septiembre 2025 / Inéditos

Un ruego de cosas extinguiéndose

* Poemas pertenecientes a Querida Beth, Madrid, Visor, 2025, XXIV Premio Casa de América de Poesía Americana.

Porque Beth a todo el mundo le dice la misma cosa para que la disculpen,
para que la comprendan: “Se me olvida el español y no aprendo el inglés”.
Hubo un tiempo en que yo era capaz de reír al escuchar semejante desgracia.

La lengua de Beth

Si Beth pregunta por pan, alguien responde piedra.
Si piedra es lo que hace falta,
recibe a cambio un silencio blando.

La historia de ella entre los otros es la de la lengua equivocada.

Beth recoge un puñado de caramelos en la sala de espera
desteje el dulce del celofán
desliza uno o dos sobre la lengua dormida
muerta.

Un ropaje de siglos envuelve
el cubo denso, indestructible.
Se traga otro más.

La lengua de Beth se transforma en dulzura taponada.

Su lengua atiborrada profiere un desatado silbido.
La impaciencia de la enfermera adivina lo que dice.
La impaciencia de la enfermera tira de la lengua de Beth y la enrosca.

Un nudo de mieles, atado de vocablos, recientemente olvidados.
Por los pasillos la indiferencia de la enfermera empuja,
arrastra y cruje, pero no habla.

En el centro de la lengua de Beth estalla una sed desconocida

De toda excesiva dulzura
se desprende
una amargura sin nombre.

Lo lejano

A Beth no le interesa lo que viene
después de mañana
ni lo que Dios proveerá.

Dios para Beth es el trabajo,
el origen del hombre y
de la mujer.

La fábrica de maravillas.

Si uno se pone a pensar qué le ha dado Beth
a este país
la respuesta es un hijo.

Pero si uno se pone a pensar
qué le ha dado en cambio el país a Beth,
la respuesta es un hijo.

Cada mañana, mientras se desviste
rastros de luz,
se cubre de lana,
poliéster, caucho.
Beth enfila 
la frente altiva,
paso firme,
la mano abierta
en dirección
a ese lugar del mundo
llamado
el trabajo.

Lejos de casa,
cerca de sí misma
a la hora del descanso
por teléfono el hijo,

De noche,
en el barrio
se escuchan rumores
de una preparación,
potajes sobrenaturales
la capacidad de cuidar o perjudicar a alguien
eso también se llama un trabajo.

Me pregunto

Nuestra lengua materna no es para nada una madre,
sino una huérfana.

Ocean Vuong

Si es verdad que hace treinta años,
como dices,
el paisaje era otro:
la nieve más alta
la casa más baja,
más fuertes las ganas de llegar.

Me gustaría saber si ya lo conseguiste
TODO.

Ya sabes:
la casa,
el abrigo de piel,
las botas de cuero
la nacionalidad,
la tabla de esquiar.

¿Y dime, Beth
qué trajiste de casa?
¿qué de todo lo que fue arrasado perduró?

¿Estas fotos,
la estatuilla de José Gregorio
la botella de anís?

¿Es esta cruz
              igual
a la del pueblo?

Verás,
a veces siento
que la casa se repite,
como la guerra misma.

La multitud

Nos dijeron que más allá del monte
              del plano
              del barranco
anda la vida que soñamos.

Donde empieza el dolor
a entumecernos las piernas
              nos vamos desprendiendo
de antiguos recursos de viaje,

más que nada
palabras.

Por no hablar de la sed
señalamos
gotas borboteando      entre piedras.

No podemos gemir,
para eso hace falta fuerza,
pero aquí todo es para andar:
              el chasquido de huesos en la carne
              la rama retorciéndose,
              el aliento         sin aire
todo
es del tránsito.

No se puede pensar en lo que vamos dejando.
Amar es lo opuesto a irse
Amar es hundir la raíz en algo.

Pero la voluntad de cruce
es nuestra estrella
              y más allá del cuerpo
              ya estamos del otro
              lado
sólo nos falta llevarlo.

Hay voraces ráfagas
que me empujan hacia esos corredores,
              pero no entera,
              sólo en partes,
y por la ruta
voy dejando
trozos de pan
girones de ropa,
papeles rotos
los hijos que me da el camino,
los ramajes en que
se acurrucan
exhaustos.

                  El cansancio,
un ruego
de cosas extinguiéndose
cuyo vacío
es más amplio
que el mundo.

Algo mío
de todo esto
              que avanza
podrá finalmente cruzar.


Autor

Andrea Cote Botero

Barrancabermeja, Colombia, 1981. Autora de los libros de poemas Puerto Calcinado (2003), Cosas Frágiles (2008), La Ruina que Nombro (2015), En las praderas del fin del mundo (2019) y del libro objeto Chinatown a toda hora. Su poesía reunida Fervor de tierra fue publicada en 2024. Ha publicado además los libros en prosa: Una fotógrafa al desnudo: biografía de Tina Modotti (2005) y Blanca Varela o la escritura de la soledad (2004). Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia (2003), Premio Internacional de Poesía Puentes de Struga (2005), Premio Cittá de Castrovillari (2010), International Latino Book Award (2020) y, recientemente, el Premio de Poesía Casa de América (2024). Es profesora de Poesía de la maestría bilingüe en Escritura Creativa de la Universidad de Texas en El Paso.

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