9 marzo, 2020

Pensar a contracorriente: las cinco lecturas de Tania Favela

de Juan Alcántara | Ensayos, Reseñas

Tania Favela, Remar a contracorriente. Cinco poéticas. Hugo Gola. Miguel Casado. Olvido García Valdés. Roger Santiváñez. Gloria Gervitz, Libros de la Resistencia (Colección Paralajes 22), Madrid, 2019, 160 pp.



Fruto del trabajo de seis años, Tania Favela (México, 1970) nos entrega Remar a contracorriente: cinco poéticas,1 libro que nos ofrece la madurez, la complejidad y la sabiduría de una mirada crítica sobre la poesía contemporánea en nuestra lengua; ejercicio de reflexión, análisis y exploración que, sin descuidar el rigor de la actividad propiamente académica, se enriquece con la impresionabilidad hacia la poesía —y la comprensión profunda de sus mecanismos y responsabilidades— de quien ha practicado durante años la escritura poética.2 En el desarrollo de su discurso crítico, fiel a su primera formación, Favela parte de lo aprendido a su maestro Hugo Gola —a cuya última obra, Resonancias renuentes, dedica el primero de los trabajos—: la preferencia por la tradición crítica de la poesía moderna y contemporánea antes que por las apuestas nostálgicas, la atención a los aspectos materiales y corporales del poema antes que a sus posibles interpretaciones, la concepción de la poesía como arte que no tolera complacencias ni sumisiones, el solitario e invisible —de raíz rilkeana— trabajo interior como condición para el desarrollo de una voz propia, un tono, un ritmo intransferible que enhebre y dinamice todas las percepciones. A nada de esto renuncia la autora. Más aún, en términos metodológicos, utiliza una estrategia derivada de las prácticas editoriales de la revista Poesía y Poética: acudir, para una mejor comprensión de la poesía en general y de las obras en particular, a los testimonios y comentarios de poetas y artistas acerca del arte y de su propia obra. Así, César Vallejo, Serguei Eisenstein, Balthus, Ezra Pound, Paul Celan, Gary Snyder, Clarice Lispector, José Ángel Valente, João Cabral de Melo Neto, Hugo Padeletti, entre otros, le sirven de apoyo y se suman a las declaraciones de los mismos autores estudiados.3

Pero si bien lo aprendido en el magisterio de Gola es una estupenda plataforma de despegue, la autora va más lejos y se sirve de numerosos y heterogéneos planteamientos teóricos y conceptuales que enriquecen y actualizan su trabajo, y que suponen, para Remar a contracorriente, una formidable amplificación de su horizonte de lectura. Digamos que esto supone, en términos de ejercicio crítico, una posición de avanzada, no tanto por la novedad de los nombres —algunos de ellos son ampliamente conocidos— sino por la forma en que los yuxtapone en sus procesos argumentativos y por los rendimientos novedosos que obtiene de su frecuentación; pensamos sobre todo en Henri Meschonnic, William Rowe, Paolo Virno, Mladen Dolar, Émile Benveniste, Jean-Luc Nancy, Byung-Chul Han, Antonio Negri, Michel Serres, Martine Broda, Käte Hamburger, Michel de Certeau, Julio Prieto y Ricardo Piglia. El resultado de esto es que algunos problemas que la autora enfrenta en su lectura de los poetas y las poetas están planteados de forma radicalmente nueva —podría incluso decirse que son nuevos problemas— y conllevan un vocabulario expresivo y refrescado.

Es posible ejemplificar estos replanteamientos. Uno de ellos es el de la función —o disfunción— del “yo” dentro de la escritura poética. Pese a tratarse de un problema que se remonta por lo menos a Rimbaud, las obras estudiadas por Favela remueven una vez más esa zona de indeterminación. En Casado, por ejemplo, Favela señala una “identidad como desplazamiento”: “un yo que es un que es un nosotros”. De tal manera que el rimbaudiano “Yo es otro” no supone necesariamente una pérdida o un eclipsamiento, sino una ganancia saludable: la contigüidad de lo personal y lo común; no un mero vaciamiento, un extravío de lo propio, sino, a partir de una lectura literal, siempre favorecida por Casado, la posibilidad de mirar, pensar, trabajar, escuchar colectivamente.4 Ajenación antes que enajenación, podríamos decir.

En cuanto a la obra de Olvido García Valdés —explorada en el tercero de los trabajos— el yo es uno más de los componentes arrastrados por el impulso desestabilizador y metamorfoseante del doblez voz-escritura afincado en el cuerpo. La voz, además, según la entiende Mladen Dolar, tiene una posición fronteriza y contradictoria: enlaza cuerpo y lenguaje, pero no pertenece a ninguno de estos dos ámbitos. Más aún, enlaza el mundo humano y el mundo animal5 y la hace semejante al mugido, al canturreo, al silbido, al maullido. ¿Dónde queda ahí la posibilidad de afianzar al “yo” como identidad? El oído y la escucha, podríamos decir, colaboran en la materialidad sonora de los poemas de Olvido para descolocar la noción de identidad; no hay en ellos realismo ni concreción del “yo”, sino “enunciación de realidad”.6 Y, sin embargo, “Olvido García Valdés se apropia de su lengua en un proceso paradójico de despersonalización y a la vez de subjetivización”.7

Igualmente complejo es el problema del “yo” en Migraciones, el gran poema o “pequeño país” que Favela recorre en el último de sus ensayos. De nuevo hay una voz, y no basta preguntarse qué dice esa voz, puesto que, señala la autora “¿quién dice yo en el poema?”8 y ¿a quién se dirige? “La voz se habla a sí misma, pero ese sí misma no supone una identidad y es por eso que de ella se desprenden como ecos otros yoes, otras voces, otros momentos de vida y otros cuerpos”. Una sola voz que va y vuelve multiplicada, y que según la lógica movediza de la memoria, a la vez personal y colectiva, escuchan o adoptan la madre, la abuela materna, la abuela paterna, “la niña que fue y sigue siendo” e incluso la palabra misma a la vez preñada y fecundante.9 Habría que añadir a todo esto —resumido e incompleto, puesto que en el libro está todavía más desarrollado— que sobre el problema de la identidad en García Valdés y Gervitz se cierne otro matiz: el del “sujeto difuso, móvil, táctil, inevitablemente fragmentado”, propio no tanto de la escritura de las mujeres o de la escritura feminista, sino del “modo femenino” que no se confunde con la autoafirmación directa y sin sombras de la subjetividad masculina.

También nos parece renovado el abordaje del erotismo en Santiváñez y en Gervitz, así como la vinculación con lo político que recorre el libro entero. En ambos casos, Favela se coloca muy lejos, en sus comentarios, en sus análisis, de un mero tematismo, y se concentra en fenómenos que ocurren en la contextura misma de la materia verbal y en los dinamismos internos de las obras. En Roger Santiváñez, el poeta de Sagrado, el deseo mismo, nos dice la autora, el erotismo, la cópula y lo orgásmico “se transforma en ritmo: cadencias, cortes, fusiones, oscilaciones, bifurcaciones de sentido, vibraciones de lenguaje”, de tal manera que el lenguaje erotizado desafía la mediatización del deseo que opera en la lógica de la mercancía en el mundo del consumo para regresar al poema liberado y liberador como pura energía, impulso vital entretejido en las palabras.10 Aún más complejo y más elaborado es el erotismo femenino en Migraciones, puesto que intenso y explícito, se afinca en la memoria-cuerpo que todo lo funde, y que a la manera de un cogito quizás más eficaz que el cartesiano, siguiendo a Michel Serres —“yo siento, yo percibo: veo, huelo, toco”— supone una forma, feliz y triunfal, de encarar la libertad.11

La particular vinculación de la poesía con el actuar político —una vez más, el asunto no pasa por la tematización— es uno de los aspectos esenciales del libro de Favela, como queda sugerido desde el título. En la nota preliminar, la autora lo señala con claridad: los poetas elegidos “conforman una comunidad de resistentes que trabaja a contracorriente de la mercantilización y de las múltiples codificaciones que coaccionan la vida e intentan estandarizar y domesticar su energía”; “sus poéticas, añade, suponen una actitud crítica hacia el mundo como realidad dada y hacia el lenguaje que lo configura”.12 Dos son las convicciones que fundamentan esa posición. La primera de ellas señala que en el uso mismo del lenguaje dentro del poema, en las operaciones que el poeta practica en el cuerpo de la lengua, en la elección de los mecanismos que sobrecargan de sentido las palabras, y no en cambio en el mero decir que comunique sin más la adhesión a una causa social, se encuentra un actuar más eficaz desde el punto de vista ético y político. La clave es el concepto de “extrañamiento” o “desautomatización” acuñado por Viktor Shklovski, quien alude a él mediante un rodeo: “Los pitagóricos afirmaban que no oímos la música de las esferas porque suena incesantemente. Quienes viven en las orillas del mar no oyen el rumor de las olas, pero nosotros ni siquiera oímos las palabras que pronunciamos. Hablamos un miserable lenguaje de palabras no dichas a fondo”.13 El uso poético de la lengua justamente consistiría en volver a escuchar las palabras, en tomar conciencia de ellas, de sus ecos y resonancias, de sus cualidades rítmicas y sonoras, apartándolas del uso instrumental, estrictamente comunicativo, reducido y racionalizado, con que se nos presentan en el intercambio cotidiano; más aún, la automatización o familiaridad con el lenguaje esconde siempre el imperio de fuerzas que nos obligan a pensar y a sentir de determinada manera, a ver el mundo según la conveniencia de los poderes económicos y políticos que quisieran reducirnos a la simple y llana obediencia. Por medio del extrañamiento el poema puede convertirse, en cambio, en un “espacio liberado” —el concepto lo toma Favela de Julia Ramírez Blanco—: “los poemas liberan a la lengua al desviarla de sus funciones mediáticas, utilitarias, públicas, instrumentales, institucionales, y también al funcionar como conciencia crítica de la misma”.14 Una formulación coincidente con la idea de atentar contra la normalización del lenguaje la retoma la autora del poeta peruano Mario Montalbetti: “escribir contra el signo” significaría crear un objeto verbal singular, desobediente, imprevisto —el poema—, que no esté ya leído de manera previa por las vehiculizaciones del poder, y que exija una lectura radicalmente autónoma y perpetuamente abierta: la lengua es una institución social, dice Ferdinand de Saussure, y el poema, contrapone Montalbetti, no lo es.15 Prácticamente todas las poéticas estudiadas por Favela ponen en juego estas estrategias de resistencia desviando, alterando, fragmentando y desestabilizando la lengua mediante una escucha de sí mismos y de sus materiales verbales.

La segunda convicción que hace posible un posicionamiento ético o político eficaz, y que puede ser hallada en activo en las cinco poéticas de Remar a contracorriente, proviene también de Miguel Casado, quien parecería ser quien más ha pensado a fondo el asunto. La autora la resume así: “la crítica a la Historia con mayúscula y la inserción de esa otra historia cotidiana, precaria, íntima”.16 Además de Casado, Gola, Gervitz, García Valdés y Santiváñez, pese a sus grandes diferencias, confluyen en la inserción en sus poemas de una vibración íntima, personal, que se deriva de sus espacios privados, de sus formas de convivencia con objetos, animales y personas, de sus historias, memorias y afectos, y cuyo centro es el cuerpo en tiempo presente en el ejercicio de enfrentarse a la vida en un mundo concreto. La esperanza es que en esos mundos restringidos pueda hallarse lo no formulado, lo no colonizado. En El sentimiento de la vista, el libro de Casado que nuestra autora comenta, “la amistad, el amor, la lectura, la escritura”, son “espacios de resistencia, espacios privados que suponen fugas de los espacios tomados por el sistema”,17 aunque es posible que en todos los poetas estudiados en el libro se cumpla esta condición. Casado insiste y amplía su idea: “una de las claves políticas que pueden resultar más sólidas es hurgar en lo cotidiano y luchar contra una política separada formalmente de los problemas y emociones de la vida. [Es necesario] preservar un espacio propio, íntimo, […] un lugar en que no rijan las reglas del sistema”.18

La elección muy personal que hace Tania Favela de las cinco poéticas, cuyos autores son esa “comunidad de resistentes”, merece también una reflexión. No sólo, al elegirlos, al pasar de uno a otro, se realiza un desplazamiento transatlántico, del Nuevo al Viejo Mundo y de regreso, sino también un movimiento que va del Sur al Norte y viceversa de manera repetida. De la misma manera hay una trayectoria que abarca por lo menos dos generaciones —sin que se busquen mayores precisiones en términos de lógica generacional—: partiendo de Gola, nacido en 1927, y fallecido en el 2015 y hasta llegar a Roger Santiváñez, el más joven, nacido en 1956. El equilibrio se completa con el ir y venir de las voces femeninas y masculinas. Estas cinco voces son sin duda muy distintas y cada una plantea a los lectores desafíos particulares, aunque la autora señala que hay entre ellas vasos comunicantes que las entretejen. ¿Son estas afinidades una realidad o bien son el resultado de la mirada inquisitiva aunque amorosa de la lectora? Aun si esto último fuera cierto, el lector de Remar a contracorriente gana más aceptando esa apretada red de vinculaciones, sobre todo si queda persuadido por el hermoso argumento de las “soledades solidarias”, de la “comunidad de singularidades” que la autora desprende de sus lecturas de Negri, Blanchot y Jacques Derrida: una “comunidad sin comunidad”, de “amigos celosos de la soledad, de su propia y profunda soledad de medio día-media noche”.19 “Comunidad abierta […] atravesada por el tiempo y atravesando el tiempo: conocidos-desconocidos que se encuentran para disgregarse después en espera de un siguiente encuentro”, y de un diálogo “que continúa en tiempos y espacios distintos, a pesar de las interrupciones y de la discontinuidad […] y que apela también a una manera de sentir, a una manera en común de resistirse a las múltiples codificaciones que coaccionan la vida”.20 Es claro que aquí la autora, secretamente emocionada, nos está hablando de una convicción personal que le resulta particularmente cara.

Pero volvamos a lo que tienen en común las cinco voces, a las cinco lecturas. Una vez que el lector las ha abarcado todas —el lector de las lecturas de Tania Favela—, no puede sino reconocer que en todos los casos la materia leída —los poemas— es siempre de gran complejidad y presenta la resistencia de la dificultad propia de la mejor poesía contemporánea. Particularmente los desafíos en el caso de la escritura de Olvido García Valdés, pese a su severa belleza, parecen abrumadores. La escritura de Favela en este ensayo alcanza quizá su máximo de rigor y de perspicacia, y su máximo también de tolerancia frente a la indeterminación y la opacidad de los textos de la poeta asturiana. Se trata de un doble movimiento: aceptación de esas barreras, de esos límites, de esas oscuridades inextirpables en los poemas, y a la vez no cejar, con reverente insistencia, en penetrar su espesura y encontrar sus razones. Nunca la pretensión insensible de resolver el enigma, armar el rompecabezas, dar con la interpretación definitiva, sino la excavación minuciosa del topo, a oscuras, en el intrincado rizoma: de los poetas-topos de Rilke, Favela hace aparecer un lector-topo.21 Para abordar a la poeta-topo García Valdés ella se ha transformado en una lectora-topo. En suma, la elección de cinco voces poéticas cuyo lenguaje nos ofrece ricas y extraordinarias dificultades nos hace pensar que la autora es fiel al dictum lezamiano: “sólo lo difícil es estimulante”. Nos complace entonces imaginar cuáles podrían ser las voces que podría incluir en su próximo libro: Lorenzo García Vega, quizá, o Magdalena Chocano, José Miguel Ullán, Edison Simons, Carlos Cociña, por ejemplo.


1 Favela ha publicado también recientemente El lugar es el poema: aproximaciones a la poesía de José Watanabe (Lima, 2018)
2 Sus tres libros publicados son Materia del camino (Compañía, 2006), Pequeños resquicios (Textofilia, 2013) y La marcha hacia ninguna parte (Komorebi, 2018).
3 Pese a la objeción de Miguel Casado, uno de los poetas estudiados por la autora, quien señala que “el poema sabe más también que el propio poeta cuando habla de lo que ha escrito, porque una zona ciega de su ojo/oído le impide a veces percibir lo convocado en su propia voz”, de tal manera que “las poéticas o las declaraciones del poeta no suponen un criterio necesario de verdad para el crítico”, Favela sabe que, con frecuencia, esas declaraciones pueden revelarle al lector algo que no ha visto y que incluso las “cegueras” de los poetas pueden ser aleccionadoras. (Miguel Casado: “De parte de la poesía. Notas de un poeta crítico de poesía”, en Un discurso republicano. Ensayos sobre poesía, Libros de la Resistencia, Madrid, 2019, p. 29.)Ibid., p. 100, a partir de Käte Hamburger
4 Tania Favela, Remar a contracorriente, p. 44.
5 Ibid., p. 93.
6 Ibid, p. 100, a partir de Käte Hamburger.
7 Ibid, p. 99.
8 Ibid., pp. 123.
9 Ibid., p. 127.
10 Ibid., pp. 114-115.
11 Ibid., pp. 128-129.
12 Ibid., p. 9.
13 Citado por Miguel Casado, Un discurso republicano, p. 30.
14 Ibid., p. 53.
15 Ibid., p. 45.
16 Ibid., p. 9.
17 Ibid., pp. 65.
18 Idem.
19 Favela, op. cit., p 65. La cita es de Jacques Derrida.
20 Ibid., pp. 65-66.
21 Ibid., pp. 93.


Juan Alcántara / Ciudad de México, 1959. Es traductor, poeta y ensayista. Coordinador del Seminario de Poesía y Poética Moderna y Contemporánea de la Universidad Iberoamericana, y académico de la misma institución. Fue colaborador en revistas como Poesía y poética y El poeta y su trabajo. Ha publicado los libros de poesía El amor en el mundo (1997), Los héroes (2001), Encuentros con mujeres (2002), Las flores (2006), El amor en el mundo seguido de El ramo roto (2010), Botella: poemas 2000-2003, El río (notas y poemas) (2013) y La posteridad (2018), entre otros.