2 septiembre, 2019

El libro del destino: Una conversación con César Cañedo

de Hamlet Ayala | Entrevistas

César Cañedo (El Fuerte, Sinaloa, 1988) es el ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2019, que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y el gobierno del estado de Aguascalientes, por su libro Sigo escondiéndome detrás de mis ojos. En esta conversación, el autor galardonado profundiza en los procedimientos de su escritura, la transición estilística hacia una nueva etapa de su obra y los temas centrales que explora en este libro.

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En Sigo escondiéndome detrás de mis ojos aparecen múltiples voces, que podemos percibir como si miráramos a los habitantes de una casa a través de las ventanas o mientras recorremos contigo sus distintas habitaciones. ¿Cómo fue concebido este poemario?

Me gusta mucho esta idea que propones de Sigo escondiéndome detrás de mis ojos como una casa y la aproximación desde las ventanas. Hay una película, Viaje a Darjeeling, que se desarrolla en un viaje en tren a India. Al final de la película hay una secuencia en la que cada vagón se presenta como una escena relacionada con lo que hace cada uno dentro de su cuarto; se convierte en un espacio privado e íntimo. A lo mejor eso es lo que pasa con la casa, que cada espacio tiene una función privada, íntima. Algunos espacios son más secretos, otros más compartidos. Claro que eso puede pasar en un libro. La vista desde la ventana no la había pensado así; yo siento que, más bien, me meto en los espacios como un fantasma. La ventana implica una exterioridad más morbosa. Ver sin que te vean, desde adentro, es una idea que me interesó más: ser parte de la casa. Pensé que podría ser como entrar a la casa o a la idea de una casa con la capa de invisibilidad de Harry Potter, ser como un niño que puede pasar inadvertido y ver otras cosas en un espacio en el que los protagonistas siempre son los adultos. Me refiero a estas miradas de los niños o los adolescentes que están mucho en el libro, que pueden ver cosas sin ser notados o sin que su presencia resulte amenazadora.

¿Cómo se dio el desarrollo de las voces que aparecen en el libro? ¿Fue un trabajo de identificación paulatina de cada personaje o algo más determinado?

No fue tan deliberado. Sí tenía muy presente que estaba trabajando sobre la casa, lo íntimo, lo doméstico, lo cotidiano de los espacios y las personalidades, o los personajes que la habitan, transitan y, sobre todo, la encarnan. Pero no fue tan planeado: no había pensado en la arquitectura —eso vino después—, sino que las voces fueron de los primeros elementos poéticos que aparecieron exitosamente. Ahora estoy escribiendo de muchos temas, pero uno que ha sido constante, y que articuló todo, es ese: la casa, qué hay en ella, quiénes y cómo la habitan. Me interesaba mucho la infancia, sobre todo, y la adolescencia en esas casas. 

Pero no fue tan deliberado, sino que más bien traté de escribir con disciplina y hacer muchos poemas. Los que mejor fueron saliendo y lográndose giraban en torno a eso. A la idea de una casa como hogar, como problema, como complejo psicológico, si quieres; también como destino, como ADN.

Has comentado que este libro trata sobre las formas en las que nos reconciliamos o nos desencontramos con nuestro destino. ¿Es posible reconciliarse con la vida a través de la poesía?

Quienes leemos poesía sabemos que ahí hay algo que nos da esperanza, alegría y, por supuesto, muchas dudas —que siempre son más importantes que las certezas—. Esa parte esperanzadora para el lector es la de la catarsis, una de las funciones que siempre ha tenido la poesía. Uno siempre quiere sacar lo que tiene adentro, independientemente de que eso después pueda ser compartido o publicado. Pero uno tiene el impulso, la necesidad de escribir. Y eso salva. Después uno adquiere oficio, y entonces ya es un trabajo. En ese proceso sí hay mucho ejercicio de reconciliación con uno mismo. Porque escribir es conocerse, y mientras mejor piensas en un sentido emocional y profundo en tus temores, locuras o miedos, y mientras más los conoces y puedes explorarlos, la poesía gana. Una reconciliación que no sucede en un nivel de superación personal único, sino en un nivel constante de tránsito, una ganancia parcial. Nunca vamos a ganar la reconciliación con la vida entera, ni con el pasado o el futuro, ni con nuestros sueños, pero, al menos, podemos ir más seguros conforme mejor conocemos y trabajamos la poesía.

En tus libros anteriores hay una determinación de cuestionar lo estereotípico, confrontar la identidad, apropiarse de la rareza que hay en uno mismo y afirmar nuestra belleza tal como es. En este nuevo libro, en cambio, aparece una voluntad de entendimiento, de hacer memoria, de reconocer lo familiar (lo que se vive en soledad, en silencio). Ahora hay un sentimiento de confidencia y de empatía con el lector. ¿Cómo se produjo, qué determinó esa transición? 

Profundizar en la poesía, su lectura y escritura. A través de esa profundización me di cuenta de que, en los primeros libros, me decía mucho a mí, que estaba muy preocupado por demostrar o evidenciar situaciones políticas y de identidad que siempre son necesarias, pero que ya había resuelto. Ahí nos preguntamos para qué nos ayuda la poesía en la tarea de reconocernos y reafirmarnos. Esa etapa anterior me sirvió para eso: hice, dije y escribí lo que necesitaba en ese momento para conocerme y conectarme en aquel lugar de identidad política o disidente. Y luego, de alguna manera, conforme fui leyendo, conforme fui poniéndome nuevos retos como lector y poeta, me encontré con que eso también se podía lograr desde la poesía, empatizando más o pensando más en otros lectores, conectando en mayor medida con los lectores y con lo que hace a la gran poesía y a los grandes poetas.

De alguna manera, por lo que dices, parece que la poesía está donde hay cuentas pendientes…

Sí, es así siempre. Uno tiene que hablar de sus cuentas pendientes. Y ahí uno no se repite ni son experiencias aisladas ni únicas. La tarea es descubrir que esas cuentas pendientes no son solamente personales —que era, a lo mejor, lo que pasaba en mis libros previos—. Pienso en mi relación con este oficio como si la poesía fuera el mar y uno se fuera metiendo de a poco: al principio estás en la orilla y ves a mucha gente alrededor, y ves tu cuerpo completo y tienes dominio de lo que está pasando; cada vez hay menos gente, es más profundo y da más miedo, y cada vez eres menos tú y es más el mar, lo que no dominarás.

En este nuevo libro desarrollas una estética que se desmarca de la de tus volúmenes anteriores. Sin embargo, el César Cañedo de esa primera etapa, ese yo más barroco, confrontativo, frontalmente queer, más experimental, es un yo verdadero. Y los lectores lo experimentan así, se identifican. Me parece interesante cómo esa identificación puede trascender a la que el propio autor mantiene con su obra. ¿Cómo explicas este fenómeno?

Una aproximación que se me ocurre ahora es que el ritmo o el tiempo del lector no es el mismo que el del escritor sobre su obra. De entrada, pienso que un escritor se vuelve cada vez más distinto y afronta con mayor exigencia su producción. Y a veces ya no ves los motivos de búsquedas previas. Eso no impide que los lectores puedan ver cosas o encontrarse ahí, porque no van a lo mismo ni llegan deseando lo mismo que el escritor. 

En entrevistas anteriores has dicho que te consideras un autor comprometido. ¿De qué manera te relacionas con ese compromiso en esta nueva etapa?

Estoy comprometido, incluso casado, con la poesía. Otros compromisos son más transitorios, pueden cambiar de lugar o de prioridad. Pero no el de la poesía.

Volviendo a tu nuevo libro: me da la sensación de que trabajas con serenidad sobre la memoria, a pesar de partir de experiencias particularmente drásticas. Esto genera una tensión en los poemas.

Esa tensión se debe a que ahora el trabajo consiste —en vez de lanzar gritos o de hablar desde el yo— en dejar la emoción contenida y que le explote al lector. La intención va por ahí: decir “sí, esto es una bomba, tú decides si hacerla explotar o cambiar de página rápidamente”. Lo que estalla genera una impresión y nada más, y lo que se queda contenido puede dejar una sensación más compleja. Tienes razón en el sentido de que no hay exaltación o declaraciones directas, sino que la tensión se mantiene sin resolverse.

El miedo está muy presente en el libro. Lo que se comparte viene precedido por una confesión inicial: “Sigo escondiéndome detrás de mis ojos”. De alguna manera, el miedo también posibilita una poesía como esta…

Hay miedos que dan gusto, miedos que te atraen. Eso también pasa en la experiencia de explorar los espacios de la casa o de la niñez, los espacios de los sentimientos. En el libro casi no hay miedo como parálisis, por ejemplo, sino miedo como misterio, decisión e, incluso, como determinación. A veces lo guardamos muy profundamente, lo gritamos o dejamos que crezca.

Y ese miedo es un componente del llamado “paraíso” de la infancia, que puede tener flores muy negras.

El miedo es otra de las enseñanzas de la infancia. Te lo enseñan. Y se vuelve un destino para algunos.

A propósito del elemento del destino, que aparece en tu libro, quisiera que me hablaras del destino de ser poeta. Has dicho que se trata de una vocación, de un desafío: un apostolado. ¿Cómo has experimentado cada uno de esos aspectos?

Ahí es donde se ve como una decisión compartida. Uno puede pensar en muchos caminos. Algunos son más tuyos. Uno va decidiendo, porque ahí entra la profesión, el deseo, lo que tú crees que haces bien. Además, como también he hecho deporte mucho tiempo, he visto que es muy importante el talento junto con la decisión, la determinación y la disciplina. Y luego, cuando vemos el apostolado, vemos una parte más enigmática y misteriosa: podemos soñarnos en un llamado, en un camino donde se conjuga lo que querías con lo que te esperaba. Pero se necesitan las dos partes: lo que querías y soñabas, y confirmar que al mismo tiempo eso era parte de algo que ya te esperaba (un destino, un hogar).

El tratamiento de los temas, el tono de este nuevo libro, ¿le deben algo a la distancia temporal y territorial con tu lugar de origen, con tu primer hogar?

Hay una perspectiva de que no es mi hogar geográfico, ni temporal ni territorial, o no es necesariamente visible en Sigo escondiéndome detrás de mis ojos. No está El Fuerte, ni el calor de ese escenario, por ejemplo; no hay tal personalización. Me interesa más cómo eso se vive en la voz, en la emoción, en los personajes que sienten cosas, más que hablar de la utilería, del color o del calor en esos espacios. Más lejos de la escena personal y más cerca de la emocional. 

De los poetas que te influyeron en estilo y temáticas, has nombrado a Rubén Darío, Salvador Novo y Abigael Bohórquez. ¿Quiénes son los referentes que se sumaron a esa la primera fila?

Pues la fila cambió, se extendió y ahora es una constelación de poesía de todos los tiempos, de todas las nacionalidades y de toda la enormidad que me gusta leer.

Y ahora que te interesa lo cotidiano, lo sencillo y lo claro, ¿qué encontraste en ese camino?

Que en esa claridad puede haber más confrontación y más espejeo de uno mismo. Más preguntas para mí que aparentemente, por ser todo tan claro, no están.

*

 

El ADN de un auto

En familia
nos reunimos alrededor del auto
y escuchamos las promesas de una vida compacta
en el traje impecable del vendedor de autos.
No sería éste como cualquier estreno.
Nos prepararía mejor
para el tipo de vida que merecemos quieta.
Mi padre dirige el ritual
y escucha atento las ventajas
del último modelo en nuestra puerta.
El motor haría que todos callen con su ruido.
Los problemas estarían asegurados contra robos y accidentes.
Los asientos de piel nos harían vernos un poco más altos.
Mi padre pide probarlo
pero no nos atrevemos a subir con él.
Preferimos seguir contemplándolo,
viendo en el atrevimiento de mi padre a otro padre,
orgulloso del rojo deportivo
que nunca ha circulado por sus venas.
Mi padre termina la prueba renovado,
damos las gracias
y salimos de la agencia con muchas deudas sonando el claxon.

 

*

 

Qué hace el niño
meciendo a escondidas la muñeca de su hermana,
soportando distintas fragilidades,
como si esa muñeca y el niño
juntos
tuvieran otra vida,
más respirable, más de niña.

En ese jugar a la maternidad a escala
el niño la protege
cuidándose de que nadie lo vea,
perseguido por unos dientes adultos,
por tres gritos azules
y por unos ojos que nunca parpadean.

Es como si el niño
quisiera dormir toda la angustia de su casa
arrullando a la muñeca,
como si con eso detuviera los golpes del futuro.
Como si durmiéndola
toda la tormenta del cuarto de sus padres también durmiera,
se tomara un descanso para tener sueños de niños.
Qué hace el niño,
desesperado porque no logra dormirla,
destapándose la camiseta
para amamantar a la muñeca de su hermana
con un pezón que se sueña más grande.

(De Sigo escondiéndome detrás de mis ojos)


Hamlet Ayala / Guadalajara, Jalisco, 1993. Poeta. Textos suyos han sido publicados en Buenos Aires Poetry, La OtraRío Grande Review (Universidad de Texas en El Paso), Revista de la Universidad de MéxicoEste País, La Jornada Semanal y Poéticas. Revista de Estudios Literarios. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del programa Jóvenes Creadores del Fonca.