20 noviembre, 2023

El principio regulador

de Roberto Rodríguez Reyes | Inéditos

 
Fiéfié un día cualquiera

A las cinco Fiéfié soltaba la botella y naufragaba

Pierre Michon

 

Fiéfié Décembre pesa ya, pongamos,
desde hace dos horas, dos horas y un cuarto,
entre los zarzales de Croix du Sud.
Su nombre trocadizo, el apellido añoso,
recuperan en la lengua el sabor del vino
caliente y el grosor basto de la levadura.
Aún sobra algo de luz en forma de agua
en los canteros de los animales:
Fiéfié parece haberla despreciado.
Es tarde para los que vuelven de las
huertas: lo sabemos porque arrastran signos
de la prisa y huelen a curtido pasado.
Es tarde también ventosa, opaca. La
circunstancia, que entraña algo de repelencia
hacia los efectos de la casualidad a la que
se abandonó sin resistencia posible,
desde los días del balbuceo y hasta
el instante del que ya no escapan
siquiera ni los dioses, le niega una última
deferencia: nadie en la procesión, siquiera
a unos palmos ni a unos pasos,
volteará hacia la actual figura de Fiéfié.
Allí donde se muestran todavía acumulaciones
en el rostro de su atropellada respiración
lo asombra el jubón que ha quedado
suspendido resistiéndose a la compañía.
Siquiera la cima de los brezales tupidos
rendirá los favores del signo.
La altura escalada por las caderas
consigue formar un vértice con
la silueta descendente de unos pantalones
demasiado holgados, renegridos.
Hay letras que se astillan no sólo en
la garganta. A la vista, esa T extrañamente
familiar evoca cierto desaliño y hace escaso
favor a la memoria de un aire que Fiéfié
gustaba cuidar entre errabundos y
linyeras con disciplina y tino de música.
La tirada será más larga que la jornada:
le desmintió sottovoce a las seis de la mañana.
La imagen descolorida es la de Antoine Peluchet,
y parpadeó hasta hace muy poco entre
los hemisferios de su cabeza, con esa
frecuencia de los objetos que están
siempre a la vista: los despojos de
la hogaza cuando no se han
tirado al suelo, las jarras a medio
llenar seguramente de más vino,
las esquinas heladas de la covacha
que comparten, como antes lo hicieron
con las mujeres, el bosque donde se
internan a dormir las gallinas,
y del que misteriosamente vuelven.
De saberlo, le habría dicho al partir
que demoraría más que el amanecer,
pero es falso: la amistad
se sostiene en ese deshacimiento.
A solas, cada uno se cuida y se odia.
Mientras los badajos parlotean
acerca de un tiempo roto,
los fantasmas regresan a las umbelas
sacudidas por el crujido de
las resignaciones. Lejos está la paz.
Por fortuna, queda solo un día para el siguiente.
A la espera, el camino del pueblo al otro pueblo.
El viaje hincha los pulmones de la pereza,
reblandece las axilas y exorbita la sed.
Alguien decía, un escritor cojo y desleído
seguramente, que el momento más peligroso
del hombre es cuando no tiene nada que perder
y no le queda tiempo para ganar de nuevo
el control de los nervios. Ni siquiera esto
se aplica a Fiéfié, sobrado en naufragios.
 
 
 
La tarde

Hojear un álbum, abrir un baúl, convertir en intrincada
geografía el mínimo espacio de la sala entre el jarrón donde
está la areca y el rincón que deja el piano.

Lorenzo García Vega.

Bastaba desear algo
para empezar a carecerlo.
El efecto de las
acumulaciones,
decían los vecinos,
tomando agua
de gorrión, colgándose
de cara a los
horcones biromes,
para ver pasar las
dunas en las rodillas,
colágeno rosáceo,
chuscas, de los niños.

A la tarde sobraría el tiempo
de las madrugadas
irreprochables, aún
por desovar el cuerpo.
Desconocer la falta
hasta que adquiera
presencia era la
obviedad y era un
saber. La calma se
confunde con
las musiquitas en
los televisores
arracimados,
cayendo como
plátanos al centro
del vestíbulo.
Escapar a ellas,
escurrirse en la
diagonal tumbada
de una columna
que se prolonga a
la espalda, apocar
su asonantada
estabilidad en los
sopores del ruido
que llegaba
destemplado, hacía
pensar, sin temblor,
que todo estaba
por permanecer.

Y claro, por más despacio
que pasara el tiempo
siempre llegaban
los domingos y
los saludos
se redoblaban.
Hay gente que
va camino a
la iglesia por
donde crecen
las bicicletas.
Su rareza no
la disipa ni la risa.
Lo pedestre
pertenece a
lo dado: el misterio
tiene nombre en
las películas. Las bandas
de calor, inmunes a
las transiciones de
la luz, robustecen
la esfera que
imaginamos
contenerlas, pero
en la salvedad
de los cuartos
las sábanas, por
alguna razón,
adquieren
propiedades de un
blanco logrado sólo por
el desgaste y espiran
con densidad
aerostática
las primeras notas
del placer.

Estas tejas que alguien
recordaba traídas del norte,
puestas allí por animales en
extinción, arden al sol
más que amarronadas.
Por las hendijas que dejan
entre una y otra
se escurren con
la lluvia
mostraciones
irrefrenables
de lo concreto.
Invariable, eso sí,
menos afuera
que adentro.
En esa inversión
se educaba
por cierto
el principio
de la partida.

Por suerte
quedaban los
chícharos de las
doce y el olor que
siempre persigo
en los ajíes amarillos
con la aquilatada
felicidad de quien
no lo hallará.
En ascuas,
remojadas por
el desvanecido,
unas manchas
hicieron por
dormir en el patio
aprovechando las
correrías de las
puertas y la
frugalidad de las
estaciones.
Todo apunta ahora
al abandono y a
la apariencia de isla
que fue tomando
el rincón donde se
acoplaban
zalameras
las arecas.

Al fondo, al fondo de algo, indistinguible creo,
mi madre ahogada en el aire, sagaz en el jadeo,
huesito a oscuras al borde menguante del farol,
destejida en cada ángulo, mondada por la senilidad
de los pocos atajos donde aparenta adivinar
amorosos y marítimos disturbios de una verbosidad
pospretérita, que ya no consigue
articular ni para comer ni para volver.
 
 
 
La cala

El ojo que ignora todo se solea en movimientos rápidos.
Es elástico en apariencia pero padece, como
un monstruo privado de patas y circunferencia
perfecta, el principio regulador de los vidrios
con que están hechas las pantallas. Acordamos
que, a falta de cuadros, llenaríamos las paredes
de esas superficies que ayudan a administrar el
presente por una refinada logística de la espera.
Y hubo quien llegara a sentir demasiado fuerte el brillo
espumoso en las crispaciones del mar, cuando
sobre él dos cuerpos se prueban tonteando con
la improbabilidad del vacío, más seguros
de la suspensión que de la caída, sonrientes por
el avistamiento de sí en los catálogos, a donde van
a perder el nombre. Entre un plano y el otro,
las sombrillas ganan terreno por tamaño o vistosidad,
sin ese encanto poroso de los lunares que se entierran
con los años, a descargo de las polímitas que trajimos
a dormir un día y desde entonces devoran
el cristal herido de la mesa de noche. Y no hay que
lamentarse porque de aquello apenas exista un relato
del que nada aprenderemos, o que por razones de espacio
me pidas salir a correr todas las mañanas a orillas
de unos edificios demoledoramente idénticos,
para cuando a la vuelta te sorprenda con todos mis zapatos
puestos y un par de sillas colgadas del brazo
tengamos donde sentarnos a hablar de gratificaciones
minúsculas o vacilar, junto a las plantas temblorosas,
sobre si el modo menos violento de arder o de caer depende
del ánimo o del viento. Las palabras, no cabe duda,
son de quienes las pervierten. Y aun así dejan sombras
tras el ruido. Se avienen a la ley del escape, cargan
consigo sólo lo necesario: una bufanda, el riesgo de
quedar en poco menos que en gesto, la insalubridad del sentido.
A la lista de la compra le sigue faltando algo. Un antídoto de
ser posible mortal, inexistente, para esas hormigas que
vinieron por el desprendimiento y aún trabajan en él.

 


Roberto Rodríguez Reyes / La Habana, Cuba, 1987. Editor y ensayista. Máster en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis y Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana. Es fundador y miembro del equipo editorial del proyecto Rialta. Coordina y edita el Archivo Rialta.