16 marzo, 2020

El cristal con que se mira

de Pedro Martín Aguilar | Reseñas

David Huerta, El cristal en la playa, Ediciones Era, México, 2019, 92 pp.

“No escritura sino cristal/ detrás del que la mano desmenuzaba inmateriales trituraciones/ y abstraía, cortaba, refinaba los tajados ladrillos de las ideas”, escribe David Huerta (Ciudad de México, 1949) en su último poemario, El cristal en la playa —y en el que considero el poema neurálgico, “Detrás de ese cristal”, por su poética autoconsciente—: la escritura lírica es un refinado oficio de cristalero que, como premio al buril lingüístico, “merece el reino, toma el puñado de la magia”. Junto con la reivindicación del arte como trabajo manual, técnica depurada antes que inspiración fortuita, Huerta dispone una visión platónica: detrás del cristal de la escritura, del crisol múltiple del verso, yacen las ideas; lo que leemos es el reflejo de esa inasible diafanidad que solo el poeta conoce, en su búsqueda de transparencias verbales: “Sean la mano y el cristal detrás del que sobreviene / el calor de los dedos. Ese cristal es tu vida”.

Estamos ante un cristal de vida, la poesía. No es un cristal unívoco, sino polisémico: el caleidoscopio que guarda su unidad en la variación, los manierismos de un fractal. Esto explica el mosaico de posibilidades métricas, estructurales y temáticas. El poema de apertura, “Aguas iluminadas”, sentencioso y epifánico, recuerda al haikú: “El espíritu de las aguas iluminadas/ brilla ante la raspadura de la muerte”, intuyendo la superioridad del brillo, de la hermosura, por sobre toda condena. En “Como si”, el versículo aparentemente caótico, eco de Incurable (1987), yergue fragmentos huracanados: “una hilera de palabras estrábicas, con la mirada puesta en el ardor del significante”. Todo poeta contemporáneo es, también, metapoeta.

El cristal no es necesariamente abstruso. “Los burgueses y el hombre de muchos nombres” demuestra que es posible escribir poesía social desde nuevas trincheras formales; así, el divertido Cucufato, que “no suele abrir libros”, terminará, en su tragedia aspiracionista, por “olisquear el aroma embriagador de los burgueses”. Irónico, el poeta cuestiona los privilegios de su oficio: la transformación poético-social, ¿no es acaso una expiación de la culpa burguesa? La respuesta pertenece a cada lector.

“La noche en blanco” conjuga dos polos: el arrobamiento ante la luz, la blancura petrarquista y el submundo tétrico, letal, de las profundidades humanas, esa “Hora de palmas pálidas:/ palmas sin clorofila/ y palmas de una mano sin sangre” que se muda en “nostalgias árticas”, “noche obstinada en su grandeza/ de lejanía y de silencio”. A la par, “He visto la muerte” actualiza el memento mori clásico: “He visto el gesto lunar/ de la muerte/ sobre un labio de niño,/ junto a la silueta de oro/ de un gato”. El Huerta de siempre expande la realidad sensible con una precisa adjetivación, coronada por hallazgos notables: “He visto el avance zurdo/ de la muerte/ sobre arenas oblicuas, playas/ de forma ultraterrena”. Aunque la muerte avance, el intrigante adjetivo zurdo resuelve la existencia a favor de la poesía.

“Laberinto en la nieve” hace las delicias del catador de endecasílabos, con una única y larguísima oración, cuya sintaxis no detiene ningún punto: “Vuelve, nieve sonámbula, a las manos/ que te tuvieron sobre un cuerpo frío/ y en sus miembros tejieron y labraron”, conformando un laberinto rítmico, un furioso intercambio de presencias blancas y amorosas. “[E]l esplendor y el dédalo de bosques/ donde la nieve y un cadáver buscan/ lo que sus escrituras encerraron”.

En clave de homenaje, la entrañable “Oda al páncreas”, con su “Oscuro teniente del azúcar”, se suma al catálogo nerudiano de lo minúsculo. Por supuesto, Góngora —“mi poeta favorito”, como el autor ha declarado— auspicia el festival de emulaciones. En “Incisos del pajarero Papagueno”, las Soledades vuelven remozadas: “Números con alas:/ criaturas arcangélicas/ de trino y aire. El latín escuchado/ en los follajes: arpadas lenguas,/ cítaras de pluma”. Detrás del cristal yace lo que los modernos añoran: volver a la Arcadia de los vates originarios.

Al final, los “Poemas encontrados” presentan la poesía que siempre había estado ahí —en novelas, prólogos, ensayos, entrevistas, tratados— y que solo Huerta se atreve a versificar. Juraría que esta técnica se practica por primera vez en nuestra tradición. De ahí, con atenta humildad, la nota al pie: “Quiero creer que a Jorge Luis Borges no le hubiera disgustado este ejercicio de adaptación y ‘edición’”, mientras “Fuentes de un diccionario griego-español”, a partir de una entrevista al lexicógrafo Francisco Rodríguez Adrados, se transforma en un nuevo “Poema de los dones”: “La literatura exquisita,/ las setenta filosofías, los documentos privados/ que aparecen en los papiros de Egipto// Lo más humilde y lo más elevado”.

Como demuestran sus múltiples aristas, El cristal en la playa tiene un regalo único para cada lector. Aquí he procurado mirar a través de uno de ellos.


Pedro Martín Aguilar / Madrid, 1991. Es estudiante del Doctorado en Letras de la UNAM. Es autor de Cuentos para el fin del mundo (Premio Nacional de Narrativa “Gerardo Cornejo Murrieta” 2018, de próxima aparición) y del poemario Bitácora extraterrestre (Trajín, 2019). Ha impartido clases de poesía en la Universidad del Claustro de Sor Juana.