abril 2023 / Reseñas

Notas para leer Texto de Carla Faesler

 
Carla Faesler, Texto, Universidad Autónoma Metropolitana (Col. La Lengua que Habito), México, 2021. 82 pp.
 

 

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Como tendemos a leer a partir de estructuras previamente aseguradas —tanto que a veces, más que leer con instrucciones, lo hacemos con camisas de fuerza—, la primera pregunta, casi inevitable, que surge ante una obra como ésta de Carla Faesler (México, 1967) es qué es esto, qué es Texto. Para evitar la recurrencia del esencialismo, podemos plantear la pregunta de otro modo: ¿cómo nos preparamos para leerlo?, ¿qué esperamos?, ¿con qué ojo lo observaremos?

La primera idea es decir que se trata de una obra de difícil clasificación. Pero esto es un lugar común; últimamente se dice con tanta frecuencia que una obra es inclasificable o híbrida, que esas palabras han perdido su sentido y su función. Si cualquier cosa es inclasificable, el problema no es la limitación de las clasificaciones sino nuestra capacidad para usarlas. Por ello debemos mejor explicar por qué la consideramos una obra así. Texto no se parece a muchas obras que conozcamos; no es una novela, tampoco un libro de poesía —aunque fue publicada en una colección titulada “Poetas que Escriben la Ruta”—, ni un libro de ensayos. Tiene algunas partes de todo eso, sin embargo.

Es un collage de ideas y formas que adquiere la definición de una figura tras tomar distancia para observarla. Como si anticipase las preguntas por la definición de su libro, la autora escribe en él que “en un retrato cubista, la nariz, la boca, las orejas, etc., están fuera de lugar, porque la cabeza se está moviendo frente a nuestros ojos. como la acción, la emoción y el espacio en la poesía”. Parece una respuesta. Está en movimiento y lo vemos fuera de lugar —uno de sus más evidentes extrañamientos es el uso poco normativo de los puntos y las mayúsculas—. Texto es un texto en movimiento; por eso apenas vemos momentos que nuestros ojos alcanzan a captar: aquí una reflexión sobre la escritura, acá un aforismo sobre la poesía, allá un tuit descolocado sobre la materialidad de la obra literaria, acullá una pregunta sobre la relación entre texto e imagen, y de vuelta un fragmento ensayístico sobre el mercado literario.

Lo vemos todo en movimiento porque es un libro que parece bailar. No que nos invite a hacerlo, sino a observarlo mientras lo hace. Vemos su cadencia al hablarnos de la importancia del cuerpo en la poesía; salta y lo escuchamos decir que la escritura es tan liberadora como ardua. En sus repeticiones, Texto nos da la razón de Texto: “escribo la palabra “Yo”. La veo. Es la única imagen que tengo de mí”.

 

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Texto tiene una genealogía reciente pero firme, que se muestra con frases que también se refieren a accidentes afortunados. ¿Qué otra cosa es la genealogía sino un accidente con fortuna? Escribe Faesler “Escribo mal ‘escribo’ y el autocorrector me da ‘escarbo’. es cierto, pienso”. Texto se parece a otros libros y se distancia de ellos. Por supuesto, se parece a los muchos libros de aforismos sobre la escritura que conocemos. Vienen pronto a mi mente Lichtenberg y Mario Levrero. Pero también se parece a los libros fragmentarios sobre arte y escritura de María Negroni, por ejemplo; más acá, tiene tanto de manual de antiescritura o de antimanual de escritura como Ilegible (2020) de Pablo Duarte; más cerca acaso de Lo roto precede a lo entero (2021) de Cristina Rivera Garza y sus miniensayos sobre la escritura para romper con ella; también, pero de otro modo, en la ficción de un personaje con el que habla, y al que responde y acompaña, como en Diario del dolor (2004) de María Luisa Puga. Es todo eso pero también es muy suyo.

Texto es un personaje peculiar, un espectro que aparece y desaparece ante nosotros como la mancha en el ojo que se va después de frotarlo, incrédulos de lo que vimos. “Texto me pide: nunca me salves”. Texto habla para no ser salvado pero Faesler, desobediente, nos entrega su memoria, sus diálogos insolentes, su desesperación por asirse tanto del sentido como del sinsentido. Texto es el contenedor de Texto. Por momentos parece un diario de escritura y, en otras ocasiones, una bitácora de experimentos. Un conjunto de voces que hablan y se superponen entre sí, en el espacio y en el tiempo.

Llamamos ruido a las muchas voces encimadas una sobre otra en un espacio. Y llamamos tradición a las muchas voces encimadas una sobre otra a lo largo del tiempo. Leemos en Texto que “Quien habla de originalidad no se ha enamorado dos veces”. En su resistencia a la originalidad, el volumen está emparentado con muchos tipos de libros, tanto que quiere crear su propia genealogía, su propio surco en el cual inscribirse para poder decir de otra manera. Recuerda muchos otros libros, pero no se parece tanto a ellos. No es, sin embargo, original; no, al menos, en el sentido en el que consideramos que original es bueno. Lo original suele ser más una falla de quien lee que una intención de quien escribe. Pero este libro no quiere ser original sino otra cosa. “Trato de encontrar en mi mente un pedazo de tierra que no haya sido sembradío. mientras lo encuentras, observa los surcos, cosecha, me aconseja Texto”.

 

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Escribe Faesler, aunque no se sabe si sólo escribe ella o si siempre la acompaña Texto, que le gusta el verbo animar —el cual viene del griego y, a su vez del indoeuropeo, porque la raíz es /ane/ que significa “respirar”—. En este libro, una de las varias cosas que hace la autora es animar su texto para convertirlo en Texto. No tanto darle vida, porque ya la tenía o la tendrá después, cuando se deshaga de todo al publicarse y hable con las posibles lectoras, sino para hacerlo respirar. ¿Cómo es un texto que respira? O mejor: ¿cómo es que Texto respira? ¿Con qué prosodia se llena de aliento?

No es manual pero tiene muchas manos en él, aunque esas manos sean todas de la autora. Texto es una escritura colectiva que escribe a través de ella, mediante ella. Ella es medium y herramienta: “la página siente angustia cuando la escritora está en blanco”.

 

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Escribe Faesler: “me gusta la escritura porque es como la música, un misterio que se va revelando en el tiempo”. Pero la escritura de también se despliega en el espacio. Es tan espacial como temporal, un punto en medio de las coordenadas. Faesler señala en una de sus páginas que “Ir a una exposición de poesía y en silencio, recorrer las salas: el cuerpo en movimiento. un amplio espacio.” Quien no conozca la obra de Faesler, deberá saber que se trata de una artista con vocación renacentista en pleno siglo XXI. Eso significa que no le preocupa ser guardiana ni portera de las fronteras entre las artes; al contrario, es una artista que desde siempre ha explorado las diversas vías de comunicación entre ellas. Videopoesía, poema sonoro, intervención visual, collage, fotopoesía, novela, poesía. Todo eso forma su obra pero está al mismo tiempo atravesado (o mejor, fundamentado) en dos ejes principales: la palabra y la imagen.

Su política es franquear muros entre disciplinas como quien juega con seriedad a cruzar fronteras invisibles. Aunque no cree en las fronteras, tampoco es una violenta iconoclasta de postal olvidable. Lo suyo es la exploración, el tanteo, la búsqueda. Ella misma se explica cuando escribe “Leer / ver letras, palabras, frases, párrafos y páginas dispuestas en los muros. el lenguaje se cura”.

 

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A veces Texto acompaña la escritura o se dedica a contrariarla, a decir otras cosas. A veces es la conciencia que se planta para preguntar por la política de la escritura, pero, en ocasiones, es reacio a ella, se desespera. Texto es el personaje con el que tocó bailar pero que no siempre quiere hacerlo.

Escribe Faesler en diálogo con Texto que “antes a la angustia de no poder escribir se le llamaba la ‘página en blanco’. ahora lo que nunca está en blanco es la pantalla. ese es el nuevo problema”. Texto es un libro que abre un amplio campo para la contradicción y el error. No en el sentido de la meditación dialéctica, donde la contradicción encuentra una salida mediante la resolución; es algo más como el koan budista en el que la contradicción, la aporía, se convierte en la puerta que abre el sentido del mundo. Nos pide abandonarnos en el mundo, que es también parte de Texto.

Escribe Faesler en otro un fragmento: “al budismo no le interesa tener más afiliados. a la poesía tampoco”. Poesía y budismo no son equivalentes pero sí paralelos. Cada uno por su lado busca saber estar en el mundo, su sentir del ahora. El miedo a la página en blanco es un miedo al futuro, pero ¿qué tal si la página se convirtiera en un trozo de tierra por sembrar? En ese caso, no habría miedo al futuro porque el surco es una reaparición de lo que vino y vendrá. La página en blanco parece un punto en la línea del tiempo pero resulta más parecido a un nodo en las raíces de una milpa: plantas que crecen juntas, que se comunican entre sí. La página es un micelio. Una escritura sobre la naturaleza que no habla de la naturaleza, sino que la experimenta: “Escribir es ir construyendo el mundo que nos merecemos como humanos”.

 

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“Las letras tienen huecos por donde se meten muchas cosas. como la mente”. En su escritura, Texto se muestra como un pequeño contenedor en el que cabe no uno sino varios mundos. Algunos, reales; otros (los más), imaginarios, ficticios, potentes y generosos. La máquina de escribir en la que Faesler se convirtió para hacer Texto es una que, paradójicamente, no ha dejado de ser cuerpo. En la escritura de Faesler aparecen lo mismo la impresora, la máquina de escribir, las manos, el cuerpo. Todo es motivo de escritura porque todo pasa por ella y ella es el resultado de ese trance. La escritura como un breve nudo en el que las cosas se encuentran para seguir su camino, transformadas. “El cuerpo humano es un garabato difícil. es escritura”, escribe la autora y parece que nos invita también a ver el revés de esta idea: la escritura es un cuerpo difícil. Es idea materializada antes que pensada, materia ideada antes que manufacturada. “La sutil imaginación del lenguaje”, según Faesler. Eso es Texto, la sutil intervención visual sobre lo escrito y de las palabras sobre el cuerpo. Un entramado de líneas que, al cruzarse, forman la figura de una autora inquisitiva e indisciplinada.


Autor

Roberto Cruz Arzabal

/ Ciudad de México, 1982. Escritor y editor. Profesor investigador en el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana y Doctor en Letras por la UNAM. Editor de Aquí se esconde un paréntesis: lecturas críticas a la obra de Cristina Rivera Garza (UNAM, 2019); coeditor de Historia de las literaturas en México 6: Hacia un nuevo siglo 1968-2012 (UNAM, 2019) y de Vocabulario crítico para los estudios intermediales (UNAM, 2021). Integrante del Mexican Studies Research Collective y del Laboratorio de Literaturas Extendidas y Otras Materialidades. Autor del libro de poemas Hasta que el musgo (2024).

abril 2023