22 abril, 2024

Escribo porque hay excesos de vida en las cosas

de María Musgo | Inéditos

 
1

Tu voz era tu voz, y te quería.
Sabía que llegabas por los espasmos del aire,
la ondulación de las esquinas sólidas.
Sabía siempre que llegabas.
Se hundían los nombres. Un calor, un frío.
Llegabas: la estructura del vacío
sostenía tu presencia (que se mantiene aún
en tu no estar interminable).
Era extraño, era un asunto
extremadamente serio,
era el origen de algo que moría
o el fin de muchas cosas importantes.
Imposible saber quién ser cuando llegabas.
Ahora, otra en mí y hambrienta,
pienso tanto en ti que permaneces,
teorizo sobre el tiempo y pruebo
escenarios del discurso en los que muero,
y tu voz sigue en tu voz
como una ilusión de identidad
sobre los cuerpos. Podrías estar muerto
y el llanto sería el mismo: un ningún
atravesado, un amor que se hace cosa
y se desama.

 
 
2

Escribo este poema mientras desayuno.
Por cada forma que no logro armar
vuelca un edificio y retumba un gracias.
Poco a poco se ensancha el mar
y huye gente enamorada hacia la arena.
¡Qué imagen! He estudiado tantos años,
he perdido tantas cosas. He tenido que ser
muchas veces otra para llegar a esto:
un poema intermitente aspirante a imagen
que haga llorar a alguien por las proporciones.
Digamos que esto es
una poética:
escribo porque hay excesos de vida en las cosas
cuando les nace un nombre.
Tan sólo alguien que las mire
y un latido ansioso, enamorado,
que imponga su estructura como un nudo
de nadas sobre nadas, una declaración
sucesivamente abriéndose
en el centro del hueco del vacío entre los cuerpos.

 
 
3

Alrededor de un nombre mitológico
se extiende la niebla del futuro
y puedo verte de nuevo en el camino
de todos los mediantes del amor.
Me habría gustado escribirte cartas
con relatos asombrosos (tan bonitos)
sobre una infancia que no tuve
(tan sólo sangre y palmeras, los ojos
negros de mi abuelo y tantas horas
a punto de morir o, al menos,
deseándolo) […]

 
 
4

si te echo de menos
construyo puntes, los invento
si un ave baila para un ave
tu pones las voces, las inventas
(una vez me hiciste reír tan fuerte que)
ahora sé que tu voz existe y ésta se transforma en
otros animales que se desean

 
 
5

Al borde del mundo está el mundo:

hay que ir más allá para poder apreciar
el brillo de la palabra brillo
la oscuridad del verbo desear.

Hay que aprender a mirar de cerca:
soy un terreno baldío
un tesoro saqueado

una cuchara vacía en una mesa.

Pienso en vos cuando las cosas faltan.

Mentiría si dijera que nunca tuve ganas
de partir para poder despedirte
con una lágrima en la mano
con la memoria rojo triste
y el corazón entre los dientes

mentiría si dijera que nunca tuve ganas
de partir para ser quien se va y no
quien espera.

mentiría si dijera que no pienso
en nosotros cuando escucho
un plato contra el piso
cuando veo en sus pedazos
la imposibilidad de volverlos a juntar.

 
 
6

Días antes de mi partida

llegaste y yo

me encadené a un árbol.

Te sentaste a mi lado y me contaste historias

Escribimos poemas, bebimos café

y nos tocamos las manos.

Del árbol nació una rama

justo detrás de mi espalda

y me atravesó con cuidado.

Del metal pude prescindir

tú me rodeaste y

dejaste que la madera

también te atravesara.

Ahora tu boca está al lado de mi oído

me seguirás contando historias y yo

las escucharé todas con atención:

no me iré

a ninguna parte.

 
 
7

Hay en tu cara palabras antiguas.

Posas el origen del mundo y de sus cosas
en el hueco entre tu forma
y mi mirada.

 


María Musgo / San José, Costa Rica, 1996. Poeta, fotógrafa y estudiante de Física. Sus poemas han sido publicados en las revistas Cardenal (México), Samoa (Costa Rica), La Raíz Invertida (Colombia) y Poéticas Marcianas (México).