18 enero, 2021

Peregrino en confusas Soledades: Lorca redescubre a Góngora

de Jorge Gutiérrez Reyna | Ensayos

Primera parte de dos.

 
Liberado ya de sus obligaciones como racionero de la Catedral de Córdoba, cargo en el que lo sustituye su sobrino desde 1611, don Luis de Góngora, que ya entonces era el mayor poeta de España, se retira a la verde calma del campo andaluz, a la llamada Huerta de don Marcos. Una mañana de 1613 debió trazar sobre el papel unos versos que por un tiempo habían revoloteado en su cabeza:

Pasos de un peregrino son errante,
cuantos me dictó versos dulce musa
en soledad confusa,
perdidos unos, otros inspirados
          (Dedicatoria: vv. 1-4).

Ese poema, que luego vino a llamarse las Soledades, y otro más, la Fábula de Polifemo y Galatea, revolucionaron la poesía de su época: la dotaron de un lenguaje único y deslumbrante que en España no perdería vitalidad durante todo el siglo XVII. En América, los efectos de aquella revolución perdurarían hasta los primeros años del XIX.

Pero los gustos, las estéticas y el espíritu de las sociedades cambian con frecuencia. De pronto, Góngora (y su turba de seguidores, a veces canora, a veces infame) se convirtió en el menos afortunado, tenebroso e indeseable de nuestros poetas. En su Historia de las ideas estéticas en España (1883-1889), escribía Menéndez Pelayo sobre las Soledades: “Nunca se han visto juntos en una sola obra tanto absurdo y tanta insignificancia. […] Llega uno a avergonzarse del entendimiento humano cuando repara que en tal obra gastó míseramente la madurez de su ingenio un poeta”. A lo largo de todo un siglo, el peregrino de las Soledades erró por desérticos parajes y todas las puertas se le cerraron en las narices. Hubo que esperar hasta principios del siglo xx para que un espléndido grupo de poetas le saliera al encuentro con los brazos abiertos.

En 1927 se llevaron a cabo una serie de actos en honor de Góngora, por el tercer centenario de su muerte. Estos corrieron a cargo de la que se conocería, gracias a este homenaje, como Generación del 27: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y, por supuesto, un Federico García Lorca de veintinueve años. Lorca estaba totalmente inmerso en la obra del poeta del XVII pero, sobre todo, se sentía atraído por las Soledades. En Sevilla recitó algunos fragmentos de la “Soledad primera” con tanta pasión que la audiencia, emocionada, lo interrumpió en muchas ocasiones con atronadores aplausos. En un restaurante granadino, junto a Dámaso Alonso, Federico pidió un platillo llamado “la soledadprimera”. El mesero, confabulado con Lorca y que, como después se supo, era el dueño del lugar, empezó a recitar el poema gongorino. Alonso, que pensaba que la dichosa “soledad primera” era un platillo típico de Granada, se llevó una agradable sorpresa (véase el libro de Ian Gibson, Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca).

El encuentro resultó benéfico para Góngora y para Lorca, andaluces a quienes distanciaban los siglos pero unía el duende de la poesía. El primero resurgía de sus propias cenizas y volvía a estar en el ojo del huracán; el segundo encontraba en la audacia verbal e imaginativa del cordobés el aliento necesario para echar a volar su poesía y para legitimar su propio programa estético (y el de toda su generación).

 
Padre de la lírica moderna

Lorca dicta en diciembre de 1927 una conferencia titulada “La imagen poética de don Luis de Góngora” en la Residencia de Estudiantes de Madrid. La conferencia, como la que en Michoacán dictó Xavier Villaurrutia sobre sor Juana en 1942, es maravillosa y profética. En ella están cifrados varios de los gongoremas que quebrarían la cabeza de críticos eminentes a lo largo del siglo y que Lorca, poeta genial que lee a otro de su misma especie, puntualizó con absoluta sagacidad. Ahí está ya el señalamiento de que las Soledades son un poema transgénero, lírico y épico, poema que canta y cuenta a la vez: “La narración —escribe Lorca— es como un esqueleto del poema envuelto en la carne magnífica de las imágenes”. Señala, asimismo, la utilización transgresora de la mitología grecolatina por parte de su autor, que “no se contenta con citar el mito, sino que lo transforma”; desmiente también que Góngora haya sido, en sus primeros poemas, un ángel de luz que luego enloqueció y vistió un traje de penumbra: desde sus primeros poemas fue, a su manera, oscuro y loco.

Además de estas observaciones, digamos, precisas u objetivas, hay en la conferencia de García Lorca otras que no lo son tanto y que responden a la coyuntura histórica. Esas observaciones reconstruyen a Góngora, no como era, sino como hacía falta que fuese. Cada generación de poetas elige, conscientemente o no, su tradición, aquellos ancestros que le dan permiso y vuelo para crear. La Generación del 27 eligió a Góngora. En su conferencia, Lorca aboga por una idea de hispanidad más amplia que la propuesta por generaciones anteriores y asegura que tanto en el Góngora italianizante como en el viejo romancero castellano existe “un profundo sentimiento nacional”. Se atreve a decir —y con ello se opone abiertamente a la generación de Unamuno y Azorín— que no es Cervantes, sino Góngora, el “padre de nuestro idioma”. No hay que olvidar la pugna que libró la Generación del 27, paralela a la que libró en México el grupo de Contemporáneos, contra los que veían en su cosmopolitismo y en sus ansías de ser ciudadanos del mundo una actitud antinacionalista.

No contento con hacer al poeta de las Soledades el padre de la lengua española, le da el título, aun mayor, de “padre de la lírica moderna” y lo emparenta con Stéphane Mallarmé, aunque reconoce que el poeta barroco “es más fuerte y aporta una riqueza verbal” con la que el francés ni soñaba. Si Góngora vaticina la poesía de vanguardia, ello se debe, sobre todo, a la forma en la que construía sus metáforas, sus imágenes poéticas. Esta forma era prácticamente la misma que seguían, a los ojos de Lorca, los poetas de su generación. “La metáfora —asegura en su conferencia— une dos mundos antagónicos por medio de un salto ecuestre que da la imaginación”. La definición es, en esencia, la misma que ofrece Baltasar Gracián en su Agudeza y arte de ingenio, cifra de la poética barroca: “es un acto del entendimiento, que exprime la correspondencia que se halla entre los objectos”. A lo largo de la conferencia, Lorca centrará su atención en las imágenes y el modo en que Góngora las construye.

Al tocar este asunto en particular, se pone íntimo “como una pequeña plaza”. Cualquiera sabe que un poeta que habla de otro poeta habla, finalmente, de sí mismo. Lorca no es la excepción. Su ensayo sobre Góngora, además de estar salpicado de confesiones personales más bien irrelevantes (como que no usa tinta de colores para escribir sus poemas), es también una declaración encubierta de su propia poética. Góngora, parece pensar, dado que es un poeta que se parece tanto a mí, debía pensar como yo pienso. Así, mágicamente, indaga en la mente del cordobés: “piensa, sin decirlo, que la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus imágenes”. ¿Y cómo obtiene Góngora sus imágenes? Para responder esa pregunta, Lorca escribe unas líneas preciosas en las que deja de ser relevante si se refiere al poeta barroco o a sí mismo:

El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. […] debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas, y no figuradas o falsas […] Hay a veces que da grandes gritos en la soledad poética para ahuyentar a los malos espíritus fáciles que quieren llevarnos a los halagos populares sin sentido estético y sin orden ni belleza.

En ese mismo bosque, Góngora y Lorca se adentran a la cacería de sus imágenes, de esas criaturas verbales que confieren eternidad al poema. Cazadores expertos, conocen bien la presa que hay que perseguir y, más de una vez, arrojan sus flechas a la misma criatura. Cuando ambos se acercan a alzar del suelo a la víctima doblemente traspasada, levantan la vista, se miran a los ojos y se reconocen.


Jorge Gutiérrez Reyna / Monterrey, Nuevo León, 1988. Es Maestro en Letras y doctorando por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesor de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Publicó en 2014 Óyeme con los ojos. Poesía visual novohispana (Conaculta/La Dïéresis). Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía en el período 2012-2014. En 2016 obtuvo el Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por el libro El otro nombre de los árboles.