Con la luz apagada
La biología desconoce
el código de cada tono:
uno arriba / dos abajo
y se limita a replicar el más fuerte.
Así entiendo cómo la resistencia
de mi piel oscura y de mis ojos negros
perdió el poder de su belleza.
Hay marcas en mi cuerpo que descansan
de juicios y noticias
hasta que apago la luz.
La marca de Caín
El espejo me robó la ingenuidad.
Como siempre
a solas
un día sin ayuda de las lámparas
me miré de frente.
Mi rostro tan distinto al de los santos
los ojos negros y pequeños como el ácido
que desde entonces riega los jardines de mi cráneo.
Darme cuenta
de que llevo la marca de Caín
dividió en blancos y negros
los episodios de mi vida.
El color del barro
Imagino a Dios jugando con un barro oscuro.
En el jardín de mi cabeza
el verde nunca germinó.
Si me hubieran regalado una palabra
tres sílabas para aminorar la maldición
que cayó sobre mi convencimiento.
¿No es entonces el color
de los primeros hijos amados?
Si había que crear una marca
¿no era justo la contraria?
Arrebatarle a alguien su color
volverlo transparente
vulnerarlo ante lo que hace posible
vivir.
Me aferro a la imagen de un dios
malinterpretado.
La belleza es
como una espora de tres sílabas
que cultivo en mi cerebro
y empieza a expandirse por los rincones
de esta casa.
Igual a los hongos, nuestro cerebro tiene tallo, poros, láminas, estrías.
Nadie sospecha la clase de palabras que repite el micelio neuronal dentro del cráneo.
Pulsos. Impulsos. Flujo sanguíneo que conecta axones y dendritas.
La cabeza de los niños es como una esponja, aprehende las traiciones y rechazos que se ejercen inconscientemente.
En la parte más ingenua del tallo se esconde un lugar azul que puede mancharlo todo.
Pulsos. Impulsos. Locus cerúleo. Flujo sanguíneo que conecta axones y dendritas.
Un grupo de células índigo dispara ácido hacia las partes del jardín de mi cerebro que pudieron ser verdes.
Sobreviviente
No creí sobrevivir.
Las plantas de mis padres
fueron alimentadas en lugares dispersos. Sus brazos hifas
convertidas en ramas
duras como las raíces de los hongos
que se expanden encima de sus padres.
Una ofensa tras otra:
gritos que ensordecen.
Una lágrima tras otra.
Esa noche mis padres
discutieron hasta el amanecer
y su indiferencia me obligó al silencio.
Soy una imagen al fondo:
tengo cinco años;
lloro y me consuelo
en mi propio regazo.

Autor
Ana Corvera
/ Zacatecas, 1984. Poeta, ensayista y divulgadora de ciencia. Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la Universidad de Guadalajara y licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Autora de Palabras que el micelio repite en mi cabeza (2024), No volverse agua (2022) y Nocturno corazón de los insectos (2011). Textos suyos han aparecido en revistas de Chile, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, España y Colombia como Altazor, Ærea, Nueva York Poetry Press, Esteros, Norte/Sur, Campos de Plumas, Sincronía, Letralia, Liberoamérica y La Raíz Invertida.