19 septiembre, 2022

Amud / Injertos

de Alejandro Tarrab | Inéditos, Visual

 
Siguiendo a Jacques Derrida, “escribir quiere decir injertar”. Lo mismo sucede con el dibujo y la pintura: con los trazos del grafito y el carbón, con las manchas de la acuarela, también se siembra. Se inserta una realidad en otra para reconfigurar y formar nuevos cuerpos a partir de elementos que asumíamos como distantes: una piedra sílex y una crinoidea; un asteroide de 530 km traspasado por los huesos de un bisonte…

Los siguientes fragmentos pertenecen al libro Amud, vinculado estrechamente a la serie de dibujos titulados “Injertos”.

—Alejandro Tarrab

 

El cuerpo, la columna

La columna vertebral es un hervidero de otros seres de distinta especie. Su verticalidad ondulada es recorrida lo mismo por peces que por enredaderas de hiedra, ipomea, criaturas de ponzoña, seres que liban la miel de otros más abiertos y coloridos en el tiempo.

La columna vertebral es un hervidero de vida-que-será. Así se levanta desde el coxis hasta el axis y el atlas y el cráneo; así se curva para morder con los dientes su propia cola —unión de la boca y el coccyx y el sacro— hasta formar un círculo de huesos, un vórtice de naturaleza en el que se escuchan varios estruendos, trinos; un ouroboros de piezas duras y porosas que guardan la semilla.

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El hueso de la almendra contiene la savia de todos los bosques por venir.

En la espina medular de un solo ser reside el alma de las legiones.

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Si por algún motivo el ser muere y se lastima o se destruye esta máquina de máquinas —la columna, los huesos con su savia— el alma de este cuerpo no renacerá.

(Manadas de búfalos cruzando una planicie en la penumbra, entre la niebla.)

Por ello, los lapones regresan al agua el esqueleto íntegro del pez después de arrancarle minuciosamente las carnosidades. Con este acto aseguran un nuevo cardumen y la ingesta para el futuro.

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Me apresuro a disponer cada semilla, cada piñón del esqueleto del oso. Es un oso pardo. Lo cazamos ayer. Su bilis es amarga y fría y nos cura los ojos. Debe estar dispuesta su osamenta. Deben estar: cráneo, dorsales, falanges, escápulas aladas. Lo sentamos en el bosque, lo reverenciamos, lo ponemos a esperar. A esta intemperie le llamamos “entierro de viento”.

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En la columna vertebral (amud shidrá) se propaga la vida de manera escandalosa.

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La columna es un bosque de coral.

La columna —con su corona craneal— es la imagen de la muerte que da vida. Por ello es difícil verla de frente, confrontarla, porque es la forma más desnuda, el último “yo” que será olvidado, puesto a un lado entre el fuego o la tierra.

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El raquis sin piel de luz, sin piel de corteza o cuero, el raquis sin piel de tierra, sin “entierro de viento”, el raquis que ha sido dejado a la intemperie, en los baldíos secos expuestos a los vendavales, en los anillos descontrolados de las fosas comunes, busca —o encuentra desde su condición de exposición y extravío— otros exoesqueletos, otros durámenes (durus, deru, estar o ser sólido) y otros líquenes o enredaderas. El raquis despojado busca otras durezas y otras savias.

 
 
Cabezasteroide

Según Diógenes Laercio, Anaxágoras afirmaba que había venido al mundo “para ver el Sol, la Luna y el cielo”. Este era el sentido de su nacimiento y la concepción de su curso: una esfera ávida y ardiente —él mismo—, dentro de otra esfera de mucho mayor peso y tamaño, mirando por encima otras esferas vehementes. “Decía que el Sol es una masa de metal incandescente y más grande que el Peloponeso […] y que la Luna tiene parajes habitables, pero también cimas y abismos.”

Hacia el 400 a. e. c., observaciones como esta eran tomadas como impiedad. Anaxágoras fue sentenciado por Cleón de Atenas al exilio. El doxógrafo Soción de Alejandría difiere en la sentencia. Nos recuerda que, por motivos políticos, el proceso de Anaxágoras se complicó y además de ser acusado de impiedad fue condenado a muerte junto con toda su descendencia. Cuando fue cuestionado al respecto, Anaxágoras respondió: “Hace mucho ya que la naturaleza nos tiene sentenciados a muerte a ellos y a mí”. Pater et liberi.

El desenlace difiere según dos versiones: en Acerca de la vejez, Demetrio de Falero afirma que Anaxágoras enterró a sus hijos con sus propias manos (y hay que ver la importancia que tienen las manos en Anaxágoras); en cambio, en Vidas, Hermipo apunta que, mientras esperaba su ejecución, su discípulo Pericles intercedió por él y gracias a ello fue puesto en libertad.

En cualquier caso, se sabe que Anaxágoras murió de inanición, esto es, se dejó morir o se dio muerte no levantando la mano contra sí —como en la expresión de Jean Améry—, sino manteniendo abajo ambas manos, sin dejarlas cumplir su función de sembradoras y recolectoras de los frutos (esferas) que otorgan la vida. Esta elección no debería interpretarse como un hecho fortuito, ya que precisamente el nous —la inteligencia, el pensamiento— anaxagoriano es una consecuencia de tener manos.

Bajar u ocultar las extremidades, contener las manos para no llevar alimentos a la boca, sería, en este caso, un acto paradójico y subversivo: bajo las manos para sublevarme.

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“Bajo el arconte Démilo cayó una piedra del cielo […], Anaxágoras afirmó —entonces— que el cielo entero está hecho de piedras, que se mantiene unido debido a la fuerza de su movimiento rotatorio y que, de aflojar éste, se desplomaría”.

En su honor, Cornelis Johannes van Houten nombró, el 24 de septiembre de 1960, “Anaxágoras” a un cuerpo que orbita el Cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter.

El 24 de septiembre de 1960 el cielo de Van Houten divisó otro cielo de cabeza, lo designó provisionalmente con el número 6092.

Anaxágoras tarda 1540 días terrestres en completar una vuelta al Sol.

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La cabeza es un cosmos de piedra mirando otros horizontes de piedras fuera de lo humano, fuera de ella misma (caput, capitis).

El universo es una gigantesca cabeza de piedras extrahumanas extraterrestres, en la cual orbitan y triangulan otras piedras. Aquí, nuestros cráneos son minúsculas, casi imperceptibles, partículas de estrellas de tiempo.

Y, sin embargo, en el interior del cráneo suceden cismas, acumulaciones, faltas e incomprensiones de magnitudes siderales. Tememos con la columna, con la cola y la cabeza entre las patas, todo ese cuerpo espacial que nos devora y nos contiene, que nos fagocita, nos digiere y nos desaparece. “Cualquier mirada a la fábrica terrestre y a los espacios extraterrestres basta para acrecentar la evidencia de que el ser humano es sobrepasado por todos los lados por exterioridades monstruosas que exhalan hacia él frío estelar y complejidad extrahumana”, dice Peter Sloterdijk en Esferas.

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El escultor suizo Jean Tinguely construyó arrecifes de máquina que no sirven para el mundo. Sus mecanismos provocan conmociones, hacen que la cabeza se abra y se desboque.

Yo las miro (sensación) con las antenas del cuerpo. Mi bregma (dios arriba, dios abajo) se descarna y se deshuesa, mi pelvis grana atrae a los insectos, una avispa liba mi cresta iliaca, mientras mi cuerpo se curva, el cardo asteroide de mi sueño, uno de mis brazos está siempre en el fuego. No hay ningún consuelo, ningún sufrimiento, ningún dios.

 


Alejandro Tarrab / Ciudad de México, 1972. Es poeta y ensayista. Actualmente cursa el doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también estudió la maestría. Es autor, entre otros, de los siguientes libros: Litane (2006), Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 2009), Maremágnum (2016), Ensayos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016) y Caída del búfalo sin nombre. Ensayos sobre el suicidio (2017). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, checo y serbio.