Crisis climática
               (calentamiento global)

Luto glacial
Peligro de Extinción
Ecoansiedad

¿Será posible
taxidermizar, embalsamar o disecar la hecatombe?

 
 
9

Hagamos un corte tranversal,
una biografía breve:

Ginecólogo, naturalista, nacido en Montpellier, Fr. (1826).
Catedrático de botánica, zoología y de historia natural
en el Colegio del Estado de Guanajuato (1853).

Enseñaba en su Gabinete de Historia Natural,
utilizando los ejemplares que ahí se disecaban.
Grandiosa habilidad para el dibujo,
sincera afección por anfibios y reptiles.

Gran obra: “Elementos de zoología” (1884)
            —libro de texto durante años—.
Gran aportación: “Flora y Fauna del estado de Guanajuato”.
Se han clasificado 262 trabajos a lo largo de su vida
en revistas científicas como divulgador de la ciencia.

Entomología, ornitología, herpetología
(casi mantras)

En sus archivos, acervo de gran intercambio
con naturalistas de otras partes del mundo. Belleza epistolar.

Familia:
Madame La Chapelle, abuela paterna: enfermera, partera
Louis Antoine Dugès, padre: médico, zóologo, estudioso de lombrices y ácaros
Reine Euphrosine Vanard, madre protectora, diligente
Eugenio, hermano, médico, estudioso de insectos, entomólogo
María Louise Frey, esposa y compañera hasta el final
Alfredo cuenta con 55 taxones identificados:
Plantas, hongos
y todos los grupos de vertebrados;
Clasificación de lagartijas
utilizando la morfología de la lengua.

Nombrado:   
     Fundador de la zoología mexicana,
     Fundador de la entomología médica en México,
     Padre de la zoología mexicana,
     Padre de la herpetología mexicana y,
     Padre de la acarología en México,

     entre muchas distinciones más.

En la serie de Arte y Ciencia de México,
el Servicio Postal Mexicano dedica una estampilla
a Alfred Auguste Delsescautz Dugès
en 1975.

 
 
10

Contexto personal del Dr. Alfredo Dugès,
Guanajuato, segunda mitad del siglo XIX:

      Sin biblioteca actualizada para consulta,
                 ergo, forma la suya.
      Sueldo magro,
      dos trabajos,
      sueldo precario,
      ejerce además su profesión como ginecólogo
      trae al mundo a muchos guanajuatenses,
      sueldo infame

 
Sobre y contra todo ello,
de los científicos naturalistas en México
en el siglo XIX
el gran Dugès 
fue el más productivo.

 
 
* Poemas pertenecientes al segundo capítulo de Los pájaros y su representación gráfica en la obra científica del Dr. Alfredo Dugés (Ediciones La Rana, 2023).

 

 

 
Versiones al español de Paola Soto

 
 
Mujer fenomenal

Las mujeres bonitas quieren saber mi secreto.
No soy linda ni nací para ser talla de modelo.
Pero cuando intento compartirlo,
todos piensan que miento.
Y digo:
es el alcance de mis brazos,
es la anchura de mis caderas,
es la cadencia de mis pasos
y la curva de mis labios.
Soy una mujer
fenomenal.
Mujer fenomenal,
yo soy.

Entro a cualquier lugar
tan tranquila como te gusta.
Ante un hombre
los tipos se ponen de pie o
caen de rodillas.
En cuanto a mí, me rodean
cual colmena de abejas melíferas.
Y digo:
es el fuego en mi mirada
y el brillo de mis dientes,
el vaivén de mi cintura
y mis pies alegres.
Soy una mujer
fenomenal.

Mujer fenomenal,
yo soy.

Los mismos hombres se preguntan
qué es lo que ven en mí
por más que lo quieran lograr,
jamás podrán tocar
el misterio que habita en mí.
Aun cuanto intento mostrarles,
ellos juran que no hay nada allí.
Y digo:
es el arco de mi espalda,
es el sol en mi sonrisa,
es el porte de mis pechos,
es la gracia de mi estilo.
soy una mujer
fenomenal.
Mujer fenomenal,
yo soy.

Ahora comprendes
por qué mi cabeza no se inclina.
No grito ni brinco,
ni necesito hablar muy alto.
Y cuando me veas pasar,
espero que te enorgullezcas de mí.
Y digo:
es el taconeo de mis zapatillas,
son las ondas de mi cabello,
es la palma de mi mano
y la necesidad de mi cariño.
Porque soy mujer
fenomenal.
Mujer fenomenal,
yo soy.

 
 
Phenomenal Woman

Pretty women wonder where my secret lies.
I’m not cute or built to suit a fashion model’s size  
But when I start to tell them,
They think I’m telling lies.
I say,
It’s in the reach of my arms,
The span of my hips,  
The stride of my step,  
The curl of my lips.  
I’m a woman
Phenomenally.
Phenomenal woman,  
That’s me.

I walk into a room
Just as cool as you please,  
And to a man,
The fellows stand or
Fall down on their knees.  
Then they swarm around me,
A hive of honey bees.  
I say,
It’s the fire in my eyes,  
And the flash of my teeth,  
The swing in my waist,  
And the joy in my feet.  
I’m a woman
Phenomenally.

Phenomenal woman,
That’s me.

Men themselves have wondered  
What they see in me.
They try so much
But they can’t touch
My inner mystery.
When I try to show them,  
They say they still can’t see.  
I say,
It’s in the arch of my back,  
The sun of my smile,
The ride of my breasts,
The grace of my style.
I’m a woman
Phenomenally.
Phenomenal woman,
That’s me.

Now you understand
Just why my head’s not bowed.  
I don’t shout or jump about
Or have to talk real loud.  
When you see me passing,
It ought to make you proud.
I say,
It’s in the click of my heels,  
The bend of my hair,  
the palm of my hand,  
The need for my care.  
’Cause I’m a woman
Phenomenally.
Phenomenal woman,
That’s me.

 
 
 
Me volveré a levantar

Podrás manipular mi historia
con tus mentiras y palabrear.
Podrás pisotearme en la mera tierra,
y, como polvo, me volveré a levantar.

¿Te molestan mis maneras atrevidas?
¿O por qué te dejas azotar por la tristeza?
Es porque ando orgullosa
como si bombeara petróleo en mi sala.

Tan cierta como la luna y el sol,
y tan constante como las olas del mar;
tal como la esperanza que no muere,
me volveré a levantar.

¿Querías verme destruida?
¿Con la cabeza inclinada y la vista baja?
¿Con mis hombros caídos como lágrimas,
débiles por los lamentos de mi alma?

¿Te ofende mi altanería?
No te lo tomes a pecho
sólo porque me río como si tuviera minas de oro
bajo mi propio techo.

Podrás dispararme palabras como balas,
o cortarme con la mirada y nada más.
Podrás matarme con tu odio,
pero, como el aire, me volveré a levantar.

¿Te molesta mi sensualidad?
¿O te resulta una sorpresa
que baile como si cargara diamantes
entre mis piernas?

Desde lo más profundo de la humillación histórica
me levanto;
de aquel pasado enraizado en dolor
me levanto.
Soy un océano negro, tan vasto y ancho;
crezco y me extiendo, y aguanto.

Dejo atrás noches de terrores y miedos;
me levanto.
A un amanecer con maravillosos cielos claros,
me levanto.
Llevo conmigo los regalos que mis ancestros nos han dejado;
soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto,
me levanto,
me levanto.

 
 
Still I Rise

You may write me down in history
With your bitter, twisted lies,
You may trod me in the very dirt
But still, like dust, I’ll rise.

Does my sassiness upset you?
Why are you beset with gloom?
’Cause I walk like I’ve got oil wells
Pumping in my living room.

Just like moons and like suns,
With the certainty of tides,
Just like hopes springing high,
Still I’ll rise.

Did you want to see me broken?
Bowed head and lowered eyes?
Shoulders falling down like teardrops,
Weakened by my soulful cries?

Does my haughtiness offend you?
Don’t you take it awful hard
’Cause I laugh like I’ve got gold mines
Diggin’ in my own backyard.

You may shoot me with your words,
You may cut me with your eyes,
You may kill me with your hatefulness,
But still, like air, I’ll rise.

Does my sexiness upset you?
Does it come as a surprise
That I dance like I’ve got diamonds
At the meeting of my thighs?

Out of the huts of history’s shame
I rise
Up from a past that’s rooted in pain
I rise
I’m a black ocean, leaping and wide,
Welling and swelling I bear in the tide.

Leaving behind nights of terror and fear
I rise
Into a daybreak that’s wondrously clear
I rise
Bringing the gifts that my ancestors gave,
I am the dream and the hope of the slave.
I rise
I rise
I rise.