30 septiembre, 2019

La vida de las cosas

de Cecilia Casanova | Rescates

Presentación y selección de Diego Alfaro Palma.

 

Chigüit-Chigüit-Chigüit
Chuic-Chuic-Chuic
Tititititititititi

El poema se llama “Pájaros encantados después de la lluvia” y su autora es Cecilia Casanova (Santiago de Chile, 1926-2014), una poeta que seguramente habrá reencarnado en un chercán o en una enredadera; al menos eso fue lo que ella me dijo una de las últimas veces que nos vimos: “Me gustaría seguir aquí, pero sin que nadie se diera cuenta”. Por lo menos ya había desarrollado ciertas condiciones de camuflaje, puesto que el tema de los pájaros en su escritura fue una constante, ya fuera como apariciones o mensajes desde otro mundo, o como transcripciones de un lenguaje que intima con la verdadera voz de las estaciones. Todo en su mundo habla; cada objeto es un disparador hacia un sinnúmero de enlaces, recuerdos de familiares, amantes o lugares recorridos. Casanova es una poeta de lo mínimo, de las orquestas que generan las abejas al entrar en una sala, del movimiento del sol en un ventanal.

Su escritura se dio entre esas creencias, a ratos animistas, que creaba con las plantas de su pequeño jardín o con una peineta de plata, perteneciente a una abuela, y que hablaba del antiguo esplendor de los Casanova. En esa circulación surgen los pocos versos con los que hizo sus miniaturas, un microcosmos en el cual los elementos dispersos vuelven a restituir su unidad primigenia, como diría Enrique Lihn, en una forma de encantamiento.

Autora de once libros de poemas y de una novela, su obra fue celebrada por varios de sus contemporáneos, como Jorge Teillier, el mismo Lihn y también por Pablo Neruda; las ediciones de estos aparecieron en Santiago y en Caracas, y varios de sus poemas circularon en revistas traducidos al italiano, al hebreo y al inglés. Sin embargo, su poesía resultaba un secreto a voces, falta de reconocimientos pero altísima hasta en sus últimos momentos, cuando —con la aparición de su Poesía reunida— alcanzó una notoriedad merecida.

Sus afinidades están en primer lugar —y por formación— con la poesía modernista de Rubén Darío, por su narratividad y cadencia; con la de la estadounidense Emily Dickinson (de quien se ha dicho es su versión chilena) en su labor de brevedad y síntesis, y de otras poetas de esa tradición como Elinor Wylie y, ante todo, Elizabeth Bishop, de quien era una excelente lectora. Pero sus hermandades coterráneas se acercaban más a las lecturas de libros de gran movilidad plástica como Poemas árticos de Vicente Huidobro y Poemas y antipoemas de Nicanor Parra, a su vez por su ánimo sarcástico y descarnado. Lo suyo también se acerca a la construcción de la imagen que rescató de la poesía de Winnet de Rokha en su Oniromancia. Toda esa conjunción da por resultado una voz sumamente personal tras la época de los grandes superyoes de la poesía chilena y, al mismo tiempo, una voz libre y liberada en un mundo de hombres, de intelectuales existencialistas o de corte marxista.

Como maestra en el arte de la poesía, ponía especial atención en la lectura en voz alta: buscaba la musicalidad del verso; no la rima ni una métrica ajustada, sino su contorno rítmico, la manera que tenía de evocar con poco. Cada palabra contaba, como en una fila de hormigas. Cada verbo podía generar una visualidad; cada cosa nombrada, un color proyectado en el cerebro. Y al final, luego de extensos repasos, quedaba un organismo vivo sobre la mesa, respirando, latiendo su corazón o escapando fuera de la ventana, posándose sobre una rama aún húmeda tras la lluvia.

—Diego Alfaro Palma

*

Los juegos del sol

Las cosas recobran su unidad,
el sol cansado de desdoblarlas
se echa a mis pies.
Como todas las tardes
espero su metamorfosis.
Cuando Ana suba con el café,
será un triángulo,
un ojo buscando altura.
Si mi hijo menor estuviera
pretendería cazarlo
con su sombrero de paja.


Tema de pájaros

Porque tenemos mucho que decir
callamos de una manera torpe.
Habituados a oírnos
en el movimiento de las manos
en la actitud de volver los ojos.
La ventana nos brinda temas de pájaros
pero cuando voy a señalártelos
el cielo está solo.
Regresamos perdidos cada uno en un bosque
demasiado cerca para rozarnos.


Las tristes formas de comunicarnos

La noche entera viajamos turnándonos a Javiera en los brazos
Pese al cansancio cantábamos
todos íbamos cantando
mientras la nieve cubría los vagones
y la tristeza se acumulaba en nosotros
Tristeza a la que iríamos habituándonos
como si nos hubiera salido un corazón más
u otra mano
Bueno madre usted comprende…
Y yo comprendo cuando Camila en el trópico
rompe su piñata embadurnando la alfombra
y Sebastián llora en el baño
como fondo de una cassette
Tristes formas de comunicarnos.


Cartas a un exiliado

            A mi hijo Juan

Como una mujer embarazada
que afloja cada día más
el lazo de su talle
voy soltando la cinta
que ata tus cartas
Llegará el día en que la anude
sin lograr la rosa
Entonces buscaré otra
más brillante
más larga
y volveré a comenzar.


De alguna manera existes

            A Enrique Lihn

Por la noche
te perturba tu estado
¿y sales?
Entonces cruje mi velador
y aunque mi corazón se desbande
me conmueve saber
que de alguna manera existes.


Despedida

La fuente
se adelantó a la pena
de la despedida
Chinchosas palomas
desde el alero
alardeaban su celo
Si alguien
hubiera entrado a la habitación
habría visto sólo la cama
El amor
los volvió invisibles.


En conmemoración nuestra

Le pido al jardinero
que en conmemoración nuestra
no barra las hojas
Me recuerdan el jardín
de Via Aurelia Orientale
cuando los gansos nadaban en el estero
y la muerte andaba lejos


Cecilia Casanova / Santiago de Chile, 1926 – 2014. Poeta y pintora. Publicó los libros Como lo más solo (1949), De cada día (1959), Los juegos del sol (1963), Poemas y cuentos (1969), De acertijos y premoniciones (1975), Estudio número cinco (1982), Vesania (1988), Los invitados de tu memoria (1993), El sonido de las estrellas (1998), Mi misma (2001), Estación Termini (2009) y Poemas del vago y del simpático (2010). En 1971 recibió el Premio Sociedad de Escritores de Chile, en 1974 el Premio Teófilo Cid y en 1976 el Premio Concurso Juegos Florales Revista Paula. Su poesía reunida fue publicada por la Universidad de Valparaíso, en 2013, con edición de Diego Alfaro Palma.