9 octubre, 2023

Recuperando vista previa

de León Félix Batista | Visual

 
Opté por ese título para agrupar estos collages por más de una razón. Es como volver a ellos, recuperarlos, luego de haber emprendido su creación (elaboración más bien: aficionado necio, no soy artista plástico) en una época febril que se remonta a 1997, un cuarto de siglo atrás, y abandonarlos.

También es como recobrar no exactamente la vista, sino una especie de visión: la que se tiene del deseo y de la carne a los 33 años de edad, “con el diablo en el cuerpo”, que diría Radiguet (y también en el espíritu). Una Era en la que todo era Eros, incluso la poesía, la comida, el pensamiento. Un móvil último podría ser cierta fantasmagoría que me persigue a veces, y me embosca por las noches, desde que un trozo de cristal a cien millas por hora me atravesara el ojo izquierdo y me hiciera perder el 80% de la vista: creo ver lo que no está y tropiezo con su espectro.

En esos tiempos alcioneos yo vivía “días eternos en las ramas” (cual Marguerite Duras, como el barón rampante) de los árboles del valle cultural de Nueva York que forma la zona entre Chelsea, el East Village y el Greenwich Village. Abarrotado de librerías, tres de ellas hispanas, era difícil recorrerlas todas durante un ciclo de horas de sol, cosa que yo equilibraba entrando siempre a cualquiera de las dos Barnes & Noble del sector. Así encontré, en el área de Arte de una de ellas, los libros con imágenes libres de derechos que se usan comúnmente para ilustrar revistas o generar collages, como tan imaginativamente hicieran Ludwig Zeller y Susana Wald, cuyo trabajo conocía.

Si bien el Times Square de ese momento estaba “limpio” por obra y gracia de las acciones de tierra arrasada del alcalde Giuliani, el que yo conocí de sopetón en los 80s era Sodoma y Gomorra sumado al Salvaje Oeste; y aquellas primeras visiones de la capital del mundo me habían marcado. Por eso —y por dictámenes de la testosterona— comencé a escribir lo que acabó por ser una trilogía de poesía erótica: Negro eterno (1997), Vicio (1999) y Burdel Nirvana (2001). Sin embargo, el proceso de escritura me abrumaba: me involucraba excesivamente en los poemas, había demasiada autobiografía, y ciertos gestos, posiciones, ropa, cuerpos, poseían en mi mente rostro y nombre. Terminaba agotado, como quien hace el amor en cada página. Pero quedaba energía creativa, un remanente que no debía despilfarrar, así que me volcaba, en paralelo, en la hechura de collages, obviamente eróticos también. “La respuesta al deseo erótico —así como al deseo, quizá más humano (menos físico), de la poesía y del éxtasis (pero ¿acaso existe una verdadera diferencia entre la poesía y el erotismo, o entre el erotismo y el éxtasis?)— es, por el contrario, un fin”, escribía Bataille en Las lágrimas de Eros.

Se suponía que esos collages ilustraran mi libro Vicio (título que se refiere al calificativo de “vicioso”, como llamaba el vulgo en mi país a las ninfómanas y los erotómanos), y como tal participaron en un concurso en el que obtuvo accésit… pero lo publicaron sin incluirlos. En la segunda edición (Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2000) uno de ellos aparece portada, y el original se lo obsequié al editor, Reynaldo Jiménez, además amigo y gran poeta. En la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2005, participé con tres en una exhibición llamada “Escritores que pintan, Pintores que escriben”. Otro collage ilustra la carátula de mi antología traducida al portugués Prosa do que está na esfera (Olavobrás, Sao Paulo, 2003, traducción de Claudio Daniel y Fabiano Calixto). Y con varios otros más se diseñaron portadas de otros autores y antologías.

He aquí, publicadas por vez primera, un grupo de aquellas “obras” forjadas (para extraer la piedra de mi locura erótica) con pegamento, un bisturí que birlé de un hospital, y unas tijeras para depilar los pelos íntimos.

Piedra, papel y tijera, y a jugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


León Félix Batista / Santo Domingo, República Dominicana, 1964. Poeta, ensayista y traductor. Es autor, entre otros, de los poemarios Pseudolibro, Música ósea, Delirium semen, El hedor de lo real en la nariz imaginaria y Próximo pasado. Su obra ha merecido diversos premios, entre ellos el Casa de Teatro, el Emilio Prud’Homme y el de la Universidad Central del Este.