Epistemología del no saber
Una poética es un proyecto de incertidumbre.
También es, en palabras de Henri Meschonnic, una ética del lenguaje y una política del sujeto.
Si, como sugiere el crítico francés, lo cultural es sordo y los diccionarios constituyen siempre el esqueleto muerto de una lengua, la urgencia de la escritura será, en primer lugar, desaprender.
Pensar contra los saberes.
Quedarse en las escenas filtradas por la duda, no para transmitir —como en el lenguaje cotidiano— significados preexistentes, sino para alumbrar aquello que es puro espasmo, cesura, interrupción.
Son palabras de Ricardo Piglia: “Todo novelista tiene una teoría o maneja algún tipo de hipótesis, en el sentido de que elige ciertos procedimientos y sabe con claridad lo que no quiere hacer”.
Y quienes escriben poesía, ¿qué hipótesis manejan?
¿qué procedimientos? ¿cómo saber, por ejemplo, qué se dice y qué se piensa en este verso de Paul Éluard?
El cuervo sabio renacerá cada vez más rojo.
Sabemos, sí, que la palabra poética es la única que no puede tematizarse. Si alguien pidiera una glosa, habría que volver a leerle el poema, tal como fue escrito. (No se resume una melodía, dijo Paul Valéry). El poema funda su casa en una doble conciencia:
la de entender, por un lado, que la expresión verbal no suplanta a la experiencia, y, por el otro, que nada existe afuera del lenguaje. Por eso, quizá, irrumpe siempre como ráfaga y nos deja a merced de agujeros fecundos donde las apariciones insólitas pueden favorecer la “bancarrota de lo real”.
Bruno Schulz denominó a esa conciencia “cortocircuito entre el sentido y las palabras”.
Querido maestro,
Lo constato cada vez.
Mi deseo de aprender no tiene límites. Que me ayude a crecer, le pido.
Que me diga a quién leer.
Que me explique cómo respira un poema, cuándo es verdadero, dónde se esconden los riesgos de equivocar el rumbo. Todo es tan ficticio y prematuro en lo que hago, tan inepta mi manera de avanzar. Ni siquiera sé si estoy viva de verdad, qué significa el hogar, si acabarán de ser alguna vez los dardos de la muerte. Acaso no haya voz para estas cosas.
El hogar, dice usted, es como estar sin casa en casa. Yo insisto. No sé cómo enfrentarme a la escritura. Mejor, vas a cantar como un pájaro distinto.
¿Es esto lo que me pide que haga, que traslade mi torpeza a las palabras, que busque la riqueza más allá de la experiencia, que caiga sin red al país inexplorado?
Más o menos, dice usted. No te apures. Ya aprenderás el arte del contraste, las secuencias fortuitas. La mente funciona por destellos. La ignorancia que interesa nunca está del todo al alcance de la vista. Hay que buscarla allí donde se esconde.
Escribir es un juego peligroso, agrega. En ese juego hay euforia. Hay también terror a sublimar la pérdida con la embriaguez del verbo.
Lo interrumpo, malhumorada.
¿En qué quedamos? ¿Se gana o se pierde en ese juego?
Las dos cosas. Solo el texto sale ganando siempre. El texto es regocijo en estado puro. Celebración festiva y asesina, como el tiempo.
Pero el poema ¿aprende algo?
Depende. El poema contiene la definición de un poema, que contiene la definición de un poema, que contiene la definición de un poema y así, ad infinitum. De ese vértigo, a veces, emerge la materia indecible, que a la vez soñamos y nos sueña.
Parece la serpiente de Midgard, digo.
Así es, dice usted. Morimos para nacer, para ir de la placenta del libro al espesor del cuerpo y viceversa.
Me quedo en silencio.
Dios escucha nuestras conversaciones. Alumbra los objetos nocturnos que somos.
Cosa mentale
No hay, que yo sepa, poesía sin ideas. O quizá, habría que decir: poesía sin búsqueda de ideas, del mismo modo que no hay pensamiento que no intente captar lo que se dice en el lenguaje.
Macedonio Fernández hizo de esta observación una aporía.
Según nos cuenta Ricardo Piglia en su libro Formas breves, el maestro de Borges aseguraba que una obra literaria puede expresar pensamientos tan difíciles y abstractos como una obra filosófica, “a condición de no haberlos pensado todavía”.
Paul Valéry duplicó la ironía. El poeta, dijo, es demasiado inteligente para ser filósofo.
En ese cruce o quiasmo entre un lenguaje que, emocionado de sí mismo, habla sin comprender del todo los sonidos que produce y un intelecto que comprende sin poder expresar aquello que ha entendido, Giorgio Agamben ubicó, siguiendo a Dante, la doble inefabilidad de la poesía: “En toda enunciación poética genuina el lenguaje vuelve a encontrarse, al final, conducido de nuevo al lenguaje, y la comprensión a la comprensión, ratificando, sin embargo, en ese decisivo intercambio, la innata vocación pensante del poema y el impulso poetizador del pensamiento”. Dicho de otro modo, no es verdad que la poesía sea pura emoción, y la filosofía, pura disquisición mental.
La emoción sin pensamiento es vacía; el pensamiento sin emoción, mudo.
Si la fórmula es veraz, habría que agregar, lo es porque las ideas —contrariamente a lo que se cree— son también emociones (de la inteligencia) o, como diría Luis Chitarroni, “operaciones afectivas del cerebro”.
Entrevista a Emily Dickinson
¿Puedo ofrecerle un té?
No, gracias. Sé que no concede entrevistas, no querría distraerla de más. Empecemos por algunos datos: ¿Quién es usted?
Me llamo Emily. Nací un 10 de diciembre en este pueblo, rodeada de sermones, trineos y desfiles de ganado. Tuve que engendrarme de algún modo. Por eso inventé los bosques, las abejas, los herbarios.
¿Recuerda cuándo sintió por primera vez deseos de escribir?
No. Toda la vida quise que el yo estuviera ausente. Lo quise con fe de niña helada. Confiando en Dios, que es más íntimo en mí que yo. Una sola conversación con Él y aparecen todo el deslumbramiento y el hambre. No se puede pedir más.
Estoy viendo, detrás de usted, los anaqueles de su biblioteca.
No es mi biblioteca. Son los libros de mi padre.
¿Puedo preguntarle qué lee?
Sí, las obras de Whitman, Emerson, Mr & Mrs Browning. Pero prefiero el jardín cuando se brota de topos, jilgueros, abejorros y hormigas que van, de una vocal a otra, leyendo en el caos la semilla honda.
Dicen que usted tuvo un Maestro, ¿es cierto?
Así es. Yo era un pájaro asustado. Y él me enseñó a hacer amigos a solas, a usar verbos despiertos, a dejar de cubrir con poemas sin mundo el mundo. Le estaré siempre agradecida.
¿Se puede saber quién es?
Llámelo como quiera: “Una niña que crece con su muerte” podría ser un buen nombre.
¿Tiene miedo a la vejez?
Cuando se escribe un poema diario durante 2956 días, el cuerpo es un muerto recién nacido. No conozco sintaxis más viva, mejor forma de tragarse la oscuridad de un golpe.
¿Su peor defecto? Emigrar a la cabeza.
¿Algún deseo inconfesado?
Hubiera querido ser la Abeja Reina, la Soberana que, en su dicción pasiva, escribe no escribiendo y vuelve antífona todo lo que toca.
…
Y ahora, si me permite, voy a volver a la habitación de los poemas. Ya sabe usted dónde encontrarme.
* Fragmentos pertenecientes a Colección permanente, Madrid, Literatura Random House, 2025.

Autor
María Negroni
Rosario, Argentina, 1951. Poeta, narradora, ensayista, traductora y académica. Ha sido galardonada con el Premio PEN al mejor libro en traducción por Islandia y con la Beca Guggenheim, entre otras distinciones. En La palabra insumisa, volumen publicado en 2021 por la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM, puede hallarse una selección personal de sus ensayos sobre poesía. La idea natural (2024) y Colección permanente (2025) son sus títulos más recientes.