Al cuidar de mis heridas presioné
mis dedos contra tu mejilla
amoratada, halo de luz, pigmento
en el cielo oscuro. Corté la piel del
higo con mis dientes caninos para
alimentarte. Te ofrecí como tributo
mi parte más cruda. Y las mañanas,
oh, cuántas veces por la mañana
dije que lo haría de nuevo, incluso si
aquello significaba ser devorada.
Qué salvaje fui al pensar que mi tristeza
sólo podía existir al hacerte daño.
Por un momento breve: ahí está
ahí está: líquido como la luz
líquido como la luz: se rompe la noche
se rompre la noche: ¿un rezo?
un rezo: responde brevemente
en forma de pregunta
Iris
Debajo del eclipse penumbral
Colapsé sobre mis rodillas
Creí en patrones
Interpreté significados
Como princesa antigua
Pedí por paciencia y
Obtuve otro día
Recé por constancia
Y me consedieron
Permiso para caer
Una vez más.
Cosa extraña
Sólo queda la palabra
Rasa
Inerte.
Cosa extraña:
Digo vida
Y en tus ojos
Un ciruelo florece.
Agua de sueño
Llámalo mañanas
aspersor
torre de luz de luna
llámalo océano turquesa rugiente.
Cuando era niña liberó una bandada de loros de una jaula de bronce.
En otra ocasión, sostuvo un colibrí con ambas manos.
Llámalo áticos vacíos
playas de conchas plateadas
parecido a la sinfonía número 7
pero no del todo
más capas
matorral denso
exuberante
increíblemente verde
un repentino roce de luz
más profundo en el bosque
donde apesta a enebros
cualquier cosa que sueñe
se puede destilar y verter
en un recipiente de vidrio adornado
para aplicarse sobre el cuello y las muñecas
suavemente, noche tras noche
antes de irse a dormir.
Con la luz apagada
La biología desconoce
el código de cada tono:
uno arriba / dos abajo
y se limita a replicar el más fuerte.
Así entiendo cómo la resistencia
de mi piel oscura y de mis ojos negros
perdió el poder de su belleza.
Hay marcas en mi cuerpo que descansan
de juicios y noticias
hasta que apago la luz.
La marca de Caín
El espejo me robó la ingenuidad.
Como siempre
a solas
un día sin ayuda de las lámparas
me miré de frente.
Mi rostro tan distinto al de los santos
los ojos negros y pequeños como el ácido
que desde entonces riega los jardines de mi cráneo.
Darme cuenta
de que llevo la marca de Caín
dividió en blancos y negros
los episodios de mi vida.
El color del barro
Imagino a Dios jugando con un barro oscuro.
En el jardín de mi cabeza
el verde nunca germinó.
Si me hubieran regalado una palabra
tres sílabas para aminorar la maldición
que cayó sobre mi convencimiento.
¿No es entonces el color
de los primeros hijos amados?
Si había que crear una marca
¿no era justo la contraria?
Arrebatarle a alguien su color
volverlo transparente
vulnerarlo ante lo que hace posible
vivir.
Me aferro a la imagen de un dios
malinterpretado.
La belleza es
como una espora de tres sílabas
que cultivo en mi cerebro
y empieza a expandirse por los rincones
de esta casa.
Igual a los hongos, nuestro cerebro tiene tallo, poros, láminas, estrías.
Nadie sospecha la clase de palabras que repite el micelio neuronal dentro del cráneo.
Pulsos. Impulsos. Flujo sanguíneo que conecta axones y dendritas.
La cabeza de los niños es como una esponja, aprehende las traiciones y rechazos que se ejercen inconscientemente.
En la parte más ingenua del tallo se esconde un lugar azul que puede mancharlo todo.
Pulsos. Impulsos. Locus cerúleo. Flujo sanguíneo que conecta axones y dendritas.
Un grupo de células índigo dispara ácido hacia las partes del jardín de mi cerebro que pudieron ser verdes.
Sobreviviente
No creí sobrevivir.
Las plantas de mis padres
fueron alimentadas en lugares dispersos. Sus brazos hifas
convertidas en ramas
duras como las raíces de los hongos
que se expanden encima de sus padres.
Una ofensa tras otra:
gritos que ensordecen.
Una lágrima tras otra.
Esa noche mis padres
discutieron hasta el amanecer
y su indiferencia me obligó al silencio.
Soy una imagen al fondo:
tengo cinco años;
lloro y me consuelo
en mi propio regazo.
Versiones al español de Ezequiel Zaidenwerg-Dib; selección de Carlos Andrés Baquero Díaz
Enfermedad cardiaca
Yo no quisiera lastimar a un hombre, pero me gusta hacerlo suplicar.
Dos personas se tocan dos veces en un mes en diez hoteles; a eso
le decimos “larga distancia”. Él aguanta en una costa, yo deambulo
por la otra como cualquier afroestadounidense, África
con su enfermedad y Estados Unidos con la suya, y los negros
nacidos en este país, satisfechos de ser portadores
de la mitad de cada una. Yo soporto la parte
que me toca. Mi novio se sube a un avión para tocarme. El cielo
está de nuestro lado. El cielo sobre su mundo,
de eso quisiera escribir. Pero ahí me equivoco. Las palabras
les dan sentido a los sonidos. Yo me hago el vivo. Mi mamá sacude
la cabeza. Mi abuela suspira: “No le encuentro sentido”. Mi abuela
está muerta. Pero vivimos juntos. Escucho a mi mamá sacudir
la cabeza del otro lado del teléfono. Alguien nos cortó el cable.
Tenemos una relación de larga distancia. Perdí una mitad suya
por culpa de un ACV. Dios le adjudica a cada quien un cuerpo.
A cada cuerpo Dios le da dolores. Cuando el dolor se sube
a mi cuerpo, yo trato de pensar en mis ancestros blancos que hicieron sufrir
a sus bastardos negros de manera totalmente legal. Me enferma
decir esto, pero a veces un dolor puede aliviar otro. Los médicos prefieren
que tome pastillas. Mi novio quiere que consulte a un médico. ¿En qué
te convertís si dejás a tu novio con las ganas? ¿En qué me convertí
ahora que me ponen contento los aviones? ¿Cómo me llamo, de quién
es ese nombre, cuando hacemos el amor? Mi amante me deja
palabras que yo quisiera escribir. Vuela de una punta del país
al exterior de nuestro mundo. Yo no quiero el mundo, sólo quiero
el sentido africano del sonido estadounidense. A él. Que toque.
Este cuerpo. Consciente de su dolor. Saludos, terrícolas.
Me llamo Lento y a los Tumbos. Vengo del planeta
Problemón. Les traigo un amor incómodo.
Heart Condition
I don’t want to hurt a man, but I like to hear one beg.
Two people touch twice a month in ten hotels, and
We call it long distance. He holds down one coast.
I wander the other like any African American, Africa
With its condition and America with its condition
And black folk born in this nation content to carry
Half of each. I shoulder my share. My man flies
To touch me. Sky on our side. Sky above his world
I wish to write. Which is where I go wrong. Words
Are a sense of sound. I get smart. My mother shakes
Her head. My grandmother sighs: He ain’t got no
Sense. My grandmother is dead. She lives with me.
I hear my mother shake her head over the phone.
Somebody cut the cord. We have a long distance
Relationship. I lost half of her to a stroke. God gives
To each a body. God gives every body its pains.
When pain mounts in my body, I try thinking
Of my white forefathers who hurt their black bastards
Quite legally. I hate to say it, but one pain can ease
Another. Doctors rather I take pills. My man wants me
To see a doctor. What are you when you leave your man
Wanting? What am I now that I think so fondly
Of airplanes? What’s my name, whose is it, while we
Make love. My lover leaves me with words I wish
To write. Flies from one side of a nation to the outside
Of our world. I don’t want the world. I only want
African sense of American sound. Him. Touching.
This body. Aware of its pains. Greetings, Earthlings.
My name is Slow And Stumbling. I come from planet
Trouble. I am here to love you uncomfortable.
Ser visto
Perdoname que hable como un predicador.
Vos me entendés, un moribundo
debe tener algo que decir: no es que me esté
muriendo exactamente. Mi médico me dice que voy a vivir
más que la mayoría de la gente, dado que lo veo
más que la mayoría de la gente. Por supuesto, no se puede confiar en él
ni en nadie más
que te prometa vida a cambio de ir a verlo. Las promesas
vienen de los elegidos: un lunático,
la paloma más blanca: los que escuchan
la voz de Dios y otra música vieja. Yo no soy
un elegido. Solo tengo algo que decir como cualquiera
a quien le pagan por traer malas noticias: un predicador, un soldado,
el médico. Hablamos de Dios
porque queremos hablar
con metáforas. Mi médico se aferra a la metáfora
de la guerra. El virus siempre
ataca y las células pelean o mueren
en combate. Mierda, me acuerdo que me dijo la palabra
“asedio” cuando volvió un sarpullido. Acá
me estoy muriendo mientras él
hace de mi cuerpo una batalla: cualquier cosa por ser visto
cuando lo único que quiere es agarrarme del mentón
y, como Dios Padre, decir con los dientes apretados:
Mirame cuando te hablo.
Tu salud no está en mi manos, aunque te
toque como si pudiera sanarte.
To Be Seen
Forgive me for taking the tone of a preacher.
You understand, a dying man
Must have a point—not that I am
Dying exactly. My doctor tells me I’ll live
Longer than most since I see him
More than most. Of course, he cannot be trusted
Nor can any man
Who promises you life for looking his way. Promises
Come from the chosen: a lunatic,
The whitest dove—those who hear
The voice of God and other old music. I’m not
Chosen. I only have a point like anyone
Paid to bring bad news: a preacher, a soldier,
The doctor. We talk about God
Because we want to speak
In metaphors. My doctor clings to the metaphor
Of war. It’s always the virus
That attacks and the cells that fight or die
Fighting. Hell, I remember him saying the word
Siege when a rash returned. Here
I am dying while
He makes a battle of my body—anything to be seen
When all he really means is to grab me by the chin
And, like God the Father, say through clenched teeth,
Look at me when I’m talking to you.
Your healing is not in my hands, though
I touch as if to make you whole.
Salmo 150
Alguna gente, para creer, se engaña.
Pero yo sé lo que conozco: en la cumbre
del contacto imposible, mi hombre y yo
contenemos la respiración, seguros de poder parar el tiempo
o tal vez eliminarlo de nuestras vidas, que se acortaron
desde que aprendimos a hacer el amor el uno para el otro
en vez de hacérnoslo el uno al otro. Entre la alabanza
y la adoración, prefiero la última. Sólo la memoria
nos pone de rodillas, en silencio e inmóviles. ¿Me escuchás?
El trueno aterra. El rayo nos permite ver. Después,
cubierta la cabeza, esperamos la lluvia. Querido Señor,
permitime estar atento a su llegada y bajar la cabeza
y sacudirla como un hombre que ha perdido y vivido.
Hay algo que no deja de intentarlo, pero todavía no me matan.
Psalm 150
Some folks fool themselves into believing,
But I know what I know once, at the height
Of hopeless touching, my man and I hold
Our breaths, certain we can stop time or maybe
Eliminate it from our lives, which are shorter
Since we learned to make love for each other
Rather than doing it to each other. As for praise
And worship, I prefer the latter. Only memory
Makes us kneel, silent and still. Hear me?
Thunder scares. Lightning lets us see. Then,
Heads covered, we wait for rain. Dear Lord,
Let me watch for his arrival and hang my head
And shake it like a man who’s lost and lived.
Something keeps trying, but I’m not killed yet.
Querido Dr. Frankenstein
Yo también conozco la ciencia de construir hombres
con fragmentos a media luz
y que me parta un rayo si no cae
el rayo porque me olvido que uno
puede tener el dedo gordo de un ladrón,
otro el brazo de un asesino,
y veo irse a los hombres que creé
como una idea que debí anotar,
como un vehículo atorado
en marcha atrás, como el monstruo
que Dios conoció no bien
Adán les puso nombres a los animales y se adjudicó
a Eva, apartándose del cielo por ella
como si hubiera sido
suya. Ninguna palabra de él se podía domar.
Ninguna ciencia. Ningún diseño. Nada
en contacto delicado con su mano, ni tu mano, ni la mía;
nada de lo que erigimos es nuestro.
Dear Dr. Frankenstein
I, too, know the science of building men
Out of fragments in little light
Where I’ll be damned if lightning don’t
Strike as I forget one
May have a thief’s thumb,
Another, a murderer’s arm,
And watch the men I’ve made leave
Like an idea I meant to write down,
Like a vehicle stuck
In reverse, like the monster
God came to know the moment
Adam named animals and claimed
Eve, turning from heaven to her
As if she was his
To run. No word he said could be tamed.
No science. No design. Nothing taken
Gently into his hand or your hand or mine,
Nothing we erect is our own.
Coliseo
Cómo me lastimé, ya no me acuerdo:
fue mío tanto tiempo este dolor
que perdí la herida que lo había inventado
porque nadie conoce la belleza
de sus propios ojos
hasta que un hombre explica que por ellos
Dios creó el marrón. Luego
ese mismo hombre dice que vive para tocar
las partes más suaves, y con eso insinúa
que nuestra superficie puede entenderse
por su nivel de satinado. Voy a seguirlo
hasta quedar tan áspero por fuera
como lo estoy por dentro. No sabría decir dónde empezó
la masacre pero sé
cómo siento la mía, que convivo con ella
y que a veces me sirve para vivir
porque soy, como dicen los gladiadores,
un hombre enamorado; y el amor
es un recordatorio de que sobrevivimos.
Colosseum
The pain mine
Long enough for me
To lose the wound that invented it
As none of us knows the beauty
Of our own eyes
Until a man tells us they are
Why God made brown. Then
That same man says he lives to touch
The smoothest parts, suggesting our
Surface area can be understood
By degrees of satin. Him I will
Follow until I am as rough outside
as I am within. I cannot locate the origin
Of slaughter, but I know
How my own feels, that I live with it
And sometimes use it
To get the living done,
Because I am what gladiators call
A man in love—love
Being any reminder we survived.
* Poemas correspondientes a El nuevo testamento (Como Un Lugar, Buenos Aires, 2023).

Anaïs Abreu D’Argence, Heredar. UANL, Monterrey, 2024, 102 pp.
“La herida —nos dice María Auxiliadora Álvarez en el epígrafe de Heredar, el más reciente libro de Anaïs Abreu D’Argence (Ciudad de México, 1982)— es un animal vivo en la boca”. En la boca: los labios, los dientes, la lengua, el paladar, en los órganos que generan y amplían el sonido de la voz. Pareciera necesario vociferar eso que nos habita dolorosamente para conseguir verlo a los ojos y escudriñarlo, como lo sugiere Chantal Maillard en Matar a Platón: “La herida nos precede, no inventamos la herida, venimos a ella y la reconocemos”.
Si, por otro lado, leemos la entrada de “heredar” en el diccionario, vemos que, en resumen, su significado primario es “recibir”. Tomar, hacerse cargo, admitir; queda implícita la inclinación a hacerlo, la voluntad abierta, dispuesta a la aceptación de aquello que se hereda, sin cuestionamientos.
Heredar emprende, pues, un viaje por la historia personal y familiar del yo lírico a través de pequeños destellos (textuales, visuales) de su infancia y su adultez con el fin de reencontrarse con esa herida-herencia que hoy es la causante de incontables cuentas del psicoanalista y recetas médicas. Entre sus páginas, se cuestiona además la noción de familia como refugio intachable, y se les da justo peso a las interacciones familiares (en especial las relacionadas con la figura paterna) que han sido determinantes para el desarrollo emocional de la protagonista.
Como lectores de Anaïs Abreu D’Argence, acudimos a este libro, a esta herida-herencia, a atestiguarla. A observar nombramiento en forma de arte, de voz verbal y pictórica: poemas visuales que parten del álbum familiar de su autora; collage, recortes, superposiciones de objetos simbólicos que reescriben la historia del yo herido; versos construidos sobre el robusto andamiaje de la vulnerabilidad.
Con la presente muestra de los poemas e imágenes que conforman Heredar, se evidencia, primero, la potencia poética de la autora, latente en su habilidad como artista interdisciplinaria, pero también la naturaleza dual, en apariencia contradictoria, de ese retorno a las raíces: obras de una dulzura inusitada que coexisten con memorias punzantes, violentas.
tren
1.
sigo las reglas las recomendaciones
los litros de agua para la resequedad
que en realidad es un resquebrajarse
del organismo te vuelves
más árbol que persona
tratas de anclarte a la tierra a pesar
de que has roto con lo que llaman raíces
contemplar los efectos secundarios.
sobrevivirlos (si se puede)
2.
Debe saber que su salud mental puede cambiar de maneras inesperadas al tomar venlafaxina u otros antidepresivos, incluso si es un adulto de más de 24 años. Es posible que desarrolle tendencias suicidas, sobre todo al comienzo del tratamiento, y cada vez que la dosis aumente o disminuya. Usted, su familia o su encargado del cuidado deben llamar a su médico inmediatamente si usted experimenta alguno de los síntomas siguientes: depresión nueva< o que empeora, pensar en lastimarse o quitarse la vida, o planificar o intentar hacerlo, preocupación extrema, agitación, ataques de pánico, dificultad para conciliar el sueño o mantenerse dormido, comportamiento agresivo, irritabilidad, actuar sin pensar, agitación severa y excitación frenética anormal.
3.
acudo a la farmacia
pongo mis datos personales
“me hago cargo” cada jueves en un sillón
por las noches sólo una copa
nada de drogas recreativas
me pregunto cómo será todo para ti
entre el tafil que consigues
de manera clandestina
y el alcohol
es decir
si nuestras vías del tren se encuentran en un mismo destino
rincón
cuando escucha música
no existe nada más
el de antes intenta
filtrarse por hendiduras
largas como una partitura
en la frente
lo reconozco en la mirada
ese momento de dejarse ir
detrás de un chelo
es su única libertad posible
todo lo demás se ha hecho
y es demasiado tarde
en su silencio parece murmurar:
no somos más allá de este sonido
intraducible
sería mejor nunca decirnos
venganza
cuando murió su madre
juró dejar el cigarro
lanzó la cajetilla que horas después
estaría buscando con desesperación
el día en que murió su padre
abrió la urna
se metió un puñado de cenizas en la boca
predicó:
me como a mi padre
(es una anécdota que cuenta con orgullo)
siempre me ha gustado pensar
que por lo menos en parte
le entregaron las cenizas de alguien más
que mi padre se comió un bocado
(por lo menos en parte)
de un completo desconocido
paella
decías que picara el ajo muy chiquito
con cuidado de no cortarme
te gustaba contar esa anécdota
tú y yo en la cocina
escuchando algo de música
tal vez paco de lucía
éramos algo bueno ahí
yo era una niña pero
me dabas el cuchillo
no el más pequeño
entonces yo podía creer todo lo que decías
éramos algo
de las últimas veces que nos vimos
recuerdo la paella
misa de tres curas, dijiste
lo volvías a decir una
otra vez
mientras comíamos
ahora he preparado una paella
para ti aunque no vengas
es verdad que no te invité
busco en qué momento
perdí la certeza de que no volverías
es decir
de que tú ya no eras el que yo amé
las flores que recojo
y guardo entre los libros
siempre son para los que ya no están:
ellas habitan ese lenguaje
algo pasó más allá de nosotros
me dejaste plantada en la cocina
me dejaste con el cuchillo en la mano
hace unos meses todavía pensaba
cómo afilar algo en mi muñeca
son pensamientos en espiral
son gritos desde mi cuna
no soy de confiar
ahora
tengo esta manía de impulsarme
hacia atrás como si mi cuerpo insistiera en
contraerse desde el vientre y ceder a la caída
a veces
tienen que esconderme los cuchillos
sin embargo
estoy tratando de recuperar
la música
el baile con mis pies sobre los tuyos
(cierro los ojos y creo que tú los cierras de vez en cuando)
yo sé que puedo cortar el ajo
cada uno de estos vegetales
como a ti te gustaría
me aferro a la certeza
de que las cosas saben igual
aunque no seamos los mismos
por eso hago esta paella
es tuya
la voy a comer como ofrenda
mi padre fue el primero que me bañó
a mamá le daba miedo esa fragilidad de
un cuerpo recién nacido
mi padre me bañó mientras lloraba
al tocar ese otro cuerpo
que alguna vez se estuvo gestando entre sus piernas:
esto he hecho habrá pensado
y cuánto la amo
Ignacio Ruiz-Pérez, El deseo es una lámpara que no alumbra. Universidad Autónoma de Sinaloa, Culiacán, 2022, 73 pp.
La reciente obra de Ignacio Ruiz-Pérez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1976), El deseo es una lámpara que no alumbra, es un viaje poético y filosófico a través de los misterios de la existencia humana. El poemario nos invita a un diálogo que atraviesa el tiempo, resonando con las voces del pasado literario y acogiendo elementos de la postmodernidad. Ruiz-Pérez se establece no sólo como una figura destacada en la poesía mexicana, sino también como un visionario que teje un tapiz que honra la tradición y la modernidad, y que invita a una profunda introspección.
Desde el inicio nos sumergimos en un libro que despliega una honestidad sin filtro y representa una lucha con la corporeidad, al manifestar una angustia palpable. La obra es una incursión perpetua entre el yo lírico y su existencia corpórea, delineada por una omnipresente tristeza y una búsqueda, a menudo frustrada, de serenidad.
La memoria se presenta como uno de los temas centrales del libro y la disfraza como belleza emergiendo incluso de los abismos: “esa escalera por donde caen los juguetes/ de la infancia para no recuperarlos jamás” (p. 21), evocando así la naturaleza efímera y a menudo melancólica del acto de recordar. Aquí, Ruiz-Pérez utiliza la metáfora de una escalera como símbolo de la transición temporal, donde los juguetes de la infancia —metáfora de momentos y sentimientos perdidos— se deslizan fuera del alcance, sugiriendo la inevitable pérdida y el distanciamiento de la inocencia y la alegría. Este verso no sólo refleja la nostalgia, sino también la temática de la pérdida y el anhelo, elementos centrales en la exploración emocional del libro.
Del mismo modo, Ruiz-Pérez utiliza otros símbolos que capturan la esencia de la existencia humana en su complejidad y contradicción; la figura de la mosca es un ejemplo destacado. A menudo considerada un insecto trivial, en esta obra adquiere dimensiones míticas, al emerger como un símbolo que desafía las percepciones comunes y se burla de las limitaciones humanas. El autor describe vívidamente:
cuando la mosca recibe el fogonazo de la computadora
o el aire le da de lleno en los élitros transparentes,
veo de inmediato cómo se arroja a la corriente más cercana
y desafía las leyes de gravedad que me atan a la silla (p. 67).
Este símbolo se convierte en una representación de la libertad y adaptabilidad, que contrasta con la inmovilidad y pesadez del ser humano. La capacidad de la mosca para alterar su trayectoria en respuesta a estímulos externos destaca su agilidad y ligereza, y también refleja la envidia del hablante lírico, simbolizando así lo inmenso y paradójico de la vida. En su vuelo inesperado y su habilidad para cambiar de dirección, la mosca se erige como un recordatorio de que, incluso dentro de los límites de un espacio restringido, se puede encontrar belleza y asombro. Estas líneas invitan al lector a sumergirse en reflexiones donde lo trivial se transforma en profundo y lo cotidiano en extraordinario, delineando así un paisaje mental que oscila entre la sublimidad de la poesía y lo efímero de la existencia humana.
Esta convergencia de símbolos y metáforas en la obra de Ruiz-Pérez nos lleva a una consideración más amplia sobre el ciclo de vida y muerte. El autor aborda este tema con una mezcla de resignación y asombro, visualizando el dolor como una “estrella en expansión” en el tejido cósmico. De esta manera, nos guía en un viaje marcado por la habilidad para evocar imágenes poéticas que capturan tanto la desesperación como la belleza con igual fuerza, al ofrecer una visión críptica y particular de la existencia.
Otro ejemplo puede ser el verso “cuerpo roto vencido expuesto a torbellinos huracanes tormentas de fuego” (p. 52), que ilustra de manera palpable la inmersión en la angustia. Esta metáfora visceral establece una analogía entre los desastres naturales y la devastación personal causada por el dolor, proyectando una imagen casi titánica de la turbulencia interna que puede generar el sufrimiento físico. Su lenguaje evocador captura la intensidad del tormento interno y expande nuestra comprensión del sufrimiento.
La obra destaca, además, una rica tapicería que refleja la dualidad de nuestra existencia. En ella, momentos de alivio y deleite se entrelazan con representaciones de desesperación y dolor, creando una amalgama de contrastes que delinean la naturaleza finita del ser. La presentación directa de vulnerabilidades y luchas internas del hablante lírico genera una conexión empática con el lector, facilita una inmersión en la complejidad de la experiencia y revela una lucha interna, además de incitar a la reflexión sobre nuestra propia existencia.
El hablante lírico, al explorar las complejidades de su mente y cuerpo, ofrece un retrato íntimo y conmovedor de su vulnerabilidad sin restricciones, con la franqueza de quien expone las cicatrices y fisuras del alma humana. Este aspecto del poema también refleja una batalla más amplia contra la alienación y desconexión, al sugerir cómo los individuos quedan atrapados en sus propios defectos, inseguridades y miedos.
Cabe resaltar la audaz manipulación lingüística de Ruiz-Pérez y la yuxtaposición de imágenes que sumergen al lector en un mar de asombro, en palabras que desafían y reconfiguran la realidad. Tal uso ingenioso del lenguaje no sólo embellece el poemario, sino que también agudiza nuestra percepción de la vida, invitándonos a mirar más allá de lo aparente y a encontrar significado en los detalles más sutiles.
De la obra también es oportuno resaltar cómo teje una rica tela de referencias culturales y literarias, desde Li Po hasta Augusto Monterroso, creando puentes hacia tradiciones literarias amplias y estableciendo un diálogo intercultural entre generaciones de escritores. Estas figuras literarias enriquecen la obra, sugiriendo tanto una contemplación meditativa como una compleja brevedad. Ruiz-Pérez muestra una habilidad única para tejer influencias culturales en su trabajo, y logra ubicar su poesía en un contexto literario más amplio; además, la resalta en tanto lenguaje que une épocas y culturas de manera universal.
El deseo es una lámpara que no alumbra, de Ruiz-Pérez, redibuja los límites de la poesía contemporánea. Al sumergirnos en sus páginas, nos encontramos envueltos en una profunda resonancia emocional, un entrelazado de melancolía, belleza, dolor y deleite que nos cautiva y emociona. Este libro no es sólo una obra literaria; es una invitación a un viaje introspectivo, un diálogo con lo más profundo de nuestra humanidad. Cada verso es un recordatorio de nuestra innata capacidad para encontrar belleza y significado, y alumbra esos caminos oscuros y complejos que forman parte intrínseca de nuestra humanidad, pese a que la lámpara siga apagada.
*
El deseo es una lámpara que no alumbra (fragmentos)
En las laderas hay soles disecados
aunque alguna vez vi las ruinas de una iglesia,
un campo yermo, cuervos que flotaban entre la materia muerta,
el mar en el horizonte
—una simple línea partida, hay que decirlo,
porque a sus orillas jamás llegaron los restos de la mañana
ahítos de luz, deseosos de islas
y estrellas fugaces
en las laderas, digo, hay soles disecados,
astros rotundos, húmedos ya de tanta voz y nombre
que pasan sin decir nada que no sea invierno,
vacilación de la carne, tierra a lo lejos
(poca cosa vuelve, me digo,
pues incluso los cuervos son un resplandor,
una aldea en el ojo,
un murmullo en el oído.)
Crow
Decided to try words.
Ted Hughes
De vez en cuando me visitan los cuervos de la noche,
esa obsesión de la infancia que todavía me cala los huesos
y los pule para que los recuerdos broten del fondo del río
donde se ahogó mi amigo más triste
en ese tiempo los cuervos salían de la caja de tiliches
y oscurecían mis tardes de lluvia
cuántas veces no escuché sus graznidos llegar a mi sangre
y tornarla densa atorándose en mis venas
yo no veía más que aletazos esquirlas plumas arañando la piel,
estirándola lejos hasta volverla un hilo delgado
que unía las constelaciones más antiguas
después, en mi juventud, recuerdo su vitriolo profundo
casi noche reventando las ramas de los árboles
mientras el mar arrojaba sus muertos
entonces yo lo decía todo, lo inventaba todo, lo creía todo
en mi palabra se formaban bahías adonde llegaban barcos
que jamás zarparon porque el mar era una sábana blanca
y yo decía el cielo está gris y entonces caía una lluvia lluvia
tan delgada como la brisa que se respiraba en esa ciudad abierta
de par en par y luego los cuervos volaban con sus alas pesadas
llevando consigo el aire el salitre las horas
yo los veía alejarse, minúsculos origamis
partiendo en dos el horizonte
el sol una oquedad espléndida yo sin lengua
o apenas temblorosa sombra respirando en mi cuarto
pero de pronto los cuervos volvían y se atoraban en mi garganta,
los mismos cuervos que aún ahora me impiden decir el día
y se afilan el pico para después escapar por la ventana desnuda.
Escribir, leer, cantar el vuelo del cuervo
que tantas veces vi en sueños
y luego revelarlo, fijarlo en el cielo, hincarle un alfiler en las alas
para que su vuelo sea pura transparencia sin viento
porque el viento (ya se sabe) desordena las plumas
y trastorna su equilibrio pausado
y después hincar en su pecho un cuchillo
y arrancar sus pequeñas vísceras
y desanudarlas poco a poco evitando dejar un boquete
por donde se vea el aserrín del cielo
y entonces pautar con sus tripas finísimas la constelación
de este cuaderno
y recomenzar mi canto:
Máquina emocional
[Varios de mis amigos y yo tenemos la misma edad y la misma triste sensación de estar envejeciendo. Somos conscientes de que diez años se sienten como cinco y que cinco pueden sentirse como veinte. Ahora que camino de regreso a casa pienso en las cosas que aún me sobreviven de hace diez, veinte años. La juventud está en juego aunque no sepa exactamente en qué momento acaba, quizá termina a los 18 o incluso antes. Recuerdo que a los 15 ya extrañaba muchas cosas del pasado]
[Son las 11 de la noche de un viernes en el centro de la ciudad y nada está en silencio. La fuerza de esta noche demanda en mí un impulso extraño: tengo ganas de que me den ganas de fiesta pero no suceden. Tengo ganas de tener ganas: una metafísica del deseo. Sin embargo, al menos sé que es el cansancio acumulado lo que me detiene por ahora. Tal vez también siento un poco de nostalgia porque esta noche alcanzo a ver los días como los vagones de un tren a gran velocidad. Podría detenerme a sentir el vértigo del carrusel concéntrico del tiempo: notar, como todos, lo rápido que se esfuman los deseos, las esperanzas, lo rápido que se decanta la vida en la realidad inclemente]
[Varios de mis amigos y yo tenemos la misma edad y la misma triste sensación de estar envejeciendo. Mis amigos viven y no se detienen. Se pulverizan, son tan reales que a veces no parecen de este mundo. Con muchos de ellos comparto la nostalgia como si se tratara de un químico. Nostalgia que se agolpa en el corazón y lo agrieta. Todos tenemos grietas en el corazón que quieren reventarse. Sobre esas grietas se ejerce un golpeteo, algo que las toca y las empuja. El corazón es la parte más propensa a la erosión, la más propensa a que se le filtre el pasado, pero es muy fuerte, se necesita mucho tiempo e insistencia o un golpe verdaderamente devastador]
[Me gusta escribir de mis amigos y saber que también puedo encontrarlos en las palabras. Saber que en la fiesta compartiremos una lata de cerveza y que la música nos dará a cada uno las piezas faltantes del rompecabezas del mundo. Cuando pienso en mis amigos pienso también, inevitablemente, en las distancias que nos separan y unen. Si fuéramos puntos en un plano cartesiano veríamos ese movimiento como un baile azaroso. Es imposible que algo se mantenga quieto. En el aparente caos se encuentra el equilibrio. Su transformación es hermosa, pero como todo lo que es hermoso, también duele. Sabemos que nuestros amigos siguen estando allá afuera, lo que no se sabe es hasta cuándo. Asumimos la presencia perpetua de los amigos y nos sabemos con ellos, bailando los amaneceres o soñando al mismo tiempo que amanece aunque tengamos los párpados llenos todavía de madrugada. Pero no hay una certeza que por siempre nos aguarde. Un día ellos desaparecen sin más, o quedan estáticos, y aunque en el infinito de la gran escala universal su movimiento no decline nunca, nuestro cuerpo se queda sin su magnetismo delirante y giratorio. Cuando los amigos dejan de bailar podemos extraviarnos de pronto en otra órbita. No sabemos lo que nos espera, ni cuándo nos espera. Hay quienes rompieron la barrera del sonido y se fueron tan lejos que se perdieron de vista. Hay quien desaparece de esta pista de baile antes que otros. Una noche de pronto vuelven a ser los platillos voladores que fueron al aterrizar en el mundo, dentro de esferas de luz danzante]
[Mis amigos son un conjuro plasmado en una pared de roca, luces reflejadas en mis ojos vidriosos. Como si se tratara de un sistema solar conformado por múltiples órbitas, espero con impaciencia el amanecer de mis amigos que giran como estrellas. Pasan por la bóveda celeste de mi cráneo y alumbran y hacen el día y la madrugada. Son asteroides y soles y algunos satélites artificiales. Espero a que pasen cruzando la noche y salgo a buscarlos. También soy cometa y telescopio y en innumerables ocasiones me he encendido. Juntos somos un pequeño planetario. Estamos alucinando y las brújulas son nuestras manos. Vamos en fila hacia la siguiente estancia del tiempo. Mis amigos bajan al centro de la tierra y aparecen en el centro del cielo como si fuera el mejor truco de magia. Para ellos una declaración de amor vertida en sus corazones, un conjuro con sus voces y que esa estructura de sonidos sea capaz de abrazar y se encienda como un círculo de luz cuando nos miremos a los ojos. Una palabra que sea un cuenco para sus lágrimas y que de pronto se haga música. Un elogio a sus abrazos revitalizantes. Quiero nombrar la electricidad que me sostiene cuando alguno me tiende la mano para sortear el vacío. Mis amigos son la vida que surfea el mar embravecido del misterio. Un poema sobre todas las cosas que significan, su luz y su sombra congelada, sus mentes que expanden la imaginación como algo que respira]
Máquina literaria
[Recuerdo perfectamente bien los días en que me sentía un poeta maldito, un aspirante a escritor, un intento de enfant terrible. Muchos amigos de mi generación éramos así. Íbamos por las calles, en grupo o en solitario, con la mochila repleta de papeles sueltos y enmarañados; poemas a medio camino o poemas brutales en servilletas y tickets que terminaban por deshacerse; libros en las bolsas interiores de las chamarras; pretenciosas plumas fuente o lápices mordisqueados y una actitud bravucona o retraída, como de quien todo lo ve desde las sombras iluminadas. Yo, además de todo eso, salía por las noches con mi gabardina de segunda mano, ridícula a mis ojos de ahora, pero que en ese entonces era una especie de amuleto para surcar las calles de la colonia Roma. Cliché sobre cliché. Así iba yo, con mi libreta del lado izquierdo y mi libro en turno del lado derecho atrapando poemas o gérmenes de poemas o astillas de poemas o esquirlas de poemas entre los pliegues de mi gabardina, de Iztapalapa a la Roma y de la Roma a Iztapalapa. Mis amigos, al igual que yo, aspiraban al poema perfecto. Yo nunca viví al límite de nada. Creo que ni siquiera rompí una regla ni me metí en problemas con las autoridades. Tampoco discutí encarnizadamente con otros escritores por ideas contrarias. Los años pasaron y sustituí la gabardina por playeras y camisas convencionales. Recuerdo aquellos días y me hacen reírme de mí mismo. No cabe duda de que antes era más viejo de lo que soy ahora, aunque mi cuerpo demuestre lo contrario. Sin embargo, recuerdo con cierta nostalgia algunas cosas de ese entonces, como el arrojo valiente de que la vida apenas comenzaba y seguramente sería espectacular]
[No queda duda de que mi relación más tóxica hasta el momento todavía existe y es con la literatura. Involucrarse en el mundo literario es llevarse decepciones y frustraciones. Es ver las ambiciones romperse. Últimamente he pensado mucho en qué busco y qué quiero de la literatura. La deuda que ella adquiere con cada escritora y escritor nunca estará saldada, siempre tendremos la permanente sensación de que todavía nos debe demasiado y así se mantendrán las cosas]
[Pienso que entre más poemas escribes, más te alejas de la poesía. Esto significa que la poesía ocurre siempre en un momento no planeado, imposible de delimitar, sin articulación ni estrategia. Mientras más poemas se escriben, más se aproxima uno a la “fórmula” y esta programación aleja gradualmente al elemento poético, dejando sólo la pura forma, el contenedor de orfebrería, el alhajero vacío. La mejor estrategia sería sólo escribir poemas cuando sea irremediable, cuando no haya otra alternativa. Dejar existir al poema como una necesidad, como una traición del inconsciente, cuestión de vida o de locura. Poemas inevitables e irremediables, cuando ya no pueda calmarse la angustia. Las experiencias, mientras más se piensan y planean, abandonan el carrusel del pensamiento para insertarse en el carrusel trunco de la obsesión. Escribir poemas por deporte, por ejercicio, por obligación, es la mejor forma de producir hojas secas. La manera más auténtica de pescar no es tendiendo una red kilométrica, sino sumergiendo la mano y esperando a que el pez acaricie nuestros dedos y pida ser levantado. Ahí está lo milagroso de la poesía. Que el siguiente poema sea inesperado. No saber por anticipado qué figura tiene. No verlo venir, que sólo aparezca como una punzada en el pecho, que nos empuje a escribirlo temblando y sudando. Y después de esa visita fugaz de algo que posiblemente se asemeje a la poesía, quedar solos sin saber por cuánto tiempo hasta el próximo milagro]
Máquina doméstica
[Me parece que es momento de preguntarme si acaso sé en dónde está mi casa. Quién es mi casa. Cuándo es mi casa. No sólo dónde se ubica. Posiblemente sí, mi casa soy yo, pero también podría ser un asteroide o una galaxia. Me gustaría pensar que mi casa aparece y desaparece y se transforma cada vez que observo a través de los caleidoscopios, o que una brújula enloquecida en giros siempre está apuntando hacia ella. Quiero pensar incluso que mi casa ya existía antes de que yo llegara, que mi casa son tres ventanas que cambian de forma y de espacio. Ventanas para siempre abiertas. A veces prefiero pensar que mi casa es imaginaria y así como en ocasiones es un cubo de madera, otras veces puede ser caparazón o caja de cerillos a la que justamente puedo decirle “tú eres mi casa” y guardarla en el bolsillo de mi pantalón. Pero por desgracia también siento que mi casa siempre peligra y que un día podría no ser capaz de invocarla. Por eso tal vez mi casa no es un punto en el espacio sino una coma en el tiempo, por eso avanza como en una pausa y sigue adelante. Por eso las preguntas correctas para verla son: ¿Cuándo es mi casa? ¿Quién es mi casa en el tiempo? Esas preguntas despliegan una respuesta en diagonal en el plano cartesiano de mi existencia como una katana. Otorgan una nueva dimensión a mi imaginario. Tal vez yo podría vivir sin casa si pudiera sostenerme dentro de mí o en el oxígeno o en los remolinos de polvo o en la sombra de los edificios o en el ruido de los motores acelerados. Tal vez, y para hacerlo aún más simple, mi casa viva en todos los puntos finales de mis palabras y por eso esté repartida en cientos de lugares]
Máquina telescópica
[Se supone que ahora mismo se acerca peligrosamente un meteorito hacia la Tierra. “Peligrosamente”, dicen los científicos. A veces pienso que me hubiera gustado ser científico para darle un peso distinto a la palabra “peligrosamente”. Un meteorito se aproxima hacia la Tierra pero en definitiva no es el único. Millones se aproximan sin saberlo todavía. Una formación inmensa de navíos. no conocen el peligro y tampoco se conocen a sí mismos. Quizás el meteorito más cercano, con su campo magnético intacto hasta hace algunos meses, ha comenzado a presentir una presencia, un magnetismo mucho más tangible últimamente. Somos nosotros. Peligrosamente, dicen. Los científicos huelen el peligro. El olor de la catástrofe no es imaginario. ¿El miedo es una máquina? Quizás el magnetismo del meteoro es quien se cierne como un manto de fatalidad en esta tarde nublada y lluviosa. Sería hermosa la lluvia en la superficie de un meteoro. Si de pronto algún meteoro lograra condensar en sí una pequeña atmósfera con nubes y tormentas, esas lluvias podrían ser el tesoro más codiciado del cosmos. Una lluvia constante y silenciosa, mojando los metales, tremendamente fría en ocasiones y en otras hirviente y vaporosa. Agua imantada. Agua energizada. La pequeña atmósfera envolvería al meteoro por completo. Sería una nube densa con un núcleo rocoso. Única en su especie en el espacio visible. No significaría un peligro. Pasaría de largo, movería un poco el viento y agitaría un par de mareas pero nada más que eso. Hoy pasa un meteorito peligrosamente cerca y no lo envuelve ninguna nube de tormenta. Ninguna lluvia lo recubre y es la imagen más triste del cosmos]

Un año más, «M’illumino d’immenso – Premio Internacional de Traducción del italiano al español y viceversa» ha resultado ser una iniciativa de gran éxito, tanto por el número de concursantes y de países de los que hemos recibido propuestas de traducción, como por la calidad de las traducciones premiadas.
En la 2ª edición del premio de español a italiano participaron 292 concursantes, de edades comprendidas entre los 15 y los 85 años, procedentes de 25 países diferentes (Alemania, Argentina, Bolivia, Brasil, Camerún, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Guatemala, Honduras, Italia, México, Paraguay, Perú, Portugal, Reino Unido, Suiza, Uruguay y Venezuela).
Las traducciones ganadoras serán publicadas por 8 prestigiosos medios de tres países: Biblit – Idee e risorse per traduttori letterari (Italia), Diacritica (Italia), Fili d’aquilone (Italia), Le parole e le cose (Italia), L’Ulisse (Italia), Poesia del Nostro Tempo (Italia), Revista Internacional de Culturas y Literaturas (España) y Specimen. Revista Babel de traducciones (Suiza).
A la 7ª edición del premio de italiano a español han concurrido 127 concursantes, de edades comprendidas entre los 19 y los 81 años, procedentes de 18 países diferentes (Alemania, Argentina, Bolivia, Brasil, Camerún, Colombia, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Italia, México, Perú, Reino Unido, Uruguay y Venezuela).
Las traducciones premiadas serán publicadas por 10 prestigiosos medios de 7 países: Altazor (Chile), Biblit – Idee e risorse per traduttori letterari (Italia), el malpensante (Colombia), La otra (México), Luvina (México), Op. cit. (Argentina), Periódico de Poesía (México), Revista Internacional de Culturas y Literaturas (España), Specimen. The Babel Review of Translations (Suiza) y Vasos Comunicantes (España).
Ganadora:
Helena Aguilà Ruzola (Barcelona, España)
Es traductora literaria y editorial del italiano al español y al catalán y cuenta con más de 300 títulos publicados. Es miembro de la Junta directiva y responsable de Comunicación de la Asociación Española de Lengua Italiana y Traducción y fue vicepresidenta de la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores española. Es profesora e investigadora de Filología Italiana en la Universitat Autònoma de Barcelona y miembro del Nuevo Proyecto Boscán-Catálogo histórico y crítico de traducciones españolas de obras italianas (MICIU), del Proyecto WINK-Women Invisible Ink (European Research Council) y de los grupos Cuerpo y textualidad (UAB) y Translatio: La traducción de los clásicos y las letras españolas en la Edad moderna (École des hautes études hispaniques et ibériques). Es codirectora de las Jornadas Internacionales sobre Traducción Literaria.
Mención honorífica:
Marco Perilli (Trento, Italia)
Es escritor y editor. Sus libros más recientes son Dante (2019, Premio Amado Alonso), Vesuvio (2021) y Blanca (2022). Imparte cursos en la Fundación para las Letras Mexicanas. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Descarga aquí las traducciones y los originales en PDF

No pude hacer
de mirar pájaros un deporte
me sumergí de madrugada en el río
con brazos estirados
hice un surco en la corriente
más allá de mi cabeza mis rodillas
rozaron hojas y espadañas
tragué ―la irritación
me nubló la mirada
profundo tuve que pensar tres veces
no soy un pez no soy
un pez no soy un
no pude haber visto
mi cuerpo recortado en los arbustos la
tarde en que pasaron
el tendido eléctrico tu lengua
adentro mío y aun así
el mar lo cura todo y de todo
esto es lo más parecido que tengo
para aprender de algo es mejor
agarrar la parte por el todo
el pico corto las raíces
aéreas la forma en que se abre la corteza
y después buscar en eso
un rasgo en cada cosa en el filo
de la piedra el camino del río el nido que cayó del árbol
la tarde en que corté del limonero
las ramas nuevas
hicimos ajustes a mano
para hacer encajar las cosas
cortar el pelo y el pasto
limar las uñas las puertas
los remos las
hicimos islas de otras islas
un almohadón una manta apretada
contra el pasto mojado hundiéndose lento
en medio del terreno húmedo
como todo el resto
los terrenos se dividen
en pequeñas parcelas ―cuadrantes inconexos
límites apenas delineados
por un tronco una cañada
la tarde en que extendiste el mapa
me pareció un cementerio
un perímetro con pasos sin plaza
principal sin
un solo centro
la sulpirida puede recetarse
para cuadros psicopatológicos diversos
neurosis depresiones somatizaciones
neuróticas trastornos psicológicos demencia
senil y vértigos
no viví una crecida pero sí
sentí el miedo irrefrenable
a dejar la canilla del baño
de noche corriendo
podríamos haber ampliado
habitaciones
hacer un estudio puentes
colgantes que unieran
las construcciones un camino de
piedras sogas con mensajería
renovar la ubicación
durante el tiempo suficiente
tocar todas las cosas
podríamos haber unido
las juntas con masilla pegamento
un revoque fino en las paredes
ajustar las cañerías con precintos
sobre botellas cortadas
mezclar una parte de vinagre
con tres partes de
el prospecto decía una alucinación
del movimiento o la pérdida
parcial de toda orientación y vos
hubieras cambiado
mi inconsistencia por la tuya
las manos
para agarrarme tus síntomas
hubieras hecho nudos toda la noche
en entrega al misticismo
juntado dieciséis cauris
una piedra negra
huesos hasta una cabecita rota
de muñeca
las casas se suceden y el paisaje
mental es siempre una ventana
de celosías apenas sostenidas
por un encastre débil en las junturas
y una palma
alta donde clavar un gallo negro
de madrugada llamar
a san cipriano pedir al diablo que a los buenos
espíritus los vuelva malos
dejar un puñado de tabaco
en el alféizar y alejarse
de la fascinación del precipicio
de la punta de montaña
de fijar la vista de más
del fondo del agua
Alberto Cisnero, De rayos negros. Barnacle, Buenos Aires, 2024, 35 pp.

La poesía vuelve a tener un destinatario y, en el mejor de los casos, tanto el autor como aquel que escucha o lee pueden ser cualquiera y se confunden con nuestro propio ser.
Porque sí, la mayor parte de lo publicado hoy en día, luego del objetivismo y la subsiguiente cualquierización de la gran mayoría de lo que se escribió a partir del auge del primero, se dirige a veces incluso con nombre y apellido a personas reales sin que estas pretendidas creaciones aporten a la gran ficción y mundos de la palabra escrita, sino que fracasan en ese su volcar la vida privada hacia los lectores, hastiados ya de tanto yo impúdico.
Pero cierta poesía —la que prefiero— es consciente del problema: el nulo desafío que representa lo escrito en la actualidad debido a su excesiva literalidad. Hay que volver a los viejos rediles, aunque de una manera renovada (tal es el método a que a la postre debemos apelar): alguien le dice algo a otro, pero de un modo elaborado, novedoso, realmente decidor.
Alberto Cisnero (La Matanza, Argentina, 1975) es un autor que va por tal camino. Si bien en muchos de sus poemas interpela a alguien (en otros habla solo y perora de un modo lacónico y descreído), sabe siempre que esas voces en realidad no son oídas de una manera transparente sino que están mediadas por el papel y la tinta y que se dirigen a un futuro incierto, anodino, casual. Modus operandi habitual, repetimos, de la poesía que trata de hacerse un lugar en lo que vendrá y que nuestro autor baraja: cada libro ha de esperar, brillar quizás en otros labios, volver a apagarse en el anaquel en el que reposará a la espera de otro navegante de versos y también de su deterioro inevitable, tasa y término de cada cosa o ser.
Esas voces, entonces, se traducen en sucesivos, alternantes pronombres. Pueden ser los íntimos, el vos y el yo, con los que se habla a una pareja. Pueden ser los plurales, el nosotros y el ellos, cuando se refieren a lo político. Se mueven siempre en pleno desarraigo: porque el mundo —amor y guerra— es inhóspito, transitorio, frágil, sometido de continuo al reluctante Poder.
Los poemas aparecen como fragmentos de enunciados que se recogen sin más, uno tras otro, conviviendo lo privado con lo público sin aparente solución de continuidad, que sólo se presenta en el verso final o tope, cuando se alcanza un clímax, cierto fulgor, un brevísimo lampo de sentido.
Porque a veces la expresión es confusa, desorientadora. Algo que es infinitamente compensado por la dulzura de la expresión. Es grato leer estos versos en voz alta. Tienen ritmo, viven el sonido, poseen gran blandura. Frente a los poetas de la idea, Alberto Cisnero es poeta de las palabras o, mejor dicho, de las frases. Así, el autor capta un modo, una expresión, una manera de referirse al mundo y los traslada a lo escrito con suavidad y aspereza al mismo tiempo.
El poeta del que hoy nos ocupamos tiene ya un largo trecho recorrido y todo indica que seguirá escribiendo muchos libros más. Si De rayos negros por algo se destaca, es por esto: cierto tono homogéneo, trabado, bruscamente expresivo se ha alcanzado. Invitamos al goloso lector a adquirir esta obra, leerla, regresar a ella cada tanto.
*
De rayos negros (fragmentos)
6
sólo nos pasábamos una limeta. calentábamos
los gargueros. no había otros síntomas. todavía
no preguntábamos si teníamos puestos los anteojos
mientras nos abrazábamos a nosotros mismos
como enfermos mentales. y estábamos listos
para el resto de nuestras vidas. el sonido del río
corriendo en la oscuridad regresa al mundo,
teje su desventura, vaga por el mundo
como vos y como yo.
14
¿desde dónde me llamás? ¿qué hay en un día,
para recrearlo sobre el papel aunque
decline a medida que nos acercamos?
¿porque estuvo antes va a estar después,
intacto, en una sola dimensión? ¿no quisiste
ni pudiste repeler, vertida en español,
aquella línea: en alguna parte te espero?
¿dejaste de huir y trataste de recordar
cómo se rasgaba una guitarra
o cómo se computa el tiempo? ¿qué hay
en un nombre? ¿señalaste el horizonte?
15
hace muchos años que nos defendemos
de nosotros. hablar de causas sería mentar
un hábito. procuramos incidir en los mismos
errores y salir de ellos. amigos, viandantes
y especialistas escriben libros geniales todo
el tiempo. acaso porque no tengan otros.
por un acto de fe nos basta una ambición
modesta, urdir oraciones anónimas
o simplemente inconclusas. y practicar
el mal, admitirnos por nuestros defectos.
24
resultaba muy sencillo cambiar una letra
o una palabra mendaz por otra, destinar
al lector solitario algo que ya existía antes.
por la línea punteada, como se admite la luna,
el sol y la caída de las hojas durante el otoño,
de una sola vez, tras un solo acto. algún día,
si pudiéramos, haríamos lo mismo con nosotros,
para recordar cuanto olvidamos (creíamos,
buscábamos, pero que al fin destruimos)
en tantos domicilios repetidos y precarios,
en sus patios umbríos, en cada sopa de fideos
instantánea, en todos los chinos del mundo.

¿Qué llega primero: la traducción o la escritura?
Creo que para cada autor la historia es diferente. Sin embargo, es el mismo motor el que las propicia. Traducir es, en realidad, escribir; escribir es traducir un mensaje interior o exterior. La única diferencia que veo entre ambas actividades radica, tal vez, en la nobleza de la traducción que, para quien está leyendo siempre, puede surgir de cualquier lado. En cambio, la escritura del poema como tal resulta más elusiva.
¿Cuáles son tus lenguas de trabajo?
El español, el inglés y el alemán.
¿Cómo concibes tu labor como traductora de poesía?
No veo diferencia entre escribir o traducir un poema, así que la concibo como una creación.
¿Consideras que la traducción de poesía es un género o subgénero literario en sí misma?
Sí, porque implica los mismos riesgos y exige la misma dedicación que la escritura original. O hasta más.
¿Cuál es el mayor reto de traducir poesía?
Encontrar la resonancia adecuada que haga al poema nacer como si se hubiera escrito en esa segunda lengua.
¿Recuerdas algún problema de traducción en específico?
Hallar la música que mejor lo refleje.
¿Qué libro de poesía, poema o poeta te hubiera gustado traducir y por qué?
“The Man and the Echo”, de W. B. Yeats. Por su contenido y la música de la palabra que resuena dentro de él a la perfección.
¿La traducción de poesía resulta económicamente viable?
No.
¿A qué traductora, traductor o traductore admiras?
A Tomás Segovia, por su destreza y versatilidad, por los riesgos que corre sin ningún pendiente.
¿Qué poema traducido por alguien más recomiendas?
Un Dolor es más claro en Primavera
contra todos los cantos que resuenan
no las Aves – sino los Pensamientos –
Fulgores diminutos y el Aliento –
cuando queda deshecho su motivo
para cantar, a quién le importa el Trino
del Azulejo – si la Vida Eterna
esperó a que rodaran una Piedra –
(Emily Dickinson, Las ruedas de las aves, trad. de Juan Carlos Calvillo, Aquelarre Ediciones, México, 2020).