31 mayo, 2021

La poesía en el centro de la conversación

de Roger Santiváñez | Reseñas

Luis Verdejo, El rumor de lo real. Conversaciones con Hugo Gola, Matadero, Ciudad de México, 2018, 127 pp.

Pocas veces uno tiene la ocasión de encontrarse con libros que constituyen un hondo homenaje a la íntima amistad habida con un maestro. Este es el caso de El rumor de lo real. Conversaciones con Hugo Gola, del poeta y artista plástico mexicano Luis Verdejo (Tijuana, 1967). En efecto, el libro discurre por un tramo temporal que va del 15 de febrero de 2005 —momento en que el autor empieza a anotar sus conversaciones con el gran poeta argentino— hasta el 18 de enero de 2011, última vez que Verdejo escribe lo que habló con Gola. El 10 de febrero de ese mismo año fue la ocasión mexicana final en que ambos amigos se reunieron, ya que el 17 el autor de Filtraciones partió de regreso a su natal Argentina desde la Ciudad de México, adonde había llegado a vivir y a trabajar en 1976. El 4 de julio de 2015 Luis Verdejo recibió la noticia de la muerte del maestro, pero pudo verlo en la visita que le hizo —acompañado por los poetas Bruno Madrazo y Tania Favela, también discípulos de Gola— en Buenos Aires, en abril de 2012.

A lo largo de todas estas conversaciones entre Gola y Verdejo —anotadas, según nos dice Verdejo, para no olvidar sus enseñanzas y que otras personas se nutran de ellas—, recorremos muchos temas de lo más estimulantes. En esta breve reseña, intentaremos destacar algunos aspectos que nos han parecido esenciales en el pensamiento de Hugo Gola y que consideramos fundamentales para una concepción y praxis —cabales— en lo que al fenómeno poético se refiere, en términos que van desde la modernidad hasta nuestros días. Por ejemplo, tomemos al azar una frase de Gola: “El amor casi siempre despierta en uno la escritura”. A simple vista parecería un lugar común, pero si ahondamos un poco veremos la profunda verdad de dicha afirmación, que se sustenta en esta otra: “Es por la persona a la que se ama que uno no siente que no vaga como un fantasma por el mundo”. Y la redondea de la siguiente manera: “En el amor uno se siente agradecido. Agradece, no sabe a quién, pero agradece. La experiencia amorosa, mística y poética son de la misma naturaleza”. Más adelante, enfocado en la relación específica de amor, sostiene con belleza: “De dos, en esos momentos, se forma un solo ser”. Pero también sugiere: “La soledad te enriquece. No hay que perder la soledad, aun teniendo pareja”. E inmediatamente acota con lucidez: “A uno nadie le enseña cómo vivir. Tampoco hay reglas para la vida”. Sin embargo, es claro sobre la convivencia: “A uno le dan más ganas de ver a una persona cuando no está obligado a verla”. Sabiduría y poesía se juntan en su visión del mundo.

Un aspecto importante es la disciplina poética que plantea Gola en relación con la vida. Nos enteramos de que él se levanta todos los días a las 4:30 de la mañana y se dedica a la lectura. Y en ese silencio surge la escritura —nos dice—. Esta disciplina y entrega a la poesía con absoluta convicción queda clara, también, cuando recuerda el caso de Mallarmé, quien, tras el rechazo de sus poemas en una revista, volvía a enviarlos todavía más herméticos. “En lugar de ceder ante los demás, Mallarmé radicalizaba su obra: así hay que hacer en todo” —sostiene Gola—. Lo cual no implica estar, como se dice, en las nubes. Sobre este punto, Verdejo comenta nítidamente: “Para Hugo cada uno debe estar abierto y atento en la vida cotidiana”. Y nos proporciona una definición del poeta en estos términos: “Un vitalista, que cree en el cuerpo, en el devenir, en la voluntad”.

Sobre “la voz” poética como elemento central, afirma Gola que “es algo personal que uno no sabe lo que es ni cómo se da, pero que está ahí”. Fundamental aserto referido a esa especie de sello intransferible o “marca” del lenguaje, tono o estilo de los poetas que podemos reconocerlo aun cuando se trate de distintos momentos en la trayectoria de un creador. Es interesante cuando cita a Westphalen para ilustrar el hecho de que todo poeta “se enfrenta a la espera de que algo detone en él la escritura”, pero que también “tiene siempre la sensación de que quizá no escriba más”: Westphalen escribió Las ínsulas extrañas y Abolición de la muerte cuando frisaba los veintidós y veinticuatro años, y no volvió a escribir sino hasta casi cinco décadas después.

Luego pasa a recordar a sus amigos generacionales argentinos: Edgar Bayley, Juan José Saer, Hugo Padeletti y Aldo Oliva a propósito de la muerte de Saer, acaecida en Francia en junio del 2005. Y cita a Bayley diciendo —en esa época del pasado—: “¿Cuál de nosotros se morirá primero? Y bueno, él fue el primero”. E incide en algo importante: el modo en que escribía Saer sus novelas. Afirma que le interesaba el lenguaje en sí mismo: “Saer describía cómo alguien toma una taza, la va levantando, la lleva a la boca, la sorbe, comienza a bajarla. Y en la descripción de esas acciones se lleva tres o cuatro páginas. Casi no sucede nada en sus obras”. Es decir, estaba más centrado en la poesía, en la condensación del lenguaje, que en los temas. A propósito de Saer, Gola recuerda una entrevista que les hicieron a ambos en 1968. Y recuerda que, en un principio, pensó que discrepaba con la idea de su amigo acerca de que el poema surgía de un “extrañamiento” ante el mundo. Pero después —sigue Gola— se dio cuenta de que los dos coincidían en el surgimiento de la poesía a partir de una fusión con el mundo. Y corona su pensamiento con esta frase: “para mí es la inspiración una apertura total de la percepción”. En relación a este punto es central el planteamiento goleano, según el cual uno debe “estar siempre abierto, respetando la vida de uno, tal cual es. Con el tiempo, uno se endurece, y eso es lo que uno debe evitar”. Y con más claridad: “El conocimiento que se va adquiriendo debe servir para que uno se abra y no se cierre”.

Esta actitud de estar abierto o practicar una apertura total de la percepción es un tema nodal en Gola, porque de allí parte su concepción básica de la creación poética; es decir, la captación de lo que nos rodea y sobre todo del lenguaje que nos circunda, el cual usamos cotidianamente para expresarnos. Alejado de cualquier retórica, el poeta argentino reivindica al gran ensayista de su país en el siglo XIX, José María Gutiérrez, quien, al rechazar su designación como miembro de la Academia Española, sostuvo: “La función de un escritor no es conservar el brillo y el esplendor de la lengua española sino corromperla. En la medida en que corrompamos a la lengua española, tendremos una literatura americana, si no, no habrá literatura americana”. Premonición históricamente demostrada con la revolución en el uso de la lengua que realizó Rubén Darío, al fundar la auténtica poesía latinoamericana con la lengua venida de España: e simbólico regreso de los galeones, como lo llamó Henríquez Ureña. Hugo Gola reclama —en este sentido— la importancia que tuvo en su obra la influencia de la poesía estadounidense. Y cita a William Carlos Williams, quien precisamente estuvo abierto a escuchar esa lengua de todos los días y así creó —renovándola— una nueva expresión para la poesía moderna. Esto me parece fundamental, ya que en la tradición peruana, por ejemplo, fue esencial la introducción del llamado “británico modo” (la influencia de T. S. Eliot y Ezra Pound), a través de poetas como Javier Heraud, Luis Hernández, Mirko Lauer, Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, en el cambio de tono operado en la poesía peruana entre 1960 y 1970.

Hablando estrictamente sobre la construcción de un poema, Gola menciona que su primer libro “estaba lleno de sensaciones, de lirismo”, y plantea que “se tienen que introducir otras cosas en lo lírico”. Lo que podríamos llamar la revolución conversacional de la poesía hispanoamericana de las décadas de 1960 y 1970 se basó, en buena medida, en este planteamiento. Así entendemos textos como Escrito en Cuba y París, situación irregular del chileno Enrique Lihn, Taberna del salvadoreño Roque Dalton o la “Poesía integral” del Movimiento Hora Zero del Perú. Esta apertura habla muy bien de la gran visión y comprensión que tuvo Gola de la nueva poesía, en el más amplio sentido de la palabra.

En mayo del 2010 nuestro poeta sufrió un paro cardiaco. Verdejo lo visitó cuando ya estaba recuperándose —aunque aún hospitalizado—, y es el momento en que el autor de este libro escribe unas hermosas frases sobre su gran maestro: “Me da tanto gusto que en las circunstancias nada favorables en las que se encuentra, conectado al suero, todo lo lleve a la poesía y que encuentre correspondencias entre lo que ve y lo que ha sido la pasión más grande de su vida”: Al llegar Verdejo a verlo, Gola no le habló de su situación médica sino que le señaló los árboles que se observaban por la ventana y le confió que le recordaban un poema de Yannis Ritsos.

Otro aspecto notable de este libro es el constituido por las reflexiones de Gola en torno a la vida. Así abordamos el tema de la humildad. Archisabida es la condición arrogante y narcisista de muchos escritores y artistas. Al respecto, el poeta dice: “La humildad es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el artista, ya que es muy fácil perderla. El ego está siempre ávido de adulación: le gusta que le den palmaditas en la espalda”. Gola sostiene que la verdadera amistad sería un buen antídoto contra la arrogancia. Es decir, un amigo puede decirte las verdades con las cuales puedes volver a pisar tierra y desechar las absurdas vanidades. La amistad es, afirma, “Decir, con la mejor disposición las cosas que el otro no ve en sí mismo. En eso se basa una amistad profunda: en que el otro te ayude a verte y vos le ayudes a verse”. Y agrega: “Por eso las amistades reales son pocas”. El corolario de esta reflexión está vinculado al hecho de que muchos autores creen que el arte y la literatura son —como se dice coloquialmente— una carrera de caballos. Frente a esto, Gola recurre a la memoria de su gran amigo y maestro Juan L. Ortiz, de quien —dice— enseñaba con el ejemplo, no con palabras, ya que para él “La poesía era mucho más que una carrera literaria, era una manera de vivir y de estar en el mundo”. Preclara lucidez.

Fechada el 23 de junio de 2010, encontramos la nota de Verdejo acerca de la caída que sufrió nuestro poeta y su posterior hospitalización, después de la cual el autor del libro decide dormir uno o dos días a la semana en casa de Gola, atento a cualquier emergencia. Allí, la conversación gira en torno a la posible reiteración de fórmulas hechas, y sobre este punto Gola —una vez más— es muy nítido: “El problema es que se debe tomar en el arte el camino más difícil: cuestionarse continuamente, evitar las soluciones fáciles”. Y prosiguiendo en este sentido, recuerda a Saer, de quien afirma: “Él no escribía durante largos períodos de tiempo hasta que su interior le exigía hacerlo”. Es decir, jamás hay que escribir por escribir, o llenar la página por requerimientos que no provengan absolutamente de la íntima necesidad de expresarse: La “necesidad interna muy profunda para crear” —agrega más adelante—. Y redondea su pensamiento con un aserto definitivo y radical: “Una obra va muchas veces en contra de la cultura, por eso es muy difícil que se pueda ver la importancia de una obra, porque va en contra del buen gusto, porque surge de una zona distinta a la habilidad o a la inteligencia: por eso es tan difícil crear”. Sobre este tópico, Gola es muy claro: hay que estar alerta contra la moda, porque seguirla es, afirma, “olvidarse de sí mismo”. “Hay que trabajar dentro de uno”, prosigue. Y concluye con una frase clave sobre el proceso creativo: “El poeta lírico, al igual que Cézanne, no tiene un proyecto: va creando su obra en el camino, va encontrando todo en el hacer”.

El poeta —a pesar de su fe en la creación— demuestra una conciencia implacable sobre la inutilidad de fondo de la literatura y el arte. Cita una frase de Melville en el prólogo a Bartleby que dice: “él siempre ha escrito libros destinados al fracaso”. Y su comentario es demoledor: “Y es verdad: todo lo que uno hace está destinado al fracaso. El fracaso se da porque todo lo que uno escribe no puede cambiar nada de la realidad. La realidad sigue inalterable. Hay que tener conciencia de ello”. Pienso que esta conciencia de la que hace gala es fundamental para una mejor ubicación en el mundo que todo poeta debe tener en cuenta. Es decir, hay que tener confianza —por supuesto— en la poesía per se, en tanto camino escogido para la vida, pero —al mismo tiempo— abrigar la convicción de que, en cualquier caso, la incidencia de la poesía sobre la sociedad existiría de una manera subyacente y subliminal.

El material conversado se enriquece con la transcripción de la entrevista realizada por José Luis Martínez en el diario Milenio el 20 de agosto de 2010. También es de singular importancia la transcripción del discurso de Gola en el restaurante Cabiria el 4 de febrero de 2011, en ocasión de la presentación de su libro Retomas. Este documento constituye su despedida de México. Del mismo modo, se incluye como epílogo la entrevista que Tania Favela y Luis Verdejo le hicieron, y que fue publicada en la revista Crítica en mayo de 2007. Se trata de un texto fundamental que —en gran medida— resume el pensamiento goleano que hemos tratado de explicitar en esta breve nota al vuelo.


Roger Santiváñez / Piura, Perú, 1956. Vive en los Estados Unidos, donde es profesor universitario. Su poesía escrita entre 1975 y 2005 apareció publicada bajo el título Dolores morales (2006). En 2019 se publicó en México —bajo el sello Mantra Editores— una reedición de su libro El chico que se declaraba con la mirada.