2 marzo, 2020

Las arquitecturas arácnidas

de Teresa González Arce | Reseñas

Silvia Eugenia Castillero, Atrios, Bonobos Editores / Editorial Universitaria UdeG, México, 2018, 76 pp.

Atrios, poemario de Silvia Eugenia Castillero, está compuesto por cincuenta y tres poemas, distribuidos en tres secciones de extensión variable, que se ordenan según las ideas que gobiernan sus títulos: hilos que se entrecruzan para formar telas o texturas (“Tramas”); la transgresión de límites (“Desmesura”); y la exploración de un espacio abierto y libre (“Intemperie”). El título de la primera sección, en especial, bien podría servir como clave de un libro en el que varios temas, motivos y palabras se trenzan para formar un tejido de ricas texturas y múltiples sentidos.

Tal vez la imagen central, de la que nacen todos los caminos para el reconocimiento del terreno poético, sea el devanar delineado en el poema “Tela de araña”. Como en la red del arácnido, los versos de Silvia Eugenia Castillero se organizan gracias al ir y venir de sus diversos hilos:

La tela de araña
en insistentes y tenaces líneas,
redes o tenazas; la tela es columpio y trampa,
trapecio: cárcel.
Como arácnido estás, oculta, en un intento de crear tu propio horizonte.
Ven a jugar, hay piedras pintadas de colores, como tur cocodrilos, elefantes, sapos.
Como esas gotas de fulgor que fuiste dejando para que te descubriera
y alcanzara a ver tu escondite y llegar a esta tela de araña
donde envuelves tus juegos.

Las imágenes surgidas en Atrios son atajos, señales que sugieren dramas íntimos, geografías personales, paisajes y ensoñaciones. Sutiles, las historias que emergen de estas páginas están cargadas de símbolos y, al mismo tiempo, poseen la ingravidez de esas nubes que avanzan en parvadas, como los pájaros.

Pasos de la oscuridad a la luz. Aunque las palabras enunciadas en “Tela de araña” podrían ser suscritas por cualquier lector (“Dame una señal./ Dime un atajo”), la arquitectura de Atrios posee remansos, intervalos de luz que se abren paso entre las sombras. Los intertextos, muchas veces, son explícitos. En el primer poema del libro, el epígrafe de Oscar Wilde hace las veces de un portal, de una invitación, para ingresar a los mundos propuestos por la autora. En este caso, la necesidad de entender el poema inicial, “De noche los muros”, se nutre del ambiente de miedo y deseo evocado en la célebre “Balada de la cárcel de Reading”.

La claridad se hace presente también gracias a títulos y nombres de personajes que evocan atmósferas fantásticas o míticas. Por ejemplo, el universo de Borges es convocado en el poema titulado “Ulrica”, que establece un diálogo de imágenes y símbolos en torno a la eternidad y el destino:

Ulrica habría de morir pero la saga del amor
La hizo perdurar. Y ahí se quedó
Amando a los caminantes. Les dedicaba sus últimos momentos. Presa en el intersticio
De lo que aún no sucede.

Importa mencionar que, entre la galería de personajes femeninos que habitan Atrios, Ulrike no es la única en salvarse de las grietas abiertas en el tiempo. El binomio formado por Frieda y Agar muestra una identidad doble que crece en los pliegues, entre el pasado mítico de los relatos bíblicos y el presente. Hacedora de misterios, Frieda es una camarera miserable, fea y agotada, que recuerda un tiempo en que ella era Agar, la esclava designada para asegurar la descendencia de Abraham. Agar se acuerda de este pasado en el poema en prosa titulado “Frieda”:

Más allá en su memoria, infinitos cantos. Más allá en su memoria el ángel aparecido entre sus ropas. Cuando ella era Agar huyendo, perdida en el desierto.

Otra figura femenina relevante es la diosa madre Ashera, en otro tiempo pareja de Yahvé, quien fue borrada de la historia sagrada debido al predominio del monoteísmo. Como Frieda, Ashera es visitada algunas veces por el ángel, lo cual la lleva a recordar esa época en la que la Tierra era gobernada y cuidada por ella:

Ashera, la diosa múltiple del mar y del cielo: pareja de Dios; su principio y su verbo. Se perdió su rastro para siempre y perdimos la parte augusta de la casa de Yahvé; perdimos la sombra y las raíces interminables. Los rincones inservibles se perdieron y las cosas quedaron solas, frías, numerosas, reales. Sin sus fascinantes reflejos.

En otros momentos del poemario, la muerte es vista como una despedida de las formas y de los cuerpos al convertirse en esos “residuos gastados” que se desvanecen, como el ala de una mariposa al emprender el vuelo. La muerte de la materia es siempre un vuelo que comienza, pero es también un derramarse por una hendidura, una alcantarilla, en un acantilado o una barranca. El fin de la materia, dice la voz poética, puede ser una catástrofe: “la inmundicia de su engranaje monstruoso”.

En otros poemas, como en “Tsunami”, la muerte es figurada como una experiencia colectiva y personal de la furia del agua, de una lluvia violenta que sufre diversas metamorfosis (desperdicio de fuerzas, gotas que se vuelven rayos, azotes, bisturíes, navajas y “desapariciones en el seno del río”). Otras veces el odio y la ira hacen su aparición tan solo para engañar al sujeto poético y, haciéndose pasar por aire, lo hieren y cortan:

Sin sangre la ira baja discreta
y finge ser aire —plegada
me riñe, me encoge,
me soborna.

En “Intemperie”, la última parte del libro, se dan cita metamorfosis y monólogos que, como leemos en “Acuérdate”, el primer poema de la sección, dan voz a seres de ultratumba que han olvidado la manera de disfrazarse entre los vivos, en una postergada voluntad de resurrección.

“Intemperie” está marcada por la aparición de una figura en una dedicatoria, e iluminada por un título simbólico. Dedicado a Vivian Blumenthal, dramaturga jalisciense que murió en 2007, el poema titulado “Flor de noche” —como una famosa flor que nace de un cactus muerto y cuya vida dura tan solo una noche— es un canto de admiración y un homenaje a quien fuera una de las mejores amigas de la autora.

Los nombres y las formas vegetales instauran el rito y abren el camino a las metamorfosis: los muertos que vuelven a la vida gracias al recuerdo, a los colores de las flores, las astucias del musgo para vestir las piedras. Palabras como Datura, Acanto, Acacias y Floripondio sanguíneo evocan formas, propiedades mágicas y cercanía con los hechizos operados por los personajes enigmáticos de la segunda parte del poemario. La descripción de insectos, como esa presencia que emerge entre los nenúfares y que busca fugarse luego de haber quedado atrapada en una ortiga; o los paisajes de piedra, tierra y troncos de árbol que conviven con templos y arquitecturas arácnidas, permiten vislumbrar los mundos personales que rodean, permitiendo que nazcan, las ensoñaciones poéticas de este enigmático y hermoso libro de Silvia Eugenia Castillero.


Teresa González Arce / Guadalajara, 1971. Es doctora en estudios románicos por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y Profesora investigadora titular en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros sobre literatura española e hispanoamericana, y de dos libros de ensayos personales: Días hábiles (UNAM, 2010) y La mala memoria (en prensa).