septiembre 2025 / Inéditos

Mi cuerpo al igual que una mandrágora que acaba de ser desprendida de la tierra



I
Es inevitable comparar a mi hijastro con un recipiente ajeno.
En mi alacena hay de diferentes tamaños
me he apropiado de lo que no es mío
un día disfruté el platillo amargo de ser su madre
lavé muy bien el recipiente con jabón líquido
e intenté rociar la esponja con sosa cáustica.
Lo guardé en la alacena
lo guardé humedecido.
Me han dicho que adentro crece un hongo de aquellos restos in-lavables de la maternidad.
¿Cuándo volverá su madre por el refractario?
No sé si quede más platillo en el recipiente
si aún ese niño esté sazonado con la palabra hijo
porque no hay madre
no hay quien deguste desde el recipiente:
la maternidad impuesta.

II
Mi hijastro da vuelta a la hoja del libro infantil
y la palabra madre
resuena distorsionada.
Entre aquellas palabras revueltas
como una sopa de letras, descubre la frase “mala madre”
y la imagen de un árbol se obscurece.
las raíces de aquella ilustración ficticia pudren la historia.
El niño lee en voz alta
y la frase “mala madre”
me entra como un latigazo en las entrañas.
Me escurre la sangre de una estirpe
de mujeres inventadas
y caen las letras del cuento en abalorios negros
tumores
legión de hormigas que se apilan para invadir a la “madre” que he querido ser.
La palabra “fin” me ruñe las entrañas.
La palabra “fin” me dice que en el útero no hay más historia que la propia:
la de un niño que no parí.
El punto final
el punto negro lo ha de poner su verdadera madre en su vientre
para olvidar que tuvo un hijo.

III
Se encienden las velas de un pastel lejano
siento arder la misma llama de mi útero tres veces
tres veces de un cumpleaños del que no quiero ser testigo.
No es mi hijo
y celebro su nacimiento apartada de él.
No estoy enfrente de la mesa para descifrar su deseo.
Cierra los ojos y me descubre en el rincón oscuro de su memoria.
Muy cerca de él está su padre.
Ambos recrean la última cena.
Yo, todas las Marías,
no tengo un espacio en aquella mesa.
La madrastra no cabe
tampoco la mala madre.
Ahí está ese traidor Judas musitando el lenguaje de la serpiente.
Ahí está Judas fingiendo en medio del festejo.
Ahí está Judas fingiendo paternidad.
Avanzo por el pasillo y descubro al niño que no albergué en mi vientre.
Soy su deseo mal pedido.
Hace una mueca como quien descubre la decepción de encontrarse con lo que no pidió.
En sus manos tiene dos velas que tiemblan.
Soy yo temblando bajo el llanto de ese niño.
Soy yo temblando, descubriéndome su madre sin haberlo parido.
Soy yo temblando con él entre sus palabras de rechazo.
Cierro los ojos y pido un deseo,
el último deseo de esos tres años cumplidos.
¿Cuántas veces he de pedir que se vaya este niño que no es mío?

IV
Encuentro un poema de una autora desconocida
en la antología Allá donde encontramos lo perdido
he buscado en mi cicatriz la maternidad
y solo hay un terreno árido en el que gobierna una serpiente negra
le tiembla la lengua
y temo a su enroscado cascabel
hurgo en las páginas de aquella otra cicatriz
y descubro pus
dentro del poema
versos que van abriéndose como las capas de una cesárea
siete metáforas de
un lúgubre parto
indago más sobre la poeta
y descubro que su único poema sobre maternidad
es un poema que mide siete versos
lo que mide una herida
siete capas que se cortan
en el ritmo que emana desde la sangre
este poema mide
lo que mide una cesárea
una cicatriz
sellada
la autora cerró la huella del fracaso
y yo hurgo allá
donde encontramos
lo perdido.

V
Mi cuerpo al igual que una mandrágora que acaba de ser desprendida de la tierra
ha emitido un grito.
Me desentierro para contemplarme.
Me descubro al igual que una mandrágora tóxica:
la del llanto,
la asesina de embriones,
mujer tubérculo,
aún con el lodo de la tierra humedecida
la raíz tiembla,
está conectada a la diosa uterina,
me siento a rezarle,
ya no me cubro los oídos para no escuchar el eco prohibido de mi propio grito.
Te escucho cuerpo,
soy yo de treinta años,
la que persigue el canto de la mandrágora:
la madre que he desenterrado.

VI
Vivo en las aguas intermedias de mi hogar. En las paredes marinas emerge el plancton como hongo que me alimenta. Soy la medusa malva aguijonada. Sólo de noche salgo a la superficie para escapar de la maternidad, y, cuando me acecha, como una depredadora alzo el aguijón para aturdirla. Soy la madre malva aguijonada, y ataco a las presas más pequeñas de la familia. Soy la Pelagia Noctiluca, ya no seré más la marioneta de la casa azul, voy a romper los tentáculos que me unen a los pasillos largos de cada habitación. Voy a picar. Yo soy la aguamala la malaaguamadre, me desplazo entre enjambres de medusas pequeñas: mis hijos. Soy la mala madre, la aguamala, la que se regenera al terminar el día para borrar la herida, la comezón, el picor, la cicatriz; la que vuelve, la que regresa a su esencia de buena madre.

* Poemas pertenecientes a Solo sé criar hongos negros, Chihuahua, Medusa Editores, 2024.


Autor

Jessica Anaid

Saltillo, Coahuila, 1991. Poeta y narradora. Autora de los libros Los orgasmos de la tierra (2016), Han apagado ya las luces (2021), Innecesárea (2023) y Solo sé criar hongos negros (2024). Ganó el Concurso Nacional de Poesía Germán List Arzubide y el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal.

septiembre 2025