
En 1946, Borges jugó con la idea de cumplir medio siglo. Para ello, amigo de las travesuras del tiempo, escribió “Límites”. Publicado primero con seudónimo y después en El hacedor (1960), sus versos concluyen: “Este verano cumpliré cincuenta años;/ la muerte me desgasta, incesante”. El poema ofrece un recuento de pequeños milagros a los que, con los años, asistimos por última vez. A ojos borgeanos, los cincuenta marcan ese espacio temporal en que la memoria reconstruye y flaquea, en que vetamos ciertas puertas y espejos, en que abandonamos ciertos libros.
Aunque la mediana edad de Borges no llegaría hasta 1949 —año de publicación de su emblemático El Aleph—, la reflexión parece vívida y coincide con una de las hipótesis más recurrentes acerca de la existencia: el gran valor de la vida gravita precisamente en caer en la cuenta de sus “límites”, en su naturaleza precaria, transitoria y finita. Ese tejido se hace más evidente a los cincuenta años —afirman los psicólogos—, pero, tal vez justamente por eso y como ha sugerido la inteligente Sharon Stone, lo que encontramos a sus puertas no son “los nuevos treinta o cuarenta”, sino la piedra de toque de “un nuevo capítulo”. Excelente década para el vino —siguiendo el dicho popular— en la que el invento de morir, tan efectivo, acomoda lo importante.
Con un excelente manejo de la oblicuidad y la sugerencia, y también con un afinado sentido del humor, Poema con fines de humo del dominicano León Félix Batista (Santo Domingo, 1964), Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez en 2021, indaga en los cincuenta años con una pretensión desapegada y valiente que concuerda con Borges: asimilar la fugacidad, la inconsistencia y el carácter volátil de la vida. Pero la meditación no se restringe a lo existencial; este sugestivo tanteo incluye las paradojas de la poesía, la fragilidad y el fracaso de la escritura. A pesar del aviso del título, estamos ante una obra muy consistente, escrita en dos partes: un largo poema y una recopilación de noventa y seis aforismos agrupados bajo el membrete “Residuales”. En la dedicatoria inicial al peruano Maurizio Medo —reputado poeta del neobarroco hispano actual—, Batista confiesa que con su inquietante escalada poética atraviesa la “circunstante cincuentena existencial”. La analogía, lo insinúan los “fines de humo”, remite a lo que asciende hasta desvanecerse, a lo que escala en el aire hasta evaporarse.
Con esta singladura de fondo, en las últimas páginas, algunos “residuales” poéticos actúan como remedo de la proposición inicial del libro. En efecto, Poema con fines de humo confiesa que “El intento de este libro (que no va a ninguna parte) [es] esclarecer un hueco con el otro”. De este modo, aunque los propósitos hablan de una destilación que asciende sin pretensiones, son “el hueco” y “la caída” los que sostienen su escritura. Así el juego de la antítesis con el ascenso desde los primeros versos: “El abismo se luxó / y eclosioné/ […] quedé donde caí”. En este desplome, que en algunos momentos enhebra cierta atmósfera del non serviam bíblico, se reitera con insistencia el descalabro, la errancia y el derrumbamiento de existir. Versos iniciales de una cronología primera —“escenario/ de la existencia cero”, “samsara cero”— donde el poeta regresa a la madre, a imaginar un comienzo del mundo y, con ello, el lento bosquejo, narrado en cinco décadas, de su final.
Dos significativas citas arropan este trayecto íntimo y etéreo. Tranströmer, para destacar que, “en la mitad de la vida”, la muerte acude para “tomarle medidas a la persona”, “visita” que se “olvida” mientras “el traje se va cosiendo en silencio”. Y Dante, para proyectar una “mitad del camino” que asemeja “una selva oscura […] tan amarga que algo más es muerte…” En compenetración con estas referencias, en palabras de Batista, “ya no muto/ más: he muerto/ hendido en días nudos/ de cáscara de antaño”, versos que actúan como punto de inflexión al anunciar al lector el “racconto” y “la precuela” cuyo desenlace dialoga con el ocaso, el polvo y la ceniza: “como ser o acontecer/ progresivamente a polvo”. Por tanto la aspiración al humo, indicio del fuego y de “la mente en llamas”, vapor que arrastra en suspensión lo que ha ardido, no cristaliza, es “humo que no cuaja”. Contrario al sentido quevediano, Batista destila un efecto cinematográfico que no busca eternizar. Sus cincuenta avanzan y retroceden entre el desplome y lo espectral al afirmar que, “como un hombre en borrador/ esbozando su fantasma […] se nace por ficción desde un espectro/ y caes por escaleras intangibles”, “tu biografía/ en modo anfibio:/ calima para ti/ por cuadrumano/ el pasado te posee/ porque hiciste purgatorio de su fantasma sepia”.
Cumplir años es la cita perfecta para meditar acerca del paso del tiempo. La fecha exacta celebra y constata nuestra identidad. El día concreto, la hora, el lugar, reconstruyen la singularidad y el subjetivismo. Ante una pseudorrealidad de cumpleaños narrados en redes sociales, en un presente de constante hibridación, entre el desencanto y la euforia, entre la desintegración y la exhibición de los sujetos, la llamada del aniversario acude más que nunca a interrogar nuestros bordes forajidos y difusos. Consciente de ello, la obra que el lector tiene en sus manos invita a recapacitar la fragilidad compartida, “identidad en tránsito” y “menos densa”, la “acidez de ser y estar”. De algún modo, el poema del dominicano recuerda —generalmente con versos blancos de escasa puntuación— las tenues figuras del humo que ratifican nuestro destino ineluctable de convertirnos en nada, “casi nadie y nada más/ que excedente de persona/ en la cresta de su escombro”. Por eso, este original libro remite a un “ego en hielo”, “tangible en nadie/ al seguir tu propia eclíptica”, un “autorretrato abstracto/ de narcisos de nosotros”. Una tentativa que equipara la escritura con la existencia, porque vivir, como escribir, es esfumarse.
Formulado en positivo, ese ser “nadie” contribuye a un eco anónimo que la humanidad y su larga herencia nos permite. Esto es lo que, en definitiva, representa la literatura, sus resonancias, sus estelas frágiles: “una vez me propagué/ subdividido en husos /heredero de aridez con mi cognomen ‘nadie’”. Aunque la preocupación por la colectividad no es explícita, parece que Batista elige, en último término, disolver la decadencia privada en una repercusión múltiple y vacía de entidad: “tomé el atajo tenue/ de contar lo que pasaba/ con un hilo destilado/ en lengua muerta/ me acabé de apelmazar/ y lo que me queda es eco”. Con el apoyo de imágenes que recurren a una existencia ilusoria —“te desases, y no existes:/ el objeto se sujeta del sujeto/ y a su síntesis llamamos ‘realidad’”— y a la fragilidad e impureza de la materia —“herida”, “supuración”, “gangrena”, “reino de las formas inconstantes”, “forma de zapar lo que no existe”—, el poeta dominicano hace “descarrilar […] la cronología” para proponer una temporalidad y un ser sin ego, sostenidos por la disolución: “¡tantas horas que disuelven/ la faena de los hombres/ pese a su permanecer de madreselva!”.
Esta sugerente metáfora, sin embargo, no reclama la inacción. Lejos de la levedad de desentenderse, el escritor asume el lugar central de la poesía no como algo exclusivo de su singularidad, sino como un “dejar de ser” compartido. Esto es, que por una parte ratifica la experiencia creativa como signo de pertenencia y, por otra, invita a la disipación de la personalidad que la sostiene. Afirmaciones como “escribir conque uno existe es suficiente”, “nunca ceses de escribirlo” o “yo sólo sé decirlo” conviven con un individuo atenuado, que protege al poema de la vanidad de la autoría: “me quebranté la crisma / hasta llenar la página:/ lagartija jugando a ser jaguar” o “y luego ver/ qué pasa/ si mi texto se disipa”. En ese marco, escribir es, de algún modo, aprender a fenecer, “si cesa el Ser/ que mi sino se haga oscuro/ para escribir más claro/ ¡cinco décadas viviendo en borrador!” Dicho de otro modo, la vida se erige como palimpsesto y su boceto como oportunidad de reafirmar el carácter colectivo y anónimo que, con sus “mil moléculas de anonimato”, alumbra la poesía. Incluso jugando al Bartleby de Vila-Matas, “escribir que ya no escribo: edulcorar con hiel”, la elección de la creatividad no utilitaria se ratifica, pues “se puede no escribir o escribir que no se escribe” porque “decir es un vacío no venal”.
A la luz de estas sentencias, lectores y poetas comparten un mismo vestigio. La lectura concuerda con la escritura y viceversa, pues “Si uno lee lo que no debe, escribirá lo que no quiere: párrafos de polvo oscuro”. De manera que un “raquítico relato/ desde el punto de abismo de un lector” propone la figura del que lee como un vector tan controvertido y descompuesto como el que escribe, “bío láctea, de leer/ letra a letra o en un trago […] gavilla literaria”. En definitiva, los cincuenta años de vida pasan por ser escritos, aunque sea con la finalidad del humo y por un sujeto poético que se evapora. Y sus “escollos”, sus “cuentas de rosario”, sus “quistes”, sus “clavos”, sus “órbitas”, sus “espinas”, no son más que “ficciones de segundo”, “cincuenta caballos de flaqueza” para el que firma el vía crucis de Poema con fines de humo. De esta manera, en los versos finales de la inquietante amalgama, Batista se pregunta, “¿a qué edad prescribe el hombre?”. “Una ruina tras de otra/ la cincuenta es la vencida —responde en su adiós y remata:— ¡qué soez ensartar asociaciones/ recreándolas después como poesía!”
En un plano formal, nuestro autor juega con algunas claves del neobarroco —la imagen sorprendente, los símbolos, la oblicuidad, el hermetismo, el uso de cultismos, las paradojas— y renueva algunos de sus criterios estéticos con un hábil manejo del sentido del humor. Esta actitud, visible en sus títulos anteriores como Pseudolibro, Delirium semen (2010), El hedor de lo real en la nariz imaginaria (2014) o Joda poética completa y Próximo pasado (2018), la encontramos aquí principalmente en la segunda parte del libro. Allí dice, por ejemplo, “Ni canto ni tampoco”, poniendo en entredicho la estabilidad de su calvario de cinco décadas. El texto brevísimo, el aforismo, a través de la comicidad, empata sus visiones con la greguería y acerca una extensión y tonalidad que recuerdan al límite de caracteres de algunas redes sociales que el dominicano transita habitualmente. El fogonazo semántico, el absurdo, los juegos con el lenguaje, contrastan y casan con la profundidad de las analogías y las metáforas. Temas como la psiquis, la deconstrucción del yo o la metaescritura danzan también en estas últimas páginas como homenaje al eco de la tradición con la que dialoga su obra.
En efecto, una mención al titán del neobarroco americano José Lezama Lima ofrece las llaves estéticas del poemario (“Me llamaba una palabra cerril en la pradera, pero Lezama Lima la domeñó primero”). Resuena más lejanamente el Juan Ramón Jiménez de Eternidades (1918), sobre todo, en esa visión del poema como experiencia del conocimiento y en la alerta de un vivir con prisa. De manera que donde Jiménez advertía “¡No corras. Ve despacio,/ que donde tienes que ir/ es a ti solo!”, Batista, en clave escritural, afirma: “No huyas: oye. No corras: narra”. También destaca, de nuevo con perspicacia y humor, la referencia bíblica de Vallejo en el axioma final, así el dominicano invoca: “Poesía: si es posible, aparta de mí este lápiz”. Por último, la filosofía, con referencia directa a Schopenhauer (“no pude sino ser Schopenhauer pobre”) y a Kant (“Crítica de la razón siniestra”) y, más subterráneamente, a Heidegger, invita en este libro a una visión general de la existencia que, como se ha señalado, sólo al mirar a la muerte, se prepara para vivir. Una paradoja transitada, en definitiva, por la fragilidad de lo real y la distensión del sentido del humor.
El poeta que despide sus décadas anteriores, “el que pasa de cincuenta,/ sobrepasa un temporal/ y espera el mismo estigma”, revela una recomendación sólida: “vete dentro: observa tu tabú/ con mecánica mnemónica/ de fase hacia el deceso”. Entonces la vacilación, la inseguridad, el tránsito hacia el final, encuentran una reconciliación y una motivación, precisamente, en la profundidad de la escritura, porque “El canto es lo que explica la inestabilidad del pájaro en la cuerda”. Poema con fines de humo sugiere un continuum poético al que no preocupa la huella del creador. De ahí la inestabilidad de vivir con nombre propio, de ahí la insignificancia y nimiedad de la autoría, de ahí también el valor desestabilizante del poema. De algún modo, si esperamos el suficiente tiempo, el destino de cualquier autor es esfumarse en el lenguaje, esa perpetuidad anónima. Su nadería, su paradoja, sin embargo, tal vez lo expliquen todo. Como Borges afirmó, “la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal”.
* Prólogo a Poema con fines de humo, León Félix Batista, León, Eolas Ediciones, 2023.
Autor
Sonia Betancort
Santa Cruz de Tenerife, España, 1977. Licenciada en Humanidades y Doctora en Literatura por la Universidad de Salamanca. Es miembro de la Cátedra de Estudios Hispánicos Camilo José Cela y de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos desde 2016. Fue presidenta de la Asociación de Humanidades de la Universidad de Salamanca (1999-2000). Ha publicado, entre otros, El cuerpo a su imán (2009), La sonrisa de Audrey Hepburn (2012) y Seis poemas para Mary Jane (2014).