Alfonso Alegre Heitzmann, Hueso en astilla, Barcelona, Tusquets Editores, 2024, 192 pp.

La cita directa y expeditiva de Yosef Taitazak con que se abre el último libro/camino/faro y voz desposeída de Alfonso Alegre Heitzmann (Barcelona, España, 1955) lo dice en realidad ya todo de él, en función de su renuncia a decir:
Todo lo que las palabras desertan para alumbrar el vacío.
Precisamente por eso mismo, igual que preside el libro, debería presidir todo acercamiento —lectura, comentario, recorrido— a ese doble movimiento que lo puebla: decir para no decir, no decir para hacerlo, desertar de la palabra para tocar su lugar más interior, su corazón inflamado.
Incluso podríamos ir más allá porque, si repasamos la actividad que en el mundo de lo literario viene realizando Alegre Heitzmann, toda ella circula por el mismo camino, por territorios tan silentes como enunciativos. Ya desde prácticamente los años ochenta cuando dio a luz, con Victoria Pradilla, aquella revista única, especialísima, que fue y que es Rosa Cúbica, y cuando apareció en el invierno de 1995 aquel número dedicado a los 25 años de la muerte de Paul Celan y a uno de sus títulos más raros e innegociables, Die Niemandsrose [La rosa de nadie], que de tal modo, de un modo más expuesto y solitario, reflexionaba sobre las posibilidades del discurso, sobre la vulnerable naturaleza de la palabra.
A ello podríamos añadir los estudios y ensayos de Alfonso Alegre en torno a Juan Ramón Jiménez, al arte, al pintor poeta Vicente Rojo, y por supuesto cada uno de sus otros títulos de poesía: Sombra y materia (Barcelona, 1995), que recoge su producción poética escrita entre 1984 y 1991; La luz en la ventana (Barcelona/México, 2001), con grabados de Vicente Rojo; La flor en lo oscuro (Valladolid, 2003), con grabados de María Girona; Agón. Contemplación de Antoni Tàpies (Barcelona, 2008), con dibujos del pintor, y El camino del alba (Barcelona, 2017).
De la poesía de Alegre Heitzmann se han afirmado muchas cosas, que es exquisita, luminosa, hermética, fragmentaria, esquiva, sintética, huidiza. Yo me quedo con estas dos condiciones contrarias y a la par complementarias: la suya es una poesía plenamente elocuente y plenamente silenciosa. Por ello, las encontramos también, señalándola, en la conferencia que apenas dedicó a Antoni Tàpies en el museo del artista en Barcelona bajo el nombre de “Una nada de inagotable secreto”, y en la que observamos claves que aplicar a este despojado “Hueso en astilla” que ahora nos regala.
Acogiéndose a algunas de sus figuras tutelares, hablaba en ella de Meister Eckhart y de su afirmación de que “el fondo de Dios es mi fondo”; de la visión interior que Rainer Maria Rilke consideraba propia de todo poeta solo en función de sí mismo; o bien, de Kitarô Nishida para quien la creatividad conduce al sujeto hacia la transcendencia de lo profundo. Los tres practicaban una especie de buceo en la interioridad más honda y mistérica de las cosas y en el silencio, en ese íntimo callar en que la palabra poética consiste. Además, para completar la idea en dicha conferencia, su autor citaba los versos que José Ángel Valente dedicara a Tàpies: “Un poema no existe/ Si no se oye antes/ Que su palabra/ Su silencio”. Y de ellos extraía una reflexión que, como creador, le pertenece enteramente: reflexión según la cual si la poesía existe es para posibilitar una forma susurrada de mutismo. Éste se hace audible dentro del poema, en su corazón más callado; sin aquél, el poema no vive. Así en “Arriate”:
Callar
transparente,
el silencio canta,
miríadas de alas
en el cenit del sol,
fresco
esplendor
del ser
que escucha.
“Preferir el silencio a la palabra vana” es una de las opciones que Alegre Heitzmann aprende y destaca en su texto introductorio al número de Rosa Cúbica, antes comentado y dedicado a Celan. Preferir una forma escueta de enunciación, de canto impedido, de señal avara en medio de los excesos comunicativos que nos rodean, porque sin duda la nuestra es una época de palabras vanas, de opiniones desbaratadas, de ruido medioambiental, de informaciones extremas, de narraciones promocionales.
Cuando todo eso se calla, ya no los vocablos, los más simples fonemas, las humildes letras del alfabeto se dan en sí mismas, lejos del encadenamiento mercantil y utilitario del discurso, en la entereza de lo que falto de sintaxis, de engarces, se presenta completo, locuaz y en la plenitud de su aislado estarse.
De las muchas cosas bellas y buenas que podrían predicarse del último libro de Alegre Heitzmann, me gustaría centrarme en esta condición paradójica y austera y, sin duda (sobre todo en mi caso), benefactora del silencio que su autor ha elegido para él y en las propiedades que lo diferencian y lo fecundan.
En primer lugar, se trata de un silencio habitado, todavía imbuido de una cierta ausencia: no es una nada inerme o un vacío inane.
En la sección “Labdácidas” encontramos:
“El tiempo es un templo olvidado que la luz aún recorre”
“Cada palabra es una huella de lo que una vez estuvo”
Así pues, el silencio se articula con lo que queda: marca, señal, eco, una resonancia de algo perdido, una inminencia de algo por venir. Esa sensación de que algo lo puebla imanta la palabra que en él se sustenta y la hechiza. Por otra parte, este silencio no deja de oírse; está en todas partes y es perceptible, pero con otros sentidos, mediante un ejercicio de sinestesia frustrada. Se alcanza por ejemplo al “Oír el sol en la llanura,/ la sombra entre las piedras”, mediante una impropiedad de la escucha o una observación equívoca. Así en “Clepsidra”:
El caer de las letras al alba
es un rumor casi inaudible,
apenas un oír se ve,
un no ver se oye,
un arder inmaterial,
un descender
casi ingrávido,
sin destino,
clepsidra de luz.
En todo esto, como ustedes podrán concluir, hay mucho de misticismo y de entrega, de creencia y de camino. Y lo hay aún más en la tercera condición que percibo dentro de este silencio retratado por su autor: la condición de la soledad absoluta, la exigencia de un desapego, de una separación total que a veces se transfigura en negación. En “Vestigio”, por ejemplo:
El ángel que las traía
siempre le decía: no.
Borraba los signos,
antes de que llegara la palabra,
sufría de un decir que no era suyo.
¿O sí lo era?
Y letra a letra le negaba
cada nuevo vestigio de esperanza.
El silencio obliga entonces a la soledad como una de sus propiedades intrínsecas: soledad del poeta y del receptor, pero, sobre todo, soledad del propio poema, del morfema en sí. Son los nombres y las voces los que deben aislarse para tocar esta forma vívida del silencio, evitando así eso que hoy lo falsea todo, eso que pedimos en todos y a todos: la fabulación justificativa de lo que hasta la saciedad llamamos ahora relato.
El problema y la grandeza de Cordelia, el personaje de Shakespeare, que puebla con su presencia estas páginas, es que no tiene relato, no tiene fábula, no puede decir falsa ni retóricamente; pero, a cambio, tiene verdad. Su mismo nombre, con el que fue bautizada la hija de Alfonso, oculta en su silencio la inmanencia sin discurso de lo que vive en el corazón.
Para explicarlo mejor acudo a Jacques Rancière que, en La palabra muda, pide la sustitución de una poética de la historia, del argumento, de la ficción en la disposición enlazada de la prosa, por la poeticidad expresiva y aislada de la palabra en la poesía. Y acudo, además, a la denuncia de Léon Bloy contra lo que él califica de idolatría literaria que “sacrifica el Verbo al culto de la frase”, al argumentario y la narrativa. La poesía juega en otra liga: la del Verbo con mayúscula, en toda la inmanencia de su soledad preñada.
Respondiendo a ese requerimiento, no hay cuento aquí, en el libro de Alfonso Alegre Heitzmann; hay certeza y luz, hay instante y determinación y hay voz.
Bebemos el agua de otra sed,
oímos los pasos de otra nieve,
deletreamos la palabra caminar,
construimos un fue que será ahora.
Hojas del árbol que tiemblan el ser.
Hablamos otra luz, esta que sube.
Lo sabe el tiempo.
Autor
Esperanza López Parada
Madrid, España, 1962. Poeta, traductora y académica. Es profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid y crítica literaria en el suplemento Babelia (El País). Sus libros de poemas más recientes son Las veces (2014) y Un tiempo de gracia (2022). Ha traducido libros de Saint-John Perse, Dominique Sampieró y Jules Laforgue.