20 enero, 2020

El cementerio marino (fragmento)

de Paul Valéry | Traducciones

Presentación y versión de Fabián Espejel.

 

¿Por qué volver a traducir un poema famoso que la metafísica y el diamante han empolvado? Dudo que El cementerio marino —publicado por primera vez en la Nouvelle Revue Francçaise en junio de hace un siglo— tenga el mismo impacto que los textos viejos que seguimos habitando. Luis Antonio de Villena ya ha hablado de la esterilidad de su poesía (llegó Muerte sin fin, como un Edipo y nuevo paradigma). La visión marina de Paul Valéry se estancó desde su concepción como ritmo (¡sólo ritmo!) de sextetos rimados, por lo que “debe —según Gorostiza— confinarse al espacio que el autor le concede; y es finito, porque ahí, dentro de ese espacio, el poema se agota y acaba”.

Quizá fue una modesta apuesta querer pasarle un trapo limpio a estos viejos cristales para ver si brillan, si alguna vez lo hicieron más allá de la superficie. Quizá fue una sensación de vértigo cuando me di cuenta de que la eternidad sólo es una palabra bonita que circula de boca en boca, como un amuleto contra el miedo. De que el alma no es más que un puñado de letras sin magia. Quizá voltear a ver la torre de espuma de Valéry, demasiado bella en la costa de Sète y demasiado firme en sus puntos finales, sea ver a tierra firme, un punto de apoyo: una “certeza”. En la poesía —y fuera de ella— no existen las certezas, pero de algo hay que agarrarnos, de vez en cuando.

Sobre la traducción
Traté de ceñirme, como un reto, a un verso fijo (el endecasílabo) y a la rima asonante (intentando apegarme lo más posible al sentido del texto), que me parecen cruciales como el vaivén del mar. Tomé prestados —por eficacia o literariedad— algunos versos (o fragmentos de versos) de la versión de Jorge Guillén; hay también algunos resabios y soluciones de la versión de Alicia Reyes y de Jorge Valdivieso, principalmente. Después de conocer la versión con rima consonántica de Néstor Ibarra, decidí volver a revisar el texto. El resultado fue un par o dos de rimas inexactas, y me atrevo a decir que apenas perceptibles. El ensayo de Gustave Cohen fue mi guía principal para ciertas interpretaciones del texto (p. ej., altitude, que alude a altitudo “en el sentido de profundidad que a menudo tiene la palabra latina, profundidad de las ondas…”). Dedico, con cariño y agradecimiento, esta versión a Alicia Reyes, que, sin saberlo, hizo que escuchara el canto de las olas.

—Fabián Espejel

 

El cementerio marino

No, alma mía, a la vida inmortal
ya no aspires; de lo posible agota los recursos.
Píndaro, Píticas, III.

Techo en calma donde andan las palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas;
¡el mediodía aplacando con su fuego
el mar, el mar, que siempre se renueva!
¡Después de un pensamiento, oh recompensa:
mirar de las deidades el sosiego!

¡Qué obra pura de destellos consuma
mil diamantes de imperceptible espuma,
y qué paz se concibe, al parecer!
Cuando sobre el abismo un sol descansa,
labores puras de una eterna causa,
cintila el Tiempo y Soñar es saber.

Tesoro estable, templo de Minerva,
masa de calma, es clara tu reserva,
agua quisquillosa, ojo al acecho
de tanto sueño bajo un velo en flamas,
¡Silencio mío!… ¡Edificio en el alma:
desván dorado de mil tejas, techo!

Templo al Tiempo que en un suspiro cupo,
asciendo a esta pureza y me acostumbro,
por mi visión marina ya rodeado;
como a los dioses mi suprema ofrenda,
así el sereno centelleo siembra
en la sima un desprecio soberano.

Como en goce la fruta se convierte,
como se vuelve su ausencia deleite
en la boca que extingue toda forma,
aquí inhalo mis humos venideros,
y al alma consumida canta el cielo
cómo en rumor la orilla se transforma.

¡Bello cielo, veraz, ve cómo cambio!
Después de tanto orgullo y tan extraño
ocio, repleto de su potestad,
a este espacio de luces yo me entrego,
pasa mi sombra encima de los muertos
domándome en su frágil deambular.

¡Con alma expuesta al fuego del solsticio,
yo te sujeto, admirable juicio
de la luz que está armada sin piedad!
A tu sitio te llevo de virtud:
¡Contémplate!… Pero traer la luz
implica que esté a oscuras la mitad.

[…]

No, no… ¡De pie! ¡En la era sucesiva!
¡Cuerpo, rompe esta forma pensativa!
¡Bebe, seno mío, el nacer del viento!
La frescura que el mar exhala trae
de vuelta mi alma… ¡Oh fuerza de la sal!
¡A la onda vivaz vamos corriendo!

¡Sí! Vasto mar dotado de delirios
pantera, clámide con orificios
de mil y mil imágenes solares,
total, ebria de tu carne celeste,
hidra que tu esplendente cola muerdes
en tumulto al silencio semejante.

¡Se eleva el viento! ¡Es hora de estar vivo!
¡Abre y cierra una ráfaga mi libro!
¡Surge, audaz, la ola pulverizada
de las rocas! ¡Vuelen, páginas ciegas!
¡Rompe, oleaje! ¡Del agua alegre quiebra
el techo que las velas picoteaban!


Paul Valéry / Sète, Francia, 1871 – París, Francia, 1945. Fue uno de los grandes poetas del siglo XX francés. Se puede rastrear su influencia en escritores y filósofos de las más diversas tradiciones. Entre sus obras principales se cuentan La velada con Monsieur TesteLa joven ParcaEl cementerio marino.


Fabián Espejel / Ciudad de México, 1995. Poeta, traductor y ensayista. Estudió Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Fue becario de verano de la FLM-UV en 2017. Es colaborador permanente de la revista electrónica Página Salmón. Sus textos han sido publicados en revistas mexicanas y latinoamericanas.