20 noviembre, 2023

De ramas y raíces, de piedras y de cielos

de Ivonne G. Ledezma | Reseñas

 
Fabio Morábito, A cada cual su cielo, Era, Ciudad de México, 2022, 120 pp.

Conocí a Fabio Morábito (Egipto, 1955) por su voz. Mi primer acercamiento con su escritura fue al escucharlo leer su poema “In Limine”, con el que inaugura la antología que tuvo a bien grabar para la colección Voz Viva de México en la UNAM, en un cedé que llegó a mis manos a principios de los dosmiles. Desde entonces me cautivó el ritmo de sus versos, la musicalidad nada fortuita que los caracteriza. Ya sea en verso o en prosa, la obra de Fabio Morábito parece construida no sólo para leerse sino para escucharse.

Pienso que las páginas de A cada cual su cielo avanzan como una partitura, en donde el ritmo es tan protagonista como las historias que lo habitan. En la labor del escritor se manifiestan también el niño baterista y el joven cantautor de folk rock que viajaba con el “sombrío estuche de guitarra a cuestas”. Así, lo que en una primera lectura pudiera interpretarse como una secuencia imperfecta, en donde algún poema se alejó de su conjunto, en realidad es un movimiento planeado por Morábito, quien conjuga los crescendos y repliegues de sus motivos a lo largo de los cinco apartados de este libro con un cuidadoso oído musical, provocando que los temas se sucedan y regresen en el momento preciso que requiere su armonía.

Pienso también en la obra de Fabio como un bosque en donde no todos los árboles pueden ser nombrados aún. Algunos están ahí desde el primero de sus libros, otros apenas tienen troncos incipientes que aún no sabemos qué forma adoptarán. A cada cual su cielo sería, entonces, una inmersión en el follaje que en ciertas partes se entrevera. Ramas y raíces hechas de palabras, escarbando cada una hacia su propia dirección. Árboles en metamorfosis que cambian o afianzan su forma, mientras atestiguan el paso de las estaciones, sus bondades y sus estragos repartidos por igual. Árboles a los que podemos contemplar por horas sin perder el asombro, porque en esa observación continua descubrimos hojas, anillos, detalles nuevos.

Así también la lectura y relectura de los poemas aquí reunidos nos corrobora que, en la aparente sencillez de las palabras elegidas por Morábito, habita una profundidad que multiplica las posibilidades de acercamiento. Poemas en los que las palabras transmiten un mensaje claro pero que también dicen sin decir. Poemas donde “nada sea una cosa sola”, seguramente escritos en papel cuadriculado y que, como los planos que él mismo menciona, constituyen “un mundo en el que todo/ se desdobla/ y cada cosa rinde a plenitud. Poemas como piedras descubiertas al partir otras, en una secuencia infinita de búsqueda y hallazgo. Porque, como escribiera Olga Orozco, “todos los grandes vértigos del alma / nacen del otro lado de las piedras”.

Me resulta difícil, pues, sintetizar los temas que descubro en estas páginas, puesto que si bien algunos preponderan, son muchos los que aquí convergen. En los primeros poemas del libro, Morábito escribe sobre escribir, desde la perspectiva del poeta y el narrador que comparten su voz multilingüe. Recuerdo que, en una entrevista de hace muchos años, el autor declaró que nunca alternaba en el mismo periodo la escritura de cuentos y poemas. Quiero dejar sobre la mesa la pregunta de si esto permanece o ha cambiado.

En A cada cual su cielo, Morábito repasa momentos de su propia biografía, pero va más allá y la convierte también en la vida del lector, ésa que ha sido observada y reflejada, en su condición de ser humano. Las historias de infancia se detonan por algo aparentemente tan inocuo como una caja de cartón o un balón que recuerda a otro y, a la vez, a un beso. Encontramos también el asombro ante el descubrimiento, los viajes y sus motivaciones, los trayectos realmente recorridos y los que sólo han sido deseados. Las emociones que puede traernos cada noche por el simple hecho de ir a la cama, solos o acompañados, para compartir el sueño o el insomnio, el reproche o la gratitud. La espera, con todas sus implicaciones. La dificultad o incluso la incapacidad de comunicarse con los demás, ocasionada por una diferencia física o por la distancia que pueden acarrear el idioma, la ideología o la separación. La fe, quizás ajena pero intrínseca en su misma ausencia. La incertidumbre de no saber cuándo llegarán los temblores que siempre se han manifestado en la obra morabitiana: los que ocasiona una falla geológica, los que despierta un roce, los provocados por un golpe de memoria, los que tienen su epicentro en las palabras. Asimismo, las repercusiones de no haber acompañado una mudanza. O cualquier otra decisión en apariencia pequeña pero, a la larga, determinante para la construcción de la propia historia y de nuestra interacción con los demás: personas, por supuesto, pero también encuentros inolvidables con caballos y perros, o desencuentros con ríos e insectos.

Morábito nos recuerda que toda experiencia es susceptible de convertirse en un poema, de que “todo viene al caso si estás vivo”. Y eso incluye la pérdida. Al desmoronamiento que atravesaremos, como nos dicen, “si tenemos la fortuna de llegar a viejos”. Tal vez nadie enfrente la decrepitud y la muerte como quien escribe sobre ello, pues la experiencia del testigo se amplifica al capturar la esencia del deterioro y colocarla frente a sí como un espejo. Los poemas en los que Fabio Morábito retrata esos encuentros con la decadencia física son de una fuerza que abofetea y a la vez conforta, al enfrentarnos a nuestra propia lista de despedidas, los adioses a otros y los que le debemos a las versiones más jóvenes de nosotros mismos.

Confieso que no encontraba cómo comenzar a hablar de este libro y ahora tampoco sé cómo dejar de hacerlo. Quiero seguir leyéndolo, seguir partiendo sus poemas como piedras en muchas más interpretaciones; invitar a quien lea a Fabio Morábito a seguir escarbando con raíces o ramas hasta encontrar su propio cielo, de barro o de nube.


Ivonne G. Ledezma / Torreón, Coahuila, 1979. Poeta. Su poesía ha sido publicada en revistas impresas y electrónicas, así como en más de una decena antologías en México, España y Canadá. Autora del libro de poemas Deshojar el insomnio (2010). Becaria del programa Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila durante el periodo 2005-2006. Fundadora, editora y diseñadora de Nit, tríptico de poesía, de 2003 a 2011. Fue representante de la revista Alforja de 2005 hasta su desaparición, y coeditora y reportera del suplemento cultural Siglo Nuevo, publicación del diario El Siglo de Torreón, de 2009 a 2013. Es integrante de la corresponsalía en Arteaga-Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana.