25 enero, 2021

Peregrino en confusas Soledades: Lorca redescubre a Góngora (2)

de Jorge Gutiérrez Reyna | Ensayos

Esta es la segunda parte de este ensayo. Puedes leer aquí la primera parte.

 

Peregrino en confusas Soledades

La lectura de los poemas gongorinos más temerarios no ha sido nunca ni es una empresa sencilla. Sin embargo, hay que reconocer que hoy contamos con una serie de ediciones rigurosas en las que, a un texto altamente depurado, anteceden amplias introducciones y enmarcan explicativas notas y esclarecedoras prosificaciones. Si a todo ello uno suma algún curso monográfico y varias noches en vela de ojos enrojecidos, hallamos el hilo de oro de estos poemas y podemos transitar, sin perdernos, por sus intrincadas galerías.

Cuando Lorca los leyó, debía, sí, inspirarse pero también perderse, como el peregrino en soledad confusa, en más de una ocasión. En 1927 faltaban todavía muchos años para que aparecieran las ediciones modernas anotadas de estas obras, como las de Dámaso Alonso, Robert Jammes o Antonio Carreira. Lorca se hallaba frente a algunos de los poemas más arduos de nuestra lengua, desprovisto de notas, citas de Ovidio, cotejo de variantes. Se adentraba en ellos a tientas, guiado por su sensibilidad poética: nada de filología, pura poesía.

En tiempos de Lorca circulaban ediciones de las Soledades o el Polifemo que no solo carecían de notas sino que ofrecían un texto que distaba de ser impecable. Este texto estaba puntuado, además, anárquicamente. En una antología de Góngora impresa en Valencia, por ejemplo, el mismo año de 1927, se lee, en vez de “ministrar podía la copa”, “ministrar podiada copa” (v. 7); se lee también “fijó” por “fijo” (v. 81); “la ignorancia al cabrero” por “la inocencia el cabrero” (v. 104); “populares bodas” por “pastorales bodas” (v. 266); “barquero de aquellos montes” por “vaquero de aquellos montes” (v. 104). La edición que consultaba García Lorca, la de Foulché-Delbosc (1921), ofrecía un texto más limpio pero del cual uno no se podía fiar de todo.

No es de extrañar, por eso, que Lorca en su conferencia realizara lecturas curiosas, por no decir completamente equivocadas, de algunos fragmentos. En la “Soledad” primera un viejo pronuncia un largo y particularmente arduo discurso sobre la navegación y el descubrimiento de nuevos mundos. Para no naufragar en él, al margen de mi volumen, con ayuda de Jammes y de Carreira, he tenido que enlistar por orden cronológico las expediciones realizadas en América por Colón, Vasco de Gama, etcétera, e, incluso, he trazado torpemente los sinuosos contornos del continente. No me extraña por eso que Lorca, al leer estos versos, pensara que Góngora hablaba del istmo de Suez, en África, y no del de Panamá:

el itsmo que al Océano divide
y, sierpe de cristal, juntar le impide
la cabeza, del norte coronada,
con la que ilustra el sur cola escamada
de antárticas estrellas (vv. 425-429).

En la “Soledad” segunda, un viejo pescador asegura ser un “Bárbaro observador, mas diligente,/ de las inciertas formas de la luna” (vv. 407-408). A pesar de no tener estudios, sabe observar los movimientos de nuestro satélite, su influjo sobre las mareas, y, con base en ello, determinar qué pesca ha de realizarse y, por ende, qué redes específicas echar. Lorca da una interpretación mucho más sugerente de estos versos y asevera que el poeta habla aquí del mar mismo, que está siempre atento a la luna para corresponder a sus cambiantes formas con la ondulación de sus aguas. Estoy seguro de que al mismo Góngora, que gustaba tanto de personificar al mar, le habría gustado descubrir esa imagen.

En otro momento de la “Soledad” segunda, escribe Góngora: “Las Horas ya, de números vestidas” (v. 677). Lorca dice que esto es una “increíble imagen del reloj”, pero no lo es para nada. Se trata, como se explica en los versos siguientes, de las Horas, muchachas mitológicas que uncían los caballos del carro del sol. Aun hoy, no sabemos con exactitud a qué se refiere Góngora cuando dice que las Horas vestían números y menos lo sabría Lorca. Aunque no era lo que el cordobés quería expresar, lo cierto es que, aisladamente, el verso es una definición muy precisa del artefacto que usamos para medir el tiempo, con el que —lo sabe quien se haya paseado bajo sus “frondas de tic-tac”— Lorca estaba francamente obsesionado.

Los versos siguientes de la “Soledad” segunda constituyen, sin exagerar, el más bello elogio a las abejas hecho en lengua española:

…sin corona vuela y sin espada,
susurrante amazona, Dido alada,
de ejército más casto, de más bella
república, ceñida en vez de muros
de cortezas: en esta, pues, Cartago
reina la abeja, oro brillando vago,
o el jugo bebe de los aires puros,
o el sudor de los cielos, cuando liba
de las mudas estrellas la saliva (vv. 289-297).

En tiempos de Góngora, se pensaba que las abejas andaban de flor en flor extrayendo no el néctar, sino, como dicen los versos literalmente, el rocío de la noche —que, de acuerdo con Plinio, podía formarse del jugo del aire, del rocío de la mañana o, tal cual, de la saliva de las estrellas—. Góngora no hace más que poner en verso estas líneas del antiguo biólogo. Pero si leemos el verso del cordobés sin ayuda de Plinio, podríamos pensar: ¡“mudas estrellas”, qué forma más bella para hablar de las flores! García Lorca pensó exactamente lo mismo. En su conferencia, dice que el poeta cordobés llama “al néctar «saliva» de las flores, a quienes [a su vez] llama «estrellas mudas»”. La imagen le gustó tanto que en el Romancero gitano, compuesto por los mismos años en que Lorca prepara y dicta su conferencia, escribe: “La Virgen cura a los niños/ con salivilla de estrella”. Así pues, no solo ha dado una interpretación sugerente de un verso de Góngora a partir de una lectura “errónea” como en los casos anteriores, sino que a partir de ese “error” ha sembrado una nueva imagen y la ha hecho florecer en un poema propio. A través de la mirada de Federico, Góngora escribe doblemente bien.

 

Un gongorino en serio

No todos los poetas que escribieron a la saga de Luis de Góngora, tanto en el siglo XVII como en el XX, corren parejos. Como nos hace ver Martha Lilia Tenorio en El gongorismo en Nueva España (2013), están, antes que nada, los que de plano se quedaron muy atrás, poetas que no llegaron más allá de una imitación burda, propia de los principiantes y de los ingenios medianos. Hubo quienes en vez de decir “las olas bravas del mar” dijeron “las raudas cerúleas ondas” y creyeron estar a nada de escribir la tercera parte de las Soledades. Esos poetas emplearon indiscriminadamente los recursos formales del cordobés, pero no se preocuparon por alcanzar la sutileza de sus contenidos. Hubo también algunos que no solo copiaron las fórmulas o los recursos más llamativos de Góngora, sino que aprendieron de él lecciones mucho más profundas, como la elaboración de la imagen, el concepto complejo y bien trabado. En este grupo se halla definitivamente García Lorca.

Muchas de las características que Lorca ensalza de Góngora en su conferencia son, al mismo tiempo, las características más sobresalientes de su propia poesía. No podría decir que el poeta de la Generación del 27 aprendió estas lecciones del poeta barroco; más bien, a causa de un genio afín y de una serie de circunstancias similares que los atraviesan, ambos llegaron a las mismas conclusiones poéticas. En todo caso, Lorca, al redescubrir a don Luis, encontró fuerzas para proseguir en un camino que había ya comenzado.

Mediante la consecución de imágenes verbales, el poeta no busca reproducir la belleza del mundo en el que vivimos, sino crear uno poseedor de una belleza autónoma. Por eso dice Lorca que “no hay nada más imprudente que leer el madrigal hecho a una rosa con una rosa viva en la mano. Sobran la rosa o el madrigal”. En el universo que crea el poeta, los elementos inabarcables del mundo, los de proporciones inconmensurables, no pueden ser abarcados sino mediante metáforas que los vuelvan pequeños, que los hagan parecer circunscritos a la imaginación del autor. Góngora lo sabe perfectamente: “En sus manos —dice Lorca— pone como juguetes mares y reinos geográficos y vientos huracanados”.

En la “Soledad” primera, el estrecho de Magallanes, que fluye entre las nieves del sur de Chile y conecta el Atlántico con el Pacífico, se convierte en una “…de fugitiva plata/ …bisagra (aunque estrecha) siempre abrazadora/ de un Océano y otro, siempre uno” (vv. 472-474). Las blanquecinas islas de Oceanía, “inmóvil flota”, son para Góngora en su primera “Soledad” comparables con “la virginal desnuda montería” que conforman las pálidas ninfas de Diana cuando se bañan entre las espumas del Eurotas (vv. 481-486).

Lorca también sabe hacer pasar camellos por el ojo de la aguja. Me parece que todos recordamos el sonido del jinete que, en el Romancero gitano, “…se acercaba/ tocando el tambor de llano”. También, en ese mismo poemario, de ese monte en cuya cumbre crece la puntiaguda vegetación que, recortada contra la luz del alba, semeja el lomo de un felino amenazante, con el lomo arqueado: “el monte, gato garduño,/ eriza sus pitas agrias”. Son también memorables los versos de “Muerto de amor” en los que la inmensidad cósmica de la luna menguante y cobriza se compara con un diminuto diente de ajo:

Ajo de agónica plata
la luna menguante pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.

Si algo molestaba a los antiguos detractores de Góngora era que tratara las cosas ínfimas del mundo como se tratan los más nobles asuntos; que describiera, pues, una cuchara de madera con el mismo cuidado que Homero el escudo de Aquiles. A Lorca, más que un defecto, lo anterior le parece una virtud: “lo interesante es que, tratando formas y objetos de pequeño tamaño, lo haga con el mismo amor y la misma grandeza poética. Para él, una manzana es tan intensa como el mar, y una abeja, tan sorprendente como un bosque”. Ejemplos para ilustrar lo anterior, como el que hemos visto ya de la abeja, abundan en el Polifemo y las Soledades. En Lorca lo pequeño también alcanza dimensiones insospechadas. Recordemos aquel pandero en “Preciosa y el aire”: “Su luna de pergamino/ Preciosa tocando viene”; o esas heridas del “Romance sonámbulo”, cuya hermosa sangre parece desbordar el cauce del verso:

¿No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.

En la obra de Góngora y de Lorca, lo inmenso se reduce y lo minúsculo alcanza proporciones desmesuradas: la Vía Láctea se enrosca en el cuenco de la mano, los duraznos sobre el mantel orbitan como un sistema solar. Una de las labores de la poesía quizá sea ajustar el universo a la medida de los hombres.

Los ejemplos en los que los procedimientos poéticos de Lorca y Góngora coinciden pueden multiplicarse y no hay espacio ahora para detenernos demasiado en ello. No obstante, no quisiera concluir sin antes señalar que el mundo de ambos poetas está poblado de criaturas vivientes, la naturaleza está personificada y tiene voluntad propia. En su texto, Lorca escribe: “Los elementos obran en sus paisajes como si fueran dioses de poder ilimitado y de los que el hombre no tiene noticia. […] Esta manera de animar y vivificar a la Naturaleza es característica de Góngora”.

En el Romancero gitano, Antoñito el Camborio es encarcelado a las nueve de la noche, mientras el cielo charolea como el pelaje negro de un caballo:

Y a las nueve de la noche
le cierran el calabozo,
mientras el cielo reluce
como la grupa de un potro.

La naturaleza de las Soledades, como es de esperarse, se vivifica mediante la utilización de los mitos grecolatinos. Aun así, la imagen del cielo que brilla como la piel de un inmenso animal celeste, está también en los versos iniciales de la “Soledad” primera, en los que pasta estrellas el toro que raptó a Europa:

Era del año la estación florida
cuando el mentido robador de Europa,
media luna las armas de su frente
y el sol todos los rayos de su pelo,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas (vv. 1-6).

Si el cielo es un toro, el mar que se junta con el agua dulce en la desembocadura de un río es, en la segunda “Soledad”, un intempestivo centauro: “Centauro ya espumoso el Ocëano,/ medio mar, medio ría,/ dos veces huella la campaña al día” (vv. 10-12). En el Romancero gitano las ondas del río embravecido, como un toro, embisten a los muchachos:

Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.

A veces olvidamos que, más allá de un archivero de fechas o curiosos datos biográficos, más allá de las sesudas disquisiciones de la crítica en torno a su obra, un autor es la palimpséstica suma de lecturas que de su persona como símbolo y su obra han hecho las generaciones subsecuentes a lo largo de los siglos. Tendemos a pensar que los que hoy consideramos grandes autores y obras germinan y retoñan en un tiempo fuera del tiempo, en un cercado jardín, y que ahí perduran, libres de los embistes de la historia, en una primavera inmortal. Nada más falso: muchas obras maestras de nuestros días no siempre lo fueron y muchos autores no siempre estuvieron encumbrados en las altas ramas del canon como lo están ahora. Sin la labor de García Lorca y sus compañeros de la Generación del 27, quizá no tendríamos hoy la poesía de Luis de Góngora en nuestras manos y apenas recordaríamos su nombre. Sin don Luis, cuya obra sigue irradiando su luz a través de los siglos, la poesía de Federico García Lorca quizá no sería la que conocemos, la que a cada paso nos deslumbra y estremece.


Jorge Gutiérrez Reyna / Monterrey, Nuevo León, 1988. Es Maestro en Letras y doctorando por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesor de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Publicó en 2014 Óyeme con los ojos. Poesía visual novohispana (Conaculta/La Dïéresis). Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía en el período 2012-2014. En 2016 obtuvo el Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por el libro El otro nombre de los árboles.