Ramón López Velarde: algunos poemas en traducción

Durante algún tiempo me tentó la idea de que el libro de Legault se tradujera. Pero me pareció al final que no es suficientemente amplio ni hondo nuestro conocimiento de Dickinson para que la empresa tuviera sentido. En cambio, como un homenaje a él, y de forma natural a Ramón López Velarde, ofrezco estas “traducciones” de algunos de sus poemas, que son parte del proyecto más amplio de “traducir” El león y la virgen: la selección original y aún muy valiosa que hizo Xavier Villaurrutia de sus poemas.

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Cuatro reescrituras de Ramón López Velarde

Yo que canté con otros corazones/
en fuga de vida, cada poemática;/
alzo hoy la voz a la mitad del viaje,/
vibrando luz, con mis labios partidos,/
alzando la cara tiznada al cielo/
para rasgarle el velo a la justicia.

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El gran merodeador de la vida: comentarios a Un acueducto infinitesimal, de Ernesto Lumbreras

Las aproximaciones a la vida y milagros, la travesía terrenal de Ramón López Velarde, siempre me han parecido (incluso las que abiertamente se han ubicado del lado de la ficción) una lección de anatomía. Ante los misterios del cuerpo, incluso creyendo que hallarían el espíritu, los antiguos facultativos procedían a la disección. Justo esto se ha llevado a cabo con el corpus de la obra literaria y la correspondencia, intentando descubrir pistas conducentes al enigma del alma creadora.

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El cortejo pagano

El sentimiento religioso de López Velarde, de sus primeros a sus últimos poemas, es indudablemente sincrético. Los temas recurrentes de su obra —las nupcias imposibles, la generosidad sensorial del universo, la inminencia de la muerte y el retorno a la tierra— encuentran casi siempre una manera cristiana y a la vez pagana de manifestarse.

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Ramón López Velarde y sus contemporáneos

Los poetas no tienen biografía. Tienen destino, subrayó León Felipe. Lo demuestra López Velarde, quien se afanó, en sus versos, a desempeñar su propia aventura y así tratar de vivir “la formidable vida de todos y de todas”. Junto a sus contemporáneos Eliot y Pessoa, buceó en su “interior de hombre” y supo hacer de los pequeños cuidados de cada día la pequeña e ignorada obra maestra.

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Diccionario lopezvelardeano (2)

Da la impresión, al leer los versos, que a López Velarde se le quedó vívidamente el ahogo del deseo y algunas imágenes en el recuerdo: los ojos verdes y el vestido enlutado, la prima que teje en el corredor, la voz de Águeda a la hora de comer acompasando el sonido de la vajilla, el cesto de frutas sobre el viejo armario.

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Diccionario lopezvelardeano

López Velarde creía que desde Sor Juana hasta Manuel José Othón y Manuel Gutiérrez Nájera había un enorme vacío en la lírica mexicana. Parece no haber leído, o muy de paso, o tal vez porque no circulaban bien, ni a Ignacio Rodríguez Galván, ni a Ignacio Ramírez, ni a Laura Méndez. A Manuel M. Flores y a Manuel Acuña apenas los mencionó y fue para descalificarlos. Es decir, ningún poeta de los tres romanticismos mexicanos se salvó del cadalso.

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López Velarde, verde y azul

Si dibujáramos la vida del poeta en la capital del país, o si la esculpiéramos, atribuyéndole las líneas y el volumen de una figura geométrica más o menos regular, podríamos representarla como un poliedro de cuatro caras: en primer lugar, la cara de su relación estrictamente individual con el oficio de poeta; la cara, en seguida, de su vinculación con los artistas, escritores y editores de su tiempo; después, la cara de su experiencia política; y, por último, la cara de su andanzas eróticas y sentimentales.

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Ramón López Velarde regresa a la Ciudad de México (2)

Al poco de llegar a la gran metrópoli, el poeta busca a conocidos y amigos que trató durante su primera estancia, de finales de marzo de 1912 a mediados de febrero de 1913. Muy pronto se le verá en el estudio de Saturnino Herrán, en la calle de Mesones 82. El pintor aguascalentense se ha ido forjando poco a poco un nombre, en medio de una generación brillante, donde habrán de figurar José Clemente Orozco, Diego Rivera, Ángel Zárraga, Roberto Montenegro y otros más.

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Ramón López Velarde regresa a la Ciudad de México

Proveniente de San Luis Potosí, el joven abogado Ramón López Velarde llega en tren, la noche del jueves 10 de enero de 1914, a la Estación de Colonia de la Ciudad de México. A diferencia de otros puntos del país, la capital goza de tranquilidad y bullicio. Los banquetes en honor al general Huerta, “el salvador de la Patria”, son noticia frecuente en los diarios. El 24 de diciembre, el asesino intelectual de Madero y Pino Suárez celebró su cumpleaños número 62 en un salón-comedor de Palacio Nacional donde, en un momento estelar de la noche, José Juan Tablada dedicó al usurpador estas palabras: “Se evocan de Cuauhtémoc la figura / su alma y su faz de bronce, no en vano / pues renovaste su épica bravura / al triunfar en Bachimba y en Rellano.”

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