8 julio, 2019

Principios de incertidumbre: poesía y ciencia

de Elisa Díaz Castelo | Ensayos





Recuerdo en detalle cómo me enteré de la expansión acelerada del universo, de aquella energía oscura que separa a los cuerpos celestes entre sí. No tendría más de doce años. Fue una mañana de domingo en el comedor de vidrio de la abuela; yo leía una revista National Geographic y ella sopeaba su dona en Nescafé. Una tristeza, sin duda absurda, agrió ese momento por lo demás alegre cuando leí que todo acabará por separarse, se desintegrará la espiral perfecta de las galaxias, los planetas se extraviarán de sus órbitas y las estrellas se secarán como naranjas olvidadas en el cesto de frutas. Qué perfecta metáfora de ese mundo, de la casa que pocos años después demolieron, de mi abuela que murió, de esta ciudad tan lejana que hasta cambió de nombre. Aún hoy me parece devastador que la dispersión sea el destino final de los objetos.

Empecé a escribir poemas relacionados con la ciencia en 2014. Fue un intento casi inconsciente por escapar de la hiperespecialización que caracteriza no sólo la poesía moderna, sino a todas las áreas del saber. Es comprensible. Sólo se puede ser experto en parcelas cada vez más pequeñas del conocimiento: entender más y más de menos y menos. Sin embargo, en la poesía (y quizá también en la ciencia), esta obstinación por no mirar más allá de los propios límites tiene un envés restrictivo y oneroso. Ambas disciplinas dependen de la capacidad de establecer ligas entre eventos en apariencia distantes. En el caso de la poesía, no me refiero únicamente a la metáfora sino a esa discordia concors en la que se contraponen imágenes distantes o discontinuas. Este enfrentamiento de lo distante se ha convertido, a mi ver, casi en la firma de la poesía contemporánea. Ambos tropos abrevan de lo heterogéneo y se enriquecen por aquello que se encuentra fuera del medio poético. La hiperespecialización daña el sistema de conocimiento tan único de la poesía. Uno de sus efectos y una de sus causas es esa tendencia endogámica que envenena más a la poesía que a géneros literarios más populares: buena parte de los lectores de poesía son, ellos mismos, poetas en ciernes y muchos poetas no leen nada más que poesía. Esto crea un sistema viciado y yo me llegué a sentir atrapada dentro de él. La lectura de textos científicos supuso para mí una ruta de escape del amurallado mundo de la poesía contemporánea.

Sin embargo podría, al fin y al cabo, haber huido de esa especialización refiriéndome a otros lenguajes: a las fórmulas áridas del derecho, al ritmo enfebrecido del reguetón o, como lo hace Ben Lerner, al reciclaje de fórmulas lingüísticas provenientes de distintos medios especializados como el académico. Quizá la razón por la que me aboqué al intrincado lenguaje de la ciencia fue por una deformación de nacimiento: mi madre y mi padre son médicos. Crecí rodeada de las palabras agrestes de ese lenguaje: neurotransmisores, benzodiacepinas, focos hipomaniacos. Mis papás las intercambiaban como un idioma secreto que era, para mí, sonido puro. Aunque es un tanto difícil describir la palabra benzodiacepina como musical, lo cierto es que ese lenguaje especializado me permitió reconocer por primera vez que el lenguaje es, también y sobre todo, una serie de sonidos enhebrados unos a otros como cuentas de vidrio. Tal vez escogí la ciencia porque me regresaba a esa relación musical con la lengua.

Algunos, incluidos mis papás cuando les dije que estaba escribiendo sobre esos temas, podrían pensar que la ciencia y la poesía se encuentran en las antípodas una de la otra. Están en buena compañía. El abanderado de la enemistad entre ambas disciplinas es el poeta romántico John Keats, quien culpaba a Newton de quitarle la magia al arcoíris: “Newton ha destruido toda la poesía del arcoíris al reducirlo al prisma de colores”. Pareciera que nada está más alejado de la lógica intuitiva de la poesía que la estructura misma del pensamiento científico: su famoso método. Pero cualquier poeta que haya pasado horas calibrando el mecanismo extravagante del poema, revisando con la paciencia del químico un solo verso y experimentando con quitar la diminuta variable de una coma para luego volverla a poner, intuye lo mucho que ambas disciplinas tienen en común.

De hecho, la poesía y la ciencia se sustentan en premisas similares. Para empezar, comparten dos principios: el asombro y la curiosidad. En ambos perduró algo de la niña que no deja de lanzar preguntas insidiosas desde el asiento trasero de un Tsuru gris durante un largo trayecto en carretera. Por otro lado, al igual que la metáfora –ese recurso tan fundacional de la poesía–, el pensamiento científico establece vínculos entre sucesos que parecen inconexos. De hecho, muchos de los términos que la ciencia propone para describir fenómenos incurren en lo poético y presentan un terreno fértil para la metáfora, pues son a la vez evocativos y extraños: la materia y la energía oscura, el horizonte de eventos, el principio de incertidumbre. Sin embargo, si yo tuviera que vincular el pensamiento científico a un tropo literario, sería a la sinécdoque: su método se enfoca en algo muy concreto para hacer generalizaciones a gran escala. (La poeta norteamericana Ruth Patel nota, por cierto, que tanto la poesía como la ciencia toleran muy bien la incertidumbre. Se acercan a lo desconocido y reconocen los límites del saber.)

A pesar de la enemistad romántica entre ambas disciplinas, lo cierto es que han tenido una historia de fructífera convergencia. No debe olvidarse que Lucrecio escribió Sobre la naturaleza de las cosas, su gran tratado científico, en verso. Sin embargo, dentro del largo historial de convergencias y distanciamientos entre el pensamiento científico y el poético, el Renacimiento tardío y el Barroco me han parecido siempre las épocas más interesantes. Los entonces recientes descubrimientos astronómicos y cosmológicos de Brahe, Kepler y Copérnico plantearon que los cielos no giraban en torno a la Tierra sino que ésta, acompañada por un puñado de planetas, giraba alrededor del Sol. Esta nueva estructura del cosmos desestabilizó la versión rigurosamente ordenada del mundo medieval, su música de las esferas y sus correspondencias. Mientras que muchos poetas –entre ellos Edmund Spenser en sus Cantos de la Mutabilidad– manifestaron de forma indirecta el desasosiego que evocó la nueva cosmovisión, otros tantos integraron a detalle los últimos descubrimientos científicos en sus versos, como Sor Juana en la tradición hispánica o John Donne en la inglesa.

Muchos poemas de Sor Juana son un reflejo hispano tanto de la ciencia antigua como de la moderna. Uno de mis momentos favoritos en los que se manifiesta el interés de Sor Juana por la astronomía es en un villancico a la Virgen, donde la poeta colige que, al vivir entre las estrellas, María debe de ser la astrónoma más hábil:

La astrónoma grande
en cuya destreza
son los silogismos
demostraciones todas y evidencias;
La que mejor sabe
contar las Estrellas
pues que sus influjos
y sus números tiene de cabeza.

En una sección de El divino Narciso describe el mecanismo físico del eclipse, y en varios otros poemas trasluce una nostalgia por la antigua percepción de la realidad. Un ejemplo es este fragmento de canción, donde se aborda el efecto que tiene la voz de Narciso sobre el firmamento y el Sol:

Al dulce imán de su voz
Quisieran, por asistirla,
Firmamento ser el Móvil,
El Sol ser estrella fija.

John Donne integraba los más novedosos instrumentos científicos y las últimas teorías para crear sus aparatosas metáforas conceptistas. El continente americano, cuyo descubrimiento supuso una reelaboración de la geografía y la cosmovisión de la época, se convierte en la pluma de Donne (aquí en traducción de Octavio Paz) en una metáfora del cuerpo apenas vislumbrado de la mujer amada:

Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.

(No hay tiempo, en fin, para detenernos en las cuestionables dinámicas de poder sexual y colonialista que salen a relucir en este poema.)

Me parece fascinante la relación entre la ciencia y la poesía de este momento porque hay una similitud entre las circunstancias de entonces y las de ahora. Tanto el Renacimiento tardío como el siglo XX se enfrentaron al colapso de una forma de entender el universo y al reemplazo de ésta por otra mucho más inquietante. A inicios del siglo pasado reinaba un clima de falsa seguridad en el mundo de la física. “No hay nada nuevo que pueda descubrirse en la ciencia ahora,” afirmó Lord Kelvin, “sólo nos queda afinar los cálculos más y más”. Simon Newcomb dijo que “Probablemente nos estamos acercando al límite de todo lo que podemos saber sobre astronomía”. Y entonces llegó Einstein y su teoría de la relatividad, luego la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre, el descubrimiento de que el universo está expandiéndose, y de que vivimos en una de millones de galaxias. Las implicaciones de estos hallazgos no sólo indican que no estamos en absoluto cercanos a entender el Cosmos, sino que traen a primer plano una serie de nuevos enigmas y, con la paradoja del observador, la duda de que podamos conocer objetivamente la realidad. Sin embargo, estos cambios radicales apenas se han reflejado en la poesía contemporánea. Y creo que ahora, más que nunca, ambas disciplinas se enriquecerían con ese diálogo.


Elisa Díaz Castelo / Ciudad de México, 1986. Es poeta y traductora. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017, el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelena 2019 y es autora de Principia (FETA, 2018).