23 septiembre, 2019

Poesía, donde se la encuentre

de Alejandro Bekes | Ensayos, Traducciones

Borges descubrió la historia y el epitafio de Droctulft en cierta página del libro La poesia de Benedetto Croce. Busqué ese libro por años; al fin, mi esposa Celina y yo dimos con él en una librería de Roma, cerca o dentro de la estación Termini, hacia fines de octubre de 2010. Diez días más tarde, creo, encontré la Historia Langobardorum de Pablo el Diácono, en un reducto de Asís, al lado de los ciertamente insulsos Fioretti de San Francisco —libro que igual me traje, por una especie de súbita y absurda piedad de ocasión—. Como sea, siempre quise saber más sobre el animoso y transfigurado guerrero Droctulft, aquel bárbaro de las selvas del bisonte y del uro, aquel presunto adorador de Hertha y paladín de los longobardos que un día, abandonando a los suyos, se sumó a los defensores de Ravena y les inspiró más tarde, al morir, un piadoso epitafio. Es obvio que el pasaje de Croce (que no es sino una apostilla), y otro semejante incluido por Edward Gibbon en su Decline and fall of the Roman Empire, para no hablar del lugar recóndito de la Historia Langobardorum, habrían quedado seguramente en la sombra, como tantos otros de la babélica biblioteca que habitamos, de no haber sido rescatados, en una ya remota y perdida tarde porteña, por la poesía de Borges.

Me interesa ahora explorar lo que podría verse como la cara oculta de la “Historia del guerrero y de la cautiva”. Consideremos ante todo la breve referencia de Croce que Borges ha leído. Se encuentra, como he dicho, entre las apostillas (Postille) al cuerpo principal del ensayo. En la edición que tengo a la vista (Milano, Adelphi, 1994), está en la página 286. En la apostilla anterior a esta, Croce comenta una frase de Sainte-Beuve que dice: “Un hombre de buen gusto, que ha tenido largo contacto con su poeta, puede dar su chispa una vez, sin que esto tenga otras consecuencias”. Es como si dijéramos que una golondrina no hace verano, pero igual es una golondrina… Croce menciona, a este propósito, “entre aquellos que han logrado o de los que ha sobrevivido una única poesía”, el soneto de Félix Arvers que recogen todas las antologías de poesía francesa del siglo XIX: Mon âme a son secret, ma vie a son mystère… Soneto del que propongo, más adelante, un intento de traducción. En la apostilla siguiente, Borges leyó y nosotros leemos lo que sigue (esta y las siguientes traducciones son mías):

Poesía donde se la encuentra. Me complacería ir apuntando, para dar algunos ejemplos, la poesía que alza la cabeza donde menos se esperaría. Estaba en un tiempo, en San Vitale de Ravena, el epitafio (preservado por Paulo el Diácono) de un alamán Droctulft, que había abandonado a los longobardos para defender contra ellos aquella ciudad. El epitafio en verso contenía un testimonio de gratitud hacia aquel hombre, que había sacrificado a la nueva patria el afecto por los suyos (“contempsit caros, dum nos amat ille, parentes, / hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam”). Pero al dictar estos dísticos, el desconocido autor fue invadido por una visión épico-lírica del personaje, y en pocos razgos lo esculpió en su potencia física y en su particular majestad y humanidad de bárbaro:

   Terribilis visu facies, sed mente benignus,
   Longaque robusto pectore barba fuit!”

Desde el día en que leí los Rerum langobardicarum scriptores, este Droctulft entró en el grupo de las figuras poéticas que viven en mi memoria.

Casi todo lo sustancial de la nota pasa al cuento de Borges, exceptuando, claro está, los comentarios efusivos; no pasa, sin embargo, el dato crucial de que Droctulft era un alemanno, o sea, un alamán o alemán, y no un longobardo. Es tentador pensar que Borges conoció y no quiso incluir en su cuento lo que de hecho dice sobre Droctulft Pablo el Diácono. Sin embargo, parece más verosímil que no lo haya considerado, porque le bastó para urdir su cuento el contraste entre dos destinos: el bárbaro que abraza la causa de la civilización, la inglesa cautiva que se hace india. Digamos ahora, de una vez, que la crónica explica que Droctulft era un alamán o un suevo (ambos nombres solían confundirse) y que había sido un cautivo, o bien (más probablemente, ya que ocupó después un lugar descollante) el hijo de un cautivo de los longobardos. Veamos el texto de Pablo el Diácono:

Tras estos hechos, el rey Autari acometió el asedio de la ciudad de Brescello, situada sobre la margen del Po. En ella, desertando de los longobardos, se había refugiado el duque Droctulft, pasándose a la parte del emperador, y asociado con los soldados resistía fuertemente al ejército longobardo. Oriundo del pueblo de los suevos, es decir, de los alamanes, había crecido entre los longobardos y, por su belleza y prestancia, había merecido el honor del ducado; pero al ofrecérsele la ocasión de vengar su cautiverio, en el acto se levantó contra las armas de los longobardos. Contra este promovieron los longobardos una áspera guerra, y finalmente, superándolo a él y a los hombres a quienes protegía, lo empujaron a retirarse a Ravena. Brescello fue tomada y sus murallas arrasadas a ras del suelo. Tras lo cual el rey Autari pactó una paz de tres años con el patricio Smaragdo, que por entonces gobernaba Ravena.

Con el auxilio de este Droctulft, del que hemos hablado, los soldados de Ravena combatieron a menudo con los longobardos y, tras armar una flota, con la ayuda de este expulsaron a los longobardos que dominaban la ciudad de Classe. Al llegar el término de su vida, le otorgaron un honroso sepulcro ante el solio del Beato Vitale mártir y proclamaron su elogio en el siguiente epitafio:

Clauditur hoc tumulo, tantum sed corpore, Drocton,
   nam meritis toto vivit in orbe suis.
Cum Bardis fuit ipse quidem, nam gente Suavus;
   omnibus et populis inde suavis erat.
Terribilis visu facies, sed mente benignus,
   longaque robusto pectore barba fuit.
Hic et amans semper Romana ac publica signa,
   vastator genti adfuit ipse suae.
Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
   hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam.

Este sepulcro encierra tan solo el cuerpo de Droctulft,
   puesto que él por sus méritos en todo el mundo vive.
Con los longobardos estuvo, sí, mas suevo de origen;
   y con todos los pueblos por esto suave él era.
Terrible a la vista el rostro, mas en su alma benigno,
   y la barba extendida sobre el robusto pecho.
Este por amor siempre a las banderas del pueblo romano,
   ante su propia gente se presentó enemigo.
Por amor a nosotros despreció a sus caros parientes
   sintiendo que esta patria era, Ravena, suya.

El epitafio tiene dieciséis versos más, que detallan la gesta militar ante Brescello y Classe y explican el motivo por el que está sepultado en tan honorífica sede. La poesía, como bien pudo ver Croce, sólo aparece en estos diez iniciales, mezclada con un rasgo de mal gusto que sería muy del gusto de la época: el desairado juego de palabras entre Suavus y suavis.

La frase que sobresale, no sin enigma, en el texto del cronista, es la siguiente: “pero cuando halló la ocasión de vengar su cautiverio, en el acto se levantó contra las armas de los longobardos”(sed cum occasionem ulciscendae suae captivitatis repperit, contra Langobardorum ilico arma surrexit). Una nota al pie en la edición italiana que leo se pregunta, justamente, de qué “cautiverio” habla el Diácono, si dice que Droctulft era “duque”; se puede pensar, dice, que fuese descendiente de prisioneros de guerra, y no prisionero él mismo. El drama del hombre está en todo caso en ese gesto, en la frontera sutil que separa la traición de la conversión. Aquellos bárbaros, si fueron primero sus captores o los de sus padres, luego lo exaltaron a un lugar de preeminencia; esto quizá no bastó a los ojos de Droctulft. Aguardaba la ocasión de vengarse; los raveneses tuvieron en él una ayuda inesperada, una suerte de socorro divino. En esto, es claro, pusieron el énfasis. Apenas hace falta decir que el propio Borges admite que no pretende recobrar al hombre, al individuo, en su insondable complejidad, sino mostrar en su conducta algo que con el tiempo fue general: la transformación de los germanos en ciudadanos del Imperio, la conversión del bárbaro en miembro de una civilización.

La relativa captivitas de Droctulft, su condición de extranjero aun dentro de aquel mundo bárbaro, pueden ayudar a entender su deserción o su conversión. El “insondable individuo” Droctulft era acaso un hombre en busca de su identidad, o de alguna identidad, y la buscó entre los raveneses, porque no la encontraba entre sus captores, por muy benévolos que estos hubieran sido con él. Pienso en aquellos hijos de desaparecidos durante la dictadura militar argentina, que fueron criados y educados por personas a menudo implicadas en la muerte de sus padres, y que luego, ya adultos, descubrieron la verdad sobre su origen y buscaron su nombre y su destino. Quizá este fue el caso de Droctulft. ¿Despreció a los suyos, a quienes le eran “caros”, por amor a una gente desconocida? ¿O comprendió que de todos modos sería un extranjero siempre, y en la deserción hallaba al menos una decisión libre? Trágica historia la de un hombre que debe elegir lo que quiere ser, porque íntimamente no es nadie. Droctulft se hizo romano porque no era longobardo, porque su vida entre éstos era en buena medida una farsa impuesta, una gratitud forzada que, sin embargo, le costaría traicionar. Encarnó con firmeza el destino del traidor y del héroe, y de esa tensión aceptada mana la fuerza de su figura, que subyugó a Croce y a Borges. También la india de ojos azules de Borges tuvo una razón secreta para olvidar o despreciar a los suyos: ellos la habían olvidado y despreciado antes, al menos a sus ojos, pues la habían abandonado a los indios; sus captores, los indios, le devolvieron lo que le habían robado. En su cautiverio encontró su ser y su nombre, como Droctulft en la deserción y el arrojo.

El soneto único de Félix Arvers (1806-1851):

Un secreto

Mi alma tiene un secreto, un misterio mi vida:
un inmortal amor, nacido en un momento.
Es mal sin esperanza, y callarlo, un tormento,
pero de él nada sabe la que ha abierto la herida.

¡Ay, si habré junto a ella pasado inadvertido,
siempre cerca, muy cerca, y solo, sin embargo!
Y así llegaré al fin de este camino largo,
sin osar pedir nada, sin nada haber tenido.

Ella, aunque Dios la hizo tan dulce y tan sensible,
irá en su senda absorta, y le será inaudible
el murmullo de amor que siguiéndola va.

Piadosamente fiel a su deber austero,
dirá al leer este canto, de ella colmado entero:
“¿Quién será esa mujer?”, y no comprenderá.

 

Un secret

Mon âme a son secret, ma vie a son mystère :
Un amour éternel en un moment conçu.
Le mal est sans espoir, aussi j’ai dû le taire,
Et celle qui l’a fait n’en a jamais rien su.

Hélas ! j’aurai passé près d’elle inaperçu,
Toujours à ses côtés, et pourtant solitaire,
Et j’aurai jusqu’au bout fait mon temps sur la terre,
N’osant rien demander et n’ayant rien reçu.

Pour elle, quoique Dieu l’ait faite douce et tendre,
Elle ira son chemin, distraite, et sans entendre
Ce murmure d’amour élevé sur ses pas ;

A l’austère devoir pieusement fidèle,
Elle dira, lisant ces vers tout remplis d’elle :
« Quelle est donc cette femme ? » et ne comprendra pas.


Alejandro Bekes / Santa Fe, Argentina, 1959. Poeta, ensayista y traductor. Es autor de los libros de poesía Esperanzas y duelos (1981), Camino de la noche (1989), Abrigo contra el ser (1993), País del aire (1996) y El hombre ausente (2004), entre otros. En 2006, la editorial española Pre-Textos publicó una antología de su obra poética bajo el título Si hoy fuera siempre. Ha traducido a autores como Gérard de Nerval, Horacio, Shakespeare, Virgilio, Catulo, Petrarca, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Keats y Auden.