Signos atravesados

Has desaparecido con los trotadores sudamericanos,
   fiestas ajenas se ofrecieron como bocas húmedas
   que penetramos turgentes de alcohol y risas,
   que iluminamos como medusas flotando en el humo del cigarro.
Encontramos a veces la Cruz del Sur en los cielos del norte,
   inalcanzable,
   crucificando la noche o nuestro destino sudamericano,
   de todas formas,
nos supimos clavados contra los cielos del sur.
Desilusiónate –dijo uno de los trotadores.

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A ojos de todos. Sobre El suelo pesa de Víctor Hugo Díaz

Una constante de los libros de Víctor Hugo Díaz, y que es difícil obviar, son las portadas: cada una de ellas constituye un objeto de arte que provoca en el lector una experiencia poética de entrada. En este caso, las palabras del título “El suelo” va en horizontal y “pesa”, en vertical, hacia abajo, como reforzando la idea de “fuerza de gravedad” de la tierra y con ello, tal vez, “las dificultades” de la vida misma, modernamente entendida como “ascenso” o progreso constante.

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Comenzaron a arrancarse los pájaros domésticos

Deja que te toque el verano/
que abra sobre tu nariz sobre tus/
brazos  sus dedos delgados      luminosos/
cuántos años llevas ya en este/
caluroso patio de juegos cuánta tierra/
chanchitos de tierra escupes sobre caca petrificada/
has visto pasar sobre los arenales/
flojos de tu infancia.

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Un lugar real en el espacio

aunque te parezca tarde y ahora sepas/
lo que cuesta empezar/
tendrás que hacerlo/
aunque seas un viejo gris/
antes de tiempo/
y no puedas distinguir un pliegue/
tosco, una arruga en el papel/
de la línea que divide los estados/
el de ahora, el que fue/
la vida vieja que dejaste alargarse

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Me escribiré de nuevo y no tendré fin

Que mi ánimo es beligerante y deseo quemarlo todo./
De todo aquello que han dicho de mí/
solo esto último es cierto. /
Antes escribían sobre este nombre que cargo/
versos de amor/
pero en aquella época yo era joven/
delgada y hermosa/
y tenía una dote de veinte mil libras esterlinas./
En aquella época yo era delicada como una flor/
y no podía mirar a los ojos.

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Será la hermosura quien hable, tan blanca

Del árbol viene llegando/
un silbo, rumor de cielo/
lo trae el viento en su vuelo/
y en tierra sigue aleteando,/
trinares canta y cantando /
hilvana el ave su verso/
queda en el aire, disperso/
su trino, preciosa gema/
allí anida el poema/
más lindo del universo.

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Caricia de Mercurio. Oda a Raquel Jodorowsky

esa noche la representante de la lengua inglesa era Margaret Randall/
misma que al final del recital me presentó a Sergio Mondragón/
Creo que justo fue éste quien me facilitó el correo de Raquel…/
Pero las cosas no salieron tan bien…

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Enchufemos el módem al poema errante

El poema no sirve para nada/
si entendemos “servir” como un cotejo/
entre un pedido igual a un resultado,/
pero la poesía es la pregunta/
y “está al servicio” del lector. Le sirve/
precisamente porque lo emancipa/
de los demás discursos, los que solo/ usan palabras para un objetivo/
interesado. En el poema bailan/
las palabras cambiando lo que veo

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