17 enero, 2022

Esbeltos cuerpos en el agua desnuda

de Luis Antonio de Villena | Inéditos

Don Juan Manuel viaja a Nishapur

El infante Juan Manuel venía, por línea directa, de dos casas reales: Castilla y Borgoña. Tenía múltiples títulos y señoríos y en sus vastos dominios llegó a acuñar moneda.

Como todo gran noble —siglo XIII o XIV— don Juan Manuel hacía guerras (como ajedrez) y se deleitaba en la alta cetrería y la sutil esgrima. Sus halcones y espadas fueron largamente celebrados y famosos.

Mas —singularmente— no desdeñó las letras, al contrario: Era sobrino de Alfonso X de Castilla, El Sabio. Conocía el latín, derecho, historia y teología. Y había leído las colecciones de cuentos de origen oriental, que moralizaban o divertían, a menudo: La “Disciplina clericalis” en el latín del converso Pedro Alfonso. O la colección árabe que mandó castellanizar un su tío, el “Sendebar”.

No era alto. Pero los ojos negros y muy agudos, como aceros. Y una barbita grisácea, docta y viril, que encanecía. En invierno, en sus castillos, entre pieles de osos y lobos, con grandes fuegos, escribía o dictaba. Leía…

En 1347, con 64 años muy corridos, don Juan Manuel quiso preparar un viaje a la ciudad persa y remota de Nishapur, al norte, famosa por sus turquesas y por las tumbas de notables poetas, Jayyam o Attar, el místico.

Creen los jóvenes —argumentó el Infante— que solo la juventud sueña y crea aventura. Es verdad y se equivocan. Pues es en la vejez, en estos oscuros callejones de senectud, cuando se da y emprende, con buena loriga, la gran, honda aventura. La más osada. La que nos redime.

Se hizo una gran caravana, con presentes y libros, que en Berbería (ya cruzado el mar) se agrandó de camellos. Se detuvieron en una Alejandría ruinosa, y fueron agasajados en el esplendor muslim de El Cairo. El Infante ondeaba los pendones de Castilla y se acompañaba de doctos e intérpretes fluidos.

Fueron hacia Bagdad, una de las ciudades más bellas y esplendorosas cabe los ríos del Creciente Fértil. Alguien —tomando zarzaparrilla— le dijo de noche a don Juan Manuel: ¿Sabe su excelencia lo que ocurrió en Nishapur, la hermosa? Los mongoles la destruyeron hace ya mucho, pero apenas ha renacido. Solo el azul mausoleo, junto al agua, de Farid al Din Attar, ha permanecido.

Entonces —replicó— él y ese solo color turquí es quien agora nos llama… Y la gran caravana siguió por los desiertos y oasis del Oriente Medio, y hubo fiebres y bajas, y se extraviaron mucho. Apenas terminaban, y con esfuerzo, en aldeas muy sucias. Una noche, don Juan Manuel supo que ya era el Año del Señor de 1348. Y supo —65 años— que nunca llegaría a Nishapur o que esa era su aventura y así ya habría llegado. Vio volar raras, oscuras aves de presa y oyó el rugido de leones gigantescos. Pensó en los halcones y las espadas perdidos. Se dijo: No hay más allá. Más allá es otro reino. Y nadie lo conoce. Y pidió vino y oyó el soplo de los vientos del desierto sobre su jaima y sus tapices…

Don Juan Manuel murió en algún lugar perdido al norte de Persia. No llegó a Nishapur. Pero creyó que el camino, la ruta al fin, lo cierto, era esa árida, polvosa y espantable ribera.

Su hija, doña Constanza Manuel de Villena, próxima reina de Portugal, recogió en Córdoba, con pompa muy grande, el cadáver de su notable padre, que venía cubierto de sedas y tafetanes y rodeado de libros en algarabía. Llevó el ilustre cadáver al su castillo de Peñafiel, brava roca, y allá le dio cristiana y notable sepultura.

¿Llegó a Nishapur? ¿Qué buscaba ese viaje? ¿Porqué anduvo, mayor ya, tan lejos? El conde Lucanor le dijo a su ayo Patronio: No, no. Nadie supo. Nadie, de verdad, podría saberlo.

 

El emperador elogia huir del día

Admirable Frontón: Salve. He sabido que, en Cirene,
cerca del mar verde, has conjugado las letras con tu
Ulíades, y moras en el sol de la juventud y la sabiduría…
Cómo te envidia Marco Aurelio, entre los árboles del norte,

con nieves y celliscas y los violentos acechos ignorantes…
Podrás gozar del aceitado brillar de las palestras y observar
los esbeltos cuerpos en el agua desnuda:
Como un verso de Meleagro que resuena en la noche.

Nuestro mundo se hunde, mi querido, y las palabras y los
actos nobles serán ignorados pues para estos que llegan
nada significan bondad o belleza o palabras limadas.

Acuérdate de mí, aún maestro, y no te turbe mi aviso.
Todo será rudeza y ceniza, pero tú has construido un
fuerte de suaves muslos, sol dorado y palabras de juicio…

(De verdad, acuérdate de mí, en letras y palestras, amigo.)

En vuelo México-Madrid, 6 de agosto de 2021

 

Retrato de habitación con chicos

No es grande la habitación, pero bien arreglada,
al menos lo que vemos. Cuarto de estudiantes,
que en realidad cobija o arrebata un amor…
Ellos son Gabi y Antón. El papá de Gabi ayudó:
Es bueno que dos amigos convivan y estudien juntos.
Hay demasiadas mujeres en la casa. Ser algo independiente
solo le puede beneficiar. ¿Lo sabe? ¿Lo sospecha?
Creen que no. Recuerdo camarada de colegios mayores.
Vemos un sofá que no parece malo. Y un ventanal
da al parque de un barrio periférico. Nuevo, grato,
pero nada excepcional. Ramas de árboles. Antón,
con jersey y pantalones largos —pana parece—
está medio recostado en el sofá y mira a su
amigo, con ojos que a la vez piden y reprochan.
Gabi —algo más joven— es el primer plano, junto
a la luz. Lleva camiseta blanca y azules
pantaloncitos cortos, sin nada. Ropa de casa. Descalzo.
Hermosas piernas y largos pies en punta. Intenta
mirar a Antón, parece, pero no sabe, no habla.
Antón es intenso y moreno. Gabi más blanco, rubiáceo
y francamente atractivo. Sabe que gustan o atraen esas piernas…
Puede que hayan regañado o puede que estén al borde
de hacerlo. Hay caricia y llama. Atrás, una cama revuelta,
solo una. Todo momento de amor o sexo es tensivo.
Puede florecer la rosa o explosionar el bidón. Incluso un beso.
Un portazo súbito. O un arrastre desmedido hacia sábanas usadas.
No lo podemos saber. Es la golondrina del instante indeciso
patrullando enigmática el aire. Dulzura de piernas. Llama de ojos.
Todo viril, suave y joven virilidad que estalla o reposa.
El sexo de Gabi corona sus piernas largas. Pero no hay más.
Ni el antes ni el después los conocemos. La vida.
Como privilegiados espectadores breves, solo nos resta
gozar de ese instante remansado, claro y afirmar mirando:
Basta la escena hermosa. Yo agradezco siempre toda juventud viril.

 


Luis Antonio de Villena / Madrid, España, 1951. Poeta, narrador, ensayista y traductor. Es autor de más de treinta libros de poesía, entre los que destacan Sublime solárium (1971), Huir del invierno (1981), Celebración del libertino (1998), Los gatos príncipes (2005) y Grandes galeones bajo la luz lunar (2020). Ha recibido el Premio Nacional de la Crítica, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, el Premio Sonrisa Vertical de Narrativa Erótica y el Premio de Poesía Generación del 27, entre otros.