24 septiembre, 2018

AMUD. Vértebras lumbares (2)

de Alejandro Tarrab | Ensayos

Lee aquí la entrega anterior de esta columna.


Sin ojos y sin lengua, Amenof no era perseguido por su voz o la imagen de Amenof tirado en la nieve, un campo de dunas de sal.

No toqué la espalda de Amenof cuando pude hacerlo. Era un campo dorado con flores de Chillán que yo confundía con jazmines amarillos por su olor destemplado, las dunas y el aire.

Los dos sentados. Amenof dos puños más adelante, curvado hacia la hierba, sin olerla, y llamándome con su espina de cuello, nombrándome con su lumba ciega. No toqué la espalda de Amenof. Era el deshielo en los sotos rasos del yeso.

Pero repasé en su lugar las falanges tibias de mi mano y pronuncié, por lo bajo, una frase que no hizo de bálsamo o de emplasto de vida. Lo juro. Aunque lo vi crisparse en la hora austral. Ligeramente.

*

En la curvatura lumbar se gesta el movimiento de las tempestades. Aquí se formarán y sufrirán los cambios. La condición erguida —curvada y erguida— del autonombrado sapiens es un latigazo hacia “el afuera”.

En la curvatura lumbar se gesta el sueño de los cielos nimbos y el despegue terrenal. La mirada más allá de los confines (el apartamiento del Finis Terrae), la exploración y formación del Cielo, el medio cielo, el miedo hacia Dios y la sofocación de Dios, la incomprensión y comprensión del árbol, los viajes interestelares, la guerra de los mundos… Todo ello se guarda en esta curvatura.

(Repaso juiciosamente la espalda de mi perro viejo, su recta y desgastada espina. Repaso, hago coincidir mis dedos con cada una de sus vértebras. Más que mirarlo, lo siento, lo escucho: su aliento gigante y sofocado se mete entre el herbaje, aparta a las hormigas, hace volar un diente de león, que es un nombre desmembrado y fugitivo).

Tan pronto como el hueso se curva, se plantea una desviación; ahí se produce, ahí se gesta el movimiento de las tempestades. La curvatura lumbar guarda el dolor y la nostalgia de un apartamiento: la separación de nuestro cuerpo-sapiens de la tierra. Este cuerpo ve ahora de frente lo que dejó —o fue dejando gradualmente— de sentir con toda la sustancia de su peso: el cierzo, la fuerza del polvo formando la inclemencia, los incendios. Potencias y dinamismos que otros intuyen por el olfato o el pelaje. Intuiciones ocultas para nuestros ojos.

A Treatise on Orthopedic Surgery, 1910
Hay —a pesar del contramovimiento de sus propias creaciones-de-hombre, obra— un dolor innombrable en la parte baja de la espalda que recuerda las impresiones de sus primeros ancestros erguidos —curvados y erguidos— contra las leyes de la naturaleza. Porque en la conciencia que fue conquistando de a poco, este erectus sapiens inclina a veces la cabeza para preguntarse: ¿aquél que se yergue y se subleva, aquél que escudriña las potencias del reino en lo celeste, debería hundir su raquis en la tierra?, ¿debería echar raíces?

*

Refutación. El dolor lumbago está asociado con la rigidez, el miedo a la mudanza, el miedo al salto —a la vicisitud del salto—, la tristeza, la profunda tristeza, la sensación de no sentirse sostenido.

L1 está afectada. Vivo un sentimiento de impotencia frente a algo o alguien o algo de alguien que no logro soportar. Vida de la lumba, caída en cielo de la estrella lumbar. L2 soledad y amargura causadas por mi timidez. Inflexibilidad. Pongo máscaras para protegerme, me protejo. El esqueleto de una raie manta me cubre la cara, soy el alfil, la cáscara dentro de la cáscara muy dentro, soy la huracana. L3 está dañada. Situaciones tensas y tormentosas. Me impido decir o inventar formas inquietas, agitadas como mi alma, para no herir o subvertir o malherir de un tajo hacia la muerte. Me hago daño. Juego el papel de “buen chico”, “buena chica”. El esqueleto de la raie manta es un corvo alado, saco los dientes. L4 se rebela, está dañada. Tengo dificultad en transigir con la realidad de todos. También me rompo la cabeza exageradamente y mi discernimiento está a veces… Mi vida está a veces teñida y afectada. L5, cierta amargura puede ensombrecer cada instante.

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No hace falta el incendio forestal —fechado, por decir, en 1490 o 1500 y conservado en testimonio en el Museo Ashmolean en Oxford—. No hace falta el incendio forestal en donde los contornos se desvanecen, como el sfumato de Da Vinci o los fuegos de Duncan. No hace falta el tono de las viejas maderas crepitando o los tercos bordes del río, como puertas ante el pánico, recibiendo a las hordas de animales desde el infierno (porque se me ha abierto el campo en la piel y las visiones abrumadas por el miedo). No hace falta entrar en las tinieblas de ceniza de un bosque consumiéndose para sentir el ahogo.

Respirar, intentar digerir y respirar las resinas, la melaza, los granos de polen. Restos de espinas y durezas, gotas de heces de la miel.

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Contra el concepto de “biofilia” propuesto por el biólogo E. O. Wilson en 1984; es decir, contra la idea de que el ser humano tiene una necesidad imperiosa de conexión con la naturaleza para restituirse —y, finalmente, para ser—, sostengo que a una buena parte de estos seres (¿los más tensos de la zona lumbar?) nos cuesta entrar, por decir, en un bosque, así sea la pequeña reserva arbolada del municipio, la ciudad. No se trata —no de una manera tan simple— del ser-urbano desacostumbrado al contacto con la naturaleza, sino de recibir de golpe un cuerpo portentoso en la postura incorrecta.

Cruzar un bosque es meterse a una extensa cámara de digestiones, a un pulmón donde sucede demasiado, a un órgano que nos retribuye excesivamente y, a un tiempo, nos reclama varios ajustes. Algo semejante a lo que sucede ante el oleaje, ante el embate insistente de las olas; al intentar sostenernos, de pie, contra las mareas.

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Cada animal debe arrastrar,/ en vida, su espina dorsal./ Y una ola juega/ con la columna invisible (Osip Mandelstam).

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El alce de un bosque está en la floresta. Los tallos leñosos se levantan y se mueven hacia el aire. No hay competencia en esta verticalidad. Para cruzar un bosque hay que hacerlo sin lenguaje o con el lenguaje mínimo. Son cruciales, en cambio, los sonidos de pecho, el gime y baal de un ruido de advertencia. El encuentro con un cuerpo de tal magnitud (los árboles pactan con las raíces por debajo, se imprimen cruces y sellos por debajo: una caterva, la séptima y octava adversidades) requiere el desarme de nuestra organización lógica.

¿Sobrevivimos realmente al shinrin-yoku?, ¿salimos íntegros de un “baño de bosque”?

Cada animal debe arrastrar, en vida, su espina dorsal. Una ola y cresta batiente juega con la columna invisible. La curva, el movimiento de las tempestades.

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En el hervidero de vida de la columna, las vértebras lumbares son el desierto. Despojadas de los órganos que las rodeaban, guardan vida en su foramen vertebral. Los seres que las habitan son antílopes, óryx dammah, gangas y cobras recorren su cuerpo y escotadura.

 

Próxima entrega: Vértebras torácicas.


Alejandro Tarrab / Ciudad de México, 1972. Es poeta y ensayista. Actualmente cursa el doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también estudió la maestría. Es autor, entre otros, de los siguientes libros: Litane (2006), Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 2009), Maremágnum (2016), Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016) y Caída del búfalo sin nombre. Ensayos sobre el suicidio (2017). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, checo y serbio.