15 agosto, 2018

Cinco poemas de Hierba a la Luna

de Valentine Penrose | Traducciones

Ensayo introductorio y versiones de María Negroni.



Lo primero que leí de Valentine Penrose fue La condesa sangrienta. Ese libro, al que llegué mucho después de conocer el texto que, con igual título, había escrito Alejandra Pizarnik, apareció en castellano en 1987 bajo el sello de Ediciones Siruela. Se sabe que la novela de Penrose (título original La Comtesse Sanglante) fue publicada por Mercure de France en 1962. También, que Alejandra escribió su breve homenaje (publicado por Aquarius, 1971) en un esfuerzo por fijar las escenas de perversión y demencia de la novela, saturándolas de inmovilidad y goce demorado.

Penrose había contado esa historia así: Transilvania, circa 1600. En el castillo de Cestzje, en los “supersticiosos Cárpatos”, vive una gran dama pariente de reyes. Su nombre es Erzébet Báthory pero los campesinos la llaman la Alimaña de Cestzje. Algunos la han visto atravesar —bella reina de hielo— las salas de piedra del castillo: una sombra envuelta en mutismo y terciopelo, rodeada de viejas y horrendas criadas, de brujas que saben de filtros contra la crueldad. Pero eso ocurre rara vez. En general, la condesa permanece encerrada. De noche, dicen, la dama se extravía. Desciende a los lavaderos gélidos de su castillo y allí, con la ayuda y complicidad de sus sirvientas, tortura y asesina a muchachas. De blanco inmaculado, suspendida en el silencio más álgido, los ojos perdidos en esa cosa sin nombre que está ocurriendo, la condesa preside las ceremonias. Arden las teas. Los sentidos se embotan. Erzébet se ensaña. La sangre brota de todas partes, tiñendo su vestido de un diluvio rojo. Cuando la muchacha muere, Erzébet puede al fin relajarse: se baña en una tina de mármol llena de la tibia sangre de la supliciada. El prontuario final hablará de 650 víctimas.

Se entiende que Pizarnik haya quedado prendada. Todo en el libro de Penrose estimula la idea de la glosa, invita a las traspolaciones. Saturado como está de escenas de fino desamparo, de personajes lujuriosos, de leyendas de la luna que “vive en los desvanes de la noche”, de magia negra practicada en “el humo acre de las hojas de belladona y de estramonio”, el libro es un catálogo de imágenes como un diccionario mágico, además de una verdadera orgía de lenguaje. No por nada están en él, como en un espejo que antecede a su reflejo, muchas de las figuras y expresiones recurrentes en la poesía de Alejandra: la “dama de estas ruinas”, “la sonámbula vestida de blanco”, “la silenciosa”, “la hermosa alucinada”. Es difícil resistir a una estética hecha de furores y precoces holocaustos. También Cortázar se tentó: la historia le sirvió para enhebrar 62 Modelo para armar.

Reconocidas las deudas, queda todavía otra sorpresa. Lo dice Pizarnik al comienzo su propio libro: Además de novelista, Penrose fue una excelente poeta (su primer libro lleva un fervoroso prefacio de Paul Éluard). El dictamen fue escrito en 1971. ¿Sabemos hoy algo más que esto? ¿Dónde está esa obra que nadie conoce?

Las preguntas obligan al rodeo de la biografía. Hija de un coronel héroe de Verdún, nacida en Gascoña en 1898 en el seno de una famila ortodoxa y excéntrica, Valentine Penrose se educó en una escuela de la Legión de Honor. Esta rigidez incentivó su imaginación: su primer poema fue un viaje abortado a París para asistir al Folies Bergères cuando tenía dieciséis años. En 1925 se casó con Roland Penrose, pintor vinculado al grupo surrealista de entreguerras. Su gusto por los sitios y cuestiones extravagantes la llevaron a Egipto (donde conoció a un conde español, maestro en estudios arcanos), a la India, a España antes y después de la Guerra Civil, a vivir en un castillo medieval y a Inglaterra, donde escribió su hermosa novela gótica. En 1944 se alistó en Argelia como soldado, regresando a Francia durante la Liberación. Murió en 1972.

Hay que vencer el hábito de pensar que todos los surrealistas eran hombres: Valentine Penrose participó de esa utopía. No sólo como acompañante. Era amiga personal de Breton, de René Char y Robert Desnos. Breton admiraba la intransigencia de sus textos. Éluard, en efecto, la elogió en dos prefacios. Guy Lévis-Mano, durante mucho tiempo el editor más codiciado de París, publicó sus poemas en los famosos Cahiers GLM. Estos libros, artesanía al mejor nivel, fueron ilustrados por Max Ernst, Miró, Man Ray, Picasso, Wolfgand Paalen, Eileen Agar y Antoni Tàpies. Herbe à la Lune (1935), Poèmes (1937), Dons des Féminines (1951), Les Magies (1972) suman la poesía. En prosa, son imprescindibles Opéra de Marthe (un homenaje a Gustave Doré), Nouveau Candide (especie de collage de un diario secreto, imágenes visuales verbalizadas y escombros de un cuento de hadas), Tàpies: Les Sources Innommées (tributo al pintor catalán) y la ya citada novela La Comtesse Sanglante.

Sus poemas son pequeños objetos extraños. El mundo que reflejan es un mundo privado expresado en términos privados. Mucho de tradición medieval, de alquimia, de sacralización de elementos de la vida cotidiana, de Ramón Llull pasado por la mirada de Breton. Quiero decir, una filiación con el autor del Libro del amigo y del amante que es más una fidelidad a lo maravilloso que a lo místico. Éluard dijo en el mentado prefacio a Herbe à la Lune: “Amo estos poemas. Presiento que Valentine Penrose nunca vacila en escribir una palabra en lugar de otra, optando por lo inmediatamente accesible. De ahí un lenguaje poéticamente límpido, fugaz, que se desentiende de lo referencial. Un lenguaje irracional, indispensable”.

Habría que agregar que son poemas de amor, es decir textos atados al centro de su propia obsesión, voluptuosamente desdichados, aferrados al fracaso y a la promesa de la irrealidad. Sobre todo en la serie Dons des Féminines, escrita en el fragor de España, en la asombrada alegría de amar a otra mujer. Frente a ellos, es imposible no sentir el mismo impulso de Éluard, su frustración ante un mundo tan convencional: “Yo hubiera querido, con Valentine Penrose, amar apasionadamente para lograr esa unión, para reconocer a esa mujer desconocida, la que entra y sale de este libro, siempre distante y, aunque más no fuera en sueños, mirarla a los ojos, aun al costo de todas las metamorfosis. […] Pero la comprensión de las mujeres corresponde por ahora a la mujer. Decir ‘correspondió’ requeriría la destrucción total de un mundo raro, absurdo, tan ceñido al pasado que apenas logra tocar el presente”.

El comentario conmueve pero su franqueza y su buena fe han sido ineficaces. Lo prueba el indolente olvido que rodea hoy en Francia a la figura de Penrose. Desaire, sin duda, pariente de la modorra argentina. Sólo que en este último caso, las secuelas son dobles: al omitirse a Penrose (como si fuera una inexistencia), también Pizarnik queda cercenada, se priva a su obra de un antecedente literario crucial.

Al describir para Éluard el personaje de Rubia (la mujer amada), Penrose puntualizó: “Su inclinación natural es hacia las noches claras cuyo césped es negro, hacia la desnudez inmaculada. A la luz de la luna, su beso pertenece a su propia semejanza, como las alas del pájaro pertenecen al Ala”.

No hay divorcio aquí con la prosa. La febril melancolía de Erzébet, su fúnebre canto de la noche y la muerte, su incurable avidez de lo absoluto están también en los poemas: ese lirismo siempre a punto de volverse crueldad, deleite censurado.

Embargada por el desencanto, tránsfuga de la esperanza (ese sentimiento no poético), Penrose nos entrega una intuición difícil: la sospecha de que lo que importa de la vida es casi siempre indecible, incandescente, horrendo. Gilles de Rais, la condesa Báthory, la “loca” de los Sargazos, los templarios de Pierrefitte, Rubia, son apenas metáforas, personajes que recuerdan a cada instante este asunto irremediable.

Figura no ortodoxa dentro del grupo surrealista (como toda mujer dentro de cualquier movimiento literario), Valentine Penrose se afilió a una propuesta esquiva, movediza y extraterritorial. La extravagancia fue su ardid. Su obra es un collage de ruinas, goce sufrido a cuentagotas y devoción por lo anticonvencial. Sus poemas, pequeños trozos impertinentes, sin sentido lineal, sin jerarquías sintácticas ni de ninguna otra especie. Al fondo, brillando, ese gran mosaico del misterio humano que es su novela gótica.

***

Existe el fuego arde y yo naufrago soy el agua
oh niña fría.
La tierra es mi amiga
También su doncella la luna
así al acceder a las cuevas
los pausas los desmayos lejos de todo acodadas
pasamos la noche intimando
en torno al fuego tres fuegos misteriosos y hermanos.

     Tengo las flores más bellas
     la quimera más bella
     el espejo más bello
     soy el agua que se canta.

***

De este corazón incauto a fuerza de presagios
de luces en alerta
las hojas expectantes exigen el milagro.

Las reinas amasaron el devorado resplandor
las praderas recibieron las llaves del fuego de la danza.

     Perturbada la masa
     atormentado el círculo
     sobre el color a elegir
     vacila la claridad.

Junto a ojos que vendrán la luz insiste
las bestias hacen ronda en torno al claro.

Va a abrirse a florecer al fin único de ti
soltando aire y pompas un globo va a subir
y vieja la cabeza de metal alumbrará
por una noche oh tú
signada de estrellas inconexas
en orden y en desorden como el bosque.

***

Y sin embargo, al modelar el arabesco
con flores brazos
mujer rumorosa de follajes
un único lujo persistente se consumaba en ramas
un único lujo tañía su final de mundo.

     Aquí este punto
     entre dos dedos
     aquí la mano
     extrae el grano.

Sobre el trigal se estiran las zarzas azuladas
hacia aves torpes y sanas el cereal reluce
altivas y hermosas las hojas de reversos blancos
no han de ceder jamás su corazón amurallado.

Y sin embargo dulce el viento
y sin embargo dulce el agua
semillas que se funden se deslizan
el gris el tierno Acuario.

***

Dónde estás tú que recomienzas
tus cabellos como un ramo
sosteniendo los globos y las copas.

La flor del sol se ajaba
yo te ofrecí las riendas verdes
y tú saltaste al solo corazón que cuenta
sin girar sin vacilar
sin confusión
inmóvil

en medio de la sangre de la luz.

***

     Oh dama de las comarcas
allí debajo del cielo y no es poco decir
si se mira bajo el ala
entre el ala y su sombra
a mediodía cuando el astro
y yo dilapidamos vida
en signos
yo adelante
ella a veces con su extensa diferencia.

Hechizado hace tiempo
el corazón en su gruta pende.


Valentine Penrose Mont-de-Marsan, Francia, 1898 – Chiddingly, Inglaterra, 1978. Fue una escritora y artista plástica cercana al surrealismo.


María Negroni

Rosario, Argentina, 1951. Es poeta, ensayista, traductora y académica autora de numerosos libros. Ha sido galardonada con el premio PEN al mejor libro en traducción por Islandia y con la Beca Guggenheim, entre otras distinciones. Objeto Satie (Caja Negra, 2018) y Archivo Dickinson (La Bestia Equilátera, 2018) son algunos de sus títulos más recientes.