5 julio, 2021

Oratorio, el testimonio de un abandono

de Esther Peñas | Reseñas

María Negroni, Oratorio, Vaso Roto, Madrid, 2021, 72 pp.

Hoy en día, el imperativo de finalidad utilitarista ha llegado a la poesía, a la que se la obliga, violentándola, a transmitir información, a que tenga significado, a que sea útil. Por eso nos cuesta cada vez más percibir formas que relumbren por sí mismas, porque el lenguaje como mero portador de significado carece de esplendor. Los poemas son artefactos que resplandecen, que se justifican por sí mismos y que ejercen una resistencia innata a “detenerse” para formar un significado. Se caracterizan por el sobreexcedente, incluso por el lujo (inútil siempre) del significante. Los poemas portan sentido, no significan qué cosa, son ceremonias mágicas del lenguaje, piensan, pero cabalgan sobre el principio poético que devuelve al lenguaje su gozo de romper radicalmente con la economía de la producción de significado. Lo poético no produce. Lo poético es la insurrección del lenguaje contra sus propias leyes, como escribió Baudrillard. Lo poético, la poesía, es un lujo en tanto que luxación, se sale del negocio, es inútil a la lógica del beneficio. Combate la desertificación que ahoga el espíritu, nos libra “del qué de la belleza”.

Esta digresión que tendría que ser obvia dejó de serlo hace mucho. Por eso poetas como María Negroni (Argentina, 1951) nos son necesarios en tanto que la poesía es un acto de total compromiso, de un compromiso extremo, y lo que dice —sin decirlo realmente, diciéndolo de otro modo— no es sino el riesgo asumido por aquel que ha querido hacer de las palabras del poema sus propias palabras: “Nada dice el ángel/ literalmente dice nada/ que pueda representarse”.

Oratorio es un libro extraordinario. Profundísimo. De una altura tan bella como irreductible. Un poemario que entronca especialmente con la estirpe del misterio. El misterio siempre es problemático, sin que esto sea un problema. El problema es susceptible de resolución; el misterio, no. El problema tiene un cuerpo, un contorno; el misterio nos atrapa, nos invoca, nos implica: estamos en él. Oratorio.

En sus tres primeras acepciones, oratorio tiene que ver con cierto recogimiento devoto. Con rezar. Pero no hay plegaria al uso en estos versos. En todo caso, una plegaria profana, como profana ha de ser la palabra del poeta porque la palabra sagrada no dice, no busca ser entendida ni habitada, sino obedecida. La palabra del poeta carece de garantías, las garantías desautorizan la verdad o al menos la suplantan. Oratorio. La plegaria de Negroni es un exponerse que recapacita a propósito de que acaso no nos expulsasen de ningún paraíso, que acaso siempre estuvimos fuera. Que —acaso— el paraíso sea imposible, y que por ello nuestra condición sean las afueras, unas afueras que no están definidas a partir de ningún centro posible, donde no hay perfección viable, pero sí afección, misterio y deseo. Y vocación de trascendencia. Con voz, por cierto, plural, una primera persona del plural, un nosotros como queriéndonos convocar en lo común. Oratorio.

Está el Padre. O sentimos la ausencia del Padre. Desde ahí, también el poemario es un oratorio propiamente dicho: “y ahora mismo estamos/ como hijos perdidos/ sin opinión”. De ahí la hondura de su sed. Una sed que tiene cuerpo, porque el cuerpo nos sitúa, la carne nos expresa, y porque sacada del cuerpo la vida no huele a nada. Una sed que extrañada, interroga. Y si interroga es porque sabe de él, de Dios, siquiera como una huella que no fue pisada. De ahí que quien habla, ese nosotros, no vea solo lo visible, sino que sueña lo invisible. Da a luz su noche. Alumbra.

En una de las lecturas de Oratorio, me preguntaba si la única libertad posible se da en el perteneciendo(nos). Algo de esto también plantea María en sus versos. Ser parte de, no hueco. Como si nos ardiera la sospecha de que el hombre no es origen de sí.

Padre o Dios a cuya ley apuntan las mayúsculas de Oratorio: Nadie, Bien, Mal, Palacio del Vocabulario, Noctis, Mater Dolorosa, Libro de la Ley, Diván de las aves. Al fin y al cabo, toda praxis religiosa no es sino un ejercicio de atención (y aquí emplazo al pórtico de Malebranche que utiliza María: “la atención es la oración natural del alma”).

La cuarta (y última) acepción de oratorio nos remite a cierto tipo de composición musical sin acción escénica, desprovista de artificios y recursos. Esto es la poesía de María Negroni, esto mismo: médula toda ella, substancia. De ahí ese extrañamiento ante el mundo y la vida, ese asombro constante, ese sentimiento de distancia y de vulnerable desnudez, ese sentirse a la intemperie, que es justo el solar raso sensiblemente receptivo a la experiencia.

De Negroni su querencia por los contrarios en tanto que complementarios, ese vivir en lo entreabierto, exactamente en la línea que comparten la sombra y la luz: “la sabiduría/ está en lo que se ignora”, “la intuición que piensa”, “que no importa/ ignorar o saber”, “coser la materia/ al pensamiento”, “pero una cosa/ nunca es una cosa”, “quien tiene fe/ no cree en nada”, “se espera siempre/ lo que no puede esperarse”. Es como aquello que leímos en el Decamerón de que “entremedias de cándidas palomas añade más belleza un negro cuervo”. “Como unidad en la multitud”.

De Negroni, su querencia por las preguntas imposibles, como teas ardientes: “¿tiene la lluvia padre?”, “¿tiene razón de ser / lo analfabeto?”, “¿en qué minuto/ de estupor y de fuego/ se nos dejó a merced/ de lo que somos?”, “¿pueden las aguas/ ser la vía láctea?”. Siempre hay un cuestionar(se) en la poesía de María, acaso porque la pregunta abole los límites, acaso porque preguntar es estar sin pertenencia el tiempo que dura la pregunta. Acaso porque la práctica de la impermanencia está ligada a la práctica de la pregunta: se ejercita saliendo de uno mismo, abandonando toda finalidad referencial, en la humildad de su necesidad misma, limitada a ella.

Respuestas que se responden en su propio fulgor, porque de alguna manera lo que viene a decirnos este Oratorio es que fuimos conducidos y después abandonados de manera que, en definitiva, tan solo podemos dar fe de este abandono. Acaso porque lo que importa es poder preservar o incluso ampliar el campo de la palabra para permitirle renacer indefinidamente de su audacia. Acaso porque en Oratorio no tiene cabida la llegada. Ni tiempo previsto ni duración. Acaso porque María sabe que solo podemos ser leídos en el tiempo.

De Negroni, su querencia por los superlativos tan deliciosos como imposibles (adentrísimamente, mortalmente infinitos…) De Negroni, su querencia, siempre, aquí también, de nuevo: la infancia. Todo en María se decide desde la infancia, esa edad imprecisa, indeterminable por estar tan delante y, a la vez, tan a la zaga en su recorrido de palabras, un territorio, la infancia, que bebe de su propia saliva y seguirá diciéndose en el asombro.

Leyendo a María Negroni me convenzo más de que si alguna vez alguien ha logrado mover una montaña no habrá sido a fuerza de ritos, sino con el más desnudo y sentido de los verbos. Eso me dicen los últimos versos de este poemario, que recuerdan que de lo que podemos estar seguros es de que conocemos un principio creador por excelencia, una causa última, un motor primero, en el decir de santo Tomás: el lenguaje mismo. Acaso porque el lenguaje queda del lado del ser.

La cuestión es, me parece, que si dios es una ficción (ficción suprema), ¿quién autentificará el verbo? “la escritura se escribe/ contra lo escrito”.


Esther Peñas / Madrid, España, 1975. Es poeta, narradora y periodista. Autora de los libros de poemas De este ungido modo (2005), Penumbra (2011) y El paso que se habita (2018); de las novelas Los silencios de Babel (2008) y El peso de una sombra (2010), y de varios libros de entrevistas. Obtuvo el Segundo Premio de Poesía Gertrudis Gómez de Avellaneda.