20 enero, 2020

“Lo que aún no tiene forma me protegerá”: Desde la poesía de Roberto Bolaño

de Miguel Casado | Ensayos


Cuando se habla de Roberto Bolaño, no suele tardar el momento en que se comparan sus narraciones y su poesía, y en que esta sale perdiendo en la comparación: se asegura que no está a la misma altura o, en los casos más amables, que el gran poder poético del escritor se concentra en sus novelas y relatos. Aunque se haya repetido tanto, no comparto esta opinión, y querría tomarla como punto de partida en estas notas. Parece, sí, probable que muy pocos hubieran leído su poesía sin el impresionante éxito de sus novelas; pero esto no demuestra nada: es estructural en la difusión de la poesía que haya enormes lagunas, que muchos autores queden en la sombra pese a su interés y que ello, con frecuencia, afecte precisamente a grandes poetas; con palabras del propio Bolaño: “cuántas mitades de genios chilenos/ se nos quedaron en las manos”.1

Pero no sé si se trata realmente de un juicio particular sobre la poesía de Bolaño; lo dudo por un doble motivo. Quizá para entender por qué, ayudaría leer El odio a la poesía, de Ben Lerner,2 un ensayo muy sugerente desde su mismo título. Si aciertan sus hipótesis sobre la extensión de este odio, Bolaño sería en verdad un buen candidato para padecerlo: toda su escritura, tanto la narrativa como la poética, construye un mito de la poesía como cumbre humana, manifestación de las mejores virtudes de la especie, próxima a un absoluto. Reelaborando mitos de signo romántico, como el vínculo entre poesía y derrota, el de los poetas malditos o el poder del sueño, esta centralidad de lo poético atraviesa, como la más característica mirada personal, todos sus libros. ¿No será en el fondo un rechazo de este criterio, rechazo que se remonta a la célebre condena platónica, lo que lleva a menospreciar la poesía de Bolaño, como forma de expresar desagrado sin enfrentarse al prestigio de sus novelas?

Porque, por otro lado, el menosprecio del que parto no parece sostenerse en ninguna clase de análisis, se formula como juicio estético de orden general; y no sé si cabe hablar así sin determinar desde dónde se hace, desde qué poética, con qué referencias –y quienes nos solemos mover por el espacio de la poesía sabemos hasta qué punto está fragmentado, carente de referencias compartidas–. Es aun más notable ignorar esto para juzgar a Bolaño, si se tiene en cuenta su constante crítica del canon, su impugnación de una práctica poética convertida en sistema –“se escribe fuera de la ley siempre”–, que al leerlo obligaría a tomar partido de modo concreto, no global ni intemporal. Un fuerte núcleo de rechazo de lo propio está en la base de todas sus concepciones –poéticas, políticas, nacionales–, desde los manifiestos juveniles en los que se acoge a nombres que constituyen mitos del rechazo, como Rimbaud o Lautréamont, hasta el peso que concede su escritura a la línea poética norteamericana que nace de Pound y llega al movimiento beat, sin olvidar su exploración de las vanguardias latinoamericanas y europeas tardías ni su reivindicación de la antipoesía de Nicanor Parra. No es dócil Bolaño con los criterios poéticos establecidos, hasta sus personajes parecen crecer de la inconmensurabilidad entre las lenguas que los nombran. Asume aún que la belleza es el valor máximo, pero con la contradicción de considerarla absolutamente móvil y múltiple, nunca válida de por sí: “La Belleza aparece, se pierde,/ reaparece, se pierde,/ vuelve a aparecer, se diluye./ Al final solo escuchas/ las pulsaciones de un pozo,/ que es tu corazón”.

Así, a diferencia de aquellos juicios generales, sus poemas van advirtiendo desde dónde se mira: se detienen con frecuencia en esta precisión, se articulan incluso en torno a ella, como muestra la reiterada imagen del caleidoscopio: realidad fragmentada y que a cada momento se ve de manera distinta; pero además la propia mirada muta tanto como su objeto, e incluso el sujeto va extrañamente alternando su posición dentro y fuera de ella: “Como si estuviera dentro de un caleidoscopio y viera el ojo que lo mira”. Al fin y al cabo, puede que la corrosiva ironía que alimenta su escritura no sea sino esta conciencia de la mirada, esta externalización, esta escisión, comparecencia ante sí misma; todo el campo de análisis que abrió al borde de 1800 Friedrich Schlegel, su nueva concepción de la ironía, aún poco explorada —por extraño que parezca—, podría resumirse en la permuta y la simultaneidad constantes de esta gama de posiciones, tal como se da en Bolaño.

Sus poemas, pese a la buscada apariencia de espontaneidad confesional, surgen en el seno de una sostenida reflexión sobre lo poético y de un infrecuente saber acerca de lo que se ha jugado y sigue jugándose en la historia de la poesía y en el campo de la poesía moderna. El autodidacta que estudió en una universidad desconocida es una de las personas de nuestra época que más íntegramente han dedicado su vida a este ámbito de conocimiento.

Así, si los trovadores provenzales son para Bolaño un primer cimiento de algo que no puede tener cimiento, como es la poesía, la lectura que hace del espacio del simbolismo o del romanticismo es siempre activa y peculiar: su vínculo con el legado de la tradición reúne inseparablemente continuidad y discontinuidad, un permanente tomar partido, la sensación tan poundiana de que todo es contemporáneo, está vivo y en crecimiento, al margen de su antigüedad y su contexto. Se recurre con frecuencia a elementos marcados por el simbolismo como lluvia o nieve, sin que porten valor simbólico, pero sabiendo que van a posar un aura de sentido en los ojos de quien lee, y que funcionarán como factor de indeterminación, no controlado por el poeta ni por el poema. O se ponen en escena motivos románticos con una calculada mezcla de pasión y crudeza, frialdad incluso, capaz de resonar patética e irónica a la vez. O se evocan tópicos de la Edad Media o del propio romanticismo en una Latinoamérica convertida en osario por la derrota violenta de la revolución, donde el tiempo de la juventud queda para siempre inscrito como presencia espectral.

El mismo Bolaño analiza y trata de explicarse la enorme y fecunda libertad con que se mueve entre los archivos literarios, los que impugna, los que venera. Y es el carácter que asume la derrota como raíz, como lo previo, lo que la lleva a hacerse fundamento de toda su trayectoria. Es un origen intensamente negativo, que invierte su energía de modo igualmente intenso: la fidelidad a una idea de la vida, a una pasión social, a una práctica del arte, después de la derrota se transforma en libertad, cuando se persiste en sostenerla, sin otro fin ya que ella misma, gratuita y plena. La gratuidad, la falta de fin, se asocian a la escritura cotidiana, la que en cualquier momento está disponible —las largas series en prosa, Gente que se aleja y Prosa del otoño en Gerona, y numerosos poemas más,remiten sin duda a ese tipo de diarios sin formato que ocupó a Juan Ramón Jiménez o a Eugenio Montale, como remiten también a los proyectos de épica a ras del suelo de William Carlos Williams o Charles Olson—. De este modo, la poesía se ofrece como nombre de lo gratuito, “sin ningún valor añadido”, gesto orgulloso de quien persiste en el vacío, de quien —insisto— ha desenvuelto negatividad en libertad.

Y, como en Bolaño no se pueden deslindar, ni en su origen ni en su despliegue, el conocimiento y la práctica, el característico informalismo de su poesía no es otra cosa que búsqueda continua y sin concesiones de una forma libre, quizá una utopía que la lengua le promete: “Castillos y pájaros de otra imaginación./ Lo que aún no tiene forma me protegerá”. Al leer, apenas sin pausa en el arrastre de su velocidad tonal, nada resulta previsible en los poemas, verdaderos textos mutantes, que cada vez parecerán distintos en la búsqueda de contextos, de continuidades, de proyecto, que el lector involuntariamente siempre mantiene. “Un texto sin respuestas pero de movimiento excesivo”, describe uno de ellos.

Los poemas de Bolaño podrán dejar también, así, flashes metafóricos de luz brillante —“el cielo en la hora del muchacho es un enorme/ tornillo hueco con el que la brisa juega”, “que tu tiempo se alargue como una caña de bambú/ por la columna vertebral del que ames”— o torsiones sintácticas que labran superficies casi táctiles —“Sombra delgada y ágil/ La ramada oscura/ Donde curar sus heridas/ Pancho pudiera”—; pero se insertarán en el seno de un impulso antirretórico, activo de muchos modos. Y un verso libre y fluyente, pertinaz en sus gestos antirrítmicos, querría sentirse prosaico en el exterior de la prosa. Marcadas frases sueltas parecen volverse autónomas, decirse fuera de una voz. Los poemas gustan de autodefinirse, como reconociéndose en lo que van diciendo de otro objeto: “frases carentes de tranquilidad aunque la imagen que refractan permanezca quieta, como un ataúd delante de una cámara fija”. En este curso, el misterio, la vieja palabra del simbolismo, vendría a recolocarse en el espacio de la materia: cada palabra, aparte de tener su o sus sentidos, está habitada por vibraciones que la desplazan y multiplican, fuera del catálogo retórico; es un tipo de desplazamiento sonoro y existencial en cada término, en cada frase, cuyas recámaras huecas podrían quizá asociarse a la impronta de lo espectral, ambiguos espectros sonoros. De esta forma, no habría propiamente imágenes, sino fragmentos de vida que irrumpen, atravesando el papel y dejando, indeterminada, su huella.

Aunque todo esto pueda tomarse como intento de describir la lengua de los poemas, estas irrupciones que digo no son un procedimiento formal, sino la manera en que la poética de Bolaño atraviesa la lengua. La mencionada vibración remite a la vida que precedió al poema, a la vida que habrá seguido después de él; expresa la porosidad poema-vida, la porosidad poema-no poema, sin que haya una barra separadora; hay apenas una decisión momentánea, circunstancial, azarosa, que elige sin determinar. La identidad entre vida y poesía, lejos de sus fuentes románticas o vanguardistas, reúne aquí una gama compleja de niveles y actitudes, de sentidos y realidades, del mito del poeta-héroe al anonimato del que vive en medio de la vida de todos, con y como todos. Y el arrastre de la escritura, las materias que se van sedimentando en ella, vienen de allá pero seguramente conducen aquí. Citaba antes, en otro contexto: “Al final solo escuchas/ las pulsaciones de un pozo,/ que es tu corazón”; después de lo dicho, esto debería leerse en sordina, no como autobiografía ni como relieve del yo,solo como latidos de una vida que alguien percibe; el sujeto, ese yo-oído, yo-voz, lo es en cuanto se siente, se siente viviendo; no importa lo que hace o cuenta —por eso puede ser anodino, repetido, sórdido—, sino su forma de sentirse vivo. La escritura se lo permite, le abre este camino, que es un pozo pero también, en ella, un espacio abierto y libre.

¿Y el héroe, entonces? ¿En qué consiste esa valentía que Bolaño atribuye siempre a los poetas, casi como su rasgo distintivo?

Los poemas perfilan una específica posición nihilista: se niega la posibilidad de vivir, obturada por la falta de sentido que procede de la muerte y se multiplica en lo cotidiano; pero, a la vez, no se pone nunca en duda la tarea de vivir. Expresa un vitalismo nihilista, capaz de formular en positivo una existencia negada de antemano. Desplazarse a toda velocidad, con toda la energía, hacia ninguna parte: “escritura rápida trazo rápido sobre un dulce día que/ llegará y no veré”. Podría llamarse melancolía a este tipo de fuerza contradictoria que parece hacer compatibles la esperanza y la desesperación, el frenético ir hacia adelante y el extremo pálpito de pérdida, la mirada elegíaca. Y, en su seno, una aspereza de los personajes y también de su lengua, un choque abrupto que no se distingue del escribir: “La violencia es como la poesía, no se corrige”.

Olvido García Valdés, en su texto para Archivo Bolaño, ha visto en esta opción vital un signo de época, con su trama de emociones y tomas de partido, que se confunde con el pulso de su poesía y da cuerpo al mundo de sus novelas: “cierta manera colectiva de vivir en la que había entusiasmo y desesperación —de una desesperada vitalidad había hablado Pasolini—, una actitud política y, en cada poeta, si lo era, la apuesta a todo o nada”.3 Ahí se perfila lo que Bolaño llama valor. Es una actitud y una conducta que se da en la vida y en la escritura, pero que resulta incurablemente existencial. Fue hablando de Alonso de Ercilla, en un texto de Entre paréntesis, donde con más claridad vino a definirla: “A Ercilla le queda algo que tienen todos los verdaderos poetas, si bien en sus formas más extremas y bizarras. Le queda el valor. Un valor que a la hora de la vejez no sirve para nada, como tampoco, entre paréntesis, sirve para nada a la hora de la juventud, pero que a los poetas les sirve para no arrojarse desde un acantilado o no descerrajarse un tiro en la boca, y que, ante una hoja en blanco, sirve para el humilde propósito de la escritura”.4

Creo que hay todavía otro trazo que completaría este retrato, o esta propuesta moral. Como las novelas tienen su escenario —de la travesía del desierto al encierro en un cuarto de baño—, los poemas sugieren también un paisaje. Y el que los contiene y atraviesa es, lo acabo de citar, pasoliniano. Un lugar de extrema precariedad social, moral y personal, que ya estaba en plenitud antes de la última crisis: la vivienda inhóspita, los espacios fronterizos entre la ciudad y su exterior, un medio rural que replica en eco los estragos del urbano, los trabajos proscritos y el subempleo, el hambre, la falta de papeles, la violencia inminente, la policía como única representación de una sociedad paralela y lejana… Ahora que vuelven algunos viejos y desactivados clichés de la llamada poesía social, la intensidad de estos poemas, que no son panfletos, que no renuncian a la complejidad, se impone y sobrecoge. El entorno del camping y sus personajes en Gente que se aleja, o el poema en que el poeta y su padre coinciden en el hospital, ingresados en una habitación colectiva, son fragmentos certeros del horror social y existencial.

“Soñé con dos pintores [leo en un poema de “Mi vida en los tubos de supervivencia”] que aún no tenían/ 40 años cuando Colón/ Descubrió América. (Uno clásico, intemporal, el otro/ Moderno siempre/ Como la mierda)”. Y ahí parece quedar sellada esta forma personal del no future, que es la forma Bolaño.

 


1 Todas las citas de la poesía de Roberto Bolaño están tomadas de: Poesía reunida, Madrid, Alfaguara, 2018.

2 Ben Lerner, El odio a la poesía, traducción de Elvira Herrera, Alpha Decay, Barcelona, 2017.

3 Olvido García Valdés, “El poeta Roberto Bolaño”, en: Archivo Bolaño 1977-2003, catálogo, CCCB, Barcelona, 2013.

4 Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004.


Miguel Casado / Valladolid, España, 1954. Es poeta, crítico, ensayista y traductor, autor de más de una veintena de títulos de ensayo y de poesía. Mereció el Premio Hiperión de Poesía, en 1987, por su libro Inventario, y fue finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2016 por El sentimiento de la vista. Ha traducido a autores como Paul Verlaine, Francis Ponge, Arthur Rimbaud y Bernard Nöel, entre otros. Su libro de ensayos más reciente es La ciudad de los nómadas (Dirección de Literatura, UNAM / DGP Secretaría de Cultura, 2018).