13 enero, 2020

La calidad de la espera

de Osvaldo Lamborghini | Inéditos

Hay en Osvaldo Lamborghini (1940-1985) una vocación por el dislate, por la tribulación en el marco de la lengua, como si el idioma no le bastara. Por eso dice: “Pues de tí, lector —es pero—”. Pero ¿qué pide o exige de nosotros ahí? Quizá remitirnos a los hallazgos a los que llega en su liberación, en su desbarrancamiento: “de esta obra/ abrá más”, nos anuncia. Es así que formula —halla— su llamativo concepto de “literaturgia”, porque ya nos hemos ido de la literatura y no hay intención de volver. Ahora estamos ante un rito. Quizá Osvaldo proponga con esto un complot, a la par que se desmarca de otras posiciones: “pero nada de eso imbéciles: ni técnica del fragmento, ni estética (será posible?) de lo inacabado”.

Postula una escritura bad: “las digresiones son mi bunker”, declara. Y habla en serio. Su pandereteada no es una deriva jocosa e ilógica. La sinrazón que se desprende de su fragmentaria y hoy rescatada literaturgia nos obliga a ver que existe una causa para escribir en los márgenes de la hoja, para darle entidad a las cesuras que allí se introducen —o, como dirá Aira de forma más elegante, “puesta en página de índole pictórica”—, esa apariencia desmembrada o deliberadamente procaz: “escribiré, habré de morir”. Esta es la piedra fundacional de la partida, un juego de envanecimiento para repetir una y otra vez el incorruptible afán de “escribir escribir escribir”. Pero advierte: “Ahora mismo, por ejemplo, no estoy escribiendo: me protejo del deseo (¿de escribir?) Saco las palabras de otra parte para que suenen a falso —en vosotros”. Y ese vosotros somos, una vez más, nosotros: los relegados a las impresiones que el rigor de la φωνή, esa voz o tono que comanda el habla, hace ocurrir en nuestra más silenciosa intimidad.

Con tal intimidad esta poética construye su decir, su saber, que nos aplaca y convoca para arrastrarnos por entre antiguas maniobras de lectura. El lector vuelve a ofrecer la dimensión de hacer significar, de brindar a las palabras algo más que intenciones residuales de un autor que ya se entregó a publicar antes que escribir.

La anagogía, ese bien medieval, retorna aquí con la fascinación por partir o tajar de forma arbitraria, al modo en que Lacan divagó sobre ciertos significantes. En esta poética del mal, el decir nos brinda su valor, pues un decir íntimamente escuchado nunca es del todo incomprensible. Lo señaló Osvaldo: “lo único ilegible es la ingratitud del que escucha”. Por eso se entrometen ciertos ecos de una cultura traída de los pelos: los tangos, los lugares comunes, las citas que sin solemnidad se acomodan entre los versos como una música profana, un florilegio de insinuaciones que configuran el complot. La política de lo informe o arbitrario, que de alguna manera hace eco en la corriente expresionista alemana que Lamborghini admiraba, hace posibles esos textos que a veces aparecen como divagaciones nocturnas, anotaciones erráticas, monólogos sin drama que se extienden tan solo unas pocas líneas o se detienen súbitamente, con la naturaleza de los raptos, de los exabruptos del borracho que se entrega al habla porque sí.

Osvaldo observó que “el mundo se evapora hacia la permanente no condensación de la Literatura”. Se escribe como una manera de fumar, como un difuso darse a conocer que pone al desnudo al goce de la palabra y es en el ñudo, o por él, que se pierde la razón y la calma: “una historia que se queja de otra, que tiene su otra, sí, Otracon”. (Como en el óstracon sáfico se inscribe la barbaridad que constituyen, de algún modo —y para ser obscenamente reduccionistas—, el deseo y la falta). En alguna cerámica o en algún cuaderno ha de asentarse el testimonio de estas prácticas que no hallan más lugar que la palabra: “la literatura es posible (aunque no) algún chiste es posible, sueño”. He ahí la beatitud, la oración que deriva en perorata, en inscripción —la cual, a su vez en la lógica pictórica del cuaderno lamborghíneo, se talla: es la praxis del trazo que se adelanta a la semántica para luego retornar, como hemos leído antes en OL, quien con justificada soberbia anota: “soy de fiar: el sentido viene — luego”.

En esta retórica de literaturgia y manifestación del mero decir —“Hable, hable, aparee, basta con que palabree, esta es la caja de donde salen todos los dones del lenguaje”, dice Lacan—, tenemos una obra pictórica o, como suele denominársela, plástica. Ello significa que la palabra, en el volumen Inédito, tiene el mismo valor que aquellos trazos donde Osvaldo seguramente se entregaba a sus más remotos anhelos. Si bien los trazos eran espurios (los llamó dibuyectos, aunque habría que revisar el valor de la abyección en un artista como OL), a veces resultaban más protagonistas en los cuadernos que los mismos poemas o fragmentos en prosa. En el ejercicio de la letra —ese arte antiguo y sofisticado—, los dibuyectos, formas compuestas a partir lapiceras de diversos colores, fibrones, retazos de revistas obsoletas, construyen un diseño caótico y, por momentos, de una belleza singular que solo responde al designio impredecible y soberano de su autor. Digitados por Osvaldo, estos caudales de furia y escansión —me gusta pensar que parten del mismo pulso musical— constituyen el testimonio desaforado de un artista argentino en su pintoresco exilio catalán.

—Deni Rodríguez Ballejo

 

1
De la vida: saber otra cosa que el saber que la condena; algún tanto (aunque sea tonto) además de su desaparición en la muerte.

Pero entonces hay que morir: desde el principio y horriblemente; decir “yo escribo”, por ejemplo.

¡Qué peligro!, porque entonces vendrá la acusación: “loco, fascista, masoquista, déspota)

Disuasión: el psicoanálisis es Pentágono

(Perón, Emperador de los indios)

Oposición José Hernández (el programa, la constitución) // Evaristo Carriego (las nacionalidades sin derecho a existir: el orillero como indio) // Borges es el puente, una “argentinidad” que perfecciona la belleza de ambos lados de la oposición, precisamente: precisamente porque no alcanza a resolverla. De ahí su apelación “metafísica” y su ironía.

2
Supongamos ahora, para luego sacar algo —y ya tenemos un mal comienzo: que yo escribo; o para abreviar [arteramente] que yo soy escritor. Si hay acuerdo (yo aporto el mío, valiosísimo) debo decir que tal creencia a mí me llevó a la catástrofe. Hay quienes la envidian, hay de todo.

¡ay de todo!, menos tiempo para enredarse en explicaciones en este punto. Algunos me conocen con la suficiente autoridad, saben que hablo en serio. En este punto: deslizar un chiste malo sería un mal chiste; exhibición de una poética más —iba a escribir pobre— falaz que la mía. Escribo, luego… parte maldita de todos. En mi caso, porque de eso se trata, de un caso, la frase no prosigue: …escribiré, habré de morir. Sin estar muerto, la falta de ese golpe de resurrección, lo que sé que faltará, destruye el ir y venir de la vocación al texto. Ahora mismo, por ejemplo, no estoy escribiendo: me protejo del deseo (¿de escribir?) Saco las palabras de otra parte para que suenen a falso — en vosotros: ¡Qué mala noche aun con ayuda! ¡Qué vi! ¡Qué vida esta!

Podría hacerme ilusiones: barroquismo, oxímoron. Para nada.

3
Hoy es 24 de octubre, veinticinco mejor preciso porque pasaron las 12 (noche), y la madrugada avanza en mi estilo, que consiste y basta para muestra con la confesión: rápida — consiste en lagrimear de entrada un Mejor Preciso. De cómo cambiar un intento, pues nada. Si corrijo mi intento, ya no. Calma, pero, porque todo yo llega, vesre de gallego. Chiste que ya hice en otro rectángulo como este blanco porque el Plata (un río) me lo permite. Tía Fran Lenna a ti te debo el uso preciso de tu idioma, el de Buenos Aires. Me lo sé de memoria y con él me hablo. Es mi fayo (mi tayo quemado) no poder escribirlo ni amoldarlo al aire distante del paladar, pegado a los labios. Hablo entonces en chueco.

Él son (saca) al estilo sus nueces más fraudulentas —abuelo, un loco de frac, se mesa los cabellos en el burdel— yo no sabía en el octavo año la verdad: que se podía cantar el tango fuera de la radio “en el lento divagar del cabaret” y los que giran seco para recibir “el consejo de los hombres sabios” —por lo tanto
  —por lo Oh:
          Tía Lenna
la más rubia u otro tanto.
En lo que se refiere a mí, a los rubíes que vi (muerta, encofrada, ya en el ataúd, seguía la luz — adorándole el pelo). Logré verla todavía tambaleante, aferrándose a todo para caminar y llegar hasta mí con su “¡Che!” o pibe, tal vez, pavorosa aunque con trenza dorada, de otro color los pedazos de cuerpo que perdieron la piel: umbirus la estaqueó, y fue entonces, en este mismo instante, cuando la abrazo y la beso y luego

4
(fragmento)

4)

Ahora estoy enfermo. Algo tenía o tiene que ocurrir, y además era previsible: cuando empezó a interesarme más este cuaderno “hueco” que las ordenadas carillas donde —se suponía— redactaba mi novela, llena de humor y de acción. En algo tuve que fracasar, seguramente en algo grave, porque estoy enfermo aquí sin que desde Buenos Aires me llegue ninguna ráfaga de plenitud. Tal vez cometí el error, en lo más minúsculo de un instante, de permanecer (pudo bastar un instante) un solo instante en Buenos Aires y en Barcelona al mismo tiempo. Entonces se produjo algún desastre (algún encuentro). Como anécdota, tal vez relacionada, puedo contar que para dormirme debo aferrarme a cualquiera de los objetos posados sobre la mesa de luz: el vaso, los cigarrillos, el cenicero (mi preferido es el cenicero), e incluso, a veces, este mismo cuaderno. Siento un gran placer al hacerlo, una lacónica paz, sobre todo con el cenicero.

Aprovecho la enfermedad para adiestrarme en una nueva técnica, nueva al menos para mí. Exige paciencia al principio, pero al fin (y como se repite desde la primera página) en lo suyo da, exime. Consiste en inyectarle a una tristeza mayor, inmensa si es posible, una menor: pero —advierto— cualquier error de proporción en la mezcla, y más aún, en la atribución del grado de mayor o menor, transforma la tristeza en angustia, y hasta se puede perder el deseo de soledad. Este “advertir” pretende, inocentemente (ya lo sé) impedir el hundimiento.

Regreso: estuve tendido en la cama acariciando el cenicero. Marsha (que es checo-germana) tiene que pasar una semana en Alemania. Me siento un agente doble: el dolor que va a provocarme esta corta separación, solo se parece a la irritación que me causa su presencia. Soy un espía, a la espera de la más mínima revelación. Desgraciadamente está por llegar: ahora viene el vacío, ahora ya no hay nada que hacer.

5
(fragmento)

2)

Jugar con un cuaderno cuadriculado y un bolígrafo en Barcelona, jugar a que se escribe cuando en verdad se espera. Es cierto que ahora puedo decir que empiezo a aprender que, por una parte, la calidad de la espera es diferente en cada caso (del mismo individuo: para nada son necesarios en este caso individuos diferentes), pero que también el mismo individuo —y ahora sí: cada individuo es un diferente caso— vive una sola y única afección, la “calidad” de su espera. Lo que se espera, ¿qué es? ¿cuál es su calidad? Pero esa calidad es imposible de medir, como el “vacío imposible de llenar”. Quisiera abarrotar mil páginas, y sin embargo, espero. Ni el cuaderno ni el bolígrafo sirven. Jamás voy a sentirme “yo” el responsable. Dejo que los libros se hagan polvo y me tomo en serio para que el efecto de ficción aumente. Espero, claro que espero, que abran los negocios: a los 43 años.

Todo se resume en el intento de llegar a la próxima página, situación que se parece a la llegada de mi mujer (no, no es ella, pobrecita, la anhelada próxima página), cuando pongo cara. Cara de haber escrito. Es una mentira tan triste, tan de “pobre muchacho”, que cada vez escribo menos. Para colmo ahora (nueva manía) se me ha dado ahora por esta letra inclinada y pequeña: la saqué de una película ambientada en el siglo pasado. El héroe es un oficial de Estado Mayor y hay guerra (por suerte, digo, en general), y su jefe le dicta un despacho urgentísimo —orden de no atacar— para llevar al frente. El actor va a su oficina y escribe (en ambos casos se trata de su letra) otro despacho, que dice exactamente lo contrario —urgentísima, orden de atacar—; repito que se trata, no atacar o atacar, de su propia letra. Ni siquiera necesita falsificar la firma ya que (poder de la costumbre) el payaso del jefe siempre está muy ocupado, tanto, que desde hace años, confiando en la ilimitada honestidad del actor también le confía la firma. Pero la verdad es una sola: esta letra no es mía. Pero espero. Que la estupidez de la anécdota me pertenezca tanto como a los guionistas. Pero el sol tampoco sale en el cine.

Hasta mi actividad como corresponsal se ha vuelto nula. Antes, cualquier carta argie me causaba alegría. Al dejar de contestarlas, poco a poco primero (más bien se trataba de postergar deliberada, tortuosamente la respuesta), ahora ya “por sistema”, sí: claro, se trata de “hacer las cosas por sistema” —confesarlo sin ninguna clase de explicaciones—, las cartas argie han dejado de llegar por completo. Ahora, por lo menos, estoy tranquilo en Buenos Aires (necesito alguna ciudad). Además, les escapo a mis amigos, examigos sería más exacto. A todos sin excepción: empezaron a hartarme un poquito, terminaron hartándome. Hartándome y hartándome y hartándome. Con Marsha, mi mujer, me pasa lo mismo. Parte del día ella lo pasa fuera de la casa, gran parte. El resto de las horas, al menos para mí, se trata de huirla en un espacio reducido (en cuanto a “relaciones sexuales”, no, Dios me libre: soy una persona mayor). Todas las noches —esta calidad de espera ocurre por la noche— hay un momento al que yo le llamo “desactivado con peligro” en que parece que la catástrofe va a ocurrir. La calidad de la espera desciende vertiginosamente, huele a horror: a encuentro, no —eso es imposible conmigo— sino a explicación del “sistema”. Sería imposible “confesar” el desencuentro, puesto que jamás nos hemos encontrado, ni fingido hacerlo, durante dos años. Vivimos juntos en un piso en Barcelona. Yo estoy tranquilo en Buenos Aires.


Osvaldo Lamborghini / Buenos Aires, Argentina, 1940 – Barcelona, España, 1985. Poeta y narrador de culto, se exilió en Barcelona desde 1976 hasta su muerte. Es autor de El Fiord (1969), Sebregondi retrocede (1973), Poemas (1980), Las hijas de Hegel (1982) y Tadeys (1994, escrita en 1983; hay una edición mexicana: Conaculta, 2010). Osvaldo Lamborghini Inédito, con investigación y recopilación de Néstor Colón y Agustina Pérez, se publicó a finales de 2019 y de él se desprenden los fragmentos aquí incluidos.