24 enero, 2022

Los muchachos del Guinness Book

de Manuel Parra Aguilar | Inéditos

De esas largas piernas de Zeng Jinlian hablaremos en otra ocasión,
de esos labios tiernamente definidos en su curvatura hablaremos en otra ocasión,
porque hoy nos llegan noticias desde Hunan:
Zeng Jinlian ha muerto.

Mas nosotros aún vemos el claro manojo de sus cabellos,
aún podemos distinguir cada una de sus trenzas
que harían temblar hasta las comunes columnas del templo del emperador.
Nosotros aún vemos esas manos sostenerse en los hombros de sus padres.

De ese rostro tantas veces avergonzado de Zeng Jinlian
aún vemos levantarse una alegre sonrisa,
diciéndonos que nada tiene sentido.

Y esto contradice toda verdad,
por más poética que sea.

 

 

Si tuviéramos que dejar nuestra casa,

nuestra mesa, nuestro plato, nuestra manta;
si tuviéramos que salir de nuestro barrio,
alejarnos de nuestra casa, ir lejos de nuestras calles;
si tuviéramos que dejar nuestra provincia,
los altos muros de nuestro país, nuestra suerte echada al olvido;
si tuviéramos que dejar nuestras amistades,
olvidarnos de los nombres de los objetos,
dejar atrás nuestras más tiernas posesiones,
si tuviéramos que renunciar a nuestro ajeno dolor una vez más,
juro que sería para caminar tomados de tu mano,
John Aasen, happy norwegian giant.

Porque nos gusta el aire de las alturas.

Porque nos gusta la fervorosa paz de las alturas.

Porque nos gustan esos aires de bohemia en las alturas.

 

 

De Chen Guilan y Tangyong Li hemos hablado en más de una ocasión,
y sin embargo repetimos aquellas palabras con las mismas palabras;
con las mismas hojas con las que se forman los libros,
también hemos escrito este, no obstante el secreto masculino de los versos.

Por ello queremos repetirlo,
por si alguno de ustedes no estuvo presente,
y una vez más decir que entre una línea y otra,
el soleado pescuezo de la novia tenía ese tono de piel con el que conversan los enamorados;
es decir que tenía el color de una hoja de cuchillo partiendo en dos la carne.

Como si la retórica se detuviera.

Pero esto habrá que remediarlo todo de algún modo.

¿Basta decir que solo hay eso y nada más?
¿Acaso existe algo que podamos añadir?

En Foshan, después de la boda aún suena el coro de mujeres,
un coro maduro de tanto uso.
Por eso este libro habla tanto de la poesía como de esa fiesta de boda,
habla del futuro lleno de propósitos que pisan Chen Guilan y Tangyong Li.

Y así los días nos están mirando,
aunque el futuro pase de largo y se detenga en otro sitio lejano del nuestro.
Solo por ese durísimo detalle,
no repetiremos de nueva cuenta que ellos son personas muy bajas,
mejor diremos que el cielo les es muy alto.

Puedes llegar un poco tarde a la ceremonia,
puedes llegar un poco tarde si lo prefieres,
puedes llegar si así lo prefieres.

 

 

“Mas primero es lo primero”,
decía Pauline Musters desde los bordes de la infancia.
“Primero es el trabajo y luego el reposar”, insistía,
y parábase a ensayar una vez más;
una y otra y otra vez más.

Yo tuve mi propio carillón;
lo tocaba mientras The Princess Pauline bailaba sobre un pie.
No hace mucho tiempo atrás viví bajo los puentes de Nueva York
y hoy soy feliz cuando recuerdo ver bailar a The Princess Pauline,
tal como esos abetos movidos por el viento.

“Mas primero es lo primero”, decía,
y parábase a ensayar su baile sin hacer la digestión del Bitterballen.

Lo sé, lo sé.

Nuestra ambición era muy grande y Nueva York entonces era demasiado pequeña.

Lo sé, lo sé.

Yo toqué para The Princess Pauline esa noche de 1895,
esa terrible noche cuando The Princess Pauline creyó ver el rostro de Dios bajo un puente,
pero resultó ser un afiche publicitario de su propio espectáculo.

“Primero es lo primero”, decía bajo esa muda sonrisa que aún guardo en mi pupila;
“primero es lo primero”, repetía, antes de comenzar su actuación.

Desde aquellos años a la fecha,
el suelo que ella pisó se halla gastado de tanta acrobacia
y por más que lo intento a mi sombra de amor no la he podido encontrar.

 

 

Esta que aquí ves es la vieja guarda del viejo retablo,
de la vieja granja detrás de un set donde quien se asoma es
                                        Ajay Kumar.

Eso de más allá es una vieja poltrona sobre un viejo puente
que se inclina para que la gente que disfruta del show entre al viejo set de
                                        Ajay Kumar.

Aquellos que están más allá son los ventiladores de los viejos vientos
que asemejan la vieja lejanía de un bostezo en la vieja granja de
                                        Ajay Kumar.

Si la vieja muerte viniera un día a descomponerlo todo
donde solo la voz suele perderse,
y si la vida tuviese la misma y linda perspectiva que solo brinda el tiempo,
                                        Ajay Kumar permanecería atado a su cuerpo.

Pero tú y yo sabemos que el ideal no es este de hoy, ni el set de fantasía,
y esto que cae no es agua de lluvia sino un pacto posible para el desespero de
                                        Ajay Kumar.

 

*Los poemas aquí presentados pertenecen al libro Los muchachos del Guinness Book (en prensa), ganador del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2021.

 


Manuel Parra Aguilar / Hermosillo, Sonora, 1982. Poeta y narrador mexicano. Es autor de varios libros de poesía, entre ellos: Manual del mecánico (Vox, 2011) y Pertenencias (Mantis, 2014). Su obra ha merecido el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo, el Nacional de Poesía Alonso Vidal, el Internacional de Poesía Oliverio Girondo y el Internacional de Poesía Jaime Sabines 2021.