15 enero, 2024

Seamus Heaney: un zahorí astuto

de Mariana del Vergel | Ensayos

 
Lo primero que se nos viene a la mente cuando escuchamos que alguien se ahogó es el motivo: un cuerpo de agua. Caer en él de forma involuntaria o inconsciente, y ser víctima de su fuerza. ¿En cuál río? ¿Qué corriente lo jaló? ¿Cuántas cosas se fueron en el flujo? Nos gusta pensar que la muerte se lleva nuestras penas con el agua. (Después de todo eso es el bautismo: no la limpieza corporal, sino de la conciencia del alma, el arrepentimiento.) Si tan sólo pudiéramos estar seguros de que sumergirse de golpe terminaría con todas nuestras preocupaciones…

Impedir la respiración tiene muchas caras. Pero la de Ofelia (de Millais) es una de las principales: alguien a quien se le corta el aliento a causa de un exceso, no de una falta. Inundación de las vías respiratorias. A poco más de diez años de su defunción, recordamos al poeta irlandés Seamus Heaney (1939-2013), el zahorí astuto que se acerca a las turberas de los pantanos, las cuencas lacustres y los ríos —nunca a los mares— para preguntarse por la vida. Su obsesión es la imagen de cuerpos como los de Ofelia: aquellos que dejaron de tocar fondo.

Cuando voltea al agua, Heaney no pregunta ¿por qué flotan los cadáveres? No le interesa. Quiere saber su historia, lo que les condujo a morir así: la capacidad para cargar con una muerte que primero los hunde hasta el fondo y luego los hace flotar, mostrarse en las atrocidades del post mórtem. Hundirse y flotar: dos movimientos que ocurren cuando aparentemente no hay más vida. Y todavía un tercero: después de liberar los gases, después de ir y venir en el agua, volver a sumergirse.

Es alguien que ve a las almas, satisfechas o rechazadas o padecidas, y pregunta, tras los cordones de duelo, quién y por qué. En “Castigo”, poema en el que se describe la escena de una mujer que fue ahogada en un pantano, Heaney nos permite ver de frente el rostro de lo cruel: “la cabeza afeitada como rastrojo de negra mies”, su torso desnudo, “el tirón de la soga en su nuca”. Observamos la imagen de esta mujer adúltera pero, sobre todo, vemos en ella la cara de la venganza por adulterio: la sentencia del odio apaciguado con el agua. Y, casi hacia el cierre, el poeta dice ante la ahogada: “Soy un voyeur astuto”, un observador taimado que no se avergüenza por mirarla de frente.

Contrariamente a lo que podría pensarse, los ahogados no llaman la atención con ruidos o chapoteos, sino que pasan inadvertidos. Son cuerpos que ya sólo tienen que ver con el agua. El oleaje, la espuma y el color azul, verde o grisáceo de los humedales los identifican. No se sabe dónde termina un miembro y empiezan los matorrales de algas, dónde una enredadera mohosa y dónde su cabello. Los ahogados de Heaney son cuerpos pasivos que no han sido empujados por la fuerza magnánima de una ola, sino que muy probablemente estaban en la orilla de un río o de una ciénaga —avatares de su fluir—, y cayeron por descuido o por voluntad ajena, quizá por locura.

Si su mirada está fija en Ofelia, no es de extrañar que el poeta recurra a la voz de Shakespeare. En algún punto sabe lo fuerte que es ver a un ahogado y no poder decir sino s i l e n c i o para penetrar en la laguna de su devaneo mental: “Un gusano de pensamiento / que sigo hasta el fango./ Soy Hamlet el danés, el oledor de lo podrido”, dice en “Dublín vikingo: pruebas”. Es el que toma conciencia entre las tumbas que no lo son del todo y se mete, poco a poco, al agua densa. Ya sumergido, se acerca con perseverancia microscópica a la descomposición: busca sentir los cuerpos tumefactos. Vacila como Hamlet, desvaría y se sostiene en las capas violentas de las imágenes que afronta de la muerte. Su oficio: fungir como un antropólogo que olfatea la materia orgánica lacustre, envolverse en ella, “infuso/ con sus venenos”. Sentir en los brazos y las piernas la espesura de esos sucios bultos flotantes que ondulan cerca; cómo se forman contornos acuosos alrededor de sus cuerpos: trazos de sí mismos. Estar dentro del agua (no insondable pero sí abismal) para, al fin, escuchar la historia de cada uno de esos ahogados.

El poeta se pregunta por la huella cultural de sus ancestros en Norte (1975). A través de los recuerdos de infancia, de memorias rurales y de referencias a hallazgos políticos y arqueológicos, arroja su voz al pasado y atrapa otras voces. Tal vez no busca comprenderlas. Lo que es seguro: construye redes viarias con sus ancestros. Y lo hace a través de las “aguas superiores”, aquéllas que conciernen a las posibilidades del movimiento —comparadas con las “aguas inferiores”, en donde acontece lo ya determinado y en donde no podría ver, ni sentir, ni oler a sus otros del pasado.

Heaney reconoce su herencia cultural. Y sabe que la gente de sus rumbos siempre ha creído que las almas de los ahogados viven en las focas, que salen por la noche a escuchar a los cantantes de la orilla. Y él también se suma a estas creencias: “aún creemos lo que escuchamos”, dice. Por eso se para en un muelle o embarcadero, o en cualquier límite entre la tierra y el agua. Luego se sumerge y convoca. “Acude a la capacidad de hechizo, de pacto implícito en la voz, y recuerda que todos vamos en el mismo barco”, dice Pura López Colomé sobre la huella de rastreo que él hace de sus muertos ancestrales.

La entrega del cuerpo a la fluencia. Ya no hay vida, pero sí posibilidades de movimiento —carácter paradójico—. Ciegos por la oscuridad eterna, sus ahogados no pueden ver el rumbo. Pero van en dirección al primer y último camino, aquél donde los cuerpos carecen de forma y rigidez, donde todo es dinámico, informe e inconsistente: lo acuoso. Van hacia su origen. Embriones de la espera, los ahogados transitan en su último viaje. ¿No fue la muerte el primer navegante? Así va navegando Ofelia en su último recorrido. Su navío son las aguas tempestuosas, las aguas muertas. Flota para ganar la muerte: el último reposo.

Durante el ahogamiento, luego de que una persona está en peligro dentro del agua, comienza a luchar por mantenerse a flote. Dilapida sus fuerzas al bracear, se agota, sigue luchando, entra en pánico —ese miedo que conlleva la incapacidad de una persona para ayudarse a sí misma o a otros—, le embarga la fatiga y se hunde. Luego vuelve a flotar. Su apariencia se desliza entre las aguas.

Están esperando una visita, o no esperando nada: una mano igual pero diferente. Tentáculos, sus brazos sólo se comprometen con la densidad del agua. Los ahogados no pueden estirar sus manos lánguidas. No recibirán ninguna señal porque no la solicitan. Nadie los va a volver a tomar de la mano; es decir, nadie va a ir a su encuentro. No están atados, pero tienen las manos amarradas por la imposibilidad. Son nadadores maniatados.

Heaney tiende la mano aunque no se la tomen: “Mis palabras lamen/ los muelles de adoquines, y van de caza” a encontrarse con otra mano o lo que queda de ella. Se moja las extremidades, entra a la fosa hundida. Desde ahí invoca a los ancestros, recurre al hechizo: “Vuelvan, pasados,/ filología y kennings,/ reentren en la memoria/ donde el tuétano del hueso/ es un nido de amor”. Así, el poeta encuentra a más de una Ofelia. La llama “Reina del pantano” o “reina refugiada en la sombra”. Toma la trenza de su cabello y se da cuenta de que es un “viscoso cordón umbilical de lodo”. Siente cómo ese cadáver con costuras y mechones deshilachados está por volver al origen. Ser una ahogada la vuelve un minúsculo destello en la orilla, que resplandece porque antes estuvo en lo oscuro.

¿Por qué las apariciones de la muerte en los ahogados? Podrían ser víctimas del fuego, individuos desollados o desmembrados. Pero a Heaney le interesa este tipo de muerte acuosa porque encierra algo de esperanza: los ahogados tardan entre siete y diez días en salir a flote (no hay nada más lento que morir entre las aguas). Vuelven con la ilusión de ser reconocidos, de no perderse junto a otros cuerpos. Ser identificados. El río o el pantano les obsequia una especie de exhumación al impulsar —levantar— sus cadáveres de las fosas. Además, el poeta se obsesiona con ellos porque su país está repleto de cuerpos de agua. Y quizá tiene miedo a morir de esa manera. En el poema “Viendo visiones” del libro homónimo (1991, traducido por la misma López Colomé), Heaney confiesa:

Uno por uno, nos hicieron descender de la mano
Hasta una lancha que, asustadiza, se sumía
Y vacilaba y vacilaba
[…]
Me horrorizó la rápida respuesta y pesadez
De la propia embarcación. La falta de garantía
—Ese fluir y flotar y navegar—
Me mantuvo agonizante. Todo el tiempo.

Heaney teme, pero es como si Heaney se acercara a ese tipo de muerte para espantarla y hacer que no se le aproxime. Se imagina fluyendo, flotando y navegando como los ahogados, y empatiza con ellos al comprender la violencia de morir a la deriva: la de quienes luchan hasta el último segundo con la fuerza del cuerpo para no dejarse morir. Cuando el poeta baja con ellos, su posición es otra: vigila los espíritus, los mira, convoca con el poder de sus palabras y se pronuncia por las personas momificadas en las turberas de los pantanos:
 
Ofelia, la que el río no contuvo.
Osiris, llevado por la corriente del Nilo.
Antinoo descubriendo la línea divisoria de la costa, fiel observador del perfil de su muerte en el reflejo del agua.
 
La memoria del poeta en torno a estos nombres no podría sino fluctuar también.

 


Mariana del Vergel / Aguascalientes, 1998. Egresada de Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato. Fundadora del Encuentro Nacional de Revistas Literarias (Enarel) “Fernando Benítez” y coordinadora del primer Encuentro Nacional de Mujeres Poetas Jóvenes. Obtuvo la beca para el Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2021 y actualmente es becaria del Pecda. Es directora editorial de la revista de creación y crítica literaria Los Demonios y los Días.