septiembre 2025 / Inéditos

Nadar el río para poder nombrarlo



Comunicación extrasensorial

Es una relación óptica, floral y de color.
Nada de llorar, maullidos o ladridos.
Y si nos entendemos bien alguna descendencia habrá.

Comenzó como un distrito en mi patio trasero.
Ahora es un estado o nación, con fronteras sólo marcadas por el sol.

Busco ser su Calipso, Tláloc, Gea.
Pilar de nubes que provee nuevas aguas, tierras. Tiemblo
por las llanas y recargadas.
A veces más es menos. A veces más es muerte.

Leí que vociferan cuando están estresadas,
que no es perceptible, a mi oído ignorante.
Y me pregunto si me escuchan cuando converso
sobre sus ávidos brotes y les pido permiso
para cortar los cansados.

Hay algo terapéutico
en hacerse cargo de otro ser vivo.

Tal vez sí hay una relación sonora después de todo.
Quizá su plañir extrasensorial me inquieta
cuando olvido regarlas.
Ellas hablan para tenerme cerca
y yo les hablo para que sepan que estoy ahí.

¿Será que lo hemos logrado?
Siglos de religión insultan, de dioses
caprichosos, pecados y fuegos robados.
Aquí mismo solventados.
Sólo escuchar, sentir, y nada de diluvios.

Las palomas no se lamentan

La observé. Estaba en su pilar de siempre
sobre el gran muro, que se alza detrás de mi patio.
Sé poco de este mundo
por lo que no sé su nombre.
Desde aquí parece tener rasgos de paloma.
Pero sé que las palomas no se lamentan.
Cada día a las diez de la mañana, empieza a ulular.
Tiene a mi mamá harta.
Dice que lo hace por mortificar.
Pero yo creo en la consecuencia de su llanto. Creo
en su pérdida. Y espera
cada mañana en el lugar y hora acordados. ¿A quién buscas?
Tal vez ha olvidado los motivos.
La ayudo a buscar. Es inútil.
Mi vista es limitada desde aquí abajo.
Siento lágrimas
y entiendo, porque el llanto es universal.
No llora porque quiera retomar.
Llora, suelta, quiere aquí mismo descargar,
porque no cabe más.
Llora para explorar el eco de lo perdido
y así acostumbrarse al vacío,
al contenido de la ausencia.
Y es tan grande el muro
desde donde canta esta ave.
Se desliza hasta mis centros.
Me duele su altura. La lágrima
que llama al otro, aquel
que antes.
La llave que nace del agua tendida.
Porque ya no.
Ya no me pregunto por qué llora. La acompaño.

Brecha generacional


1

La vida era ciega y después
ya no. Fue un error, dijo mi padre en palabras
de su abuelo que a su vez de su abuelo. Un parpadeo
apenas, un temblor en la cien. Nos volvió sensibles. Huidizos.  
La noche se dividió en el día. Para revolotearnos lejos del sol
que tan nutritivo.
Brotó el azul, el verde, nos encontramos distintos,
sesgados por el buen ver.
Un mundo se abría, y en sus fauces, la amenaza.
Desde entonces también los otros, multicelulares
convirtieron su claridad en un arma asedia,
la vida en una competencia.
Todo esto antes del cuenco, la membrana y la alta resolución.
Y ahora tú, anfibio, quieres hacerte a la tierra firme. Es el futuro
dices, pero no puedes ver claramente. La luz
no es la misma allá arriba. Lo has visto las cosas se distorsionan,
son nuestros ojos reflejos del agua
que nos persiguen en la superficie rocosa.
Es el aire una moda. Ustedes los jóvenes
no pueden ver frente sus narices,
ni discernir los pequeños detalles en la oscuridad. 
¿No lo entiendes?
Aún tienes tanto por madurar.


2

Velo ahí, tan indefenso. 
En su cubo ingenuo. Desterrado.
Hace años que no nos sirve más,
que su dióxido de nitrógeno
no se transforma en trabajo.
Ahí, inmóvil, su perfecta sincronía es patética.
¿Cuánto daño causó, cuántas toneladas liberadas,
porque sí, por mero movimiento? Son estas cifras
apenas una aproximación.
El cielo gris del que hablaba mi abuelo, he aquí uno 
de los culpables. Revolucionario industrial
con ideologías ya precarias. Aún con su bajo aprovechamiento
de no más del 30 % hacía caminar a aviones, carros 
y maquinaria pesada. Era de temerse
la subida y bajada precisa de los pistones, que detonaba
día a día en los autos de cada familia, individuo.

Es ahora la energía cinética, su combustión
un pecado. Un recuerdo de museo.

Se descubrió recientemente que la estrella de mar es una cabeza
que alguna vez tuvo un cuerpo.

Dejar el cuerpo.
Ser sólo pensamiento. Nervio.
Digerir todo con el estómago externo.
Lejos de tentaciones. Ideal estoico: Los gametos
al agua y la cabeza virgen, basta con quebrarse
para crear al igual, para doblar al verbo.

Dejar el cuerpo. 
Nada de preocuparse por la inmovilidad 
de un corazón roto. Por la ácida magnitud
de una cena pesada. Por la carne siempre en atropello.

Dejar el cuerpo. Domar el verbo. Palabra idónea.

Pero la palabra no contiene esencia alguna.
Hay que tomar la rosa para cantarla. Morder 
la mora para darle adjetivo.
Nadar el río para poder nombrarlo.


Autor

Said Castañeda

Durango, 1997. Poeta. Estudió Tecnologías de la Información. Fue becario del Programa de Estímulos para la Creación Artística (PECDA 2023-2024). Publicó Estancia desordenada de manera autogestiva (2022). Desde 2020 ha participado en lecturas y talleres literarios tanto en su entidad como de manera virtual.

septiembre 2025