18 febrero, 2019

AMUD – Vértebras lumbares: última lumba de la lumba

de Alejandro Tarrab | Ensayos

Lee aquí la entrega anterior de esta columna.

 

Los miembros de un cuerpo viviente están
llenos de otros vivientes, plantas, animales…
Gottfried Wilhelm Leibniz

En el hervidero de muerte de la columna, las vértebras lumbares son un baldo. En la lumba ciega, en el baldío, hay líneas mordidas por el tiempo, que es la boca sin tiempo del intruso. El viento mordido mueve un río rojo, alizarina, también mordido en sus orillas y sus aguas. Las corrientes rojas arrastran trozos roídos de piedras desde el cementerio de la lumba, astillas de hueso, cerámicas no reconocidas, un rebús en donde vemos mascarones con nuestras propias fachas borradas, mordidas por el tiempo; porque cada hueso destruido arrastra, en su esencia, la astilla frontal formada junto al ojo, el pómulo salino convertido en leña, una dobladura con la que mordimos y dejamos pasar —hacia adentro— el río rojo de la lumba.


Columna dorsal

Las dorsales son centauros tirantes entre el cielo y la tierra. La mitad de la columna torácica o dorsal (D6 a D1) se yergue con fuerza, quiere batir y levantar el vuelo; la otra mitad (D7 a D12) responde a un instinto animal que simbólicamente se relaciona con la fecundidad y con la muerte: rebaños de centauras y centauros cruzan las florestas en busca de carne cruda.

La columna dorsal es la imagen del hombre montando el caballo de fuego. Hablamos de la antítesis del domador, del vaquero que apacigua al raudo animal para someterlo a sus dominios. La columna dorsal es la unión de piezas que operan juntas, pero no se someten y no se domestican. Ensambladas, cumplen funciones vitales: protección de la médula espinal, articulación costal, vertebral, sostén y movilidad, pero sus movimientos contrarios las alejan y las hieren.

La primera mitad —que hemos asumido como la mitad superior—, la porción unida a las cervicales y después al cráneo, es la fracción que pretende sacudir, derribar, mover la sustancia. A ella se unen y en ella se articulan las escápulas y los brazos, que impulsan la rueda de carro del atleta y los trazos en las distintas lenguas.

La mitad inferior, unida a las lumbares y después al sacro, anhela lo sinuoso, el escándalo de empujar las entrañas genitales en el agua lodosa de la tierra. La columna dorsal baja nos recuerda que fuimos —y aún somos— una línea ondulante dibujada en la arena ardiente del desierto; una línea ondulada y simple a punto de desaparecer en el fondo de la laguna; una línea ondulante y borrosa, una abstracción encarnada (André Virel).

*

“La serpiente visible sobre la tierra en el instante de su manifestación es una hierofanía”.

*

Quirón, “el más justo de los centauros” según Homero, fue maestro de Esculapio, dios de la medicina y la curación. Paradójicamente, este centauro inmortal, capaz de enseñar y de poner en práctica la sanación del cuerpo —médico sagrado, mentor de dioses—, poseía una herida intratable en el pie, provocada por una flecha disparada por Heracles. Su condición de galeno herido reafirma la fuerza tirante, la antítesis y el contrasentido, que son las marcas del centauro milenario.

Al igual que Quirón, herido en la parte más baja de su articulación animal, la columna dorsal se lesiona con mayor frecuencia en los niveles medios e inferiores.

*

El rostro del centauro reaparece en el arte marcado por la aflicción y la tristeza. Moreau, Rodin y Botticelli retrataron centauras y centauros separados del mundo de lo enteramente humano.

En De rerum natura, Lucrecio sostiene la imposibilidad de existencia de los centauros. Basándose en la lógica de dos crecimientos desfasados, Lucrecio afirma que la parte baja —correspondiente al equino— alcanzaría la vejez mucho más rápido que la parte humana. El resultado sería el cuerpo de un caballo añejo ensamblado al torso y a la cabeza de un niño, que llora a lágrimas de largos lamentos mientras mira el cielo.

*

La Centauromaquia refiere el brutal enfrentamiento entre lapitas y centauros. Para la celebración de sus bodas con Hipodamía, Pirítoo —rey de los lapitas— decidió invitar y convidar a los centauros, con quienes compartía estrechos lazos consanguíneos. Los centauros, potenciados por primera vez por las virtudes del alcohol, embistieron a los anfitriones e intentaron violar a Hipodamía y raptar a otras mujeres. Los lapitas los hirieron y les dieron muerte.

Los retratos más célebres de esta lucha están en las metopas del lado sur del Partenón (circa 440 a. e. c.) y en El rapto de Hipodamía (1636-1637) de Rubens. Ambas, representaciones fieras, ya no afligidas y nostálgicas de los rostros de estos seres, a un tiempo equinos y hombres.

Algunos descendientes de estos mismos lapitas migraron y ocuparon la Polinesia, el archipiélago de las mil islas. David Le Bretón refiere que los polinesios se asumían como seres no arraigados en su carne, “sino como una suma de fragmentos interconectados. El cuerpo se veía como un conjunto de entidades separadas”: piezas desasidas, igual que los mil territorios del archipiélago que habitaban e igual que la columna dorsal separada por sus fuerzas tirantes.

Para sellar esta fractura y conseguir la unidad, los polinesios se tatuaban el cuerpo. La tinta de esos tatuajes llenaba los abismos infranqueables entre los huesos y las partes escindidas del cuerpo.

*

(Un mandala tatuado en la espalda, por encima de la línea dorsal hasta la punta más alta de las cervicales, sella tus huesos y encauza los míos).

*

De las vértebras dorsales nacen las migraciones, el llanto y la escritura.

1. Las dorsales desatan nuestras virtudes nómadas; el ánimo de movernos más allá de nosotros mismos. Las dorsales impulsan el cuerpo en direcciones contrarias: “hacia arriba”, lo intangible, el sueño, el sueño de sueños, la puesta en abismo que desemboca en la apetencia por el vuelo y en la muerte; “hacia abajo”, los bajos fondos, el sótano momentáneo, el camarote y los asientos de un tren o de un barco, el polvo de las sequías que conduce a un prado efímero y después a un jardín y a un árbol regados por nieves espectaculares hasta entonces —jardín, nieve, árbol— desconocidos.

Decir “me marcho” o “mi familia de un largo peregrinaje” son una misma cosa. Cargamos a cuestas (sobre las dorsales) nuestras piedras —las más inmediatas, las más urgentes— y nos hospedamos en un hotel de paso o en una habitación prestada. Nos escondemos del padre o de alguien-perseguidor; añoramos no ser perseguidos y no ser, con el tiempo, perseguidores-nosotros-mismos de otro-alguien-perseguido o, incluso, de un-nosotros-mismos. “Favor de no perseguirse a-sí-mismo”, reza, trabaja y no hay escapatoria. Tomamos un café turco y un barco turco —tal vez llamado Espand— y comemos sardinas fritas y molemos y tragamos las espinas de esos falsos boquerones, mientras apretamos el fardo de piedras con los tobillos y verificamos nuestras piedras más pequeñas en las bolsas del saco, mudándolas al fardo y otra vez al saco y a las bolsas del pantalón, más cerca de la piel; nuestras piedras veteadas de identidad, con las líneas de linaje, y apretamos otra vez el fardo con las piedras más grandes, y tragamos las espinas, y añoramos el sabor crudo y a la vez ahumado, y sentimos un impulso por marcharnos y una punzada en la espalda que nos dice: “si quieres, mira hacia atrás”, “serás piedra con tus piedras”, porque no hay pasado y no hay motores de ignición que nos conduzcan.

*

En las escápulas yace un dolor intenso: nuestra apetencia por volar. Movemos los brazos en el sueño, afilamos los omóplatos para separarnos de lo conocido. Con “la mitad de arriba” migramos hacia lo intangible, siempre escindidos, con fardos de piedras esperando en los camarotes de los sótanos, en los asientos numerados de los trenes, en los puertos de llegada y de salida, en las habitaciones prestadas, desde donde vemos insectos y vegetación hasta entonces desconocidos.

(Migré a otro país. En mi habitación prestada, la cabeza de mi colchón y mi propia cabeza daban hacia la ventana. Por las noches —dormía poco— se me enfriaban las orejas, pero podía salir, en sueños, con mayor ligereza. Un día desperté movido por las alas de decenas y luego centenas de termitas que venían del centro de aquel país y de la misma tierra, hasta el marco de mi ventana. No era un sueño. Sobresaltado, en un primer instinto, cubrí con las manos los boquetes de la madera para impedir el tránsito de los insectos. Al menos tres orificios vibraban en mis huesos y en mis oídos: la distinción entre piel y madera, materiales que pueden carcomerse. Puesto ahí, ante una abertura que daba a un pasaje estrecho y el pasaje a una plaza con un templo de cúpulas amarillas —en cuyas entrañas esperaba, sangrante, un Cristo redentor— sentí el rumor, la diestra habladuría de lo que quiere propagarse).

La muerte es la última migración que imaginamos. Hacia el revés o hacia-el-todo-sin-nosotros o la nada, abrazamos esta idea de muerte con los huesos y la cabeza, la envolvemos como un sueño que nadie puede arrebatarnos. Si bien la cabeza y los huesos del raquis —lo sabemos— no tendrán lugar en este éxodo, en estos llanos intangibles.

*

De las vértebras dorsales nacen las migraciones, el llanto y la escritura.

2. Desde la caja torácica los seres se ahogan hacia adentro o se vuelcan al exterior, hacia el complejo de la vida. La columna dorsal posee este doble movimiento: es nuestra manera de indagar hacia las cajas abismales del adentro, en los pulmones, en las aguas del cuerpo y, a un tiempo, nuestra manera de tirarnos hacia afuera, voladura. Los contenedores son entonces el cuerpo y el mundo vivos —vivos, en el sentido de sensación y latencia, como heridas al rojo, como animales rojos, crispados ante una fuerza natural inexplicable—. En ambos casos, dentro y fuera, tocamos la desnudez.

*

En la espalda, entre los dos omóplatos —justo al centro, entre D5 y D7—, está el vertedero de la nostalgia y el recuerdo. Si se oprime esta zona hacia los pulmones, se consigue un gran suspiro y después el llanto.

*

Llorar es despojarse de las capas orgánicas —del vestido del cuerpo— para quedar en los huesos, en la caja torácica, hacia nosotros o hacia fuera en el mundo.

Esta ubicuidad es, de hecho, un engaño. Dividido por la apariencia de un sí-mismo, de nuestro cuerpo que hace las veces de frontera entre lo íntimo y la espesura, no hay afuera ni hay adentro. Este linde es nuestra debilidad de decir existo. El movimiento es el mismo.

*

Desde la caja torácica trasladamos lo inexplicable y doloroso del afuera hacia el interior para llorarlo. Lo lloramos hacia adentro y hacia afuera, con una respiración oscura y prolongada.  Lloramos las pérdidas con el cuerpo, con la columna y la caja torácicas. Si bien la evidencia más palpable del llanto está en los ojos, su alma está entre el manubrio, el esternón y los huesos de la columna torácica. En esta araña de doce costillas —dos de ellas flotantes— se encuentra la máquina del llanto.

*

Hay aguas de enfermedad en los ojos, hay aguas basales para cristalizar el mundo, hay aguas de rictus e impaciencia, de bostezo y de dolor en los ojos densos, hay aguas que la empañan y salan los pómulos, y el mentón se hace leña para prender lo demás del cielo, hay aguas que están por derramarse, corren del dorso de la columna hasta enturbiar los ojos.

*

“Las costillas tienden a fracturarse en el sitio donde se aplica la mayor fuerza, pero también en su punto más débil (el lugar de máxima curvatura, justo por delante del ángulo costal). Las costillas del medio son las que se fracturan con más frecuencia. En algunos casos, las costillas fracturadas pueden perforar el corazón, los grandes vasos, los pulmones, la tráquea, los bronquios […]”.

*

Me resucitaron por la tercera intercostal. Lo contrario del llanto no es la risa.

 

Próxima entrega: columna torácica 2


Alejandro Tarrab / Ciudad de México, 1972. Es poeta y ensayista. Actualmente cursa el doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también estudió la maestría. Es autor, entre otros, de los siguientes libros: Litane (2006), Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 2009), Maremágnum (2016), Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016) y Caída del búfalo sin nombre. Ensayos sobre el suicidio (2017). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, checo y serbio.