27 noviembre, 2023

Comenzaron a arrancarse los pájaros domésticos

de Maximiliano Díaz | Inéditos

 
Una forma de luz

Deja que te toque el verano
que abra sobre tu nariz sobre tus
brazos  sus dedos delgados      luminosos
cuántos años llevas ya en este
caluroso patio de juegos cuánta tierra
chanchitos de tierra escupes sobre caca petrificada
has visto pasar sobre los arenales
flojos de tu infancia. Se te han ampollado
los pies sobre la verdad           tú detestas
las chalas nunca has sido
tan entregado al agua

pero sabes también que es la intensidad
del día entrando por tus ojos
la que moldea tu idea
de las cosas. No te gusta
el sol. Y bien
pero hay muchos árboles
que esperan para soltar con deferencia
sobre ti
la cotizada fruta
de la sombra.


 
Saliva

Te llenas la mano con saliva
y abres la palma sobre
la tierra. Con ella lees el día. Estás
detrás del local de diarios
y te haces la pregunta: cuándo
acabará esta larga sed. Te pasas la mano
sobre la polera anaranjada. Los restos
de migas flotan sobre tu taza de leche.


 
Cables

Aferrado con miedo
a las boyas
te sientes como un pececito
de metro y medio en
el corazón del mar.
Viendo a tus padres nadar
entre los vidrios te tocas
el pecho. ¿Nadará también
alguien dentro de ti?

¿Qué harás para que no
se ahogue? Que sea tu corazón
esa misma boya que lanza sus cables
en el centro de tu océano personal
y no el animal venenoso que
espera cauteloso
entre las aguas negras.


 
La pendiente

Y te dicen tranquilo. Ve día
a día. Tómatelo
con calma. Aprovecha
el clima. Tienes dos
piernas y una
bicicleta. Pedalea
hasta el río y cuenta
a las gallinas encerradas
en los corrales de tabla
húmeda. Guarda ganas
para la subida. Querrás estar
solo un ratito. Hace bien

corre a mirarte
en el suave reflejo
del agua sucia.

Este será el primer
conejo que veas vivo. Sin
servirse en un plato
junto con las cebollas y zanahorias
cocidas. Sóbate los tobillos y mójate
la cara. Puedes fumar
un poco si quieres. Pero vuelve
a casa. Los pasajeros y
mercaderes saben que estás
en camino.


 
Escape

Comenzaron a arrancarse los pájaros domésticos y tú aún no sabes cuándo llegará tu momento. ¿Serás local o forastero sobre esas sábanas de impecable percudido? A veces te preguntas cuánto más habrá que esperar antes de recibir en tus párpados al largo recreo del sueño.

En el blanco portal de las ventanas abiertas, de las cortinas temblorosas, en el privado silencio de los corrientes salones de tu ciudad, las personas se encuentran con las aves y no con sus carteles de búsqueda. El vuelo prescinde del permiso, los cuerpos tiesos prescinden de las almohadas.


 
Seco

Es siempre la enfermedad la que
te descubre desprevenido. Corre por ti con
la agilidad del aceite y espera risueña
tu primera puntada:

tal vez en un principio
lo atribuiste al color e intentaste
darle nuevo formato a tu cuerpo
bajo el frío beso de la cascada
que en tu baño se levanta por ducha. Pero ni mil
cuchillos de agua en tu cuello
podrían lavarte esos lunares.

Esperas ahora la cura
durmiendo temprano y pensando en tu próxima
visita al mar en El Quisco.


 
Piedras

Paso con el auto
entre los pastizales
por el paso de nivel
cerca de su casa

y los cuento: son ocho
niños en bicicleta. La acequia no
arregla la temperatura
del día. Y antes de llegar a lo más
alto del puente una pareja:       dos muchachos
se baja de la motoneta
con cabina y letras chinas
a tirar piedras al camino
antes de esconderse, transforman
la carretera en un beso.

Cruzo el paso y vuelvo
a los pastos crecidos
que se sacuden con el recatado
movimiento de cada guarén.

Cuánto más tendré que manejar
para llegar hasta el otoño.


 
Para Tomacho, esperando el tren

Toda el agua del mundo tiene un
precio. No sabría decirte si difiere
de acuerdo a zonas o grados
de pureza pues no tengo
contacto en las aldeas y la de acá sale
tan turbia, Tomacho. Aunque tampoco
sé si se abaratan costos en las piscinas de
la infancia –plástico tubo
blanco pelopincho manchadas de un verde
borroneado–, aunque la tuya está, por fin,
terminada.

Mi primo y yo compartíamos una
ascendencia cercana que no
sabría explicar cuál y lo visité
tantos fines de semana
su pieza estaba al fondo
cruzando el pasillo de una
casa de adobe larga y
oscura y por puerta tenía una
cortina. En algún momento alguien
de la familia     nuestra, de ese mismo
fundamento compartido
me dijo con cizaña
que su abuelo, medio
hermano del mío, lo había
acusado por fumar y su padre,
el de ambos, digo; lo obligó a
apagarse el cigarro en la lengua y
comérselo. Pero es que
así dicen
algunos eran las cosas
en el campo y nosotros nunca
quisimos ir allá.
Su papá, mi tío Pablo

–sobreviviente de una segadora que
intentó tragárselo y sólo pudo darle
una fractura en la clavícula–

levantó arcos
con pitilla y ramas en el potrero
tras el sauce vimos al ratón y
al caballo. Qué verde era
el día lleno de arañas
qué oscuras las dependencias
de la leñera. Cuánto demora alguien, Tomacho,
en aprender a manejar un tractor
o morir en un galpón a dos kilómetros
del lugar donde se levantó,
brillante, la madrugada
de su adolescencia.

   Primo
   qué descanso hay ahora en los barros
   profundos en la camiseta
   de Cazorla en las cervezas
   junto al canal en los zapatitos
   de cuero.

 


Maximiliano Díaz / Rancagua, Chile, 1994. Poeta y librero. Ha publicado los libros Quien amasa las olas (2020), y Bajo la bandera del ocio (2023). En 2019 ganó el Premio Roberto Bolaño de poesía. Es cofundador de la librería Escorpión Azul, en Santiago de Chile.