6 septiembre, 2021

Los adagios de Batman (selección)

de Osvaldo Bossi | Ensayos

Lo verdadero no tiene nada que ver con la verdad. Puede surgir, incluso, de una mentira. En consecuencia, Robin, los poetas mienten. Y si no mienten, no son poetas.

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¿Para qué poemas inmaculados, poemas perfectos? Medir, cortar, serruchar, limpiar… Nada de eso tiene que ver la poesía. Si hay vida, hay microbios; si hay vida, hay error.

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Cuando un poeta se deja tentar por un sustantivo abstracto (bondad, completud, dolor, etcétera), termina la poesía.

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Distancia, distancia. Sin ella, los poemas se vuelven pesados, insoportables. Te abruman, como un amigo borracho, con sus confidencias.

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Amo los poemas ligeros, los poemas sin dobles intenciones. Los poemas profundos, deliberadamente profundos… ¡Ay, Robin, qué miedo!

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¿Se escribe desde el dolor? No. Se escribe desde la felicidad. O en todo caso se escribe desde el goce. Pienso en las atmósferas depresivas (algo sombrías) de Estela Figueroa o de Idea Vilariño. Mientras relatan sus penas o sus martirios —estoy seguro—, la están pasando bien.

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Si cada poeta construye un símbolo, una metáfora, yo creo que Alejandra Pizarnik alcanzó el suyo en La condesa sangrienta. Cuando leo toda su obra desde ahí, el dramatismo desaparece. Castillos medievales, muchachas torturadas, autómatas y espejos, muchos espejos… Al leerla, más que su dolor, escucho su risa. Su memorable risa.

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En poesía, si hay dolor, es imaginario. La poesía no es el infierno. Será cualquier otra cosa, pero el infierno, no.

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Los poetas ven lo que nadie ve… Por lo tanto, contrariamente a lo que se piensa, los poetas no ocultan la realidad: la muestran. De ahí que todos los poetas sean realistas, sin excepción.

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Parafraseando a El principito: el estilo es invisible a los ojos.

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Cuando un poema de amor es valorado por su destinatario, es malo, sin ninguna duda. Los grandes poemas de amor, su destinatario no los comprende. Hablan, digamos, de cualquier otra cosa menos de él o de ella.

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Se escribe para el olvido… El olvido de sí, desde luego.

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El poema es un pequeño juego de representación. Un pequeño teatro, donde el yo lírico hace de las suyas. Cuanto más consciente seamos de ese artificio, más verdaderos seremos.

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El que dice la verdad, miente. El que dice que dice la verdad, miente el doble: a los demás y a sí mismo. La Verdad, así, con mayúsculas, no tiene nada que ver con la poesía.

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En mi interior no hay nada. No soy un surtidor de poemas. La poesía, si viene de algún lado, viene del lenguaje. Viene del mundo que me rodea. El poeta no es un emisor de poemas. Es un receptor, un puente. Una antena delicadísima e invisible. Sobre todo, invisible.

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John Keats, a pesar de morir tan joven, lo supo desde un principio. El poeta es nadie. El poeta no tiene personalidad. Cuando más vacío de sí esté, mejor caja de resonancias se vuelve. Aunque cuente su vida en endecasílabos. Esa “vida” no existe. Esa vida es una invención.

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Visto de esta forma, acaso el poeta objetivista sea el más subjetivo de todos. Si de verdad no hubiera nadie en sus poemas, ¿por qué expulsar al yo con tanta vehemencia?

Pero ojo: la poesía no es la vida y la vida no es la poesía. Si fatalmente, alguna vez las cosas se confunden… Bueno, lo siento mucho. Lo ideal es escapar, todo lo que se pueda, de esa tramoya, de ese engrudo. ¿Se escribe con el cuerpo? Sí, pero no te olvides: ese cuerpo es imaginario.

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Leo un texto escrito por mí hace mucho tiempo. No hay duda: el que escribe es otro. Alguien que hace las cosas mejor que yo o peor que yo, pero que no soy yo, eso es seguro. Lo cual, además de desconcertarme, me alegra.

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Hay que leer mucho, escribir mucho. Haber deseado hasta la locura alcanzar el poema perfecto, para llegar a darse cuenta, un día, que por ahí no va la cosa. Que estaba —una vez más— equivocado. Que la imperfección es la cima, como decía Yves Bonnefoy.

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Me gusta que mis poemas tengan un poco de mugre, siempre. Por eso amo los conectores. Y si no los amo, tampoco los tiro a menos. Descubro que sin ellos el poema estaría hecho únicamente de palabras rutilantes, “poéticas”. Y a veces, querido Robin, todo ese edificio se apoya sobre una coma, sobre un simple “que”.

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En el poema, cada vocablo, cada pausa, cada palabrita irrelevante, es fundamental. El poema como un organismo donde ninguna parte es más importante que la otra. ¿Mis manos son más importantes que mis pies? ¿Mis labios que mis rodillas?

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No hay reglas de corrección. Cada poema exige un cuidado y un tratamiento único. Los moldes no sirven. Los presupuestos formales, tampoco. Lo que se usa o lo que se estila, menos. Cada poema lleva su propio poema en ciernes. Corregir es descubrirlo. Corregir es, simplemente, saber escuchar.

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No basta escribir como se habla. En poesía, no hay mímesis. Hay imaginación. Quiero decir, toda habla, aun aquella que sentimos más íntima y personal, es producto de nuestra imaginación.

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Cada palabra, aun la más común, la más cotidiana, la más “novedosa”, es devorada por el lenguaje de la poesía. Todos los versos —aun aquellos que no fueron escritos todavía— pertenecen, de un modo secreto e invisible, a la tradición. Es decir, yo no escribo. A través de mí, si tengo suerte, habla la poesía. La poesía que no viene de mí, no está adentro de mí, dormida. No, nada de eso.

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“Puedo escribir los versos más tristes esta noche” habla de las posibilidades imaginativas con las que cuenta el poeta, no de la tristeza. Jamás de la tristeza. Créanme.

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El publicista piensa en multitudes. El poeta, en cambio, en su íntima relación con la lengua.

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A veces la poesía es iluminación. A veces, trabajo. Siempre es oficio.

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La poesía es sagrada. No los poemas. O en todo caso, lo sagrado no depende de mí.

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El poeta maldito y el poeta influencer acaso sean dos caras de una misma moneda. Uno, se muere en soledad. El otro, en esa especie de soledad que es una multitud.

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Escribir mucho y vender mucho. ¿No se habrán equivocado de oficio? ¿Por qué no ponen una fábrica de ravioles?

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El poeta no es un dios y el poema no es una catedral.

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Alegres o tristes. Depende del poeta y del día. Cada uno en su propia jaula. Cantan, como pajaritos.

Por eso casi todos los poetas escriben mal. No respetan ninguna regla sintáctica y cuando escriben, lo hacen con el oído.

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En poesía, superficie es profundidad. Y una pompa de jabón es algo sumamente profundo. Creeme.

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No hay que subestimar la importancia de la anécdota. Bien usada, aligera cualquier esperpento.

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Más que realismo sucio, lirismo sucio. ¿Qué te parece?

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Aun los poetas más oscuros son celebratorios. No solo Whitman. Pizarnik, sin ir más lejos, es un canto (infalible) a la oscuridad.

Olga Orozco, por ejemplo, se reía mucho. Una vez teníamos que hacer una lectura al aire libre y el pronóstico anunciaba para esa hora una lluvia torrencial. Entonces ella me dijo: “No te preocupes, querido. Ahora salgo y te barro el cielo”.

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La poesía es esa escoba mágica que se lleva la oscuridad o la trae, según el día. ¿No es algo hermoso, Robin?

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…a salvo, sobre todo, de mí.

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No sé por qué algunos poetas evitan la cursilería como a la peste. Si no hay nada más cursi que ser poeta.

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Esa tensión entre el habla y la palabra escrita. Entre lo que sé de la poesía y mi completa ignorancia.

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El frío quema. La distancia aproxima. La forma es todo.

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Mis amigos son maravillosos, pero mis enemigos son la sal de la vida.

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Yo es otro, yo es otro… me digo, una y otra vez —alegre y triste— mientras lavo las hojas verdes de una lechuga.

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Los poetas oscuros, por más oscuros que sean, siempre andan buscando la luz del candelero.

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La poesía es ligera. Su mayor virtud: el merodeo, la elipsis.

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Los poetas malditos son encantadores. A todo le dicen que no. Son muy avispados y crueles. Y a veces, muy pocas veces, escriben bien.

Llevan el teatro que resulta todo poema a la vida. Cuando son jóvenes, alegran el mundo. Cuando son viejos, aburren.

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Ay, el oído calibrado, distante, de los objetivistas, donde no sobra nada y falta todo…

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La poesía como lenguaje íntimo. Lenguaje callado. Cuando aparece, el mundo hace silencio.


Osvaldo Bossi / Buenos Aires, Argentina, 1963. Es poeta y narrador. La editorial Caleta Olivia publicó en 2019 Única luz del mundo, que reúne su poesía escrita entre 1988 y 2019. Su libro más reciente es Agüita clara (Gog & Magog, 2020).