Máquinas del extrañamiento

Siempre hay algo más. Personajes esbozados en escenas incompletas, agentes de acciones crudas, a punto de, en el límite de, al filo. Ambigüedades, finalmente. Veintitrés poemas, si así los queremos llamar, que son a la vez puestas en escena. Veintitrés poemas donde, como afirma Hernán Bravo Varela en la contraportada, “el dolor nace de lo vivo y, al mismo tiempo, hace nacer lo vivo de sí”.

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El trino entrecortado del Pájaro Azulejo

Quien escribe poesía investiga. La obra, sin importar extensiones, es una suerte de estudio de la realidad. A nuestro alcance quedan los poemas de Dickinson para probar los frutos de su observación profunda.

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Roberto Appratto (en contraste con la “poesía bitcoin”)

Esta “versión” de Appratto comienza con la frase “Lo que se escribe es estrictamente privado”, que al reaparecer huérfana como cierre del libro induce a pensar que puede tratarse de una pista de cariz un tanto oracular y, por ende, no exenta de peligros, en virtud de que no admite una interpretación unívoca ni directa. Hay que leer todo el poemario, para penetrar en esa advertencia o, al menos, quedar con la impresión de que así ha sido.

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Un libro o una llave

Darío reflexiona en torno a la relación entre palabra y mundo en el nivel enunciativo del texto. Quiere, por ejemplo, “calcular el peso neto de esta cosa indigna de llamarse” o afirma: “metí la lengua por el agujero del objeto” (¿y qué es el lenguaje mismo sino una forma de meter la lengua, como una llave que entra en la cerradura, en los objetos?). La palabra ocupa un espacio, tiene un peso y una contundencia tosca y concreta en este libro.

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Una lengua constituida por afectos

Lengua materna, de Yelitza Ruiz (Iguala, Guerrero, 1986), se vuelve un libro imprescindible para tratar de acercarnos a ese misterio eleusino; recorrer sus páginas nos plantea la posibilidad de mirar cómo la poeta ve trastocado el orden que la cultura patriarcal nos impone: la madre, de quien se esperan los cuidados, es ahora quien debe ser cuidada.

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Parque de la Marquesa (coletilla)

uno cuenta: “Conocía la historia. Ignoraba la verdad. Mi presencia misma era, en cierto modo, una mentira” (Fuentes, 1999).
otro: “palabras menos, así: Hubo un taller. O habría. Habría habido un taller. De haber tenido” [ilegible]

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Reforestar el bosque con palabras nuevas

Circo volador es un viaje al origen, como decía, para meter en una mano la representación de la vida: “Cuando nacimos creció el mundo”, la explicación real de lo ocurrido. También para regresar a la soledad de la escuela y destruir el dolor que nos impuso el silencio. Es una oda a los raros, a los sincariño, a los desterrados del patio de los vivos, a los apartados del mundo por no cumplir con las características esperadas para habitarlo. Y es, finalmente, un canto de júbilo a la libertad y un llamado de atención contra tanta violencia legalizada.

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La grieta de Zaidenwerg

Un tema que atraviesa todo el libro es la noción de pertenencia: territorial, cultural, lingüística. Lo multicultural no es visto solamente en su carácter racial o etnográfico, sino que se le sitúa en un espectro amplio de marcas y funciones retóricas: los modos de consumo, la actitud frente al pop o la cultura libresca, la actitud poética frente a los géneros orales o performáticos, y el peso que en cada una de estas actualizaciones lingüísticas/semióticas pueden tener los orígenes y el background de los individuos-ficticios-poetas que conforman la muestra.

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Ante el rumor de la niebla

Mariana Bernárdez y yo participamos de una misma lengua poética. O, para afinar mejor, de una misma intención, donde la poesía no es una sucesión de imágenes paralelas a la vida que busque iluminar a esta última u otorgarle a la realidad un sentido diferente, sino un constante indagar en las señales que acaban marcando un sendero por el que caminar a tientas, en busca de no se sabe qué exactamente, pero con la certeza de que ese no saber encierra todo el conocimiento que necesitamos. “Entreme donde no supe/ y quedeme no sabiendo”, que decía Juan de Yepes, autor tan presente en Rumor de niebla.

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El país del ahora

Yo lirio, tú lirias. De un campo lirio, ¿yo lirio, yo lírico? Y si lirio de un campo, ¿de cuál hablamos? ¿De la memoria, de una extensión de palabras, de un conjunto de representaciones que suceden en el tiempo y, por el poema y el sueño, fuera de él? La bucólica sugerencia («De un campo lirio/ ay, de mí Llorona») del pentasílabo que conforma el título deja de ser solo eso al torcerse el lenguaje: la verbalización de un sustantivo ya nos sugiere algo más que de facto nos conflictúa; esto y la inmediata evocación de la canción mexicana, que solo se canta cuando la boca es herida, pozo de tequila, oráculo del pasado.

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