No. 97 / Marzo 2017
El poder insignificante de la poesía
La reivindicación del mito como conocimiento y percepción directa del mundo era el papel que un poeta, Cesare Pavese, atribuía a la poesía.
La poesía de Pavese narraba a la manera de los antiguos mitos, que son antes que nada narraciones cantadas. El mito, en efecto, es crónica que no necesita comprobación empírica ni lógica. El problema de la teoría de Pavese es que creía que ese papel de la poesía se había terminado con la llegada del cristianismo, que puso por delante el espíritu, lejos de la naturaleza («Después de Cristo y después del Logos, la naturaleza se ha apartado [fue apartada] de la fuente mística de la fuerza y de la vida, que viene ahora del espíritu», El oficio de vivir, 3 de abril de 1949). Sin embargo, el cristianismo es, o ha sido, narración, más quizá que cualquier otra religión; y Cristo ha sido a la vez héroe y mártir; y la naturaleza —la narración— hizo girar en torno suyo todos los mitos y todos los símbolos: peces, frutos, desierto, mar, sombra, montes, olivos, palmas. Si la poesía pudiese recuperar esa función natural-simbólica que la emparenta con el mito, o que hace de ella una versión del mito a partir, cada vez más, de la vida cotidiana, historia y poesía volverían a ser leídas, cumplirían una función, hablarían a la sociedad. Lo sagrado, aquello íntimo y extraño que viene con nuestra percepción primera e inmediata, acaso terminaría siendo político, construyendo polis, ciudad, sociedad, lengua hacia la verdad.
La palabra no ha sido totalmente capturada, planea aún donde quiere «en estado de eficacia» (Ezra Pound diría), pero al mismo tiempo, y en mucho mayor grado, es usada para provocar el error. Mucha gente pensó en la Metrópolis que los inmigrantes les quitaban trabajo, y acaso identidad, y que los lejanos países destruían sus industrias. No tuvieron un presidente que les dijera: están equivocados, lo que ven sucede por otros motivos, pero además, también sucede por otros motivos lo que creen ver pero no están viendo (los inmigrantes no quitan el trabajo). La identidad se construye así con mentiras aceptadas; la historia se construye no con mitos sino con temores y supersticiones (la superstición es la reacción asustada ante aquello que no se conoce —el Inmigrante—; mito es, en cambio, la verdad narrada: la «distancia sagrada» de la que hablaba Pavese impera en él, excluye el temor).
La función arqueológica de la poesía podría ser leída entonces.